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LA ILUMINACIÓN ESPIRITUAL
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PATROCINIO NAVARRO

PROLOGO PATROCINIO NAVARRO

El presente trabajo está inspirado en las enseñanzas del cristianismo libre. Estos son tiempos difíciles, de luces y sombras extremas. Los seres humanos hemos ido creando un mundo a nuestra imagen y semejanza partiendo de la materia prima de la Naturaleza en su conjunto y atentando a la vez contra sus leyes. Como resultado, lo que conocemos genéricamente como “mundo”, esta perversa civilización que hemos construido a golpes de desamor, tiende a desaparecer aceleradamente a causa de los abusos cometidos contra todos los jardines primigenios de la vida.

También nosotros como especie, pues hemos llegado a creer, desde nuestra ignorante intelectualidad orgullosa, racionalista y egocéntrica, que la Naturaleza y nosotros no formamos parte de lo mismo, y que es posible destruir nuestra casa sin que el techo se desplome sobre nuestras cabezas.

Suponiéndonos poseedores de un extraño privilegio, actuamos sobre el medio natural como si fuese algo ajeno a nosotros, una especie de universo paralelo, pensando que nunca nos devolvería el mal que le hacemos o que llegado el momento sabríamos encontrar los oportunos remedios.

De semejantes maneras actuamos con nuestro cuerpo, y con el uso de nuestra energía personal en la relación con nuestros semejantes. Nos mal-tratamos y los mal-tratamos. Con frecuencia nos revolvemos contra nuestro microcosmos biológico y psíquico, y contra los demás y el macrocosmos, al que pertenecemos como energía y como materia (que es energía condensada de baja vibración.). Y por la ley de causa y efecto, el boomerang de nuestras agresiones se vuelve contra sus emisores.

Una gran mayoría de nosotros siempre “estamos fuera”, como “ausentes”, semidormidos- en una especie de enajenación parcial - a una realidad que la mayoría nos negamos a conocer: la realidad profunda de una parte de nuestro ser que permanece como a “espaldas nuestras” pero intercomunicado sin fisura alguna con un Todo Omniabarcante, con el Macrocosmos, lo Infinito, la Divinidad. Este Todo que es impersonal y a la vez personal, es la meta de las conciencias libres, y tiene mucho que ver con el cristianismo originario, el taoísmo, el sufismo y en general con las antiguas escuelas iniciáticas mesopotámicas, egipcias y griegas. Todas esas corrientes no son exclusivamente espirituales, sino que también se basan en experiencias con el mundo natural a las que la física cuántica comienza a ver como realidades, y no como fenómenos imaginados por visionarios.

A causa de no tener en cuenta estas cuestiones, precisamente por estar “ausentes”, nos resulta fácil agredirnos a nosotros mismos a través de nuestros sentimientos, pensamientos y actos con la misma lógica con que actuamos sobre la Naturaleza y las demás personas, aunque creyéndonos poseedores de la Verdad tenemos la increíble tendencia de culpar siempre a otros ( a nuestros amigos, compañeros, parejas, vecinos, gobiernos) de todo el daño causado por nosotros y que, a su vez, sale a nuestro encuentro en cualquier momento del tiempo de esta vida o del tiempo de otras existencias, pues como energía que somos estamos permanentemente activos más allá de la materia y sus límites tempo-espaciales. Este es el fundamento físico y metafísico de la reencarnación (no confundir con la transmigración, que afirma poder reencarnar en animales).

A la vista de lo que acontece en el Planeta, comenzamos a intuir que existe una enorme brecha entre lo que pensamos de nosotros y lo que somos en realidad, pues de considerar nuestra inteligencia situada en un gran trono sobre el centro del universo -nada menos que “humanos”, por más señas- hemos descubierto que no nos alcanza siquiera para ser capaces de conservar nuestra casa planetaria, hasta el punto de poner en peligro nuestra existencia como especie. Se ha llegado a tal extremo que hablar hoy de una filosofía conservacionista - el desarrollo sostenible parece utópico para algunos y hasta sospechoso de querer atentar contra el progreso para otros (justo los máximos culpables del desastre colectivo).

No conozco ninguna especie que destruya la casa que le da cobijo y alimento, excepto la más refractaria a la verdadera inteligencia: la humana. La inteligente especie llamada “hombre” comienza a darse cuenta parcialmente de estar sufriendo las primeras consecuencias de sus actos, aunque, como es natural, y devota de la casualidad, de la auto justificación sin límites cuando no del castigo divino como explicación de los desastres, aún no atribuye al profundo movimiento que conmueve a nuestra madre Tierra y que provoca casi diariamente toda clase de calamidades y desgracias, más valor que el de ocasionales catástrofes de las que individualmente no nos sentimos responsables, que es necesario asumir con fatalismo y,- como no podía ser menos para aligerar nuestra conciencia,- con mucha ayuda humanitaria.

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