El hombre que siempre reía

El hombre que siempre reía, llevaba en sus venas gas hilarante, afirmaban los médicos, y hacia brotar agua de las rocas, porque lloraban de risa.

JORGE LUIS BORGES

RÍE POR SIEMPRE

El hombre que siempre reía, llevaba en sus venas gas hilarante, afirmaban los médicos, y hacia brotar agua de las rocas, porque lloraban de risa. Inventar historias alegres era muy fácil para él. Algunos dicen que es más fácil hacer llorar que reír, decía. A mí me ocurre exactamente lo contrario.

El mundo comenzará a cambiar, el día que todos puedan reírse de sus defectos y de sus errores, aseguraba. Cuando nació, fue un bebe distinto. Lloraba, pero de la risa. Fue el primer niño que llenó de carcajadas los pasillos de aquel hospital. Hacía chistes en los velorios, diciendo que había que alegrarse ante la muerte, no dicen acaso, que hay una vida después de la vida.

¿Porqué lloran tanto en los entierros, si luego las almas, los espíritus o lo que sea, se reencontrarán en el más allá ?, afirmaba
¿Cómo puede haber personas que no rían? Prefiero la dictadura de la risa a la enfermedad de la tristeza, repetía incansable. Una palabra de aliento y una sonrisa ayudan a vencer los malos momentos y vale la pena, pero también vale la alegría.

Trabajó en una inmobiliaria, como chófer de remises, en un supermercado, como vendedor puerta por puerta, y en mil lugares más. Todo lo terminaba aburriendo. Por eso dejó los estudios. Quería ser psicólogo, pero no tenía paciencia. Solo estudio la condición humana. La risa como válvula de escape para superar los obstáculos más difíciles, decía.

Su frase preferida era: La risa es necesaria en las buenas, pero más en las malas. Una sonrisa es la mejor vacuna contra la enfermedad del escepticismo, pregonaba. Mi mayor defecto es la sinceridad y mi mayor virtud es reconocerlo, decía habitualmente bromeando.

Desempleado, gastó sus ahorros y se fue de la casa tomada que habitaba cuando llegó el desalojo judicial. Perdió todo, menos sentido del humor. Pueden reconocerlo. Deambula por la ciudad de Buenos Aires, como un ángel guardián que combate la tristeza y la depresión.

Con su valija, compañera inseparable, duerme a veces en los refugios que puso el gobierno de la ciudad, o donde el sueño lo vence. Lo recuerdo en los días lluvia, por aquel viejo refrán: Al mal tiempo, buena cara, o cuando la primavera deslumbra con la novedad de su llegada.

Y lo imagino, caminando sin rumbo fijo, con sus dientes gastados, los sueños de esperanza renovados cada mañana, aunque parezca que la adversidad lo puede vencer. Julián siempre ríe y nunca renunciará. Él trabaja para dar alegría, aunque no tenga sueldo, ni subsidio, porque intuye, secretamente, que para eso ha nacido.