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HIJO QUE QUERÍA SER COLIBRÍ

20/04/2018

Era extraño pero en su corazón preferiría regresar a ser niño aún con todas sus ventajas y desventajas, a llevar la vida sacrificada de un colibrí.

Hijo que quería ser colibrí - Articulos por Arnaldo Quispe

La discriminación

Era extraño pero en su corazón preferiría regresar a ser niño
aún con todas sus ventajas y desventajas, a llevar la vida sacrificada de un colibrí...

Cuando Abelito alcanzó la edad para ir a la escuela, fue objeto -desde un inicio- de la burla de sus compañeros, en la hora del recreo buscaba jugar con los niños, pero era rechazado sin mayores razones que el color de su piel, todos le decían “yuraqerqe” (niño blanco) o “yuraqrumi” (piedra blanca) en tono de burla y hasta despectivo. A pesar que no comprendía el significado de tener una piel diferente, la discriminación y el maltrato de sus semejantes le causaba dolor y llanto. Cuando regresaba de la escuela se echaba a llorar en el campo lamentando su mala suerte debajo de su árbol favorito de eucalipto. Abelito sabía que era diferente, pues un año atrás descubrió mirándose en una poza, que era un poco blanco respecto de sus hermanos, pues ellos eran cobrizos como los apus del horizonte andino y él era blanco como la sal o la leche de sus vacas, pero esa distinción no le causaría ningún malestar sino hasta cuando comenzaría ir a la escuela.

Una tarde de sol abrasador, Abelito muy vivaz, curioso y ganado por sus deseos de jugar intenta ir detrás de los animales de la fauna andina, corre detrás de las perdices y vizcachas sin tener éxito pues todas huyen escapando de su alcance. Al llegar a un prado descubre un grupo de colibrís muy activos, de inmediato queda impresionado de la velocidad de estos pequeños pájaros que parecen jugar con las flores y los arbustos. En su mente piensa y se dice a sí mismo: “quisiera ser qente (picaflor) y jugar todo el día, ya no quiero ser niño”. Luego de ir detrás de los colibrís queda exhausto y decide descansar debajo de su árbol de eucalipto. El cansancio y la fragancia relajante del árbol le producirían un sueño profundo y reparador.

Cuando Abelito abre los ojos, se encuentra rodeado de colibrís y flores de todos los colores, intenta alzarse y descubre que tiene alas, patas de pájaro y un pico muy largo. Al inicio se asusta por no comprender lo que le está pasando, pero luego se da cuenta que puede volar y eso le agrada, luego coge a discreción el néctar de las flores y se rinde a la dulzura de la vida. Abelito se había convertido en colibrí y había encontrado que era muy divertido su nueva vida. Hacía lo que quería y ya no tendría que regresar a la escuela, ni soportar a sus funestos compañeros. Era libre, volaba y se divertía como nunca y todo parecía estar en órden, puesto que su deseo de ser colibrí se había hecho realidad. Era muy feliz.

Al caer la tarde los colibrís fueron convocados por el espíritu de la madre tierra, los pequeños pájaros debían dar cuenta de su faena diaria, debían meditar por el bien común y llevar una vida espiritual muy arraigada, puesto que eran las aves mensajeras de la Pachamama. Los colibrís además debían realizar asambleas para encontrar respuestas a las grandes interrogantes de la vida, ayudar a sus semejantes con sus rezos y ponerse se acuerdo para las peregrinaciones que debían realizar de tiempo en tiempo. La vida del colibrí a esta altura ya no era del agrado de Abelito, pues comenzaba a extrañar a su mamá, a sus hermanos, su hogar y su árbol de eucalipto. Ahora pensaba en la escuela, en su maestra, en escribir, en las tareas y hasta en sus incorregibles compañeros. Era extraño pero en su corazón preferiría regresar a ser niño aún con todas sus ventajas y desventajas, a llevar la vida sacrificada de un colibrí. La nostalgia de ser niño nuevamente fue tan intensa que le produjo mucho llanto y gritó de la impotencia “quiero ser niño”. Con lo cual despertó abruptamente del sueño, pues para su tranquilidad todo había sido un sueño y Abelito era niño otra vez. Saltó de la alegría y se prometió a sí mismo que nunca más dudaría de ser niño.

Con el tiempo el niño Abelito fue aceptado por sus compañeros, llegando a ser el líder del grupo y a pesar de su corta edad era siempre el más entendido en los conocimientos del campo y la madre tierra. Muy a menudo era rodeado por algún colibrí que parecía saludarlo a su paso. Sus nuevos amigos por esa razón le decían ahora “yuraq qente” (niño colibrí) muy diferente a los maltratos de antaño. Abelito sabía que de alguna forma los colibrís le habían cambiado la vida, pues había entendido la lección y en adelante les brindaría reverencia por ser las aves sagradas protectoras de los niños, del equilibrio del cosmos y de los mensajes de la Pachamama.

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