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LA ILUMINACIÓN ESPIRITUAL
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SER UNO EN LA UNIDAD

OSHO

25/08/2018

Ser uno en la unidad - Osho - Iluminacion - Interior (GAA # 2987)

CATEGORÍA N° 2987
ILUMINACION - INTERIOR

EL DEDO DE GUTEI

El maestro zen Gutei tenía la costumbre de levantar un dedo siempre que explicaba un tema referente al zen. Un discípulo muy joven empezó a imitarle, y cuando alguien le preguntaba de qué había estado hablando el maestro, el muchacho levantaba el dedo.
Gutei oyó hablar de ello y un día en que sorprendió al muchacho haciendo el gesto, lo agarró, desenfundó un cuchillo, le cortó el dedo y lo arrojó al suelo. Cuando el muchacho se escapaba aullando, Gutei gritó: «¡Alto!».
El joven se detuvo, se volvió y miró a su maestro a través de las lágrimas. Gutei tenía el dedo levantado. El muchacho se dispuso a levantar el dedo, y cuando se dio cuenta de que no estaba allí, se postró. En este instante se iluminó.

Ésta es una historia muy extraña y hay muchas posibilidades de que no la entiendas bien, porque la cosa más difícil de entender en la vida es la conducta de una persona iluminada.

Tú tienes tus propios valores y siempre miras a través de ellos. Una persona iluminada está en una dimensión totalmente diferente, donde vive sin valores, sin ningún criterio, sin moral; donde simplemente vive sin ego, porque todos los valores pertenecen al ego. Una persona iluminada sencillamente vive. No está manipulando su vida, es una nube blanca que flota. No tiene adonde ir, nada que conseguir. Nada es bueno para él, y nada es malo. No conoce a ningún dios, no conoce a ningún diablo. Sólo conoce la vida, y la vida es bella en su totalidad.

Dios es también feo porque es una parte, no el todo. El diablo es también feo porque es una parte y no el todo. Dios no está vivo, el diablo también está muerto, porque la vida existe como un ritmo entre ambos: lo bueno y lo malo, Dios y el diablo. La vida existe entre estos dos polos. La vida no puede existir con una polaridad. Éstos son los dos bancos entre los que fluye el río de la vida.

Una persona iluminada ha llegado a entender esto. No está contra nada ni a favor de nada. Responde momento a momento, sin juicio de su parte. Pero esto es muy difícil. Alguien iluminado siempre parece más o menos un loco.

Por lo que la primera cosa que hay que entender es: no evalúes a una persona iluminada teniendo en cuenta tus valores. Aunque esto que te pido es muy difícil, porque ¿qué otra cosa puedes hacer?

He oído decir que en cierta ocasión un gran pintor le pidió a un amigo doctor que fuera a su casa y mirara uno de los cuadros que acababa de terminar. El pintor pensaba que era la más grande creación que había realizado, la cima de todo su arte. De modo que, naturalmente, quería que su amigo fuera y lo mirase. El doctor observó el cuadro muy detalladamente, miró por un lado y por otro. Pasaron diez minutos.

El artista se sintió algo inquieto y preguntó:

  • ¿Qué pasa? ¿Qué piensas del cuadro?

El doctor dijo:

  • ¡Me parece una pulmonía doble!

Esto le sucede a todo el mundo. El doctor tenía sus actitudes propias, sus maneras de ver las cosas. Miró el cuadro y diagnosticó, sólo podía mirar las cosas a su modo; de otra forma no podía hacerlo. El cuadro no necesita “ninguna diagnosis”, se lo perdió. El bello objeto se convirtió en una pulmonía.

Así funciona la mente. Cuando miras algo le añades tu mente para colorearlo. No hagas tal cosa con una persona iluminada porque, aunque ello no afecte en nada a la persona iluminada, tú te perderás la ocasión de ver la belleza del hecho de conocerlo.

Segunda cosa: una persona iluminada se comporta desde un centro, nunca desde la periferia. Tú siempre te comportas desde la periferia, vives en ella, en la circunferencia. Para ti, la circunferencia es la cosa más importante. Has matado tu alma y salvado tu cuerpo. La persona iluminada puede sacrificar su cuerpo, pero no puede permitir que su alma se pierda.

Está dispuesta a morir en cualquier momento, esto no es un problema para ella, pero no está dispuesta a perder su centro, el núcleo mismo de su ser.

Para una persona iluminada, el cuerpo es sólo un medio. De modo que si es necesario una persona iluminada llegará a decirte: «Deja el cuerpo, pero no dejes tu ser interior». Así es como nació toda tapascharya, toda austeridad. Hay que sacrificar la circunferencia por el centro. Incluso si es preciso cortar la cabeza. Si esto te va a ayudar, si con tu cabeza puede caer tu ego, una persona iluminada te dirá que renuncies a la cabeza, que la cortes: «No lleves a cuestas esta cabeza si ayuda al ego, porque por nada lo estás perdiendo todo».

Hay que recordar esto: cuando vives desde el centro, la perspectiva es totalmente diferente. Entonces nadie muere, nadie puede morir, la muerte es imposible. Si vives desde la periferia todo el mundo muere, la muerte es el final definitivo de todo el mundo; la vida eterna no existe en ninguna parte.

Krishna hablando a Arjuna en la Gita es en realidad el centro hablando a la periferia. Arjuna vive en la periferia: piensa desde el cuerpo, no sabe nada del alma. Y Krishna habla desde el centro y dice: «No te preocupes de estos cuerpos. Han muerto muchas veces y morirán muchas veces. La muerte es una transformación, como si uno deja sus ropas, deja su vieja casa y entra en una nueva casa. Este cuerpo no es nada, Arjuna, de modo que no te preocupes por él. Mira adentro». Pero ¿cómo puede Arjuna mirar dentro de los otros si no ha mirado dentro de sí mismo?

Recuerda esto: este maestro zen, Gutei, es el Krishna. Vive desde el centro y se comporta en consecuencia. Y este incidente le sucede a un discípulo que está en la periferia. Pero Gutei no te hubiera cortado el dedo a ti, recuerda. El discípulo se lo merecía, se lo había ganado; sólo entonces un maestro irá tan lejos. Para llegar tan lejos, el discípulo tiene que haber aprendido, debe habérselo ganado, de lo contrario Gutei no llegaría tan lejos. Ni siquiera Arjuna se lo merecía tanto como el discípulo de Gutei, porque Krishna le habló, Gutei hizo algo.

Recuerda la diferencia. Un maestro sólo llega a hacerte ciertas cosas cuando te lo has ganado; de no ser así, te hablará. Sólo actuará cuando estás preparado, cuando el momento está tan cerca que no puede fallar; nada puede decirse, sólo se puede hacer algo. Porque si hablas necesitas tiempo; si hablas, el otro tiene que entender. Hay que hacer algo inmediatamente, sin perder un instante. Un maestro sólo hará algo cuando vea que estás justo en el borde: ahora hablar no servirá de nada, ahora tiene que empujarte. Ahora estás ante la puerta; si pasa un instante se te puede escapar, y por muchas vidas puedes no ser capaz de llegar ante la puerta de nuevo.

La vida es muy compleja. Raramente te encuentras ante la puerta. Y si el maestro dice: «¡Mira, la puerta está aquí!», y empieza a explicártelo, cuando hayas entendido, la puerta ya no estará allí. La vida es movimiento constante. El maestro tiene que hacer algo. Incluso si piensa que matarte te ayudará, te matará. Por eso se necesita la entrega.

La entrega no es fácil, porque entregarse significa decirle al maestro: «De ahora en adelante, mi vida y mi muerte son tuyas». Entregarse significa: «Estoy dispuesto. Si dices, “¡Muere!”, moriré. No preguntaré por qué». Si preguntas por qué no hay entrega, no hay confianza. Y antiguamente mucha gente podía iluminarse porque podían entregarse. La confianza estaba en el ambiente, la fe estaba por todas partes, florecía en torno. No podías pasar un día sin toparte con un hombre de confianza. Y en el momento en que veías a un hombre así, te sentías envidioso, porque era una persona tan bella...

Pero hoy día es casi imposible encontrarse con un hombre de confianza. Esta belleza ha desaparecido. Te encuentras con dubitativos, escépticos, gente que dice no; son feos, pero están por todas partes. Y poco a poco, también tú te alimentas de la duda. Desde el primer día en que tu madre te amamanta te alimentas de la duda. Todo el aparato científico depende de la duda. Tienes que ser escéptico, dudar; sólo entonces puede avanzar la ciencia.

La religión funciona de manera totalmente opuesta. Tienes que confiar, ser hasta la médula alguien que dice sí, entonces es posible entregarse. Este discípulo de Gutei estaba totalmente entregado, por eso este incidente se convirtió para él en la iluminación.

Ahora entraremos en esta extraña historia. Cada una de las palabras es significativa.

El maestro zen Gutei tenía la costumbre de levantar un dedo siempre que explicaba un tema referente al zen.

Los maestros nunca hacen nada innecesariamente, ni siquiera levantar un dedo. Lo innecesario ha desaparecido. Sólo lo esencial existe con un maestro. Él no hará un simple movimiento, un simple gesto, si no es esencial. Lo no esencial existe con la ignorancia; entonces todo cuanto haces es trivial, no esencial; si lo dejas, nada se pierde.

Observa tu vida, todo cuanto estás haciendo. Si lo dejas, ¿qué se pierde? Nada se gana con ello; cosas triviales desde la mañana a la noche. Y entonces estás cansado de ello, te vas a dormir, y por la mañana vuelves a estar preparado para llevar a cabo los mismos in-esenciales. Es un círculo vicioso, un in-esencial desemboca en otro, están encadenados entre sí.

Pero tienes tanto miedo de ver esta trivialidad de la vida que siempre le estás dando la espalda, porque ver la trivialidad de la vida te hace sentir deprimido: «¿Qué estoy haciendo?». Y si ves que todo cuanto haces es absolutamente inútil, tu ego está perdido; porque él sólo puede sentirse importante cuando haces algo importante. De modo que das importancia a cosas triviales, y crees que estás prestando grandes servicios a la nación, a la familia, a la humanidad, como si sin ti la existencia sencillamente fuera a desaparecer. Nada es importante, nada de lo que estás haciendo, pero tú tienes que darle importancia, porque sólo así el ego se refuerza y se alimenta.

En la ignorancia, nada es esencial. Todo cuanto haces, incluso tu meditación, tu oración, tus visitas al templo, todo es trivial. Incluso cuando rezas, no puede ser algo más profundo que cuando lees el periódico. Porque no se trata de la oración, se trata de ti mismo. Si tienes profundidad, entonces, cuando te mueves, todo cuanto haces, el acto tendrá profundidad. Si no tienes profundidad, nada cambia, aunque vayas al templo; entras en el templo de la misma manera que entras en un hotel. Eres el mismo, templo u hotel no cambian gran cosa.

Dale a un niño un juguete muy caro, hecho de diamantes, y él hará lo mismo con este juguete caro que con los otros corrientes, porque es un niño. Jugará con él durante unos momentos, luego lo arrojará aun rincón y se irá.

Tu profundidad confiere profundidad a tus actos. Hasta cuando un maestro iluminado levanta un dedo es significativo, es muy importante. ¿Por qué Gutei acostumbraba levantar el dedo... siempre que explicaba un tema referente al zen? No en todos los casos; sólo cuando explicaba una cuestión referente al zen levantaba un dedo. ¿Por qué? Porque estaba explicando y también estaba mostrando, porque para cualquier cosa que preguntes sobre religión un dedo levantado es la respuesta.

Todos tus problemas surgen porque no eres uno, porque estás fragmentado, porque eres una desunión, un caos, no una armonía. ¿Y qué es el zen, y qué es el yoga, y qué es la meditación? Sólo llegar a una unidad. La misma palabra yoga significa unidad, ser uno, total, completo.

De manera que Gutei explicaba el zen: esta explicación era secundaria, el dedo levantado era lo principal. Estaba diciendo algo y también lo estaba mostrando. Así vive una persona iluminada: dice y muestra. Su mismo ser, sus gestos, sus movimientos, muestran lo que es la religión.

Si no puedes ver, si eres ciego o si has perdido esta dimensión de entendimiento, de mirar, entonces sólo oyes las palabras. Pero si sabes cómo mirar, no se necesitan palabras. Las palabras son inútiles, pueden ser descartadas, son secundarias. Pero el dedo levantado no puede ser descartado; es principal, es la única respuesta. Todos aquellos que han conocido, en cualquier parte del mundo, han levantado un dedo. Hablan sobre el uno y tú vives en lo múltiple.

Cuando vives en lo múltiple, yendo en varias direcciones simultáneamente, te divides en partes, y entonces no estás íntegro. Entonces un deseo te lleva al sur, otro deseo te lleva al norte; una parte de la mente ama y la otra parte de la mente odia; una parte de la mente quiere acumular riquezas y otra dice: «Esto es inútil, ¡Renuncia!». Entonces una de las mentes quiere meditar, volverse profunda, volverse silenciosa, y otra mente dice: «¿Por qué pierdes el tiempo?».

He oído contar que en cierta ocasión un hombre renunció al mundo siendo muy joven y se fue a los Himalayas. Allí meditó durante casi veinte años. Ahora tenía cuarenta. Se quedaba sentado y meditaba, sentado y meditaba, sin hacer nada. Hasta los pájaros, los animales salvajes, poco a poco le perdieron el miedo. Estaba allí, era un hombre muy pacífico, y simplemente estaba allí sentado. Los animales llegaban y se sentaban, y cuando tenían que ir a cazar le dejaban sus hijos cerca para que los cuidara. Su cabello se hizo muy largo, y los pájaros anidaban en él y ponían sus huevos. El hombre los cuidaba.

Pasados veinte años, se hartó y dijo: «En lugar de cuidar de los hijos de los otros, animales, pájaros, ¿por qué no voy y me caso con una mujer y cuido a mis propios hijos? Esto es absurdo, no voy a ninguna parte. Estos veinte años están perdidos. ¡Ahora ya no hay tiempo que perder, porque tengo cuarenta años y pronto la vida habrá menguado!».

¿Qué problema había? Estaba realmente meditando. ¿Qué problema había? Veinte años es mucho tiempo, pero la mente estaba continuamente fragmentada. Una parte meditaba, otra parte estaba diciendo continuamente: «¡Inútil! ¿Por qué estás perdiendo el tiempo? Los demás se lo están pasando bien. Baja a las llanuras. La gente es feliz allí, bailando, bebiendo, comiendo, haciendo el amor. El mundo está en éxtasis y tú estás aquí sentado como un tonto». Continuamente oyendo este otro fragmento durante veinte años, el primer fragmento poco a poco se debilitó.

En la superficie repetía mantras: «Ram, Ram, Ram». Pero en el fondo el mantra era el que decía continuamente la otra parte de la mente: «¡Inútil! Sentado como un tonto y todo el mundo gozando de la vida, y ahora la vida está menguando. Pronto no serás capaz de gozar de nada. Te estás haciendo viejo». Éste era el mantra verdadero. En la superficie: «Ram, Ram, Ram», pero en el fondo éste era el mantra verdadero.

Cuando tu mente está dividida, no puedes rezar, no puedes meditar, porque una parte está siempre en contra, y tarde o temprano vencerá. Recuerda esto: que la parte que está implicada pierde energía a cada instante. Y la parte que no está implicada, pero que es la parte crítica, no está perdiendo nada de energía. Tarde o temprano será más poderosa.

Amas a una mujer, y la otra parte la odia. Acaso ocultes esto, todo el mundo está ocultando la otra parte, pero a menos que te ilumines, la otra parte seguirá ahí. La parte amante tarde o temprano se debilitará porque está siendo usada, la energía está siendo aplicada. La parte oculta, la del odio, se volverá más fuerte. Por eso todo matrimonio lleva al divorcio. Que llegues a divorciarte o no, ésta es otra cuestión, pero todo matrimonio se convierte en divorcio, a menos que estés casado con una persona iluminada: y esto es muy difícil.

Este hombre se hartó un día. Empezó a bajar de los Himalayas. Pensó: «¿Por dónde empezar?». Había olvidado completamente las maneras del mundo, había estado ausente de él durante tanto tiempo. «¿Por dónde empezar? Si quieres comenzar en el mundo necesitarás un guía, exactamente como cuando quieres iniciarte en el otro mundo. ¿Quién puede ser el guía adecuado para este mundo?». Entonces recordó que antiguamente los reyes enviaban a sus hijos y príncipes a las prostitutas, para aprender cómo entrar en este mundo.

No hay mejor guía que una prostituta para este mundo. Ella es el mundo encarnado. Hasta el amor se ha convertido en negocio para ella; ésta es la última cosa del mundo: hasta el amor se ha convertido en una profesión, una mercancía; vende amor. El dinero se ha convertido en algo más importante que el amor. Ésta es la última cosa del mundo y esto puede convertirse en la puerta.

Así que se dirigió directamente a una prostituta. Era por la tarde y la mujer se estaba preparando para visitar a un rey. Ella le dijo: Eres bienvenido, pero he sido invitada por un rey. Es un avaro, no esperamos sacar mucho, pero con todo, ¿quién sabe? A veces hasta los avaros dan. Puedes venir con nosotros, ven.

El monje la siguió...

Durante toda la noche la prostituta bailó y cantó. Y el rey permaneció sentado en silencio y no le dio nada. La última parte de la noche se esfumaba, pronto se haría la luz y la mujer estaba cansada. Le dijo en una canción a su marido, que tocaba la tabla:

Ya he hecho todo lo que podía hacer lo cantó, de modo que nadie lo podía entender, estaba en clave. Dijo: «He hecho todo lo que podía hacer; ahora parece que ya no hay esperanza. Lo mejor es que nos vayamos».

El monje pensó: «Ésta es la situación en la que yo estaba: todo lo que podía hacerse se había hecho. No podía hacer nada más, y tuve que irme». De modo que escuchó muy atentamente.

El marido dijo:

Todo cuanto podíamos hacer se ha hecho, pero todavía queda un poco de noche. ¿Quién sabe? Tenemos que ver cómo acaba esto, o sea que espera un poco, sé paciente.

Al escuchar esto, el monje pensó: «¿Qué debo hacer ahora? Quizás estaba a punto cuando dejé los Himalayas; hubiera sido necesaria un poco más de paciencia».

Tenía una sola manta, bajo ella estaba desnudo. Se sintió tan entusiasmado que arrojó su manta a los pies de la prostituta y salió corriendo del palacio.

El rey le dijo:

¡Detente! Esto va contra lo convenido.

Esto era lo convenido: que cuando un hombre rico está presente, éste debe contribuir en primer lugar: que lo haga otro es insultante.

El monje dijo:

Puedes matarme, si esto es en contra de lo convenido, pero ella ha salvado mi vida. Y ha sido para mí un momento tan extático que tenía que darle algo. No tengo nada más, sólo esta manta, y no puedo esperarte a ti, me voy a los Himalayas. Esta mujer y este hombre que está tocando la tabla me han revelado un secreto: un poco más de paciencia.

«Y se dice que el hombre se iluminó allí mismo. Nunca fue a los Himalayas. Mientras bajaba la escalera del palacio se iluminó.»

¿Qué sucedió? Por primera vez las dos partes se unieron. Esto es lo que significa paciencia: no permitir que la otra parte luche; paciencia significa que estás dispuesto a esperar el infinito. Si lo estás verdaderamente, la otra parte no tiene posibilidad de decir: «Todavía no ha sucedido». No tiene sentido decir: «¿Por qué estás malgastando tu vida?». Si estás dispuesto a esperar el infinito, nada se malgasta. Y si tu espera es eterna, infinita, la otra parte no puede decir nada.

Se necesita unidad cuando la otra parte no está en lucha constante. Por eso Gutei utilizaba un dedo cuando explicaba el zen. Estaba diciendo: «¡Sé uno!, y todos tus problemas quedarán resueltos».

Hay muchas religiones, muchos caminos, muchos métodos, pero el punto esencial es el mismo: vuélvete uno. Escojas lo que escojas, sé uno. Si puedes ser infinitamente paciente, te volverás uno. Si puedes entregarte del todo, te volverás uno. Si te quedas completamente callado, te volverás uno. Si no hay pensamientos y estás en meditación, te volverás uno. Si oras a Dios y tu oración se hace tan intensa que hasta la persona que la está haciendo deja de estar allí, la persona que está pronunciando la oración ha quedado disuelta en la oración, se ha hecho uno. Esto servirá.

Si cavando en el jardín estás tan absorto que nadie queda aparte del que cava, te has convertido en el propio hecho de cavar, el actor ha pasado a ser la acción, el observador se ha convertido en la observación, el meditador en la meditación; de pronto todas las ondas de maya desaparecen, todas las ilusiones se esfuman. Eres elevado a otro nivel, un plano de ser diferente. Has llegado al uno.

Cuando eres uno, alcanzas el uno. Cuando eres múltiple, estás en el mundo. El mundo es múltiple y Dios es uno. Pero para conocer a este uno, primero tendrás que convertirte en uno, de no ser así no podrás conocerlo. Sólo cuando te vuelves como él puedes conocerlo.

El maestro zen Gutei tenía la costumbre de levantar un dedo siempre que explicaba un tema referente al zen.

Zen viene de un término sánscrito, viene de dhyan. Es la forma japonesa de dhyan. Cuando Bodhidharma llevó a China las enseñanzas de Buda, dhyan, en chino, se convirtió en ch' an Cuando ch' an fue llevado al Japón, se convirtió en zen. Pero el término original es dhyan. Siempre que Gutei hablaba de dhyan, meditación, levantaba su dedo. Unidad es dhyan, unidad es todo cuanto hay que conseguir: es el objetivo.

Un discípulo muy joven empezó a imitarle...

Naturalmente, debía de ser muy joven, porque sólo los niños imitan. Cuanto más maduro eres, menos imitas; cuanto más inmaduro, más imitación. Si continúas imitando, eres juvenil, no has ganado madurez, no te has convertido todavía en un adulto. ¿Qué es un adulto? Si me preguntas diré: darte cuenta de que tienes que ser tú mismo y no un imitador, esto es madurez.

Si miras dentro de ti, no encontrarás esta madurez. Has estado imitando a otros. Alguien se ha comprado un coche nuevo; de repente empiezas a imitar, necesitas un coche nuevo. Alguien se ha comprado una casa más grande, necesitas una casa más grande. Los vecinos te ponen continuamente nervioso. Se compran esto y lo otro, y tienes que imitar. Y cuando imitáis sois como monos. No imitéis. Sed maduros. Porque la imitación no lleva a ninguna parte. ¿Por qué? ¿Qué es imitación y qué es ser verdadero y auténtico?

Imitación significa que el ideal viene de fuera, no es tu deseo. No es algo que sucede en tu interior, no es tu naturaleza floreciendo en ello. Algún otro te ha dado el ideal y tú lo sigues. Si no lo consigues, te sentirás desgraciado porque no has logrado el ideal. Si lo consigues, te sentirás desgraciado porque nunca ha sido tu ideal. Nunca lo has querido, porque nunca sucedió en tu ser interior.

Por eso existe en el mundo tanta infelicidad: gente que imita a los demás. Si fracasan, se sienten desgraciados porque piensan que no lo han conseguido. Si lo logran, también se sienten desgraciados. Recuerda: nada fracasa tanto como el éxito; si es una imitación, nada fracasa tanto como el éxito. Puedes alcanzar el destino tras un largo viaje agotador, esfuerzo, gasto de tiempo y energía, y entonces de pronto te das cuenta: «Nunca lo quise; era algún otro. Tomé prestado el ideal». No tomes prestado el ideal, es infantil.

Un discípulo muy joven empezó a imitarle...

Debía de ser muy joven, juvenil, infantil. Empezó a imitarle.

...y cuando alguien le preguntaba de qué había estado hablando el maestro, el muchacho levantaba el dedo.

La misma manera, el mismo gesto que solía hacer el maestro. A los demás debía de gustarles, debían de reír. El chico era un imitador perfecto; pondría la misma cara, levantaría el mismo dedo, intentaría parecer igual. Lo hacía bien.

Por muy eficaz que te vuelvas actuando, seguirás siendo inmaduro. Sé fiel a ti mismo, aunque no seas tan eficaz, porque tu propia verdad puede llevarte a la verdad última. Tu verdad no puede ser la verdad de nadie más.

Tienes dentro una semilla. Sólo si esta semilla germina y se convierte en un árbol tendrás una floración; entonces tendrás un éxtasis, una bendición. Pero si estás siguiendo a otros, esta semilla seguirá muerta. Y puedes acumular todos los ideales del mundo y tener éxito, pero te sentirás vacío, porque nada más puede llenarte; sólo tu semilla, cuando se convierta en un árbol, te llenará. Sentirás satisfacción únicamente cuando tu verdad florezca, nunca antes.

Y la gente puede apreciar tu éxito en la imitación, siempre lo aprecian. Ese joven debió de ser muy apreciado en el monasterio porque actuaba igual que el maestro. Quizá se hizo famoso. Los imitadores se hacen famosos, pero no saben que están suicidándose. Pero puedes suicidarte si la gente te aprecia.

He oído contar algo sobre un actor que murió. Su funeral atrajo a mucha, mucha gente, muchos miles. Su mujer estaba golpeándose el pecho y llorando y gritando. Y cuando vio que habían venido miles de personas, dijo: «Si él llega a saber esto, que iba a venir tanta gente, se hubiera muerto antes».

Puedes suicidarte si eres apreciado. Todos vosotros os habéis suicidado, porque los imitadores son siempre apreciados. La gente auténtica nunca es apreciada, porque una persona auténtica es rebelde. No imitará a nadie. Dirá: «No voy a ser un Buda, no voy a ser un Krishna o un Jesús. ¡Con uno basta! Con un Jesús basta, ¿porqué imitar?». El segundo Jesús, por muy bello que sea, será sólo una copia, nada de valor. ¿Por qué imitar a Jesús? Y Dios no va a preguntarte al final por qué no te convertiste en un Jesús. Te preguntará por qué no te convertiste en ti mismo.

He oído contar sobre un místico hassida, un hombre muy pobre, llamado Magid. Nadie sabía mucho de él, pero era un hombre real, auténtico. Estaba muriendo y alguien dijo:

Magid, ¿has rezado a Dios para que te haga como Moisés? Magid abrió los ojos y dijo:

¡Basta! No digáis estas cosas mientras me estoy muriendo. Porque Dios no va a preguntarme: «¿Por qué no te convertiste en Moisés?». Me preguntará: «Magid, ¿por qué no te convertiste en un Magid auténtico?».

Los otros no pudieron seguirle, no pudieron entenderle, porque esto parece insultante hacia Moisés. No lo es. Moisés se convirtió en Moisés, ésta es su belleza. Magid debe convertirse en Magid, ésta es su belleza. Y sólo se puede ofrecer belleza, sólo un ser florido puede ser ofrecido a Dios. ¿Cómo va Dios a preguntar a una rosa «¿por qué no se convirtió en un loto?» ¿Cómo puede Dios ser tan estúpido como para preguntar a una rosa algo así.? ¡No! No es tan estúpido como tú crees. A la rosa le preguntará: «¿Por qué no floreciste del todo? ¿Por qué has llegado como un capullo y no como una flor?».

Se trata de florecer. Que seas un loto o una rosa, o alguna flor desconocida, no especificada, no importa. No se trata de quién eres. Lo importante es llegar a la puerta divina como una flor, florecido, abierto, y no llegar todavía cerrado...

Un discípulo muy joven empezó a imitarle...

Y cuando vas a un maestro, ésta es la posibilidad, la primera posibilidad: empezarás a imitarle. Recuerda: esto no va a ayudarte, es peligroso. Estás suicidándote. Comprende a un maestro, bebe su presencia, come su presencia tanto como puedas, pero no te conviertas en un imitador. No te vuelvas falso.

Gutei oyó hablar de ello y un día en que sorprendió al muchacho haciendo el gesto, lo agarró, desenfundó un cuchillo, le cortó el dedo y lo arrojó al suelo.

Parece un maestro muy duro, muy cruel. Los maestros son crueles, de no ser así no pueden ayudarte en nada. Son crueles porque tienen una compasión muy honda. ¿Por qué el maestro le cortó el dedo? Si fuera un poco menos duro no ayudaría a este chico. Se necesita algo muy severo, se necesita algo que llegue al mismo corazón. Esto ha de entenderse.

Tú me escuchas. Si has llegado sólo como una persona curiosa, no puede calar muy hondo. Si tu curiosidad sólo es intelectual, saber lo que digo, mis palabras no pueden calar muy hondo en ti; no vas a ser capaz de entender lo que estoy diciendo. Si la vida te ha dado mucho sufrimiento y estás aquí por ello, para entender cómo trascenderlo, entonces lo que estoy diciendo calará hondo en tu interior. El sufrimiento te da profundidad. El sufrimiento te lleva hacia el centro.

Si me amas no una relación intelectual, que no es relación de ninguna clase, sino una relación amorosa, si estás en contacto emocional conmigo, entonces todo lo que te digo te llegará aún más. Porque cuando amas a una persona le escuchas desde el corazón, no desde la cabeza, que es la cosa más podrida, basura, una mera papelera, poca cosa más. Todo lo que es basura, lo vas acumulando en la cabeza. La basura nunca entra en el corazón, se acumula en tu cabeza. Sólo lo que es muy esencial va al corazón.

De modo que si estás aquí sólo como una persona curiosa, me oirás, pero sólo en la superficie. Eso no va a ayudarte mucho. Si estás aquí porque has sufrido, si has llegado no como una persona curiosa, sino como una persona que ha conocido la vida, su sufrimiento, y una madurez te ha sobrevenido y quieres de verdad ser transformado, entonces escucharás desde una profundidad mayor.

Pero la profundidad puede ser todavía mayor. Si me amas, si tienes confianza, entonces estarás más abierto, porque sólo la confianza puede ser abierta; si no es así, siempre tienes miedo y siempre estás cerrado. Cuando estás abierto del todo, has sufrido, la vida te ha dado una profundidad y confías, estás totalmente abierto, entonces las palabras pueden llegar inmediatamente al mismo corazón. Nunca volverás a ser el mismo una vez las oigas.

Gutei oyó hablar de ello...

Un maestro siempre llega a saber quiénes son los imitadores. No es necesario..., son tan aparentes, tan obvios. Sé muy bien quiénes son los imitadores aquí. Un imitador no puede engañar a aquel a quien está imitando. Puede engañar a todos los demás, pero no al que está imitando. Su falsedad es patente.

La gente se acerca a mí y repite mis mismas palabras, mis gestos; creen que pueden engañarme. Pueden engañar a otros, pero no a mí, porque sus palabras son superficiales. Puedes repetir las mismas palabras, no hay problema: la palabra no es el problema... pero cuánta profundidad aportas a la palabra, la profundidad es lo que viene de tu ser. La palabra puede ser usada por cualquiera.

Puedes cantar la Gita entera, pero esas palabras no serán las mismas que eran cuando salieron de Krishna. Puedes repetir la Biblia entera, pero cuando esas palabras fueron usadas por Jesús tenían una energía tremenda, una fuerza transformadora, porque Jesús estaba en aquellas palabras. En cada palabra su ser iba hacia ti. Tú puedes usar las mismas palabras... En cada púlpito cristiano millones de sacerdotes van repitiendo esas palabras, el sermón de la montaña, y las palabras son tan superficiales y han servido para cosas tan negativas. Hubiera sido mejor que no las hubieran repetido, porque cuando repites ciertas palabras, éstas pierden su magia. Están demasiado usadas, la gente se acostumbra a usarlas, se vuelven inútiles, clichés.

Gutei se enteró de que este chico le estaba imitando... y un día en que sorprendió al muchacho haciendo el gesto, lo agarró, desenfundó un cuchillo, le cortó el dedo y lo arrojó al suelo.

¡Demasiado severo! Pero Gutei debió de ser muy, muy compasivo. Sólo puedes ser tan duro desde la compasión. Difícil de entender, porque pensamos que la crueldad, la dureza, está siempre donde no hay compasión. No; si no piensas así no vas a entender a una persona iluminada. Una persona iluminada no sería dura contigo si no tuviera compasión. Pero se comportará de forma severa contigo porque se inquieta, está preocupada por ti, quiere ayudarte. Y si no es duro contigo, no logrará nada.

¿Qué sucedió? Cuando sacó su cuchillo, cogió el dedo del chico, lo cortó y lo arrojó. Cuando el chico vio que el maestro había sacado el cuchillo, ¿qué debió suceder? Si de repente alguien se acerca a ti con un cuchillo, ¿qué haces? La mente se detiene. No puedes pensar, es algo tan nuevo, tan desacostumbrado. La vieja mente simplemente se para, no puede entenderlo: «¿Qué sucede?».

Y nadie hubiera podido imaginar que Gutei llevara un cuchillo.

¿Puedes pensar en mí llevando un cuchillo algún día? Era algo imposible, incomprensible. Pero Gutei sacó el cuchillo, y el chico debió de quedarse tan sorprendido que su mente se detuvo. Era un gran tratamiento de shock el que estaba llevando a cabo Gutei. Nada semejante cabía esperarse del maestro. El chico no podía ni haberlo soñado nunca... y además no sólo sacó el cuchillo, sino que le cortó el dedo.

Cuando Gutei estaba cortando el dedo, cuando el dedo era separado de la mano, ¿qué estaba pasando dentro del chico? Por primera vez en su vida estaba atento, sin pensamiento. No podía estar adormecido en semejante momento. ¿Quién podría estarlo cuando alguien le está cortando el dedo? El dolor, el sufrimiento debieron de ser tan intensos que en un momento repentino el chico fue transformado. Dejó de ser un niño, maduró.

Puede suceder en un instante; puede no suceder en muchas vidas. La imitación debe ser cortada de forma severa. El dedo sólo es simbólico. El chico fue golpeado con dureza, y el sufrimiento caló hasta la misma raíz de su ser. Era algo tan desconocido que no pudo teorizar sobre ello. No pudo pensar, ni filosofar. Se hallaba simplemente bajo el efecto de un shock. La mente no podía ir a ninguna parte. El muchacho debió de mirar con ojos frescos por primera vez, sin pensamientos flotando en ellos. Y el dolor tuvo que ser tan severo y tan repentino que le llegaría al mismo corazón.

Recuerda: el placer nunca llega tan hondo como el dolor.

No puede, la naturaleza misma del placer es superficial. Por eso la gente que vive en el placer siempre sigue siendo superficial, carece de hondura. No puedes encontrar profundidad en un hombre rico, es difícil. Puedes encontrarla en un mendigo; acaso no mires al mendigo, porque piensas que no es alguien que valga la pena; pero no estés tan seguro de tus ideas. Cuando un mendigo pasa por tu lado, ¡observa! Ha sufrido mucho, ha vivido un gran dolor, y el dolor da profundidad. Un hombre rico es siempre superficial, sin hondura: ha vivido en el placer. El placer no puede calar muy hondo.

En este sufrimiento, el dolor era severo y tan repentino que la mente dejó de girar y el corazón fue herido.

Cuando el muchacho se escapaba aullando, Gutei gritó: «¡Alto!».

Esto es lo que te he estado diciendo yo a ti. Pero antes tienes que estar inmerso en un hondo sufrimiento y aullar. Sólo entonces el «¡alto!» puede significar algo. El muchacho se escapó aullando inmerso en dolor y sufrimiento y Gutei gritó «¡Alto!». Si esto se grita en el momento preciso, tiene un hondo efecto.

¡De pronto se detuvo! ¿Qué pasó al detenerse? Ya no había dolor. Si te detienes de repente, la atención entera se dirige al sonido «alto». El cuerpo queda atrás, te pones atento. Y cuando prestas atención, el cuerpo no puede molestar, el cuerpo no puede distraer. No había dedo, la sangre manaba; había dolor, pero ese «alto» condujo hacia el maestro toda la atención.

Cuando no hay atención, no hay dolor. El dolor no está en el cuerpo, sino en la atención. Si estás enfermo, echado en la cama, ¿qué haces? Continuamente prestas atención a tu enfermedad. La estás alimentando. Y hay que hacer algo para solucionarlo, porque se ha convertido en un problema muy grave en todo el mundo.

Si estás enfermo, los médicos te dicen: «Guarda cama y descansa». Pero ¿qué harás mientras descansas? Prestarás atención a tu dolor, y entonces lo estarás alimentando. La atención lo alimenta. Piensas continuamente en el dolor; se convierte en un mantra, una cantilena interior que dice: «Estoy enfermo, estoy enfermo. Esto y lo otro están mal». Te quejas, y recorres tu cuerpo una y otra vez e intentas encontrar lo que no va bien. Y esto se convierte en una obsesión, en algo muy patológico, que puede llegar a ser una continuidad de la enfermedad. Quedarás hipnotizado por las dolencias de tu cuerpo.

Si se le presta demasiada atención a la enfermedad, te conviertes en víctima de una hipnosis. Si te quejas continuamente de algo, creas un círculo vicioso; te quejas, y provocas el motivo de la queja, porque cada lamento hace que le prestes de nuevo atención, y otra vez te “quejas”. Se convierte en algo repetitivo.

He oído decir, y ha sucedido muchas veces, una persona estaba enferma, paralizada; durante quince años no pudo andar. De repente, una noche, la casa se incendió y todo el mundo salió corriendo de allí. El hombre olvidó que estaba cantaleta paralizado, así que él también salió corriendo de la casa. Sólo fuera de la casa, cuando su familia le encontró corriendo, le dijeron: «¿Qué? ¡Eres paralítico!». El hombre se cayó al suelo.

¿Qué pasó? Ante una situación tan grave, la casa se quema, el hombre olvidó por un instante que estaba paralizado. Si puedes olvidar tu enfermedad, ésta desaparecerá más rápidamente de lo que cualquier medicina puede conseguir. Si no la puedes olvidar, si continuamente estás obsesionado por ella, entonces estás jugando con la herida. Cuanto más juegas con la herida, más profunda se hace.

¿Qué sucedió cuando Gutei gritó «¡Alto!»? El muchacho le miró, se acabó el aullar, desapareció el dolor, como si el dedo no hubiera sido cortado.

El joven se detuvo, se volvió y miró a su maestro a través de las lágrimas. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, él estaba aullando y gritando y llorando. ¡Se detuvo! Desapareció el dolor, pero las lágrimas no pueden desaparecer tan aprisa, estaban allí. Gutei tenía el dedo levantado. El muchacho se dispuso a levantar el dedo, y cuando se dio cuenta de que no estaba allí, se postró.

En este instante se iluminó.

Gutei tenía el dedo en alto un momento de atención muy intenso, un gran truco, una situación creada por el maestro. La mente ya no existe, el dolor ha desaparecido, porque la atención ha sido llamada a otro lugar... como si el muchacho no pudiera respirar en esta situación. «¡Alto!», y el aliento se ha detenido, y los pensamientos se han detenido, y ha olvidado que ya no tiene dedo. Por el simple reflejo del antiguo hábito, cuando el maestro levantó el dedo, él levantó el suyo, que no estaba allí. Esto muestra que había olvidado completamente lo que había sucedido.

En ese momento él no era el cuerpo, ¿cómo, si no, pudo olvidar el dolor, que le habían cortado el dedo, que estaba sangrando, que sus ojos estaban llenos todavía de lágrimas y que un momento antes estaba aullando? Este «¡Alto!» produjo el milagro.

El muchacho se detuvo, se volvió y miró a su maestro a través de las lágrimas. Gutei tenía el dedo levantado.

Simplemente siguiendo un viejo hábito siempre levantaba el dedo cuando el maestro enseñaba a sus discípulos sobre el zen. Se ponía junto a la silla, o tras ella, y cuando el maestro levantaba el dedo, él hacía lo mismo. Se había convertido en algo automático. El cuerpo es un autómata, es un mecanismo, es mecánico.

El muchacho se dispuso a levantar el dedo, y cuando se dio cuenta de que no estaba allí, se postró.

¿Qué pasó? ¿Por qué se sintió tan agradecido y se postró? Porque por primera vez se dio cuenta de que no era el cuerpo. Era la atención, no el cuerpo; vigilia, no el cuerpo; consciencia, no el cuerpo. El dedo no estaba, el dolor había desaparecido, ya no había aullido. La mente no daba vueltas a la herida; no estaba obsesionada por todo ello. Ya no era un cuerpo, no estaba encarnado. Estaba simplemente fuera de su cuerpo. Por primera vez se dio cuenta de que era un alma, una consciencia, y de que el cuerpo no es más que la casa.

No eres el cuerpo; estás en él, pero no eres el cuerpo. Si tu atención puede llegar a tanta intensidad, te darás cuenta de que no eres el cuerpo. Y cuando esto ocurre, sabes que eres inmortal. ¿Quién puede cortarte el dedo? ¿Cómo puede violentarte alguien? Nadie te puede destruir. Por eso se postró ante el maestro, profundamente agradecido: «Me has dado la oportunidad de conocer el nivel más profundo de mi ser, que es inmortal».

En este instante se iluminó.

¿Qué es la iluminación? Llegar a comprender, llegar a darse cuenta de que no eres el cuerpo. Eres la luz interior; no la lámpara, sino la llama. No eres ni cuerpo ni mente. La mente pertenece al cuerpo; la mente no va más allá del cuerpo, es parte del cuerpo sumamente sutil, sumamente refinada, pero es parte del cuerpo. La mente también es atómica, como el cuerpo. Tú no eres ni el cuerpo ni la mente; entonces llegas a saber quién eres. Y saber quién eres es la iluminación.

Cuando Gutei le cortó el dedo a su discípulo, el cubo, el viejo cubo, cayó hecho añicos, el agua se derramó: ¡ni agua, ni luna! El discípulo se iluminó.

Pero Gutei debió esperar el momento preciso. Durante muchos, muchos años este muchacho estuvo imitando. Gutei esperó, esperó. No puedes forzar el momento preciso, llega cuando llega. Creces hacia él, vas hacia él a tientas y el maestro espera. Cuando llega, cuando está ahí, cualquier cosa puede convertirse en una excusa, cualquier cosa. Hasta un grito, «¡Alto!», y el viejo cubo está roto. De pronto los reflejos desaparecen, porque no hay agua. Miras la verdadera luna, estás iluminado.

La iluminación significa que te has dado cuenta de quién eres.

FRASES DEL AUTOR OSHO

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