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LA PAZ EN LAS BIENAVENTURANZAS

OMRAAM MIKHAEL

17/10/2018

La paz en las Bienaventuranzas - Omraam Mikhael - Cristo - Bienaventuranza (GAA # 3027)

CRISTO - BIENAVENTURANZA

LA PAZ DE JESÚS Y BUDA

La paz es igual cuando proviene de la misma fuente... DIOS.

Estos días, mis queridos hermanos y hermanas, os dije algunas palabras sobre las Bienaventuranzas, en primer lugar sobre las Bienaventuranzas de Buda y, después, sobre las de Jesús, en el Sermón de la Montaña. Habréis observado que entre ambas hay algunas diferencias, lo que es normal; Buda precedió en cinco siglos a Jesús, su época y su tarea eran diferentes, pero en el fondo tienen algo en común.

Tomemos, por ejemplo, las palabras de Buda:

«Bienaventurados los pacíficos que, evitando la maledicencia, el orgullo y la hipocresía, practican la compasión, la humildad y el amor». Jesús dijo simplemente: «Bienaventurados los que aportan la paz, porque serán llamados hijos de Dios» Existen varias traducciones: «bonachones», «pacíficos» … pero yo prefiero «los que aportan la paz», debido a la palabra «paz», porque esta palabra es la que hoy me interesa. Jesús conocía la enseñanza de todos los grandes Maestros que le habían precedido y sabía la importancia que Buda le daba a la paz. Él mismo decía a menudo: «¡Que la paz sea con vosotros!», o bien: «¡Iros en paz!» Y, al final, les dijo a sus discípulos: «Me voy, y os dejo mi paz». ¿Por qué sólo dijo esto al final? Podría haberles dado la paz antes de partir, ¡la necesitaban tanto!

Y ahora también, en el mundo entero, todos buscan la paz, pero la comprenden de una forma muy externa. Dicen, por ejemplo: «¡Déjeme en paz!», es decir, quiero estar tranquilo. ¡Pero la paz es mucho más que eso! Para conocerla hay que estudiarla desde el punto de vista esotérico, y es una de las cosas más difíciles de realizar. Lo que a mí me interesa es cómo comprenden la paz los Iniciados, porque, si no, ¡es tan fácil encontrar un lugar en el que podamos estar tranquilos! No hay más que irse al desierto o a las altas montañas. Pero, aún así, interiormente no tienen la paz. ¿Por qué? Porque se han llevado su «transistor» en la cabeza, este dichoso transistor del que no se separan nunca y que está ahí, siempre en marcha… ¡Y lo que oyen! A menudo está sintonizando las estaciones del Infierno, donde también hay músicas, claro, pero ¡qué músicas!, ¡qué estrépito! Sin embargo, están ahí, en paz, en tranquilidad, en silencio… Sí, exteriormente, todo está en calma, pero interiormente se desencadenan las tempestades, las tormentas y los huracanes. Todo está alterado, porque el transistor está ahí, en marcha, y recibe, capta… ¿Por qué? Porque son ignorantes, simplemente, y cuando uno es ignorante nada puede marchar como Dios manda.

El organismo humano representa un microcosmos construido exactamente a imagen del macrocosmos, es decir, que existe entre ambos (microcosmos y macrocosmos) toda una red de correspondencias. Y la Ciencia esotérica, justamente, está basada en la ley de correspondencias. El hombre es algo muy pequeño en un cosmos inmensamente grande, pero cada órgano de su cuerpo está en afinidad con una región del cosmos que le corresponde. Evidentemente, no hay que imaginarse que el cosmos tiene órganos como los nuestros, pero, en su esencia, nuestros órganos y los órganos del cosmos tienen algo idéntico; están en correspondencia absoluta y, gracias a la ley de afinidad, el hombre puede alcanzar en el espacio las fuerzas, los centros y los mundos que corresponden a ciertos elementos que hay en él. Este conocimiento de las correspondencias abre, pues, unas posibilidades inauditas.

La literatura esotérica menciona muchas cosas que todavía no están bien explicadas. Por todas partes vais a encontrar las palabras «microcosmos» y «macrocosmos», pero muy pocos saben verdaderamente lo que son el microcosmos y el macrocosmos, y cómo ponerlos en relación para poder trabajar con ellos y obtener resultados. Y suponed que os revelo que el microcosmos está invertido en relación al macrocosmos… que lo que está abajo en el microcosmos corresponde a lo que está arriba en el macrocosmos… Reflexionad y veréis que eso trastocará vuestra comprensión de las cosas.

Jesús dijo que el que aporta la paz será llamado hijo de Dios. ¿Por qué? ¿Y qué significa ser hijo de Dios? Ser hijo de Dios es ser como Dios mismo, es ser a su imagen, de la misma manera que el microcosmos es a imagen del macrocosmos. Sólo que, aquí, la correspondencia ya no pertenece al dominio físico, material, sino al dominio del espíritu. En el dominio del espíritu volvemos a encontrar las mismas correspondencias. Dios, es lo grande; hijo de Dios, es lo pequeño, y ambos son semejantes. Así pues, microcosmos y macrocosmos se refiere al dominio de la materia, mientras que hijo de Dios y Dios se refiere al dominio del espíritu.

COMPRENDER LA PAZ

Tratemos ahora de comprender lo que es la paz.

El cuerpo físico está constituido por un gran número de órganos relacionados entre sí; cada uno hace un trabajo particular, pero todos deben estar en acuerdo, en armonía, porque, si no, se producirán trastornos, lo que en música se llaman disonancias. Así pues, cuando todos sus órganos hacen su trabajo desinteresadamente, impersonalmente, para el bien del organismo entero, el hombre está sano y en paz. Pero este bienestar, esta paz, no son aún más que estados puramente físicos. Para tener la paz del alma y del espíritu hay que ir mucho más arriba, es preciso que todos los elementos que constituyen el otro organismo, el organismo psíquico, vibren también al unísono, sin egoísmo, sin tiranteces, sin prejuicios, como los órganos del cuerpo físico cuando éste se encuentra en buena salud. La paz y la armonía, pues, son unos estados de conciencia superiores. Sólo que, como la paz depende también del organismo, y los menores inconvenientes que se producen en éste pueden turbar la armonía psíquica, es necesario que todo esté en armonía para que la paz se instale completamente.

La paz, tal como se comprende en general, todavía no es la verdadera paz. Si durante unos minutos, o unos instantes, no sentimos interiormente ninguna agitación ni trastorno, eso todavía no es paz, porque no es un estado duradero. La verdadera paz, una vez que se ha instalado, ya no podemos perderla. Sí, la paz no es solamente sentirse bien, tranquilos y sin preocupaciones durante un momento, sino que es algo mucho más profundo, mucho más precioso… Es ya un resultado. ¿Y de qué es un resultado? Lo veréis dentro de un rato.

En una orquesta, cuando todos los instrumentos están bien afinados y todos los músicos siguen la dirección del jefe de orquesta, el resultado es una armonía perfecta. De igual manera, en el ser humano la paz es también una armonía, un acuerdo perfecto entre todos los elementos, fuerzas, pensamientos, sentimientos. Esta paz profunda, indecible, es muy difícil de obtener, porque para ello hace falta voluntad, amor y un gran saber. Cuando el discípulo empieza a aprender y a comprender la naturaleza y las propiedades de cada elemento en él, cuando vigila para no introducir nada que pueda perturbar la armonía entre estos elementos, y, finalmente, cuando consigue eliminar de su organismo, de sus pensamientos y de sus sentimientos todo aquello que no vibra al unísono, entonces obtiene la paz.

Si alguien fuma, si come y bebe cualquier cosa, introduce en su organismo ciertos elementos nocivos que le hacen enfermar y no puede tener paz. Si tiene dolor de muelas, si tiene cólicos o palpitaciones de corazón, ¿cómo queréis que esté en paz? Ha permitido que se instalen en él partículas que obstruyen o que fermentan, y ahora tiene que eliminarlas. Lo mismo sucede para lo psíquico. Mientras el hombre ignore la naturaleza de sus sentimientos, de sus pensamientos, de sus deseos, de sus pasiones, de sus instintos, y mientras los respire y se alimente con ellos, sin saber si le harán bien o mal, nunca tendrá paz.

La paz es, pues, la consecuencia de un saber preciso sobre la naturaleza de los elementos. Y después, claro, como acabo de deciros, hace falta una gran atención y la voluntad de no introducir jamás, ni de dejar que se introduzcan, elementos perturbadores. Cuando el hombre llegue a ser razonable, prudente, despierto, vigilante, para salvaguardar su reino, este reino que él mismo representa, solamente entonces obtendrá una paz estable y duradera. ¿Y cómo se manifestará esta paz? Como una felicidad indescriptible, una sinfonía ininterrumpida, un estado de conciencia sublime en el que todas las células se bañan en un océano de luz, nadan en las aguas vivas y se alimentan de la ambrosía. El hombre vive entonces en una armonía tal que el Cielo se refleja en él: empieza a descubrir todos los esplendores que antes no había visto, porque estaba demasiado agitado y su mirada interior, e incluso exterior, no podía fijarse en las cosas para verlas.

Si alguien tiene preocupaciones, si acaba de enterarse de que se ha arruinado, o de otra mala noticia, aunque pase por los lugares más bellos, llenos de flores o de muchachas encantadoras, no verá nada de nada, el pobre, porque estará concentrado en otra cosa; aunque mire, sus ojos no ven nada. Sólo la paz permite ver y comprender la presencia de todas las cosas más sutiles; por eso lo Iniciados, que empiezan a saborear la verdadera paz, descubren las maravillas del universo. Mientras que los otros están agitados, corren a derecha e izquierda, tan inquietos y tan atormentados que no tienen tiempo de pararse para leer y descifrar este libro que está a su alrededor, que está dentro de ellos, y pasan por la vida sin ver nada.

La paz, pues, aporta la luz, la visión clara de las cosas, y, al mismo tiempo, permite conocer el éxtasis. No se puede alcanzar el éxtasis viviendo en la turbación y la agitación. Todos los santos, todos los profetas, todos los Iniciados, que han saboreado el éxtasis, empezaron por restablecer durante mucho tiempo, -con la oración, el ayuno y las meditaciones- esta paz, esta armonía, este acuerdo con todo el universo, con todos los mundos poblados de criaturas sublimes. Nunca se ha visto a nadie saborear el éxtasis sin haber restablecido previamente las condiciones adecuadas y, ante todo, la paz.

Pero la paz sólo puede venir cuando todas las células se ponen a vibrar al unísono con una idea sublime y desinteresada. Por eso los Iniciados tienen razón al decir que el hombre no puede conocer la paz mientras no introduzca en sus células, en su ser, pensamientos de amor, es decir, la misericordia, la generosidad, el perdón, la abnegación. No puede, porque solamente estos pensamientos aportan la paz.

Mirad: si tenéis algo que reprochar a vuestro vecino, si no podéis perdonarle y os devanáis los sesos para saber cómo vengaros… o bien, si alguien os ha pedido prestado dinero y pensáis sin cesar que os lo tiene que devolver, no es posible que tengáis paz, porque estos pensamientos son demasiado personales, demasiado egoístas. Y, aunque estéis tranquilos durante unos minutos, durante unas horas, eso no es aún la paz, es un poco de reposo, una calma momentánea (y esta paz, hasta los malvados pueden tenerla) y, después, de nuevo caéis en estados negativos.

La verdadera paz es un estado espiritual que, una vez que lo hayamos obtenido, no podemos perder. Cuando tenéis el deseo de cumplir la voluntad de Dios y de amar a todos los hombres, de ayudarles, de perdonarles, esta idea, que hace vibrar al unísono todas las partículas de vuestro ser, os aporta la paz. Y, una vez que hayáis llegado a obtener esta paz, os sigue por todas partes: la tuvisteis ayer, y hoy se encuentra ahí todavía… Incluso al día siguiente, cuando os despertáis, está de nuevo ahí, y os asombráis al constatar que ni siquiera necesitáis hacer esfuerzos para tenerla de nuevo. Antes, para serenaros, os veíais obligados a concentraros durante mucho tiempo, a rezar, a cantar, o hasta a tener que ingerir algo; y ahora ya no es necesario.

Debéis trabajar durante mucho tiempo con la idea de amar, de hacer el bien, de perdonarlo todo, hasta el momento en que esta idea se vuelva tan poderosa que impregne todas vuestras células y éstas empiecen a vibrar al unísono con ella… Entonces la paz ya no os abandona y, aunque se produzcan acontecimientos que vengan a turbaros, miráis dentro de vosotros mismos, y la paz está ahí. Ya no es como antes, un momento de serenidad, una tranquilidad fabricada, impuesta, que sólo dura mientras trabajáis para mantenerla. ¿Habéis visto las fieras? Cuando el domador está ahí, hacen como que se entienden, pero, en cuanto éste les deja, de nuevo se lanzan las unas sobre las otras para destrozarse. Pues bien, con las células sucede lo mismo. Mientras hacéis esfuerzos, ejercicios, mientras pronunciáis fórmulas, bueno, aceptan calmarse un poco, pero, en cuanto os ausentáis, cuando tenéis la cabeza en otra parte, los trastornos vuelven de nuevo. Eso es lo que vemos también en la sociedad, en las familias, en las escuelas… Sí, sobre todo en las escuelas: cuando el maestro está presente, los niños son buenos y están cada uno en su sitio, pero, en cuanto el maestro sale, se agitan, gritan y se pelean.

Lo mismo sucede con nuestras células: en cuanto nos ausentamos un poco, es un caos. Debemos, pues, ocuparnos de ellas, lavarlas, alimentarlas, como si fuesen nuestros hijos, nuestros alumnos. Sí, y cuando hayamos logrado educarlas, cuando sepan hacer su trabajo sin pelearse y sin discutir, entonces la paz estará ahí, la paz profunda, aquélla de la que hablaba Jesús, y Buda también… Porque Buda tuvo que trabajar también durante años para alcanzar esta paz; durante años luchó y sufrió para llegar a dominarlo todo y armonizarlo todo en él. Y la paz, ¿veis?, no la puede aportar el orgullo, ni la maledicencia, ni la hipocresía. Buda sabía verdaderamente de lo que hablaba cuando decía que, para obtener la paz, el hombre debe desembarazarse de la maledicencia, del orgullo, de la hipocresía, y cultivar, al contrario, la compasión, la humildad y el amor, que son, justamente las tres virtudes que lo acuerdan y armonizan todo.

Jesús, en cambio, dijo solamente: «Bienaventurados los que aportan la paz, porque serán llamados hijos de Dios». Pero es evidente que sobreentendía lo mismo. Para tener la paz hay que llegar a introducir en uno mismo la humildad, la compasión y el amor, porque, sin estas virtudes, siempre vivimos en la agitación. Otra diferencia entre Jesús y Buda es que Buda no habló de recompensas. Buda solamente dijo:

  • «Bienaventurados aquéllos que transmiten su saber con dulzura y sinceridad.»
  • «Bienaventurados aquéllos que se ganan la vida sin perjudicar o lastimar a ninguna criatura.»
  • «Bienaventurados, más allá de toda expresión, aquéllos que escapan a las limitaciones de su personalidad.»
  • «Bienaventurados aquéllos que han alcanzado el éxtasis con la contemplación de la verdad profunda y auténtica concerniente al mundo y a nuestra existencia.»
  • Mientras que Jesús siempre añadió la recompensa:
  • «Bienaventurados los que aportan la paz, porque serán llamados hijos de Dios.»
  • «Bienaventurados los dulces, porque ellos heredarán la Tierra.»
  • «Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.»

Evidentemente, lo que hoy os digo sobre la paz no es nuevo para vosotros, ya lo habéis oído varias veces… pero debéis oírlo aún, hasta que lleguéis a realizar esta paz en vosotros. Solamente, lo repito, para que esta paz venga a instalarse en el plano físico, debéis conocer las reglas de la nutrición; y para que se instale en los planos astral y mental, debéis conocer la naturaleza de los sentimientos y de los pensamientos.

Entre el hombre y el universo, entre el microcosmos y el macrocosmos, existe una correspondencia absoluta, pero, con su forma de vivir, el hombre ha roto esta correspondencia; ya no está en acuerdo, en sintonía, su organismo ya no está en correspondencia ideal, perfecta, con el macrocosmos, con Dios. Esta correspondencia es la que el hombre debe restablecer ahora. Cuando vibre de nuevo en armonía con los ángeles, con los arcángeles, con el mundo divino, volverá a ser un hijo de Dios. Pero a los humanos no se les instruye sobre eso. En las escuelas, en las familias, se les enseña de todo, salvo de cómo vibrar en armonía con todos los principios celestiales, con todas las entidades divinas, con el Dueño del universo. Muy pocos seres en la Tierra tratan de obtener la paz, de tener éxtasis, para asemejarse, por fin, a su Padre celestial, a su Creador; y, cuando lo consiguen, obtienen poderes, los ángeles están a su servicio, como estaban al servicio de Jesús cuando él realizó esta armonía con su Padre celestial. Sí, cuando Jesús llegó a realizar esta paz en sí mismo, los ángeles empezaron a servirle. El hombre solamente obtiene verdaderos poderes si llega a vibrar en armonía con toda la creación. Pero, mientras siga siendo anárquico, siempre es rechazado, combatido, aplastado. Estas son unas leyes absolutas, no soy yo quien las ha inventado, y cada uno puede constatarlas en sí mismo.

Cuando el hombre salió de los talleres del Creador, le dieron todo lo necesario para desarrollarse y para volver a encontrar el camino hacia su patria celestial. Cuando un niño viene al mundo no le falta nada; puede tener el corazón ligeramente desplazado hacia la derecha, o el estómago demasiado pequeño, o los riñones que funcionen mal, pero, tiene, de todas formas, un corazón, un estómago, unos riñones, unos pulmones, etc., todo está ahí. De la misma manera, cada vez que un alma viene a encarnarse en la Tierra, posee unos órganos y unos instrumentos que corresponden a todas a todas las cualidades y las virtudes que están allá arriba, en el Cielo. Y, puesto que esto es así, todo le es posible. Progresivamente, claro, pero hace falta, antes que nada, conocer las leyes.

LAS LEYES

¿Y cuáles son estas leyes?

Si ponemos, a una cierta distancia, dos pianos bien afinados, y tocamos una tecla de uno o de otro teclado, producimos un sonido; pero el otro piano responde también, como si alguien hubiese tocado la tecla correspondiente. Decimos que hay resonancia. Todos conocen este fenómeno, pero no se han parado a profundizarlo para comprender que lo mismo sucede en el hombre. Sí, si éste logra afinar su piano, es decir, su ser, no sólo físicamente sino también psíquicamente, con este gran piano que es el universo, puede llegar hasta las potencias celestiales para hacer intercambios con ellas y recibir, de esta manera, ayuda y consuelo. Sí, es una forma de comunicar: habláis, y os oyen; podéis incluso provocar ciertas fuerzas en el universo para hacerlas venir hasta vosotros y utilizarlas. Es, justamente, en estos intercambios en donde Dios ha puesto las más grandes posibilidades de evolución, pero los humanos, que lo ignoran, nunca tratan de tocar conscientemente con este piano, es decir, de alcanzar unas teclas más elevadas; tocan siempre las teclas inferiores, que les ponen en comunicación con las regiones infernales. Raramente tocan las notas que pueden conectarles con el Cielo.

Preguntáis: «Pero ¿cómo afinar nuestro piano… nuestro organismo?» No os inquietéis, se afinará sólo. Si cultiváis el amor, la abnegación, la misericordia, la indulgencia, la amplitud de miras, el organismo empezará a afinarse por sí mismo, porque trabajáis con unas fuerzas que, automáticamente, armonizan todo lo demás. Si habéis desequilibrado vuestro sistema nervioso, ¿acaso lo habéis hecho conscientemente, científicamente? ¿Sabíais exactamente dónde y cómo ibais a producir el desorden? No, pero introduciendo en vosotros pensamientos y sentimientos estrafalarios lo habéis desequilibrado todo; no es necesario, para eso, conocer el emplazamiento de todos los centros del sistema nervioso. De la misma manera, pues, llegaréis a afinar vuestro organismo trabajando con pensamientos y sentimientos superiores que harán vibrar armoniosamente todos vuestros centros espirituales.

Siento que al hablaros así, mostrándoos la importancia de este trabajo, muchos de vosotros van a decidirse a consagrarse a él, de vez en cuando, sabiendo que todo su futuro depende de ello: su felicidad, su gloria, su esplendor, todo. Mientras los humanos no conozcan la realidad de las cosas, descuidan cultivar ciertas cualidades, y después se arrastran en las decepciones, las amarguras. Se quejan constantemente de que la vida no tiene sentido, de que Dios no existe, porque nada les va bien. Pero no porque ellos sean estúpidos, estén enfermos y sean desgraciados, deja de haber en el mundo seres inteligentes, sanos y felices. Sí, lo que es defectuoso es su razonamiento. No han aprendido a reflexionar y a estudiar, porque quizá no hayan tenido amigos e instructores inteligentes, y entonces repiten las mismas estupideces. No saben que pueden hacer un trabajo para alcanzar las teclas superiores de su teclado a fin de que el gran piano responda exactamente y venga a socorrerles, a ayudarles, a sostenerles; y entonces, están siempre quejándose, lloriqueando, arrastrándose en la pereza, mientras que otros trabajan y tienen resultados. ¿Por qué no van a verles y a preguntarles cómo podrían cambiar su vida? Pero no, no se desplazan, ¡y seguirán eternamente en el atolladero!

Sí, mis queridos hermanos y hermanas, hay que desplazarse. Suponed que seáis desgraciados, que estéis angustiados, que nada ande bien… ¿Qué podéis hacer? En vez de quedaros ahí, llorando y dando vueltas sin ton ni son, ¿por qué no vais a ver a estos seres que pueden ayudaros? Diréis: «Pero ¿dónde están?… ¿Dónde podemos encontrarlos?» Están ahí, están ahí continuamente, y, con el pensamiento podéis dirigiros a ellos y alcanzarles, gracias a la ley acústica de resonancia, o bien, como la llamo yo a menudo, la ley de simpatía o de afinidad. Cuando conoce esta ley, el hombre se ve obligado a superarse, a sobrepasarse, para tocar las cuerdas más sensibles, las más sutiles de su ser y hacerlas vibrar en armonía, sabiendo que habrá fuerzas, entidades y regiones que le responderán. ¡Cuántas veces os he hablado de esta ley acústica del eco! Decís: «¡Os amo!…» Estáis solos y, sin embargo, hay una multitud de voces que os responden: «¡Os amo!» Si decís: «¡Os detesto!», el eco lo repetirá también. Puesto que esto es una realidad en el plano físico, ¿por qué no sería también una realidad en el plano del pensamiento?

Tomad una pelota y lanzadla contra una pared. Si no os apartáis, vuelve sobre vosotros golpeándoos. Se trata de la misma ley que la del eco, la del choque de vuelta. También conocen los hombres esta ley en el plano físico, pero nunca piensan que en el dominio psíquico también existe la misma ley. Sí, si emitimos algo malo, como no sabemos cómo ir a otra región para escaparnos de los efectos, recibiremos, un día u otro, algunas tejas sobre la cabeza. Así es como se explica todo. Puesto que las cosas son así, debemos decidirnos a trabajar con otros métodos para obtener unos resultados completamente diferentes. No hay otras conclusiones.

Mientras no hayáis comprendido el secreto mágico de la ley de afinidad, nunca obtendréis grandes resultados. Cada sentimiento que experimentáis es de una naturaleza determinada y, en virtud de esta ley, va a despertar en el espacio unas fuerzas de la misma naturaleza que se dirigen hacia vosotros. Si vuestro sentimiento es malo, el resultado será malo; si es bueno, recibiréis algo bueno. Gracias a esta ley podemos atraer todo lo que queramos de los grandes depósitos del universo, pero siempre que emanemos, que proyectemos pensamientos y sentimientos de la misma naturaleza que aquello que deseamos. Estos pensamientos y estos sentimientos son los que determinan absolutamente la naturaleza de los elementos y de las fuerzas que serán despertadas muy lejos, en alguna parte del espacio, y que, tarde o temprano, llegarán hasta vosotros.

Esta ley de afinidad es para mí el mayor arcano, la varita mágica. En ella he basado toda mi existencia. Conociendo esta ley, trabajo en un sentido determinado, pensando en todo lo mejor y más bello que hay, y espero que eso suceda. Muchas cosas ya han sucedido, y otras sucederán más tarde. Gracias a esta ley puedo explicároslo todo: la estructura de los humanos, su inteligencia, su riqueza, su miseria, ¡todo!

Mirad lo que sucede en el mar con los peces. El mar contiene todos los elementos químicos, todos los minerales, y he ahí que tal pez se forma un cuerpo coloreado, brillante, fosforescente, y tal otro se forma un cuerpo apagado y feo. ¿Por qué? Porque cada uno ha atraído las partículas correspondientes. Evidentemente, se trata de algo inconsciente, pero cada pez toma del mar los elementos que convienen a su naturaleza. Y con nosotros sucede lo mismo. Nosotros somos peces sumergidos en el océano etérico, y, como este océano contiene todos los elementos difundidos por el Creador, llegamos a ser tales o cuales según los elementos que hayamos atraído para formar nuestro cuerpo. Así es como todo se explica. Por ejemplo, alguien es feo, desgraciado, está siempre enfermo; quizá eso no venga de esta encarnación, sino de encarnaciones anteriores en las que no estaba instruido ni tenía las cosas claras, y en las que, en este estado de ignorancia, atrajo unos elementos perniciosos de los que ya no sabe cómo desembarazarse. Pero ahora, conociendo esta ley de afinidad, que es la ley mágica más formidable, la base de toda creación, tiene que comenzar inmediatamente un trabajo de transformación y, si no es posible restablecerlo todo en esta encarnación, será para la próxima.

Sin el conocimiento de esta ley, mis queridos hermanos y hermanas, os lo digo, os lo repito, lo subrayo, no iréis muy lejos. Pero si creéis en esta ley, que es absoluta, y comenzáis desde hoy a tocar en el registro superior de vuestro teclado, atraeréis unas partículas de una naturaleza tan luminosa, tan preciosa, que todo empezará a restablecerse en vosotros, primero en el plano astral y mental, y, finalmente, incluso en el plano físico, porque todo el mundo verá que os habéis vuelto más simpáticos, más irradiantes, más inteligentes, y hasta más poderosos; entonces os considerarán de otra manera, os recibirán de otra manera, y vuestro destino cambiará. En la vida todo está relacionado.

Mientras el hombre no sepa sobre qué ley está basada la existencia y siga saqueándolo todo a su alrededor, evidentemente, las fuerzas de la naturaleza no pueden ayudarle mucho tiempo y se ven obligadas a abandonarle. Pueden ayudarle durante un cierto tiempo, pero, si ven que continúa destruyendo todo lo que Dios le ha dado, le abandonan. Y después, ¡cuántas tristezas y amarguras!… un verdadero infierno. Desgraciadamente, hay muchos que han llegado a esta situación. ¡Con cuántos me he encontrado!… Y ni siquiera sabían cómo habían llegado hasta ahí. Además, ni siquiera podía explicárselo, porque todo estaba oscuro e ilógico en su cabeza. Hubiera sido necesario volver a empezarlo todo desde el principio, instruirles durante años… y, sobre todo, ¡hubiera sido necesario que tuviesen la buena voluntad de escuchar! Pero no la tenían, y en cinco minutos no podía mostrarles el encadenamiento de los hechos: dónde y cuándo habían empezado a extraviarse, y cómo, poco a poco, habían llegado a esta situación deplorable.

Muy pocos son capaces aceptar el encadenamiento que existe entre causas y consecuencias. Aunque se les muestre con argumentos y pruebas casi tangibles, no lo ven. En realidad, todo lo que se produce en la existencia o en el universo ha sido previamente preparado. Sí, y eso debéis inscribirlo, porque en el Tercer Testamento esta gran verdad estará también inscrita, junto a muchas otras, como un punto irrefutable. Nada se produce en la vida social, económica, política, religiosa, artística, científica, sin que haya habido previamente unas condiciones, unos factores, es decir, unas causas que hayan preparado este acontecimiento. Si os imagináis que las cosas suceden así como así, sin razón, entonces nunca podréis ser aceptados en una Escuela iniciática. La primera condición exigida por los grandes Maestros de la humanidad es este conocimiento del encadenamiento de causas y de consecuencias: saber que nada se produce sin causa. Entonces os aceptan, y después trabajan con vosotros, os ayudan a mejoraros. Pero si no creéis en esta ley, quienquiera que seáis, no os aceptan, os cierran la puerta porque os consideran como un ser peligroso. Ésta es otra de las cosas que ignoráis.

Os doy el medio espiritual más grande, la llave oculta más grande, pero ¿cuántos de vosotros van a servirse de ellos? Hacedlo, aunque sólo sea para verificar lo fiel y verídica que es la Naturaleza, para verificar que todo lo que está escrito en los Libros sagrados se realiza y que los Iniciados nunca han engañado a los humanos. Como nunca habéis preparado las condiciones adecuadas para verificar la veracidad de los Evangelios, entonces, evidentemente, no os los tomáis en serio.

BUSCAD EL REINO DE DIOS Y SU JUSTICIA

Pero, preparad las condiciones adecuadas, y veréis que todo en ellos es absoluto.

Se dice, por ejemplo: «Buscad el Reino de Dios y su Justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura». ¡Si creéis que la gente está dispuesta a verificarlo!… Pero algunos lo hicieron, buscaron el Reino de Dios y vieron que todo lo demás les era dado. Y yo encuentro, incluso, que todo lo demás no vale la pena. ¿Qué es todo lo demás para el que ya tiene el Reino de Dios dentro de él? Además, no se dice: «cuando tengáis» el Reino de Dios todo lo demás os será dado, no, sino «cuando lo busquéis»; es decir, que antes incluso de haberlo encontrado, solamente al buscarlo, al concentraros en él, al desearlo con todas vuestras fuerzas, sin nada al lado que os tiente u os aleje de él, se os dará todo lo demás. Y todo lo demás, lo que no es el Reino de Dios, ¿qué es? Pues bien, son las buenas condiciones, el dinero, el tiempo, la salud, los amigos, la libertad… Eso es «todo lo demás»: las condiciones para obtenerlo. Porque el Reino de Dios y su Justicia (y no la nuestra, que está basada en el interés) es un estado de beatitud, de armonía, de paz, de amor, de pureza, de perfección, de plenitud. Así que, ¿qué queda por desear, puesto que el Reino de Dios lo abarca todo? Pero, mientras esperamos la realización de este «todo», necesitamos los medios, las condiciones, y eso es «lo demás», lo que le es dado al hombre cuando busca el Reino de Dios.

Ahora, hay que tratar de verificarlo. Sólo que, la mayoría de los humanos tienen tantas otras cosas que les tientan, que brillan como espejuelos ante sus ojos, que para el Reino de Dios no hay candidatos. Pero aquéllos que tienen verdaderamente las cosas claras sólo buscan el Reino de Dios y su Justicia, porque saben que la Tierra y el Cielo les pertenecerán. Evidentemente, eso no es algo que vaya a suceder en dos o tres días, pero, para aquéllos que están hambrientos solamente de grandes cosas, no existe nada que sea más deseable. Probadlo. Lanzaos y veréis cómo todo lo demás palidecerá; os daréis cuenta de que, hasta ahora, sólo habíais buscado decepciones, sombras, vacío.

Los humanos buscan siempre lo que es perecedero, ilusorio, y que, en definitiva, no les va a aportar nada más que dolores y penas… Pero les resulta difícil comprenderlo y cambiar. Para comprender, hay que haber sufrido, haberse sentido decepcionado, desgraciado, pisoteado… Pero yo no acuso ni critico a nadie, sólo digo que no les ha sido dado a los que son jóvenes buscar el Reino de Dios y su Justicia. Hay que ser mayor, muy mayor, interiormente y exteriormente, para desear cosas semejantes. El que es joven juega aún con las muñecas, los soldados de plomo y los castillos de arena; su edad no le permite preocuparse de cuestiones más profundas, pero, cuando madure, abandonará todas estas diversiones para dedicarse a realizaciones más grandiosas. Sí, es preciso sufrir mucho, estar decepcionado, tocar verdaderamente fondo, e incluso llegar a la desesperación, para comprender que aquello que deseábamos no nos aportaba ni la paz, ni el poder, ni la plenitud. Pero es imposible explicar eso a todos aquéllos que son demasiado jóvenes; tienen que hacer sus experiencias. ¡Es algo tan lejano para ellos!… No corresponde a su edad. Dicen: «Sí, está bien, es profundo, es sensato, lo comprendo… pero no me dice nada, yo quiero diversiones, placeres…»

Por eso es imposible instruir y aclarar las cosas a todo el mundo. Cada uno debe hacer su propio camino. Quizá diréis: «Entonces, si las cosas son así, ¿Por qué habla usted a jóvenes –a adultos que todavía son jóvenes- que todavía tienen necesidad de sus muñecas y de sus soldados de plomo?» Os explicaré por qué. Conozco la naturaleza humana, he recorrido muchos caminos y he hecho bastantes experiencias para saber que ni las conferencias, ni los sermones, ni los libros, nada puede hacer salir a ciertas personas de sus malos hábitos o de sus placeres nocivos, pero continúo instruyéndoles porque, de todos modos, eso puede servirles.

Mirad los niños que están aquí, que me escuchan, quizá no tomen en serio lo que digo, desde luego, pero, de todos modos, mis palabras se graban en las profundidades de su memoria o de su subconsciente y, más tarde, cuando empiecen a sufrir y a quemarse, porque hayan transgredido ciertas leyes, estas verdades que oyeron cuando eran pequeños aparecerán en su consciencia. Eso no quiere decir que se liberen inmediatamente de sus errores, no, quizá vuelvan a las andadas, pero dirán: «Esta vez todavía no he logrado obrar bien… pero la próxima lo conseguiré». Así pues, estas huellas, estas grabaciones, todavía no habrán logrado arrancarles de sus tendencias, pero, de todas formas, la luz, que está siempre ahí, les atraerá un poco y les influenciará en sus decisiones.

Habéis oído hablar del barco que chocó contra un iceberg. Pues bien, se trata del mismo fenómeno, pero en el sentido negativo. El barco naufragó porque, al construirlo, se olvidaron de un minúsculo pedazo de hierro en la brújula y, como este pedazo de hierro atraía imperceptiblemente la aguja, la dirección estaba falseada y, evidentemente, tras kilómetros y kilómetros, el barco se había apartado considerablemente de su ruta. Porque, aunque la diferencia de ángulo al principio no sea más que de una milésima de grado, después de miles de kilómetros hay una desviación tal entre el punto al que llegamos y el que queríamos llegar que cabrían varios sistemas solares entre estos dos puntos. Ahora, suponed que un Iniciado haya infiltrado una pepita de oro –se trata de un símbolo, claro- en la cabeza de un hombre que se dirige hacia el Infierno; esta pepita hará que su aguja se desvíe sin cesar y, un buen día, en vez de estar perdido, ¡estará salvado! Dirá: «Yo iba hacia el Infierno… ¡y mirad ahora a dónde he llegado! Ay, ay, ay… ¡cuánta gente me espera con laureles y con coronas!… ¡Pero no es aquí a donde quería llegar!» Sí, pero es allí donde se encuentra, sin embargo, porque alguien le puso en la cabeza una partícula de oro puro. Evidentemente, todo eso llegará tras peripecias y peripecias…

Así es como un Maestro puede hacer algo, a pesar de todo, sabiendo que es imposible ayudar inmediatamente a todo el mundo. Han venido a verme muchas personas y a algunos nunca logré hacerles comprender las leyes en las que está basada la vida. Si lo hubiesen podido comprender, habrían evitado desgracias y caídas, pero no pudieron. Y, si ahora me seguís preguntando: «Pero, ¿por qué no tuvo éxito con ellos?… Usted disponía de argumentos y de métodos cuya eficacia ha sido reconocida por muchos…» ¡Ah! la respuesta es un poco triste. Algunos individuos están cargados de un karma terrible, y es este karma el que les impide comprender.

Si comprendiesen, se escaparían de los sufrimientos y el karma se iría… con las manos vacías, no podría castigarles, hacerles pagar. Pero como están obligados a pagar, es decir, a sufrir mucho, el karma ensombrece su comprensión y no les permite ver la veracidad de mis palabras. Ésta es la respuesta.

Desde hace más de cincuenta años he tenido la posibilidad de estudiar a los seres humanos, de observar el desarrollo de su vida. Y, cuando constato cómo algunos terminaron mal, y otros, al contrario, triunfaron, veo la verdad de lo que os estoy diciendo. Pero mi conclusión es que, de todas formas, hay que tratar de ayudar a los humanos. Aunque las condiciones sean deplorables, aunque parezca inútil, siempre hay que dejarles un elemento, algo como una semilla depositada en su alma, en su subconsciente, para que un día se acuerden de que habéis tratado de hacer algo por ellos. Habéis hecho un gesto, por minúsculo que sea, les habéis dado un buen consejo o una buena mirada, y, un día, en un momento terrible, quizá se acuerden. A menudo he tenido esta experiencia: muchos vinieron años después, simplemente porque les di algo –un consejo, una buena palabra; esto creció dentro de ellos, y un buen día se acordaron. Así que, vosotros también, nunca debéis ser intransigentes o implacables, ni siquiera con aquéllos que parecen condenados a no encontrar nunca el camino en esta encarnación; nunca se sabe lo que puede suceder y hay que tratar de dejar algo bueno en su cabeza, en su alma.

LA PAZ

Pero volvamos a la paz.

No os imaginéis que con un cambio de apartamento, de amigos, de profesión, de país, de religión… de marido o de mujer, lograréis la paz. Si fuese tan fácil, yo habría sido el primero en hacerlo. Pero no creo que la paz dependa de estos cambios y vosotros tampoco lo creáis. Una pequeña tranquilidad, una tregua, sí, pero, inmediatamente después, allí donde os encontréis, os van a asaltar otros tormentos, porque no habréis comprendido que la paz depende de un cambio en la forma de pensar, de sentir y de actuar. Cambiad eso y, aunque os quedéis en los mismos lugares, con las mismas dificultades, tendréis la paz. La verdadera paz no depende de las condiciones exteriores, la paz viene de dentro y brota, os invade, a pesar de las turbulencias y las trepidaciones del mundo entero. Es como un río que desciende de las alturas. Y cuando poseéis esta paz y sois capaces de derramarla, de difundirla como algo real, vivo, cuando hacéis un trabajo sobre el mundo entero llevando la paz a los demás, entonces, os volvéis otro ser, os eleváis en la jerarquía, sois un hijo de Dios, representáis a Dios en la Tierra, porque, en virtud de la ley de correspondencias universales, propagáis las mismas bendiciones, las mismas riquezas, los mismos esplendores que hay arriba.

Pero, debido a su egoísmo, a su orgullo, a su maldad, los humanos nunca encuentran la paz. ¡Id a verlos! Hacen todo lo que pueden para encontrarla, pero no lo consiguen, porque no saben lo que es.

Tienen una tregua, como los prisioneros, a los que envían a pasear durante unos minutos, o como los caballos, o los perros, a los que se deja correr durante unos momentos. Eso es lo que tienen, un poco de libertad… Y se aprovechan de ella, porque saben que después, de nuevo, serán encerrados y atados. No son libres, y los seres humanos tampoco son libres, porque son explotados por fuerzas inferiores.

Un día tuve una conversación sobre este tema con un escritor. Yo había dicho en una conferencia que el hombre es utilizado y esclavizado por las entidades del plano astral, y estaba indignado, no quería admitir que hubiese espíritus que se sirviesen de los humanos y les explotasen. Le dejé hablar unos momentos y, después, le dije: «Usted, que escribe libros, ¡qué lejos está, Dios mío, de tener una verdadera comprensión de las cosas! Está extrañado, está indignado, y tiene razón; pero voy a mostrarle lo que nunca ha visto. ¿Acaso no hay gente que arranca la piel a los animales para hacer cosas con ella y luego venderlas? ¿Y otros que los matan para hacer jamones y morcillas con su carne? ¿Acaso no los explotan para alimentarse y enriquecerse?… Si los humanos son tan injustos y crueles con sus pequeños hermanos, los animales, ¿Por qué no habría también otros seres, en el mundo invisible, que hagan lo mismo con los humanos, que tomen su carne para hacer morcillas con ella, o que desgarren su piel para venderla después en alguna parte? Allí también hay comerciantes, ¿sabe usted?…» Entonces, evidentemente, ya no supo qué responder.

Y hasta, si llevo más lejos la cosa, ¡cuántos pensadores y escritores se han apropiado de las investigaciones de los demás para adquirir gloria o enriquecerse, sin darse cuenta de que estaban actuando exactamente igual que los que hacen jamones y salchichas con la carne de los animales! ¿Dónde está su honestidad? ¿Dónde está su nobleza? ¿Veis?, tengo argumentos. Los hombres preguntan, se indignan, pero es porque no han estudiado cómo suceden las cosas en la naturaleza. Y si algún día vosotros también tenéis cuestiones que no están muy claras y que os indignan, pues bien, venid y hablaremos. Os mostraré quizá pequeñas cosas que no habíais visto y que os darán la respuesta. Sí, para no plantearse continuamente cuestiones insolubles, el hombre debe entrar en una Escuela iniciática, porque es ahí solamente donde aprende el lugar de cada cosa y las grandes leyes de la existencia; entonces avanza y resuelve todos sus problemas.

Cuando Buda decía: «Bienaventurados aquéllos que han alcanzado el éxtasis con el conocimiento de la verdad profunda y auténtica concerniente al mundo y su existencia», sobreentendía este conocimiento de las correspondencias, es decir, de los intercambios y de las afinidades que existen entre el hombre y el universo. La paz es la condición del éxtasis; la paz abre la puerta a los éxtasis. Pero, para tener esta paz, hay que preparar el terreno, es decir, liberarse, pagar todas las deudas para que nadie venga a molestaros reclamando cualquier cosa. Si os persigue una jauría de acreedores, ¿cómo queréis tener la paz? Huyendo de estos acreedores, diréis, escapándonos de ellos. De acuerdo, pero ¿cómo huiréis de los acreedores que están dentro de vosotros, los pensamientos y los sentimientos que os persiguen? Razonar así, pues, es señal de que os falta saber y conocimientos verdaderos. No os engañéis, los pensamientos y los sentimientos os alcanzarán siempre.

Para tener la paz hay que haberse liberado primero, resolviendo todos sus problemas. Y cuando, por fin, somos libres, estamos libres de sufrimientos, libres de preocupaciones, de enfermedades, de deudas, de debilidades, ¡libres!… entonces, sí, tenemos la paz ¿Veis?, mis queridos hermanos y hermanas, no os hagáis ilusiones, meteos bien en la cabeza todas estas grandes leyes. Para tener la paz, para convertirnos en hijos de Dios, debemos restablecer el acuerdo, la armonía con el mundo divino. Sólo que, claro, necesitáis a alguien que os explique los lazos, las afinidades, las correspondencias, las líneas de fuerza que conectan las cosas entre sí. Para mí, está claro, muy claro, veo este armazón, veo cómo está construido el universo, cómo todo está relacionado. Desgraciadamente, a menudo falta esta ciencia. Me he encontrado con muchos eruditos, escritores, artistas, filósofos, profesores, médicos, y he visto que carecían de este saber del que os hablo. Tenían muchos conocimientos, desde luego, pero no tenían aún la Ciencia iniciática. Todos están orgullosos de su saber, porque les da muchas posibilidades, y, sobre todo, un lugar en la sociedad y dinero; todos están orgullosos de tener diplomas o algunas condecoraciones, pero eso no les aporta la plenitud, ni la liberación, ni el gozo. Entonces yo concluyo que este saber es magnífico, útil, indispensable incluso, puesto que procura algunas ventajas materiales, pero que no es suficiente, porque no es capaz de mejorar a los seres, que siguen siendo débiles, malvados, avaros, egocéntricos. Mientras que el saber de los Iniciados, en cambio, os aportará la paz, la liberación, la plenitud.

En realidad, yo preconizo las dos cosas. Pienso que el saber oficial es necesario para tener una profesión, como todo el mundo, para asegurarse la existencia y no ser una carga para los demás, pero sin el saber iniciático la vida no tiene sentido. Si habláis de este saber a los sabios oficiales, éstos no os comprenden, creen que con el suyo basta… Pero entonces, ¿por qué no puede transformar a nadie? Podéis leer todos los libros, conocer todas las ciencias, y seguiréis siendo los mismos, aunque el cerebro tenga la posibilidad de grabar todo el saber del mundo, y hasta cien veces más. Sí, la naturaleza ha preparado al cerebro de tal forma que éste puede abarcar todo el saber actual, todos los libros de la Tierra, y todavía quedará sitio. ¡Sus posibilidades son increíbles!

En realidad, existe otro cerebro, todavía más antiguo y más importante que el que nosotros conocemos, en el que están escondidos los mayores poderes, las mayores riquezas. Este cerebro, que está situado más abajo que el corazón y los pulmones, hacia el centro del ser humano, contiene un saber grabado, condensado desde hace millones de años; pero sería demasiado largo hablaros de eso hoy.

Os lo digo, pues, acumulando conocimientos en vuestra cabeza no os volveréis mejores, no os transformaréis. Gracias a estos conocimientos, claro, podéis ampliaros, extenderos, pero sólo en la superficie; en realidad seguís siendo como sois, formidables, sin duda, para los conocimientos: ¡una oficina de informaciones!… pero, para el carácter, las virtudes, las cualidades, nada: seguís siendo tan miedosos, tan débiles, tan sensuales, tan miserables como antes. Mientras que con el saber espiritual, con el saber divino, que os obliga a ir en profundidad y en altura, ya no podréis seguir siendo los mismos. En cuanto conocéis bien algunas verdades, os veis obligados a transformaros, a ser mejores, y entonces sois capaces de ayudar a los demás, de salvarles. ¡Os convertís en un Sol!

«Bienaventurados aquéllos que saben despojarse de las ilusiones y de las supersticiones» decía Buda. Pues bien, el saber oficial aún es una ilusión, es maya. Las ilusiones, igual que los sufrimientos, son necesarias en la vida para alcanzar la Divinidad; sí, son necesarias, aunque sean ilusiones; pero un día habrá que despojarse de ellas.

Ahora, si llegáis a comprender que es necesario tener las dos clases de saber, el saber oficial y el saber iniciático, será maravilloso. A todos los que vinieron a preguntarme si debían dejar sus estudios en la universidad para consagrarse solamente a nuestra Enseñanza, siempre les dije: «No, el saber oficial, los diplomas, etc., son necesarios para la vida en la Tierra. Vamos, termine sus estudios, y el otro saber podrá tenerlo también». Nunca he aconsejado abandonar los estudios en las escuelas o en las universidades, salvo en casos excepcionales; mientras que si otro estuviera en mi lugar aconsejaría a todo el mundo, sin duda, que lo abandonasen todo para venir a aprender solamente aquí. No se me puede acusar, pues, de fanatismo o de beatería. Yo soy liberal, muy liberal. Pero ahora sería demasiado largo entrar en el detalle de los programas y ver si lo que se les pide a los estudiantes está basado en un verdadero conocimiento de la naturaleza humana o si, más bien, las consecuencias que se derivan de ello, que son, a menudo, catastróficas para el equilibrio y la salud de los estudiantes, no están en total contradicción con el saber iniciático, ¡cuya meta es hacer divinidades y no enfermos!

Éstas son las palabras que quería deciros hoy con respecto a al afinidad. Para mí, se trata de la palabra más significativa, una palabra mágica. Ahora os corresponde a vosotros atraer de este océano cósmico los mejores elementos, los más irradiantes, los más sutiles, para construir vuestro cuerpo de gloria, el cuerpo de inmortalidad, el cuerpo de luz que está en cada uno de vosotros. Este cuerpo de gloria es mencionado en los Evangelios, pero no hay muchas informaciones relativas al mismo. Un día, en Videlinata, en Suiza, os hablé de él. Un pastor protestante, uno de los más célebres de Ginebra, un hombre con mucha amplitud de espíritu y muy comprensivo, asistió a mi conferencia y después vino a verme. Estaba maravillado, encantado, y me dijo: «Nunca se ha explicado lo que es el cuerpo de gloria, pero a mí es lo que me interesa. ¿Podría decirme algo sobre él?» ¡Os podéis imaginar si le dije algo! Yo estaba contento de hablar con él porque todo su ser vivía, vibraba, irradiaba la vida espiritual.

Todos nosotros tenemos el cuerpo de gloria, pero debemos aportarle materiales para que pueda formarse. ¿Cómo? ¿Y cómo forma la madre a su hijo? Comiendo, bebiendo, respirando, pensando, viviendo, le da materiales, y, cada vez más, el niño se desarrolla. Ella es quien lo forma, pero ella no puede crearlo. Nosotros tampoco podemos crear a Cristo en nosotros. Para concebirlo, es preciso, primero, que el Espíritu Cósmico fertilice nuestra alma, y después, igual que la madre, podremos formarlo con todo lo que emanamos de nosotros mismos, con todo lo mejor que podemos vivir. Cuando a veces tenemos estados de conciencia muy elevados, cuando tenemos el deseo de abrazar al mundo entero, de trabajar para el Señor, de despojarnos, de hacer algo noble y grande, entonces, las partículas que emanamos van a añadirse a nuestro cuerpo de gloria. Así es cómo podemos hacerlo crecer; sólo puede ser formado con lo mejor de nosotros. Y si lo alimentamos durante mucho tiempo con nuestra carne, con nuestra sangre, con nuestro fluido, con nuestra vida, un día empieza a brillar, a irradiar, y se vuelve muy fuerte, muy poderoso, invulnerable, inmortal, porque está formado por materiales que no se corroen, que no se oxidan, que son eternos, y es capaz de hacer maravillas, primero en nosotros, y después fuera de nosotros. Cristo puede hacer milagros a través del cuerpo de gloria.

Todos llevamos dentro de nosotros un germen de Cristo que podemos desarrollar. Y ahí volvemos a la ley de afinidad. Sólo podéis formar este cuerpo de gloria con los mejores pensamientos, con los mejores sentimientos, tratando de permanecer siempre agarrados al mundo de la luz, al mundo divino. Aunque os asalten estados espantosos, debéis tratar de superarlos. Sí, debéis dominaros y decir: «Sobrepasaré eso… Sobreviviré». Como la pequeña rana que se cayó en un vaso de leche: ya no podía salir de él, iba a ahogarse… Pero hizo tantos esfuerzos, se debatió tanto a uno y otro lado que llegó a montar la manteca, se apoyó sobre ella, y ¡hop!, saltó fuera del vaso. El ser humano también puede sobrevivir siempre, salir de todas las dificultades, pero tiene que pensar en dominarse, tiene que hacer esfuerzos, porque, si no, se ahogará. ¿Veis?, debe ser como esta pequeña rana.

"Cuando el hombre logra superarse, puede atraer hacia él todas las partículas más luminosas del océano etérico para soldarlas a su cuerpo de gloria, y así es como se convierte en un hijo de Dios."

Desde hoy mismo puede obtener estas partículas, primero en pequeña cantidad, y, después, cada día más. Eso es lo que nosotros hacemos cada mañana viendo el Sol. Nos alejamos de la Tierra, nos conectamos con el Cielo, con el Sol, del que tomamos algunas partículas muy luminosas que añadimos a nuestro cuerpo de gloria. Pero, en realidad, bien sea en una habitación, bien sea en la Roca, en una iglesia o en la cima de una montaña, se trata del mismo proceso; siempre podemos buscar, encontrar, atraer las mejores partículas.

Ahí tenéis otra página del verdadero saber que la mayoría de los humanos no conocen. Se pavonean, se tiran faroles, se las dan de importantes, pero, en realidad, no tienen ni idea de lo que es este verdadero saber, y no es de ellos de quienes se pueda decir: «Bienaventurados, porque saben». Lo han estudiado todo, pero no se han estudiado a sí mismos ni a toda la naturaleza viva e inteligente que está a su alrededor.

No quiero disminuir el valor y el mérito de todos aquéllos que han contribuido al avance de la ciencia. Por ejemplo, estoy maravillado de aquéllos que, como Fabre, observaron los insectos. ¡Cuántas cosas que aprender de ellos! Hay también sabios que consagraron su vida a estudiar solamente los mosquitos, o los conejos, o los sapos… Y otros que sólo estudian los microbios. Ya veis, ¡olvidar al Señor para estudiar una especie de microbios! Pero todo el mundo encuentra que eso es algo formidable, magnífico. Evidentemente, es normal que se haga todo lo posible para librarse de estos bichos que causan estragos a la humanidad… Pero no hacen nada para librarse de otros microbios que saquean y destruyen las almas y los espíritus.

Los humanos deben aprender a concentrarse en lo esencial, es decir, en lo que puede transformar su existencia. ¿Acaso el estudio del sapo puede transformar vuestra existencia… aunque sepáis incluso cómo hace pipí? Pero, a los sabios que hacen este tipo de estudios se les da toda la gloria del mundo. ¿Y quién les cubre de gloria? Los ignorantes. Porque, ¿acaso hay algo de glorioso en ocuparse todo el día de una pequeña cosa, siempre la misma, mientras el mundo entero decae y vive en las tinieblas? Piensan, por ejemplo, que si estudian los mosquitos salvarán quizá a los hombres de la malaria. Está bien, la idea es muy buena, pero yo pienso que la malaria existirá siempre, porque esta enfermedad no viene sólo de los mosquitos, sino que es también el resultado de un estado deplorable de la conciencia humana. Si los humanos pusiesen orden en sí mismos, ningún mosquito podría inocularles la malaria. Ésta es mi filosofía.

¿Por qué son tan poderosos los mosquitos, y por qué, cada año, centenares de miles de hombres mueren por enfermedades causadas por insectos o microbios de todas clases? Porque son susceptibles de tener estas enfermedades; su sangre no es pura. Si su sangre fuese pura, ningún insecto, ningún microbio podría perjudicarles. Tomemos un ejemplo. Tenéis pólvora; si está seca, se inflama y puede producir explosiones. Humedecedla un poco, y se acabó, ya no podéis encenderla. Las cosas, pues, sólo se pueden realizar en ciertas condiciones determinadas. ¿Por qué la sangre es susceptible de contaminarse? Porque contiene elementos impuros. Si el hombre los rechazase, si purificase su sangre, ningún microbio podría actuar, y entonces estaría protegido, sería invulnerable. Por eso, en vez de estudiar solamente los mosquitos, hay que enseñar al hombre a purificarse y a dejar a los mosquitos tranquilos. Pero, sobre todo, como dije en otras conferencias, mejor que matar los mosquitos es suprimir las ciénagas, porque, si sigue habiendo ciénagas, siempre habrá mosquitos.

Desde el punto de vista simbólico, las ciénagas representan las condiciones deplorables que hay dentro de nosotros. Mientras no cambiemos estas condiciones, el mal sigue ahí, con las guerras, las miserias, las enfermedades. Tenemos que comprender que, en primer lugar, debemos suprimir las causas que provocan el debilitamiento, la vulnerabilidad, y, a menudo, estas causas se encuentran donde no las buscamos. Si algún día llegamos a secar las ciénagas, los mosquitos desaparecerán, porque ya no habrá condiciones adecuadas para ellos. Cuando estuve en Israel me mostraron antiguas ciénagas que lograron sanear y volver fértiles. Antes, sólo eran unos lugares prolíficos en toda clase de inconvenientes, y ahora son jardines llenos de flores y de frutos. ¡Ah!, ¡si supiesen hacer lo mismo interiormente! Exteriormente, claro, es más fácil… ¿Quién no sabe que para suprimir los mosquitos hay que desecar y colmar las ciénagas? Pero yo hablo de un dominio que la gente ignora. El hombre no se ocupa suficientemente de su vida interior para mejorarla, liberándola de ciertas debilidades. Estas debilidades, por la ley de afinidad, tocan las teclas de este «piano» del que os he hablado hace un rato, y producen unas vibraciones que atraen elementos nocivos de las que ya no se puede liberar. Por eso hay que llegar a desembarazarse de todas estas debilidades y tendencias perniciosas para que ya no haya elementos capaces de atraer a las entidades maléficas, porque estos elementos son un alimento que atrae a los insectos, a las avispas y a las hormigas. ¡Cuántas veces lo he verificado!

Mirad mi chalet, está muy bien construido, no tiene agujeros, todo es estanco, hermético, pero, en cuanto dejo algunas pequeñas cosas por ahí, sobre la mesa, o sobre el aparador, las hormigas llegan. ¿De dónde vienen? ¿Cómo han encontrado el camino? Tienen antenas y, desde lejos, saben hacia donde dirigirse. Son muy sabias, porque han descubierto las antenas y los radares antes que nuestros sabios; porque, si no, ¿cómo podrían ver a través de las paredes que hay algo de comer? Si quito esta comida, desaparecerán, pero yo la dejo, y les digo: «Os doy una hora para desaparecer». Pero, primero, convoco a su jefe –porque tienen un jefe- y a él le doy la orden, no a las demás, y él se encarga de comunicársela. ¿Con qué medio? ¿Con ondas eléctricas? Todavía no he estudiado bien esta cuestión. En todo caso, digo: «Si en una hora no habéis abandonado este lugar, ¡preparaos! Os ahogaré, o emplearé el flytox… ¡y será terrible! Os doy una hora para que os vayáis». Después, hago mi trabajo. Y, cuando vuelvo, ¡ni una hormiga!… se han ido. Pero si no doy la orden de que se vayan, se quedan ahí jornadas enteras. Todo eso me ha hecho reflexionar y descubrir muchas cosas…

Podemos y debemos extraer grandes verdades de los menores fenómenos de la existencia. Sólo que hay que pararse en ellos, y la gente no lo hace. Sólo Newton se ocupó de una manzana que caía… Durante miles de años habían visto caer manzanas sin dar al hecho ninguna importancia. ¿Qué tenía de extraordinario? Era algo normal. Pero, si nos fijásemos en muchas otras cosas, superaríamos a Newton. ¡Hay tantos otros descubrimientos por hacer!

Pero dejemos de momento las manzanas tranquilas y sigamos estudiando la paz: cómo obtenerla, cómo dejar de tener deseos caprichosos y egoístas que impiden que la paz entre en nosotros, cómo armonizarnos con todo el universo, con todas las criaturas. También podéis estudiar el cuerpo de gloria y, sobre todo, la ley de afinidad, porque esta ley es la que os dará la posibilidad de transformaros y de construiros el futuro que deseéis.

También podéis profundizar las palabras «microcosmos» e «hijo de Dios», meditando en ellas. Os lo he dicho, Dios es el macrocosmos, e hijo de Dios es el microcosmos, pero en el dominio del espíritu. Un hijo de Dios es un microcosmos que está en correspondencia absoluta con su Padre. Todos nosotros somos hijos de Dios, pero solamente en potencia, hijos de Dios que todavía no han llegado a la madurez, porque no vibramos en armonía perfecta con Él. Tal como nosotros somos, débiles, ignorantes, malvados, no podemos aún ser verdaderos hijos de Dios. Un verdadero hijo de Dios no puede ser ni ignorante, ni débil, ni malvado. Para mí, ¡está tan claro todo eso! Y si logro aportaros esta claridad a vosotros también, entonces creo que habré cumplido mi tarea. La claridad, sí… que todo deje de estar dislocado, disperso, las piedras por un lado, el cemento por otro, etc., sino que cada cosa esté en su sitio, como en un edificio.

Durante años y años, he trabajado solamente para contemplar y comprender la estructura de este edificio que es el universo. Sí, durante años; era la única cosa que me interesaba, y días y noches me desdoblé para tener la visión clara de este armazón. Sabía que todo lo demás no tenía importancia, pero que lo esencial era ver la estructura. No es malo estudiar la multiplicidad de los hechos y de los fenómenos del plano físico, pero solamente elevándonos hasta el mundo de las leyes y de los principios podemos tener una visión clara de la estructura del mundo. Necesité años para lograrlo, pero hoy la tengo, y por eso puedo instruiros, aclararos las cosas, aconsejaros: porque me refiero siempre a este modelo. Mientras busquemos solamente abajo, en el mundo de los fenómenos, mientras sólo tomemos nuestros modelos en el dominio de las apariencias, no podemos conocer la verdadera realidad de las cosas y, tarde o temprano, nos encontraremos en un callejón sin salida.

¡Cuántas cosas por revelaros!… Muy pocos reconocen aún el valor de la filosofía que os aporto. Pero existen en el mundo unas fuerzas más poderosas que los hombres que les obligarán, un día, a apreciar esta Enseñanza en su justo valor. Por eso, no me preocupo. Vivo con la convicción de que, tarde o temprano, cada cosa estará en su sitio. De momento todo está patas arriba; lo que tiene valor es denigrado, y lo que no tiene ningún valor es puesto en primer lugar. Mirad: dan un valor formidable al oro, a las joyas, a las casas, a los coches. ¿Y a las ideas?… ¡Ningún valor! Pues bien, esto es lo contrario de lo que yo he visto en este edificio cósmico. Allí arriba, en el mundo divino, en primer lugar está una idea, una verdad.

Esto es lo que consideran arriba: una idea; todo lo demás viene después. Pero los humanos, que lo han invertido todo, han puesto en primer lugar aquello que la Inteligencia cósmica había puesto en el último, e inversamente. Pero eso no durará siempre, porque ahí también existe una ley de correspondencias según la cual la belleza interior debe estar vestida de belleza exterior, e inversamente. Así es cómo la Inteligencia de la naturaleza ha dispuesto las cosas. Pero, en el mundo humano, claro, a menudo sucede lo contrario: los hombres más viciosos y los más diabólicos están rodeados de todo lo más rico y suntuoso, mientras que aquéllos que tienen las mayores cualidades no tienen exteriormente lo que corresponde a estas cualidades. Porque, al estar por encima de todas las codicias, no hacen nada para apoderarse de las riquezas que no tienen y poseen apenas unas migajas en el plano físico; exteriormente nada corresponde a todo el esplendor que hay en ellos: todo está invertido.

En el pasado lejano, cuando se respetaba el verdadero orden de las cosas, todos aquéllos que eran pobres interiormente eran pobres exteriormente, y los que eran ricos interiormente también lo eran exteriormente. Como el Señor Dios tiene todas las cualidades y las virtudes y posee también toda la riqueza del universo. Sólo aquí, entre los humanos, este orden ya no existe. Pero, como la ley es absoluta –todo lo de abajo debe ser como lo de arriba-, algún día habrá otro ordenamiento y todos encontrarán su sitio: aquéllos que son ricos en inteligencia, en bondad, en nobleza, tendrán también todas las riquezas exteriores, y aquéllos que no tengan estas cualidades, no tendrán nada. Evidentemente, no serán los humanos los que restablezcan este orden, porque no saben quién lo merece y quién no; será obra de la Inteligencia cósmica, porque la ley de correspondencias es una ley absoluta en el universo. De momento, existe en todas partes, salvo en la Tierra, pero, un día, también en la Tierra esta ley deberá ser restablecida.

Diréis: «Pero, ¿Por qué esta ley, que observamos en las plantas, en los animales, en los minerales… no es respetada por los hombres?» Porque éstos han trabajado demasiado para camuflarse, para engañar. En ellos, todo es disfraz… ¡teatro!, porque tienen la posibilidad –Dios se la ha dado- de disimular. Pero no podrán seguir así mucho tiempo, la Inteligencia de la naturaleza restablecerá, incluso entre los hombres, esta correspondencia que existe por todas partes. Mirad los animales, por ejemplo. Cuando son malos, venenosos, pues bien, exteriormente podemos reconocerlo y tomar precauciones o escaparnos. Los buitres, las serpientes, los escorpiones, o los pulpos, tienen algo de inquietante, de repugnante; su apariencia externa corresponde exactamente a lo que son interiormente. Y con los minerales sucede lo mismo: los metales preciosos y las piedras preciosas poseen unas virtudes que las piedras comunes no poseen. Ésta es una cuestión muy rica, muy vasta, y me siento tentado a explorarla un día… Pero, ante todo, son los principios los que me interesan, las reglas, los ejercicios, los métodos, para que el hombre pueda progresar y transformarse. Lo demás sólo son migajas de la Ciencia esotérica, no es lo esencial. Lo esencial son los principios.

Si me habéis comprendido, desde hoy mismo podréis obtener grandes resultados, produciendo con vuestros pensamientos y con vuestros sentimientos unas vibraciones y unas emanaciones mucho más elevadas y armoniosas que se irán muy lejos en el espacio a buscar, de entre miles de millones de elementos, aquéllos que les corresponden. Podemos hacerlo todo con la ley de afinidad, pero es necesario saber y hace falta persistir. Con la llave que hoy os he dado, podéis reconstruiros, transformaros, convertiros en Arcángeles, en Divinidades. Sí, podéis, pero, evidentemente, hace falta tiempo.

Imaginad que habéis encargado un palacio; es posible que ya esté en marcha, pero todavía no se ha concretizado en la materia, y, vosotros seguís viviendo en la misma barraca. Pero este palacio llegará. Como lo habéis encargado, si lo habéis pagado, llegará, con seguridad. En otras conferencias os expliqué cómo trabaja la voluntad con la imaginación… Pero, antes de que el lado sutil y etérico del pensamiento se condense y concretice, hace falta mucho tiempo. Así pues, no creáis que vuestros deseos no se estén realizando ya en alguna parte, porque todavía no se hayan realizado en el mundo visible y tangible. Sí, muchas cosas ya están en camino, mis queridos hermanos y hermanas, sólo que no las veis.

A menudo os he oído decir: «Hace años y años que trabajo, que rezo, que medito, ¡pero no tengo ningún resultado!» ¡Cuánto os equivocáis! Hablar de esta manera es no haber aprendido nada de esta Enseñanza extraordinaria. Sí, porque hay una cosa que debéis saber, y es que, para tener resultados materiales con el trabajo espiritual, hace falta mucho tiempo. Siento que, a veces, debéis pensar también con respecto a mí: «Usted dice que hace un trabajo, pero ¿dónde están los resultados? No se ve nada», Sí, quizá, de momento, pero es porque a mí no me gusta emprender cosas fáciles y rápidamente realizables. Yo me he lanzado a lo más difícil y más largo de realizar, por eso no veis gran cosa. Pero yo sí veo, veo vuestros progresos, vuestras transformaciones. Si quisiese cosas fáciles, éstas serían visibles más rápidamente, e incluso ya estarían realizadas, como ciertas plantas, que en unos meses ya dan frutos. Sí, pero mis plantas son de una naturaleza tal que necesitan mucho tiempo para crecer y dar frutos. Pero, también, ¡qué frutos!

Si creéis que os estoy engañando, sois, claro, libres de creerme o no. Pero yo sé lo que sé. Sólo aquello que es más difícil, irrealizable casi, me interesa y me atrae. ¿Por qué pedir lo fácil, que no durará? Sólo vale la pena trabajar para algo cuyo esplendor supera toda imaginación. Ahí tenéis a alguien que va a consagrar cinco o seis años para llegar a ser médico, ingeniero o químico. ¿Qué son cinco o seis años? ¿Por qué no concentrarse en una cualidad que sólo se llegará a desarrollar verdaderamente después de que hayan pasado siglos? Por ejemplo, la inteligencia divina, la bondad celestial, el autodominio… ¿Creéis que en cuatro o cinco años tendréis un diploma de autodominio? Pues bien, eso es lo que debemos perseguir obstinadamente, lo que no es fácil. Un diploma de manicuro o de pedicuro se obtiene en unos meses. Esto es fácil, demasiado fácil… Invito ahora a los humanos a entrar en otros dominios, a emprender otras actividades, y veremos si en cinco, seis, o diez años, tendrán los diplomas. ¡Hacen falta siglos para obtener un diploma de esta naturaleza! Sí, pero vale la pena.

Y yo, ¿acaso no es verdad que he emprendido la cosa más difícil? Transformar a los humanos es casi imposible, irrealizable, pero eso es lo que me tienta, eso es lo que quiero: transformaros a todos, sin excepción, haceros felices, sanos, libres ricos, daros la plenitud. ¿Es esto posible? Sí, gracias a vuestra buena voluntad.

Y, supongamos ahora que ciertos «filósofos» encuentren que me he equivocado escogiendo una tarea que se ha probado desde hace mucho tiempo que es insensata y que soy digno de lástima, puesto que creo que los humanos son perfecciónales, que una chispa divina está depositada en ellos, que el Reino de Dios va a instalarse en la Tierra, cuando, justamente, todos los acontecimientos en el mundo parecen demostrar lo contrario… A eso responderé que la naturaleza humana es susceptible de equivocarse, que muchos se equivocan en la vida, pero que cada uno tiene derecho a escoger su forma personal de equivocarse. Puesto que otros han escogido equivocarse en tal o cual dominio –político, artístico, científico o religioso– entonces, ¿por qué no tendría yo también el derecho de equivocarme alimentando este ideal de transformar a los humanos? Así que, estoy en el error y las ilusiones (¡por supuesto!), pierdo el tiempo (¡está claro!), persigo quimeras (¡no hay que discutirlo!)… pero, justamente, con estos «errores» y estas «ilusiones» soy feliz, vivo en la plenitud y la luz. Así que, la cosa empieza a ser inquietante para vosotros, porque corréis el riesgo también de ser arrastrados a las mismas ilusiones, a los mismos errores que yo… ¡y a la misma felicidad indescriptible! Por eso os aconsejo que toméis medidas y precauciones cuando todavía estáis a tiempo, porque, después, ya será demasiado tarde. Soy honesto, ¿veis?

Os he prevenido.

FRASES DEL AUTOR OMRAAM MIKHAEL

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