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UN IDEAL SUBLIME Y SAGRADO

12/12/2018

Un ideal sublime y sagrado - Omraam Mikhael - religiones - sublime (GAA # 3081)

RELIGIONES - SUBLIME

EL ALTO IDEAL

¿Cómo no ser felices en unas condiciones como éstas, mis queridos hermanos y hermanas?

¡Mirad la gentileza del Ángel del aire! Ha limpiado el Cielo, y todo ahora está limpio y transparente, ¡es extraordinario! ¡Qué buen trabajo se puede hacer en estas condiciones! Os he dicho a menudo que, para el hombre, todo depende de aquello en lo que se concentra en la vida, de lo que quiere obtener, de a dónde quiere llegar, en una palabra, de cuál es su ideal. Todo está ahí, porque este ideal actúa sobre él y produce efectos: profundiza, limpia, ordena, armoniza. Todo en su vida se modela y toma forma en función de su ideal. Si éste no es grande, ni noble, sino prosaico y material, todo lo que el hombre hace, siente y piensa se modela en función de su ideal, y no debemos extrañarnos después si no somos felices. Meditad sobre esta cuestión, ¡y veréis todo lo que vais a descubrir!

Que este ideal sea imposible, irrealizable, inaccesible, eso no debe preocuparos; debéis preocuparos solamente de que sea perfecto, sublime, divino. Cuánto tiempo necesitaréis para realizarlo, eso no tiene ninguna importancia. Pero los hombres se preocupan siempre del tiempo y abandonan todo lo que es difícil, lejano y inaccesible.

Un ideal es un ser vivo, poderoso, real, que tiene los medios de aportarnos todo lo que nos falta. Por no haber querido comprender esta verdad, los hombres se ven siempre privados de todo lo mejor, al escoger una meta cercana, fácil, material, y así malogran toda la existencia. Un ideal posee una virtud mágica: está conectado con nosotros, y, si es elevado, nos aporta sin cesar partículas y corrientes benéficas. Puesto que lo hemos formado, puesto que pensamos en él y lo amamos, siempre está ahí para mejorar las condiciones y, de esta manera, un día nos encontramos en nuestra vida las nuevas condiciones que este ideal ha preparado. Pero, para eso, debemos amarlo, debemos pensar en él, debemos alimentarlo, y, a pesar de su inmensidad y de la distancia que nos separa de él, debemos acunarlo en nuestro corazón y en nuestra alma.

¡Ahí tenéis la sabiduría más grande y la mayor verdad!

De ahora en adelante debéis aprender a superaros, a sobrepasaros, a superarlo todo para ir formando este ideal, sabiendo que se trata de un ser que ya vive en el mundo divino y que, puesto que existe una conexión entre él y vosotros, se encarga de haceros salir de todas las complicaciones, de todas las desgracias, de todas las miserias. Se acerca y dice: «Aquí me tienes, estoy ahí, ¿acaso me olvidas? Quiero que pienses un poco en mí». Y de nuevo os encontráis inspirados. Sólo que, ¿dónde están ahora esta fe, este saber y esta voluntad capaces de formar un ideal semejante?

Aquéllos que no conocen estas grandes verdades trabajan con unos materiales endebles y unas condiciones inciertas. Después sufren y se quejan, pero ¿de quién es la culpa? No apuntaban muy alto, se contentaban con pequeñas cositas, sin saber que éstas estarían formadas por materiales muy corrientes; porque ahí también juega la ley de afinidad: con un ideal corriente atraemos necesariamente los elementos más apagados y menos resistentes. El hombre debe buscar siempre muy arriba, cada vez más arriba, en el Cielo, en la luz, en la inmensidad, en la profundidad de su ser, los materiales que formarán todos los órganos de su cuerpo y de su cerebro. Pero esto sólo es posible si ha escogido el ideal más elevado, el más sublime.

La mayoría de las veces, los hombres se imaginan que, como pueden ejercer la profesión que han escogido, su ideal ya se ha realizado. Pero, ¿por qué, entonces, sienten en ellos un vacío como si les faltase algo? No es lógico, puesto que ya han obtenido todo lo que deseaban… En realidad, mientras no tengan un alto ideal, les faltará siempre algo, porque únicamente el alto ideal puede llenar todos los vacíos en el hombre; el alto ideal penetra y se infiltra por todas partes, aporta la plenitud. Yo no digo que no debáis tener una profesión, o que no debáis ser artistas, ni sabios, no, pero no es ahí donde podréis encontrar la inmortalidad, la plenitud. Hay que tener una profesión, porque eso es necesario en la vida, y todas las profesiones son magníficas; pero quedarse en eso y querer encontrar ahí la felicidad, la luz, el saber, el poder, el florecimiento absoluto, es imposible, porque Dios no los ha puesto ahí. Ha puesto en todo esto ciertas posibilidades, pero no unas posibilidades absolutas para nuestra alma y para nuestro espíritu. Para llegar a la plenitud hace falta algo más.

La mejor solución es, pues, mis queridos hermanos y hermanas, la que os indico: tened todo lo que os resulte necesario en la vida, pero que vuestro ideal no esté en eso. Vuestro ideal debe estar tan arriba que ni siquiera podáis alcanzarlo. Entonces estáis en la verdad: sabéis que ni siquiera en miles de años podréis realizar este ideal, pero lo amáis, os lo imagináis, estáis con él, le habláis… Porque él es el que mantiene el equilibrio en vosotros, él es el que os aporta el gozo del Cielo, el que transforma todo lo malo, y el que, un día, hará de vosotros una divinidad.

La mayor sabiduría, el mayor secreto mágico, es saber de antemano que nunca realizaréis vuestro alto ideal, pero que, pensando en él, amándolo, lo realizáis ya de otra manera, porque os volvéis cada vez más claros, luminosos y puros. Vuestro ideal sigue siendo irrealizable, y ni siquiera vale la pena realizarlo, puesto que os beneficiáis cada día de sus riquezas. ¿Bajo qué forma? Bajo toda clase de formas… Quizá esto os parezca absurdo, pero es en este absurdo, justamente, donde el hombre gana mucho. Todos aquéllos que no han comprendido eso y que han aceptado la filosofía ordinaria y terrestre de la masa no encontrarán nunca lo esencial.

Algunos van a decir: «Sí, pero yo me conozco, soy tan débil, tan tonto, no estoy instruido, nunca lo conseguiré…» Y así es cómo capitulan, porque no han comprendido nada.A los humanos les han metido en la cabeza que son tierra, polvo, y que volverán al polvo. Les han explicado que son débiles, que viven en el pecado y que no hay nada que hacer, que hay que aceptar esta situación: ser desgraciados, feos, criminales. Pero ¿por qué? Porque se han fijado solamente en un aspecto del hombre, en su aspecto físico y material. Desde hace millones de años han observado que el cuerpo era débil y creen que toda la verdad está ahí. No, esto es falso. Al lado del cuerpo físico, hay un alma y un espíritu que vienen directamente de Dios y que Dios mismo ha formado. Pero eso no lo han explicado, han dejado a los hombres en la debilidad, les han sugestionado, diciéndoles: «Sois pecadores y seguiréis siéndolo». Y, los pobres, no han tenido más que decir: «Amén». Han aniquilado en el hombre la fe en su divinidad y éste ya ni sabe que posee, enterrada en él, una chispa divina sobre la que debe trabajar para hacerla brotar. Los humanos ya no saben que son hijos e hijas de Dios.

De ahora en adelante, debéis aceptar esta filosofía que nos enseña que nosotros también somos herederos de nuestro Padre celestial, que llegaremos a ser como Él, que dispondremos de todo su saber, de todo su amor, de todo su esplendor, de todo su poder. Así es como nos acercamos al alto ideal: nos modelamos según el Señor, y no según la debilidad, la enfermedad y la muerte; nos modelamos conforme a un ideal verdaderamente divino que habita en el Cielo y que, desde allí arriba nos sonríe, nos protege, nos consuela y nos envía todo lo que necesitamos. Si hoy no me comprendéis, seguiréis aún durante mucho tiempo con vuestros problemas, vuestras preocupaciones, vuestras tristezas y vuestros desánimos, porque os obstináis en no aceptar la mejor filosofía que existe, que ha existido, que existirá, que yo os estoy transmitiendo. Analizaos, mirad dónde os encontráis, qué deseáis y cómo consideráis las cosas: constataréis, entonces, la diferencia con lo que acabo de deciros, y os encontraréis en alguna parte, muy lejos.

Suceda lo que suceda, debéis mantener este alto ideal. Evidentemente, diréis que la realidad no es muy buena que digamos, que tenéis un cuerpo físico que es débil, que está enfermo… Pero eso no es grave, sólo es una apariencia. Diréis que no tenéis dinero, que sois desgraciados, que estáis oprimidos, deprimidos… Pero todo eso es otra apariencia también. Si seguís alimentando vuestro ideal dentro de vosotros mismos, éste os liberará de vuestros tormentos y un día os sentiréis un hijo de Dios, dispondréis de riquezas extraordinarias. ¿De dónde vendrán? De arriba... Pero no buscáis nada arriba, siempre buscáis abajo, y abajo las cosas no son sólidas, se rompen, se desmoronan; no tengáis, pues, una confianza absoluta en lo de abajo.

Ahora, hace falta un cambio, una transformación radical, y justamente para eso habéis venido aquí, al Bonfin. Aprovechadlo, pues. Aprovechaos del Sol, de la calma y de la pureza de esta atmósfera, y, sobre todo, de las conferencias. Pero, después de una conferencia empezáis a hablar de otra cosa, como si lo que os he dicho fuese inútil y sin interés, cuando durante toda la jornada deberíais dar vueltas a estas ideas, durante toda la jornada, trabajando, preparando la comida, al vestiros, al lavaros, deberíais aferraros a esta ideas y decir: «¡Esto es la salvación!» Pero no actuáis de esta manera y encuentro que no tenéis un método de trabajo eficaz, que no sabéis trabajar en profundidad, ¡siempre es el instinto de entretenimiento el que se lleva el gato al agua! En vez de tomar el trabajo en serio para transformarse y convertirse en estos seres nuevos que el mundo entero necesita, perdéis el tiempo, sólo sabéis perder el tiempo. Estáis aquí para hacer un trabajo sobre vosotros mismos, mis queridos hermanos y hermanas, un trabajo como nunca habéis hecho, y, si os decidís, ¡veréis los resultados!

No sigáis a todos éstos que nunca toman en consideración que tienen un alma y un espíritu, que existe otro mundo con el que deben ajustarse. Lo hacen todo para el cuerpo físico, para la tierra, para la sociedad; y, es verdad, para todo eso nada falta, ¡pero interiormente nada anda bien!… No sigáis esta filosofía, sino que tomad la filosofía divina que yo os traigo. Tened un alto ideal sin preocuparos de vuestra miseria y de vuestras debilidades. Alimentad esta idea de que sois una divinidad en potencia, y trabajando, aprendiendo, rezando, viviendo razonablemente, superaréis un día a todos los que se han incrustado en unas formas pretendidamente correctas, porque se trata de unas formas viejas y caducas que les impiden evolucionar, que les retienen ahí, pegados, y no avanzan. Mirad, por ejemplo, lo que hace una mujer. Cuando es joven, se maquilla, se cuida, se perfuma; aprende a dibujar, a bailar, a tocar el piano y todo lo que hace falta para seducir a un hombre. Pero todo esto sólo hasta el matrimonio. Una vez casada, ¡para qué continuar! Ya está casada, colocada, y con eso basta. Por eso, empieza a engordar, a atiborrarse, y abandona todo aquello que hacía su encanto, su finura, su poesía. ¿Por qué? ¡Debía conservarlo!… Pero no, no piensa así, y se para. No hay que pararse. Aunque tengáis noventa y nueve años, no debéis pararos, ¡porque entonces se dan, justamente, las mejores condiciones para empezar! Hasta entonces no habíais hecho ni aprendido gran cosa, pero, a esta edad, por fin, ha llegado el momento.

Así es como yo pienso. ¿Y por qué tendría que ser el único en pensar así? Yo quiero tener amigos a mi alrededor que piensen como yo… Diréis que me pesa la soledad… No, en absoluto, porque nunca estoy sólo. ¡Si supierais cuántos seres hay conmigo y alrededor de mí! Si fueseis clarividentes, ¡estaríais asombrados de lo que veríais! Tengo interés en que os volváis clarividentes, ¡porque me comprenderíais mucho mejor! Sí, verdaderamente, tengo interés en que os volváis clarividentes; por otra parte, si seguís ciertas reglas, lo seréis, está escrito por la Inteligencia cósmica. La Inteligencia cósmica lo ha previsto todo, tiene proyectos, incluso, de los que no tenéis ni idea. Si seguís las reglas divinas, unas riquezas extraordinarias, enterradas desde hace miles de años, van a descubrirse ante vosotros, creedme. Pero, evidentemente, si adoptáis la filosofía común y materialista, si sólo pensáis en lo que está próximo, en lo que es fácil, tangible, no veréis aquello que es muy sutil, y viviréis una vida cualquiera, una vida mediocre y limitada.

Pero volvamos de nuevo al alto ideal, porque siento que todavía no habéis captado lo importante que es para vosotros formarlo, alimentarlo, amarlo con toda vuestra fuerza, con toda vuestra alma, porque es todopoderoso y puede salvaros. Os he dado a menudo esta imagen. Cuando un buzo se sumerge en el mar para buscar perlas y tesoros, está conectado con cables y tubos a un barco, en donde hay hombres que están ahí para vigilarle, y, si está en peligro, hace señales, y le sacan o le envían oxígeno… La mayoría de la gente son como buzos extraviados en el mar que no tienen a nadie para que venga a ayudarles, porque no están conectados a un alto ideal, y están solos, abandonados, a punto de naufragar. Mientras que aquéllos que tienen un ideal pueden bucear libremente, salir, volver a sumergirse, respirar, no corren ningún peligro, porque su ideal les sostiene y les suministra unas partículas todavía desconocidas. Son hijos de Dios que respiran una atmósfera más pura.

Se pueden encontrar otras comparaciones, y os he dicho también que el alto ideal es como un transformador eléctrico que modifica la tensión de una corriente. Sucede, a veces, que hay aviones que pasan por unos lugares peligrosos, atravesados por corrientes y torbellinos que su radio no ha podido detectar, y son abatidos al suelo sin que se sepa por qué. De la misma manera, la atmósfera fluídica y psíquica en la que estamos sumergidos es atravesada por torbellinos de un poder increíble que provocan bruscamente en algunos embolias o accidentes cardíacos de todas clases que no se pueden explicar. Es, simplemente, porque estas personas han caído en agujeros atmosféricos y han sido destrozadas por unas corrientes que no han podido soportar. En este océano psíquico en el que todos estamos sumergidos, únicamente el alto ideal, como un transformador que reduce la intensidad de una corriente, puede protegernos. Pero los hombres no quieren tener este alto ideal, son perezosos, no les gustan los esfuerzos, están deslumbrados por la apariencia de las cosas, y ¿por qué? Simplemente, porque todavía tienen que sufrir.

Aunque os hablase durante horas, no podría agotar o explicar todas las maravillas que el alto ideal es capaz de realizar en nosotros mismos. Es como un escultor que nos modela, y eso es el grado superior del arte: llegar a pintarse, a esculpirse, a modelarse uno mismo, a escribir su propio libro. A mí me gustan los artistas; el arte es una puerta abierta al Cielo, un camino hacia la Divinidad, pero, a pesar de eso, encuentro que existen aún unos grados superiores del arte. Los artistas crean la belleza, pero esta permanece fuera de ellos, porque no trabajan sobre su propia materia. Puesto que son exteriores a ellos, estas obras de arte desaparecerán un día y, ellos mismos, cuando vuelvan de nuevo a la Tierra, tendrán que volver a empezar. Mientras que un verdadero pintor, un verdadero escultor, un verdadero poeta, trabaja sobre sí mismo y nunca se separará de todos sus cuadros, de todas sus estatuas, de todos sus libros; se los llevará consigo al otro mundo y se los traerá consigo cuando vuelva en una próxima vida. Esto es la verdadera evolución.

No niego que los artistas hayan dejado obras maestras inmortales que inspiran y hacen evolucionar a la humanidad entera, pero, según la Ciencia iniciática, según la Inteligencia cósmica, que me ha revelado el objetivo de la creación, pienso que no hay que pararse ahí, porque existen todavía unos grados superiores del arte. Admiro las catedrales, las sinfonías y las estatuas, pero el verdadero ideal es realizar todos estos esplendores en uno mismo, es decir, ser uno mismo los cuadros, las estatuas, la poesía, la música, la danza… Diréis: «¡Pero nadie se aprovechará de estas obras maestras!» Os equivocáis. Los verdaderos instructores de la humanidad, que se creaban a sí mismos, que se escribían a sí mismos, conmovían a toda la Tierra con su sola presencia, porque se veían y oían a través de ellos todos los colores, todas las formas, todos los poemas y todas las músicas del mundo. Un ser que se crea a sí mismo, que escribe él mismo su propio libro, hace mucho más por la humanidad que todas las bibliotecas, que todos los museos y obras maestras del arte, porque todo eso esta muerto, ¡mientras que él está vivo!

En realidad, todo esto que os digo no es nuevo; Jesús lo sabía y yo sólo fui a preguntarle lo que pensaba cuando dijo a sus discípulos: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto». Eso es todo. No les dio ni detalles, ni explicaciones; pero yo, hace ya mucho tiempo, se los pedí. Le dije: «Pero, Señor, ¡nos pides demasiado! ¿Cómo es posible que no conozcas un poquito mejor la naturaleza humana? Los humanos son débiles, son limitados… ¿Cómo es posible que les hayas dado semejantes prescripciones?… Nos pides que levantemos la Tierra. No tenemos fuerzas suficientes…» Entonces, me respondió: «Sí, tienes razón, pero sólo porque miras el lado terrenal, la apariencia. En apariencia, es verdad, el hombre es débil, pero yo he visto todo lo que posee en él de eterno y de todopoderoso, es decir, su espíritu, que ha salido de Dios, que no muere, que es indestructible y que es capaz de darle todo el poder del Cielo. Por eso he enseñado a los hombres este alto ideal.» Al oír esto me quedé estupefacto, y comprendí también que todo aquello que Jesús no explicó a sus discípulos, puede explicárselo ahora a aquéllos que se lo preguntan.

Actualmente, sin dar explicaciones psicológicas, científicas y filosóficas, siguen repitiendo estas citas: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.» Pero ¿cómo podemos ser perfectos? No podemos ser perfectos como el Padre celestial si no le tomamos a Él mismo como el modelo, como el centro de nuestra vida. Los hombres no llegarán nunca a la perfección del Señor porque no le han tomado a Él mismo como la levadura que hace subir la masa; han tomado otra cosa al lado, no se sabe qué, algo viejo, enmohecido, y esperan que sea sólido. No nos servimos de una paja para hacer un bastón, ni construimos nuestra casa con hielo o con cera; tenemos que encontrar materiales que sean sólidos, que lo resistan todo.

Ésta es la verdadera ciencia.

La verdadera ciencia es formar, dentro de uno mismo, en la profundidad del cuerpo físico, este cuerpo que se llama el cuerpo de gloria, el cuerpo de inmortalidad, el cuerpo de luz, el cuerpo de Cristo, porque este cuerpo está hecho con una materia que lo resiste todo. Para formarlo, hay que saber cómo amar, cómo pensar, cómo rezar, y conectarse con el Cielo. Mientras no se realizan las condiciones, es imposible obtener grandes cosas.

Procurad escoger y formar en vosotros el ideal más alto, el más sublime: el ideal de Cristo. ¿Cómo se convirtió Jesús en Cristo? Preguntádselo y os responderá: «He dejado una huella sobre la Tierra, y esta huella no puede borrase, porque realicé el cuerpo de gloria. Amé al Señor, le tomé como modelo, y una multitud de seres y de fuerzas vinieron a ayudarme. Yo solamente pensé y amé, pero no estaba sólo; llamé a todas las criaturas de la jerarquía celestial y, mientras yo me ocupaba solamente de contemplar, de amar y de hablar al Señor, éstas vinieron a reemplazar las partículas de mi cuerpo por partículas luminosas y divinas, vinieron a santificarlo todo en mí. Mi ideal era ser semejante a mi Padre celestial, y me volví como Él. Ahora, ¡haced como yo!» Esto es lo que me dijo Jesús. Y si, vosotros también, amáis este alto ideal, os enviará a una jerarquía de ángeles que se ocuparán de purificaros, de transformaros, y no quedará ni siquiera una huella de lo que la herencia había acumulado en vosotros desde hace siglos. Para llegar a ser como su Padre celestial, Jesús también se vio obligado a tener este alto ideal, pero no fue él quien se ocupó de reemplazar cada célula, cada partícula de su cuerpo, porque eso ningún hombre puede hacerlo. Hay otras entidades que saben trabajar con la estructura de la materia, y nosotros solamente debemos invitarlas. Éste es nuestro trabajo, y ellas hacen la otra mitad del trabajo. ¿Qué hace el agricultor? Siembra; es la mitad del trabajo. Después, la lluvia, el Sol, e innumerables entidades que viven en el agua, en el aire, en la tierra, se ponen a trabajar sobre las semillas, y es la otra mitad, de la que el agricultor no tiene que ocuparse, porque no es asunto suyo. Lo suyo es sembrar.

Cuando el padre ha depositado un germen en el seno de la madre, ¿creéis acaso que es ella, después, la que lo fabrica todo, que es ella la que ajusta los átomos y las moléculas para que nazca un niño tan bello y tan sano? No, hay otras entidades que se encargan de ello, miles y miles de entidades. De la misma manera, un Iniciado siembra semillas, desencadena ciertos procesos, los orienta, y, después, la naturaleza entera y todas las potencias del cosmos se encargan de hacer lo demás. Esto es lo que me explicó Jesús.

Y ahora, preguntadle también a Jesús: «Y a nuestro Maestro, que está ahí, en esta Roca, y que nos habla, ¿debemos escucharle y seguirle?» Os responderá: «Vuestro Maestro es mi servidor, aprendió muchas cosas a mi lado, os las transmite y, si le escucháis, recorreréis mucho más rápidamente el camino de vuestra evolución».

¡Que la luz y la paz estén con vosotros!

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«No hay que tener miedo a equivocarse.»

«La vida es la única riqueza que existe.»

«Vuestro amor debe hacer crecer a los demás.»

«En el hombre están todas las posibilidades.»

«Cada rayo de sol es un manantial de energía.»

«El verdadero amor es un estado de conciencia.»

«El lenguaje simbólico es la matemática de las ideas.»

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La iluminación simplemente significa el día en que te des cuenta de que no había nada que lograr, no hay ningún lugar a dónde ir, no hay nada que hacer. Ya somos divinos y ya somos perfectos tal y como somos. Ninguna mejora es necesaria, absolutamente ninguna. Dios nunca crea alguien imperfecto. Incluso si tú te cruzas con un hombre imperfecto, veras que su imperfección es perfecta. Dios nunca crea algo imperfecto.

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