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CUENTOS QUE RONDAN POR EL MUNDO

19/05/2019

La escritora Pilar Sahagún nos trae unos cuantos cuentos famosos que rondan por el mundo y que mueven a la reflexión y al despertar de la conciencia.

Cuentos que rondan por el mundo - Articulos por Pilar Sahagun

CUENTOS PARA DESPERTAR LA CONCIENCIA

Pilar Sahagún nos trae unos cuentos famosos que rondan por el mundo.

Al ser humano le cuesta reconocer su grandeza. Prisionero del cuerpo, olvida que es espíritu. Inmerso en la materia, no le es fácil acceder a los estados alterados de conciencia, que los místicos han descrito a lo largo del tiempo pero son más comunes entre nosotros de lo que pensamos. Las historias reales que recoge este articulo tienen en común el prodigio. Narran situaciones anómalas, sorprendentes, para las que no encontramos explicación lógica desde los parámetros de nuestro universo racional. Tal vez porque aluden a eso que las religiones han dado en denominar Dios.

Veamos algunos cuentos que nos trae Pilar Sahagún...

CUENTO SUFI

Un místico sufí, muy pobre, marginado, hambriento y cansado de viajar llegó a un pueblo por la noche y nadie le aceptó. Era un pueblo de gente muy ortodoxa y cuando hay musulmanes ortodoxos es muy difícil persuadirles. Ni siquiera querían alojarlo en el pueblo. La noche era fría y estaba hambriento, agotado, temblando, sin suficiente ropa. Estaba sentado en las afueras del pueblo, bajo un árbol. Sus discípulos estaban sentados allí muy deprimidos, muy tristes e incluso enojados.

Y entonces empezó a rezar diciendo a Dios: ¡Eres maravilloso! Siempre me das todo lo que necesito. Esto fue demasiado. Un discípulo le dijo: Espera, ahora estás yendo demasiado lejos, especialmente esta noche. Estas palabras son falsas. Estamos hambrientos, cansados, sin abrigo y nos espera una fría noche. Hay animales salvajes por todos lados, hemos sido rechazados por la gente del pueblo, estamos sin refugio. ¿Por qué le estás dando gracias a Dios? ¿Qué quieres decir cuando dices: Siempre me has dado lo que necesito?

El místico dijo: Sí, y lo repito otra vez: Dios me da todo lo que necesito. Esta noche necesito pobreza, esta noche necesito ser rechazado, esta noche necesito tener hambre, estar en peligro. De otra manera ¿por qué me estaría dando? Debe de ser que lo necesito. Es lo que necesito y tengo que estar agradecido. ¡El cuida tan bien de mis necesidades! ¡Es realmente maravilloso!

LA FLOR Y LA SONRISA

Existe una historia sobre las flores que es muy conocida en los círculos Zen. Un día Buda alzó una flor ante una audiencia de 1.250 monjes y religiosos. Guardó silencio durante largo rato. La audiencia se mantuvo en un silencio absoluto. Todo el mundo parecía estar pensando intensamente, intentando comprender el significado del gesto de Buda.

Entonces, de pronto, Buda sonrió. Sonrió porque entre el público hubo alguien que le sonrió a él y a la flor. El nombre de aquel monje era Mahakashyapa. Fue el único que le sonrió y Buda le respondió con otra sonrisa y dijo: Poseía el tesoro de una revelación y se la he transmitido a Mahakashyapa.

Dicha historia ha sido discutida por generaciones y generaciones de estudiantes de Zen y la gente sigue interrogándose acerca de su significado. Personalmente, el sentido de la anécdota me parece de lo más simple. Cuando alguien sostiene una flor ante ti y te la muestra, está intentando que la veas. Si piensas, te pierdes la flor. La persona que no piensa, la que es ella misma, puede hallar la flor en toda su belleza y sonreír. Ese es el auténtico problema vital.

PARÁBOLA DE LA LECHUGA

Si siembras una lechuga y no crece, no se te ocurrirá culparla por ello. Intentarás buscar los motivos del por qué no brota bien. Pensarás que quizá necesite abono, más agua o menos sol. Jamás culparías a la lechuga. Sin embargo, en cuanto tenemos problemas con un amigo o con algún familiar, culpamos rápidamente a la otra persona. Aunque si supiéramos cómo cuidarla, crecería bien, como una buena lechuga. Culpabilizar no tiene absolutamente ningún efecto positivo. La experiencia me lo ha demostrado. Si comprendemos, lo manifestamos y somos capaces de amar; por lo tanto la situación cambia.

Una vez, en París, impartí una conferencia sobre la necesidad de no culpabilizar a la lechuga. Tras mi discurso salí solo a dar una vuelta y a meditar; y al torcer la esquina me crucé con una niñita de ocho años que le decía a su madre: Mami, acuérdate de regarme. ¡Soy tu lechuga! Me sentí tan complacido de que me hubiera comprendido hasta tal punto… Y oí cómo la madre replicaba: Sí, hija, y yo también soy tu lechuga. Así que no lo olvides tú tampoco. Madre e hija practicando juntas, ¡qué imagen tan bella!

DEMONIO EN LA SOMBRA

Del monje Milarepa, célebre en la historia del budismo, se cuenta que una vez entró en una cueva y tuvo miedo. Estaba oscuro todo alrededor, y la oscuridad le hizo creer que había un demonio acurrucado en el rincón entre las sombras. En efecto, al poco tiempo surgió de la sombra un demonio.

Milarepa le increpó: ¿De modo que estabas ahí?

No, contestó el demonio, estaba en tu mente.

MURSHID

En una ocasión, cuando yo era joven y engreído, me acerqué a un derviche que predicaba y escuché su lección. Él se dirigió a mí y me llamó murshid, que es un título de respeto hacia un maestro, y eso me hizo sentirme muy bien. Por eso me quedé con él para seguir escuchándole y lo acompañé cuando acabó la lección.

En el camino hacia su casa el mismo derviche se encontró con un policía y lo llamó murshid. Eso no me gustó. Luego se encontró con un mendigo y también le llamó murshid. Eso ya era demasiado, y protesté ante el derviche. Él me explicó: Para mí todos son maestros pues de todos tengo que aprender. Todos y todo representa a Dios para mí. Todos pueden enseñarte algo si estás dispuesto a aprender. Y no aprenderás qué es de verdad Dios hasta que no lo veas en todos.

LIMOSNA

Una tierna anécdota poco conocida de la vida del Buda:

Un día, mientras mendigaba en una pobre aldea, el Buda se encontró con unos niños que jugaban en el polvo. Estaban construyendo toda una ciudad con barro y arena, con su muralla, almacenes, casas y hasta un río. Cuando el Buda y los monjes que lo acompañaban se acercaron, uno de los niños los vio y dijo a sus compañeros, El Buda se acerca pidiendo limosna. ¿Qué limosna le daremos nosotros? A los demás niños les gustó la idea, pero dijeron, ¿Y qué podemos ofrecerle nosotros? Solo somos niños. El primer niño contestó: Hay mucho arroz almacenado en nuestra ciudad de barro. Podemos darle algo de eso al Buda.

Los otros niños aplaudieron con gusto. Tomaron un puñado de barro de sus almacenes y lo pusieron en una hoja limpia. El primer niño tomó la hoja en sus manos, se arrodilló ante el Buda y le dijo, Todo el pueblo de nuestra ciudad de barro os da la bienvenida y os ofrece este arroz para vuestro sustento y el de vuestros monjes. Le rogamos lo acepte.

El Buda sonrió, le acarició la cabeza y declaró, El arroz que me habéis dado es el más valioso que he recibido de los comerciantes. Lo conservaré siempre. Luego se volvió a su discípulo Ananda y le dijo, Ananda, guarda por favor esa ofrenda y cuando volvamos al monasterio la mezclaremos con agua y la emplearemos para revocar las paredes de mi celda. Luego se sentó con los niños y comenzó a contarles historias.

LA DESESPERACIÓN DEL NÁUFRAGO

Un náufrago en una isla desierta se resigna a su suerte, construye una choza con ramas y hojas, caza animales, logra encender un fuego y cocina la caza. Pero un día el fuego prende a la choza que tanto le había costado construir y queda destruida. El náufrago se desespera. Pero al cabo de un rato divisa un barco en el horizonte, el barco se acerca, atraca en la isla y lo rescata.

¿Cómo me encontraron en medio del océano?

No era nuestro rumbo, pero vimos una columna de humo a lo lejos y supusimos que era algún náufrago pidiendo auxilio. Ha hecho usted muy bien en encender ese fuego. Le ha salvado la vida.

Sí, claro. Muchas gracias.

DA LO MISMO

El Maestro Zen está a punto de morir. Sus discípulos reunidos junto a su lecho le piden una última palabra. El Maestro abre la boca y pronuncia con dificultad: La Verdad es como un río. El discípulo que iba a ser su sucesor le pregunta, ¿Cómo es que la Verdad es como un río, Maestro? Él contesta suavemente, Bueno, pues entonces la Verdad no es como un río, y muere con una sonrisa.

Yo sonrío, sabiduría póstuma. Da lo mismo.

AQUÍ Y AHORA

Trabajaba yo entonces de voluntario en una guardería. Era la hora del almuerzo y a los niños les estaban sirviendo la comida caliente en sus platos. Los niños se pusieron a cantar espontáneamente, y pronto todos ellos, asiáticos e ingleses, estaban cantando con gozo a pleno pulmón. Entonces la encargada les dijo muy seria, Podéis cantar después de comer, pero no ahora. Si cantáis ahora se os enfriará la comida y no la podréis comer. Pararon de cantar.

Media hora más tarde la misma encargada comenzó a cantarles canciones a los niños. Pero cantaba ella sola. La oportunidad de los niños había pasado. Su atención estaba ahora en los juguetes y muñecas con que estaban jugando. Ella se volvió hacia mí y me dijo, ¿Ves qué ganas de llevar la contraria? Los niños nunca hacen lo que quieres que hagas sino todo lo contrario. Me callé. Aquellos niños y niñas, todos menores de cinco años, vivían sumergidos en el aquí y ahora. Habían querido cantar a su tiempo, pero eso no era lo que decidían los adultos. Media hora después, su deseo de cantar se había desvanecido.

NOS COMPLICAN LA VIDA

Cierta mañana el Mulá Naserudín envolvió un huevo en un pañuelo, se fue al medio de la plaza de su ciudad y llamó a los que pasaban por allí. ¡Hoy tendremos un importante concurso! –dijo–. ¡Quien descubra lo que está envuelto en este pañuelo recibirá de regalo el huevo que está dentro!

Todos se miraron intrigados y le dijeron:

¿Cómo podemos saber qué tienes dentro del pañuelo? ¡Ninguno de nosotros es adivino!

Naserudín insistió: Lo que está en este pañuelo tiene un centro que es amarillo como una yema, rodeado de un líquido del color de la clara, que a su vez está contenido dentro de una cáscara que se rompe fácilmente. Es un símbolo de fertilidad, y nos recuerda a los pájaros que vuelan hacia sus nidos. Entonces, ¿quién puede decirme lo que está escondido aquí? Todos los habitantes del pueblo pensaban que Naserudín tenía en sus manos un huevo, pero la respuesta era tan obvia que no podía ser tan sencilla y tenía que haber alguna trampa. Nadie quiso exponerse a meter la pata y pasar vergüenza delante de los otros. Se preguntaban a sí mismos: ¿Y si no fuese un huevo, sino algo muy importante, producto de la fértil imaginación mística de los sufíes? Un centro amarillo podía significar algo del sol, el líquido a su alrededor tal vez fuese algún preparado de alquimia. No, aquel loco estaba queriendo que alguien hiciera el ridículo. No caerían en la trampa.

Naserudín preguntó dos veces más y nadie se arriesgó a decir algo impropio. Entonces él abrió el pañuelo y mostró a todos el huevo. Todos vosotros sabíais la respuesta –afirmó– y nadie osó traducirla en palabras. Así es la vida de aquellos que no tienen el valor de arriesgarse. La vida es sencilla y las cosas son lo que son. Pero nuestros sabios teólogos siempre buscan explicaciones complicadas y terminan no haciendo nada. Y no dejando hacer nada.

CUENTO DE LA INDIA

Cuentan que una persona rica y perversa, quiso hacer sufrir a otra, que aunque era pobre, llevaba una existencia serena y ecuánime. Sin embargo eso le producía inquietud y envidia al rico perverso. En una ocasión en la cual el pobre cumplía años, el rico mandó a preparar una bandeja llena de basura y desperdicios, cubierta con un lienzo. Y ordenó que se la entregaran al pobre, en presencia de todos los que habían asistido a felicitarlo en su casa.

El agasajado recibió el regalo y lo agradeció, pero pidió al portador que esperase un instante ya que deseaba retribuir la gentileza. Así que él tiró la basura, lavó la bandeja y la cubrió de unas lindas flores. Luego la tapó con un lienzo inmaculadamente blanco.

Entonces se lo entregó al portador con un papel doblado que decía: Cada uno da lo que posee. Gracias !!!

LAS TRES BARDAS

Un discípulo llegó muy agitado a la casa de Sócrates y empezó a hablar de esta manera:

Maestro, quiero contarte cómo un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia…

Sócrates lo interrumpió, diciendo:

¡Espera!

¿Ya hiciste pasar a través de las tres bardas lo que me vas a decir?

¿Las tres bardas?

¡Sí!, replicó Sócrates.

La primera es la VERDAD

¿Ya examinaste cuidadosamente si lo que me quieres decir es verdadero en todos sus puntos?

No… Lo escuché comentar a unos vecinos…

Pero al menos, lo habrás hecho pasar por la segunda barda, que es la BONDAD.

¿Lo que me quieres decir es por lo menos bueno?

No, en realidad no; al contrario…

¡Ah!, interrumpió Sócrates.

Entonces vamos a la última barda, la NECESIDAD.

¿Es necesario que me cuentes eso?

Para ser sincero, no; necesario no es.

Entonces, sonrió el sabio, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario… sepultémoslo en el olvido…

A veces nuestra lengua es muy rápida. Recapacitemos antes de hablar. Qué diferente sería si todos hiciéramos pasar por las tres bardas lo que decimos, quizá diríamos un tercio de lo que decimos…

El PESCADOR SATISFECHO

Vive cada momento como si fuese el último, porque puede que de verdad lo sea...

Se encontraba un pescador sobre su barco, feliz tomando el sol, aprovechando los últimos rayos de la tarde que ofrecía una majestuosa puesta de sol en el horizonte. Cuando de pronto se acerca otro pescador en su barco. Era una embarcación realmente grande, con motor, enormes redes sintéticas y elegantes decorados. Evidentemente no era una embarcación común ni mucho menos asequible por la mayoría de los pescadores del sector. Este hecho no sorprendió de sobremanera al pescador que descansaba, el cual se incorporó somnoliento restregándose los ojos para mirar con mayor detenimiento al dueño de tan elegante barcaza.

Al cruzarse las miradas el primero dice:

Saludos, es una linda tarde ¿no? A lo que el interpelado respondió con tono amable

Así es, muy buena en efecto, pero ¿no sería mejor si estuvieses pescando en vez de perder el tiempo tumbado al sol dejando que la vida se te vaya?

Oh no, no es necesario, ya pesqué lo que necesitaba para hoy, he cumplido con mis labores diarias y estoy tomándome un merecido descanso.

Aún así queda bastante día -respondió el pescador un tanto irritado- y podrías aprovechar para pescar más y tener ganancias extra.

¿Para qué?

No lo sé, quizá para comprar un motor e ir mar adentro, conseguir más peces, luego con las ventas comprar una red sintética y atrapar aún más peces, con esas ventas más unos años de ahorros lograrías comprar otro bote, contratar personal, hacerlo trabajar y así sucesivamente armar una flota de barcos pescadores.

Oh, ¿y luego qué?

Luego podrías disfrutar tu vida, claro.

Y ¿qué te parece que estoy haciendo en este mismo momento?

ESTRELLAS DE MAR

Un escritor que estaba en su casa de la playa terminando su última obra, todas las mañanas muy temprano salía a pasear por la costa unos minutos antes de empezar su trabajo. Esa mañana observó a la distancia un joven que parecía estar bailando... corría hacia el mar, levantaba sus brazos, daba la vuelta y volvía a repetir el movimiento una y otra vez.

Lentamente el escritor se fue acercando al joven hasta que , al aproximarse vio que en realidad estaba recogiendo algo de la arena y que luego se acercaba al agua para tirarlo mar adentro.

Ya más cerca, vio que el joven tomaba estrellas de mar que habían quedado en la arena al bajar la marea y corría hasta el agua para arrojarlas tan lejos como podía mar adentro.

Al llegar a su lado, el escritor le preguntó:

Buen día, ¿qué estás haciendo?

Salvo estrellas de mar antes que el sol las deshidrate y mueran,-contestó el joven sin abandonar su empeño.

Pero, ¿no te das cuenta que es una tarea inútil? , – Le dijo el escritor. En estos momentos debe haber miles o millones de estrellas que quedaron fuera del agua y jamás podrás salvarlas a todas.

El joven se detuvo sólo un instante, miró la estrella que llevaba en la mano en esos momentos, luego giró su cabeza hasta enfrentar los ojos de los escritos y le dijo:

No importa, quizás no pueda salvar a todas, pero al menos ésta que tengo en la mano notará la diferencia... y continúo febrilmente con su tarea.

El escritor meneó su cabeza, completó su caminata y se sentó a continuar su trabajo. Sin embargo, algo lo incomodaba y daba vueltas en su cabeza.

Al menos ésta notará la diferencia, era la frase que lo inquietaba. Finalmente lo comprendió... aún un pequeño cambio que en nada afecta los resultados finales SIEMPRE es valioso para quién se beneficia de él.

Para ESA estrella, ¡¡¡era muy valioso ser rescatada!!! .

A la mañana siguiente muy temprano, un caminante ocasional advirtió con asombro, que dos personas- una mayor y otra más joven- parecían bailar junto a la playa….corrían hacia el mar, levantaban sus brazos, daban la vuelta y volvían a repetir el movimiento una y otra vez.

Lentamente empezó a acercarse para ver que ocurría...

¿No será hora de que empecemos a buscar nuestras propias estrellas de mar?

TODO PASA

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte:

Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total… Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él; por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó.

Y éste le dijo:

No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje – el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey. Pero no lo leas – le dijo – mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos.

No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino…

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decía: ESTO TAMBIÉN PASARÁ. Mientras leía esto también pasará sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos. El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido.

Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes… y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.

¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.

Escucha -dijo el anciano- este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: Esto también pasará, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, porque el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado.

Entonces el anciano le dijo:

Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.

LOS TRES ANCIANOS

Una mujer salió de su casa y vio a tres ancianos con largas barbas blancas sentados al frente de su casa.

No los reconocía. Dijo:

Creo que no los conozco pero deben de estar hambrientos. ¡Por favor, entren y tengan algo de comer!.

¿Está el hombre de la casa dentro?, preguntaron.

No – dijo ella – él está fuera.

Entonces no podemos entrar, replicaron.

Al anochecer cuando su esposo llegó a casa, le contó lo que había ocurrido.

Ve a decirles que estoy en casa e invítalos a entrar.

La mujer salió e invitó a los hombres a entrar.

Nosotros no entramos a la casa juntos, replicaron.

¿Por qué?, quiso saber ella.

Uno de los ancianos explicó:

Su nombre es Riqueza, dijo señalando a uno de sus amigos,

Luego, señalando al otro, dijo:

Él es Éxito y yo soy Amor.

Luego agregó:

Ahora entra a tu casa y conversa con tu esposo sobre a cual de nosotros quiere en su casa.

La mujer fue y contó a su esposo lo que le habían dicho. Su esposo estaba encantado.. – ¡Qué bonito!, expresó.

Ya que este es el caso, invitemos a la Riqueza. Déjalo entrar y que llene nuestra casa de Riqueza.

Su esposa no estaba de acuerdo.

Querido, ¿porqué no invitamos a Éxito?.

Su nuera, que estaba escuchando desde el otro lado de la casa, saltó con su propia sugerencia.

¿No sería mejor invitar a Amor? Nuestra casa se llenaría de Amor.

Escuchemos el consejo de nuestra nuera – dijo el esposo -; ve e invita a Amor para que sea nuestro invitado.

La mujer salió y les preguntó a los tres ancianos:

¿Quién de ustedes es Amor? Por favor, entre y sea nuestro invitado.

Amor se levanto y empezó a caminar hacia la casa. Los otros dos se levantaron también y lo siguieron. Sorprendida, la señora le preguntó a Riqueza y a Éxito:

Sólo invité a Amor, ¿Porqué vienen ustedes?.

Los ancianos replicaron juntos:

Si tú hubieras invitado a la Riqueza o al Éxito, los otros dos de nosotros nos hubiéramos quedado afuera, pero como invitaste al Amor, entraremos juntos, pues dondequiera que él vaya nosotros le acompañamos.

Donde quiera que haya Amor, también habrá Éxito y con él La Riqueza

SABIDURÍA INDÍGENA

Un viejo cacique de una tribu estaba teniendo una charla con sus nietos acerca de la vida.

Él les dijo:

¡Una gran pelea está ocurriendo dentro de mí!… ¡es entre dos lobos!

Uno de los lobos es maldad, temor, ira, envidia, dolor, rencor avaricia, arrogancia, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, orgullo, egolatría, competencia, superioridad.

El otro es Bondad, Alegría, Paz, Amor, Esperanza, Serenidad, Humildad, Dulzura, Generosidad, Benevolencia, Amistad, Empatía, Verdad, Compasión y Fe.

Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes y dentro de todos los seres de la tierra.

Lo pensaron por un minuto y uno de los niños le preguntó a su abuelo:

¿Y cuál de los lobos crees que ganará?

El viejo cacique respondió, simplemente…

El que alimentes.

EL COFRE ENCANTADO

Hace muchísimos años, vivía en la India un sabio, de quien se decía que guardaba en un cofre encantado un gran secreto que lo hacía ser un triunfador en todos los aspectos de su vida y que, por eso, se consideraba el hombre más feliz del mundo.

Muchos reyes, envidiosos, le ofrecían poder y dinero y hasta intentaron robarlo para obtener el cofre, pero todo era en vano. Mientras más lo intentaban, más infelices eran, pues la envidia no los dejaba vivir.

Así pasaban los años y el sabio era cada día más feliz. Un día llegó ante él un niño y le dijo: -Señor, al igual que tú, también quiero ser inmensamente feliz. Por qué no me enseñas qué debo hacer para conseguirlo. El sabio, al ver la sencillez y la pureza del niño, le dijo:

A ti te enseñaré el secreto para ser feliz. Ven conmigo y presta mucha atención. En realidad son dos cofres en donde guardo el secreto para ser feliz y estos son MI MENTE y MI CORAZÓN y el gran secreto no es otro que una serie de pasos que debes seguir a lo largo de la vida:

  1.  Debes poner a Dios como centro de tu vida, como lo más importante en tu existencia.
  2.  Debes poner en práctica todo lo que dices que eres, es decir, si piensas que eres inteligente, actúa inteligentemente; si piensas que eres capaz, haz lo que te propones; si piensas que eres cariñoso, expresa tu cariño; si piensas que no hay obstáculos que no puedas vencer, entonces proponte metas en tu vida y lucha por ellas hasta lograrlas. Este paso se llama MOTIVACIÓN.
  3.  No debes envidiar a nadie por lo que tiene o por lo que es, ellos alcanzaron su meta, logra tú las tuyas.
  4.  No debes albergar en tu corazón rencor hacia nadie; ese sentimiento no te dejará ser feliz; deja que las leyes de Dios hagan justicia, tú perdona y olvida.
  5.  No debes tomar las cosas que no te pertenecen, recuerda que de acuerdo a las leyes de la naturaleza, mañana te quitarán algo de más valor.
  6.  No debes maltratar a nadie; todos los seres del mundo tenemos derecho a que se nos respete y se nos quiera.
  7.  Levántate siempre con una sonrisa en los labios, observa a tu alrededor y descubre en todas las cosas el lado bello y bueno; piensa en lo afortunado que eres al tener todo lo que tienes; ayuda a los demás, sin pensar que vas a recibir algo a cambio; mira a las personas y descubre en ellas sus cualidades y dales también a ellos el secreto para ser triunfadores y que de esta manera, puedan ser felices.

TRES ESCALONES

Eran solo tres escalones. Pero la niña pequeña no quería subirlos. Es verdad que los escalones eran altos para sus todavía cortitas piernas, pero podía subirlos perfectamente. Solo que no quería. Y lloraba. Y pateaba. Y tendía sus brazos a su madre para que la levantara y la subiera en vilo los tres escalones. Todo un espectáculo en medio de la calle ante la gente que pasaba y miraba y seguía adelante.

La madre de la niña estaba a su lado tranquila, compuesta, paciente, esperando. No la reñía, pero tampoco cedía. No se enfadaba, pero no tomaba a la niña en sus manos. Quería que ella fuera aprendiendo lo que tenía que aprender, que subiera los escalones que debía subir, que no manipulase a su madre con sus lloros, que aprendiera a vivir. Y la madre esperaba tranquila. Y la niña lloraba.

La niña subió un peldaño. Una concesión a la autoridad materna. Una vez subido el escalón, se plantó en él y siguió llorando y extendiendo los brazos hacia su madre. Seguía la presión. Ella había cedido subiendo un escalón; que cediese ahora su madre y la tomase en brazos. Pero la madre no cedió. Seguía tranquila, paciente, serena. Sin ceder. Sin impacientarse ni enfadarse. Y sin moverse. Que aprenda la niña.

La niña subió el segundo escalón. Y volvió a llorar. Un último esfuerzo para imponer su punto de vista, para forzar a su madre, para implantar su dictadura infantil. Pero la madre no cedió. Estaba dando una lección de educación a los hijos en plena calle. Una orden es una orden, y hay que cumplirla cuando es razonable y oportuna. Y no valen chantajes emocionales. Aunque llore la niña.

La niña subió el tercer y último escalón. Se paró. La madre la tomó de la mano y ambas siguieron andando adelante. La niña ya no lloraba. Y una lección importante de vida le había quedado grabada en la memoria. No manipularás a nadie.

Me pregunté: ¿Sabrá esta sabia madre mantener esa postura templada y firme cuando su hija crezca y se haga mayor y empiece a hacer cosas que no debería hacer y a exigir a su madre concesiones que no se deberían conceder? ¿Sabrá plantarse cuando su hija, ya mayorcita, le diga que se va a pasar la noche del sábado con unos amigos, sabrá decirle que el fumar le hace daño y el beber la debilita, sabrá negarse a pagarle la cuenta del móvil cuando es doble de lo convenido, sabrá apagarle la televisión cuando se pase horas ante la pantalla, sabrá desconectarle Internet cuando abuse de ordenador, sabrá corregirla si suspende examen tras examen, sabrá detenerla si la ve con drogas?

Ojalá sepa. Ojalá no se deje manipular nunca por llantos adolescentes. Ojalá se mantenga firme ante su hija.

Son solo tres escalones. Son toda una vida.

Articulo publicado por -La Iluminación Espiritual-
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