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EL PENSAMIENTO ES UN SER VIVO

15/11/2018

El pensamiento es un ser vivo - Omraam Mikhael - mente - pensar (GAA # 3056)

MENTE - PENSAR

LOS PENSAMIENTOS SON ENTIDADES VIVAS

Os leeré primero este pensamiento:

«El día en que seréis capaces de realizar en vosotros el verdadero silencio, podréis realizar las creaciones más bellas a través del pensamiento: alguien creará colores espléndidos, otro, música divina, otro la Nueva Jerusalén, y encontraréis en este trabajo de creación la felicidad, la fuerza y la paz.»

Creedme, mis queridos hermanos y hermanas, es la verdad. Tratad de permanecer en silencio, de introducir en vosotros este silencio, y, entonces, vuestro pensamiento, liberado de todo aquello que lo obstaculiza, se volverá capaz de realizar las creaciones más bellas. Lo que limita las posibilidades del pensamiento son todas estas pequeñas cosas que vienen de muy abajo, las inquietudes, las penas, todas las preocupaciones prosaicas. Ayer os decía que sólo si sabéis liberar vuestro pensamiento podréis crearos un alto ideal y embellecerlo cada día, reforzarlo, amplificarlo, intensificarlo, divinizarlo, añadirle cada día algo más bello, más puro, más desinteresado. Porque un ideal es un ser vivo, poderoso, real, que habita en las regiones celestiales; desde allí arriba se ocupa de vosotros, no os deja que os extraviéis, os protege, os instruye, os inspira.

Lo que debéis comprender ante todo es que cada pensamiento es una entidad viva que viaja por el espacio y que es capaz de influenciar a las criaturas… Sí, los pensamientos son criaturas, son seres vivos, y os diré incluso que no somos nosotros quienes los creamos, nosotros creamos solamente las posibilidades para que vengan a visitarnos. Los pensamientos son entidades que han creado otros seres… Pueden venir a visitarnos, a instalarse en nosotros, a ayudarnos, pero nosotros no podemos crearlos. Sucede exactamente como con los hijos. El hombre y la mujer nunca pueden crear un hijo, es decir, su espíritu, su alma: solamente construyen la choza, el palacio, o el templo (es decir, el cuerpo físico en donde esta alma y este espíritu vendrán a habitar), dependiendo de los materiales que han logrado procurarse.

El hombre, pues, no crea los pensamientos, solamente los atrae o los rechaza, porque en este dominio hay también leyes de atracción y de repulsión. Si fueseis vosotros los que pudierais crear vuestros pensamientos, también deberíais poder destruirlos como quisieseis. Pero, a menudo, estos pensamientos se lanzan sobre vosotros como avispas, o como mosquitos, ¡y os es imposible desembarazaros de ellos! ¿Por qué? Porque habéis creado las condiciones para atraerlos; habéis dejado algunas suciedades y vienen bichos a los que les gustan estas suciedades. Limpiad todo esto ¡y después podréis ver los pensamientos que vendrán!… Hay pensamientos en todas las regiones del espacio hasta llegar al mundo de las Ideas del que habla Platón. ¿Qué son las Ideas? Son principios, arquetipos, poderes que trabajan para formar y modelar el universo. Son divinidades. Cada Idea es una divinidad.

Diréis: «Pero, entonces, ¿cómo y con qué atraemos los pensamientos? ¿Creamos nosotros pensamientos que atraen a otros?» No, en realidad venimos al mundo con unos pensamientos que ya se han instalado en nosotros; estos pensamientos son semejantes a obreros con los cuales trabajamos. Y cada uno de nosotros es también un pensamiento. El universo entero está poblado sólo por los pensamientos del Señor; el Señor piensa, y las criaturas son sus pensamientos, los espíritus son sus pensamientos. Ésta es la verdad. Dios es el único que piensa, y nosotros pensamos en tanto que poseemos su espíritu. Mientras no tengamos este espíritu divino, son otros seres los que piensan a través nuestro, los que disponen de nosotros. Cuando el niño está en el seno de su madre, ¿acaso es él quien se alimenta, quien respira? No, es su madre la que respira para él, la que come para él, la que vive para él. Él lleva una vida de dependencia. Y, mientras el hombre aún no sea independiente, es decir, mientras no haya nacido por segunda vez (lo que se llama el nuevo nacimiento) son otros seres los que piensan en su lugar, los que comen y respiran en su lugar; y él, que no lo sabe, ¡se imagina, el pobre, que es algo independiente y formidable!…

Ésta es la verdad, mis queridos hermanos y hermanas: el hombre todavía no ha nacido. Diréis: «Sí, ya le cortaron el cordón umbilical, vive, es independiente.» Sí, claro, pero esta independencia tiene grados. El hombre ha salido del seno de su madre, pero todavía se encuentra en el seno de otra madre, la naturaleza, y el cordón umbilical que le une a ésta todavía no ha sido cortado. Un día tendrá que cortar también este cordón para ser independiente. Preguntaréis: «¿Y entonces ya seremos totalmente independientes?» No, habrá que cortar aún otros cordones hasta el día en que llegará a ser libre como el Señor. Hasta entonces seguirá estando conectado con la naturaleza; aunque alcance regiones superiores, seguirá dependiendo de la naturaleza y seguirá habiendo cordones que cortar. La mujer, la madre, es un reflejo de la naturaleza, y la imagen del hijo en el seno de la madre es el símbolo del proceso que existe también en los demás planos. El hombre, pues, es todavía dependiente, y está durmiendo todavía, como el niño en el seno de su madre; su cordón umbilical todavía no ha sido cortado.

Cuando el niño viene al mundo, lo que sale primero es la cabeza… ¿acaso os habéis preguntado por qué? Esta posición del niño al nacer tiene un significado muy profundo. ¿Queréis conocerlo?… Bueno, bueno, os lo diré, pero podríais encontrarlo vosotros mismos si supieseis cómo reflexionar. ¿Habéis visto a un hombre bucear? Se lanza al agua con la cabeza hacia abajo, y, cuando quiere salir, al contrario, saca primero la cabeza. ¿Y por qué el niño tiene la cabeza hacia abajo? Porque el espíritu, que viene de arriba, de las regiones sutiles, debe sumergirse en un mundo mucho más denso, la Tierra. Esta posición es, pues, un símbolo del espíritu que se hunde en la materia. E inversamente, cuando el hombre muere, sale de una región muy densa para penetrar en una región sutil, como el que sale del agua para venir al aire, que es más sutil. ¿Veis, pues?, el nacimiento es una muerte. El nacimiento de un niño es la muerte en las regiones sutiles. Y la muerte en la Tierra es un nacimiento arriba.

Pero volvamos a la cuestión del pensamiento. Cuando vivís en el gozo, la dilatación, en la maravilla, cuando tenéis pensamientos de una gran elevación, de una gran generosidad, cuando queréis trabajar para el Reino de Dios, no sois vosotros quienes habéis creado estos pensamientos. Estos pensamientos son espíritus, y a menudo espíritus muy grandes y muy poderosos que vienen a visitaros para influenciaros, para crear en vosotros unos estados magníficos, y después se van. ¿Por qué no podéis volver a vivir de nuevo estos estados? Si fueseis vosotros los que los hubieseis creado deberíais poder revivirlos cuando quisierais, como quisierais, tanto como quisierais, Pero no, son visitantes que han venido. Tienen su itinerario, tienen su programa y, si interiormente habéis preparado las condiciones favorables, vierten, al pasar, sus bendiciones sobre vosotros. Para vosotros no son más que pensamientos inconsistentes, porque no captáis casi nada de su poder y de su realidad. Si fueseis clarividentes, los veríais como ángeles, como divinidades vestidas con vestiduras resplandecientes; pero no, lo más que decís es: «Hoy he tenido buenos pensamientos.»

Os dije que nosotros sólo tenemos el poder de preparar las condiciones para atraer a los pensamientos. Pero también tenemos a nuestro servicio a entidades que son sentimientos, pensamientos, emociones, con los que tenemos la posibilidad de atraer a otras entidades. Imaginaos que tenéis servidores en vuestra casa; les encargáis que preparen un banquete y que vayan a invitar a tal o cual persona. Pues bien, estos invitados no sois vosotros, y vuestros servidores tampoco sois vosotros. Vosotros sois el dueño –o la dueña- de la casa, y ellos son vuestros servidores. De la misma manera, desde su nacimiento el hombre tiene dentro de sí mismo, a su servicio, un cierto número de servidores: pensamientos, sentimientos, fuerzas, que son entidades independientes. Ya sé que os resulta muy difícil aceptar una idea semejante porque no se os ha instruido así. Incluso hay sabios que dicen que el pensamiento es una secreción del cerebro, exactamente como la bilis es una secreción de la vesícula. Esto es un invento extravagante que no se basa en nada real… Si no, ¿por qué no nos es posible secretar pensamientos cuando queremos y como queremos? Evidentemente, ¡lo explicarán otra vez con el azar!…

Así pues, cuantos más servidores tengamos en nosotros, tantas más posibilidades tenemos de preparar condiciones para que el Cielo venga a visitarnos y a instalarse bajo la forma de dones, de virtudes, de poderes. Y, cuando dejamos de ser razonables, estas entidades nos abandonan, porque no soportan vivir en condiciones semejantes: no soportan la fealdad, los olores nauseabundos, las fermentaciones, y se van. Si fuésemos nosotros los que pudiésemos crearlas, deberíamos fabricar nuevas facultades, o retener estos dones, no perderlos… ¡Pero cuántos han perdido sus talentos de cantantes, de pintores, de músicos, etc., o sus dones de sanadores y de clarividentes! Evidentemente, la ciencia oficial nunca ha hecho estudios sobre eso; con sus medios limitados le es imposible verificar semejantes verdades. Mientras que, desde hace miles de años, los Iniciados, que disponen de facultades superiores a los microscopios y a los telescopios, han podido hacer «in situ» estas constataciones.

Sin cesar somos visitados. Interiormente hay un barullo enorme, porque somos como una casa con muchos pisos y habitaciones en los que se agita todo un pueblo de inquilinos. Sí, y, a menudo, el dueño de la casa está encerrado, el pobre, en una pequeña celda, en alguna parte, y nadie le obedece, nadie le escucha; son los otros, los inquilinos, los servidores, los que imponen su voluntad: han hecho una revolución, le han metido en un cuarto oscuro y apenas le dan un mendrugo de pan y un poco de agua para que no se muera de hambre, pero son ellos los que dirigen, son ellos los que gobiernan… Y él, si supiera levantarse y comunicar con las regiones celestiales para enviar allá arriba algunos mensajes, vendrían a liberarle. Pero, el pobre, está tan ensombrecido que ni siquiera sabe que puede hacerlo. Y los otros siguen gobernando, sí, los inquilinos, los anarquistas.

¿No me creéis?… Pero hay muchos hombres que ya no son dueños de la situación, que ya no son los reyes de su reino. Todos los que habitan en ellos comen, beben, disfrutan, y el rey, el pobre, no puede impedírselo, no tiene la palabra, nadie le escucha. ¿Por qué? Porque no fue razonable, se abandonó a sus deseos inferiores, a sus caprichos, y se debilitó cada vez más. Entonces, el pueblo, la «demos», le derrocó, porque vio que no estaba a la altura de la situación. Esto es exactamente lo que ha sucedido en la historia con la monarquía y la aristocracia. Los reyes y los nobles fueron derrocados porque eran crueles, injustos, codiciosos… Nada se produce en la historia que no sea también verídico para los mismos humanos. Todos los acontecimientos políticos, revoluciones, cambios de régimen, etc., que suceden en el mundo, no son otra cosa que la repetición, una pálida repetición de lo que sucede dentro, en el ser humano. Así pues, si sabéis descifrar e interpretar los acontecimientos que se producen en el mundo, llegaréis a comprender los acontecimientos que se producen también en cada ser humano. Encontramos absolutamente las mismas leyes.

Actualmente, la monarquía ha sido reemplazada por toda clase de gobiernos: democracia, república, oligarquía… ¡o anarquía! ¿Por qué? Porque los que estaban en el poder no se mostraron a la altura de la situación. Los súbditos, que les vigilaban, se rebelaban, y, como los soberanos se habían debilitado, ya no podían mantenerse y capitulaban. Mientras que siempre ha sido muy difícil derrocar a aquéllos que han estado a la altura de la situación. Mirad al Señor. Él también es un monarca y, cuando los ángeles se rebelaron (porque hubo también una rebelión de los ángeles), no pudieron destronarle, porque el Señor nunca cometió ninguna falta. No tiene debilidades… Es imposible vencer a las criaturas que están a la altura de la situación: puesto que tienen cualidades morales, luz, fuerza, son invencibles. Pero, si no sois capaces de imponeros por vuestras cualidades y virtudes, cuando otras fuerzas traten de apoderarse de vosotros os veréis obligados a satisfacerlas. No os engañéis, ¡no tendréis la victoria! El día en que estalle dentro de vosotros una revolución quedaréis completamente aniquilados.

Debéis saber si sois, o no, el rey de vuestro reino. Si sentís que ya no tenéis ni voz ni voto es que ya estáis prisioneros en alguna parte: os han dado solamente la posibilidad de constatar, de observar, sin poder cambiar nada de nada. Así que ahora, para restablecer la situación, debéis enviar en secreto toda clase de mensajes, debéis vigilar para encontrar el medio de desbaratar las intrigas de todos aquéllos que os tienen encerrados, hacer un agujero, cavar, limar, para que podáis huir… exactamente como sucede en ciertas novelas de aventuras.

Los discípulos, pues, deben saber cómo buscar ayudas, amigos, para poder expulsar a los enemigos y volver a tomar la dirección de su reino. Y no hay que esperar, hay que reaccionar inmediatamente, porque si no la cosa irá de mal en peor. Hay muchos que se dejan ir; ya no tienen esperanza de que puedan enderezar la situación y asisten pasivamente a su decadencia, hasta la ruina y la miseria. Son desgraciados pero ya no pueden hacer nada y todos los demás asisten impotentes a su ruina. ¡Cuántos poetas, pintores, músicos formidables se dejaron hundir! Algunos por el alcohol, otros por el juego, otros por las mujeres… Lo probaron todo para salvarles, ¡pero no hubo nada que hacer! Mientras que aquéllos que no quieren capitular, aunque estén encarcelados, aunque estén encadenados, logran un día enderezarlo todo y son ellos los que gobiernan de nuevo. ¡Y qué victoria la de lograr ocupar de nuevo su sitio en la cima! Éste es un tema sobre el que no hay todavía suficiente luz.

Sí, se producen en el hombre exactamente los mismos acontecimientos que en la historia de los pueblos y de las sociedades. A veces, cuando veo a hermanos y hermanas que están siendo presa de sus tendencias inferiores,, procuro advertirles y hacerles comprender, de diferentes formas, los peligros que les amenazan, para no decirles francamente que en poco tiempo estarían interiormente completamente encarcelados y atados... Y, creedme, las cárceles más terribles están dentro de uno mismo. Las cárceles exteriores no son nada; al contrario, quizá sea allí donde nos liberemos de otras cárceles. Incluso es en cárceles así donde algunos llegaron a comulgar con el Cielo, donde recibieron sus armas espirituales y todos los medios para llegar a ser hijos de Dios. Pero es muy difícil salir de las cárceles interiores. Hay que hacer grandes sacrificios, grandes renuncias, porque, si no, los espíritus de arriba nunca vendrán a liberaros.

Siento que os resulta difícil comprender que no sois vosotros los que creáis vuestros pensamientos, pero ésta es la realidad. El hombre dispone de muchos pensamientos, que son sus sirvientes, exactamente igual que un padre puede tener una decena de hijos que están ahí para ayudarle en su trabajo, pero no es él quien los ha creado. Ha creado los cuerpos físicos, pero las almas y los espíritus han venido de otra parte. También podemos tratar la cuestión de los espíritus familiares. Habréis leído, imagino, en la literatura oculta que cada ser está acompañado por algunos espíritus familiares que están ahí, para ayudarle, para servirle. ¿Acaso es él quien los ha creado? No, pero de todas formas están a su servicio. En tanto que espíritus, nosotros somos también un pensamiento, pero este pensamiento no lo hemos creado nosotros, no somos nosotros quienes nos hemos creado, es el Señor. Nosotros somos, pues, un pensamiento poderoso, bien armado, que tiene a su servicio a su vez a muchos otros pensamientos.

Nosotros somos una creación del Señor, y Él es el único que crea pensamientos y que los envía. Los ángeles, los arcángeles, son también pensamientos del Señor; y el universo es el templo que el Señor ha poblado con sus pensamientos, es decir, con sirvientes, entidades, espíritus. El Señor, pues, ha creado los pensamientos, los espíritus, y el universo es la morada que ha sido formada para albergarlos. Ya os lo dije, la creación es diferente de la formación. La creación es la obra del Señor, y la formación la de la Madre divina. Es la Madre divina quien ha formado la morada y el Padre celestial quien ha creado las entidades que debían habitarla.

La creación y la formación, el espíritu y la materia, Dios y el universo, encontramos un reflejo de eso en todas partes, hasta en las células. Cada célula es como una pequeña casa habitada por un alma; todo se explica a partir de este modelo, todo no es más que la repetición de este modelo. El universo es una habitación, y en esta habitación hay muchas otras. Cuando Jesús decía: «Hay varias moradas en la casa de mi Padre» y «Voy a prepararos un lugar…» estaba hablando de las condiciones del lado material. No dijo: «Os prepararé espíritus» porque eso no podía hacerlo, pero un lugar sí.

De la misma manera, el hombre prepara solamente las condiciones, la morada que recibirá los pensamientos. No es él quien los crea, como tampoco crea la vida que le da a su hijo. Existen, sin embargo, hombres muy ignorantes que cuando están furiosos contra su hijo le amenazan diciéndole: «Te puedo matar, puesto que te di la vida.» Pues bien, si el hombre fuese verdaderamente capaz de dar la vida, ¿por qué, cuando tiene que morir, ni siquiera puede prolongar unos minutos más su existencia? Porque él no es dueño de la vida. Así que tampoco es él quien ha dado la vida a su hijo, se la han dado otros. Él ha construido solamente la casa. Si el hombre fuese el dueño de la vida, ¡os dais cuenta!… Ya habría ido a destronar al Señor diciéndole: «¡Venga, Señor, bájate que me pongo en tu sitio!» Por eso el Señor, que había previsto todo esto, se guarda la vida para sí y la distribuye como quiere.

Con la vida que Dios le ha dado, el hombre puede, de todos modos, construir algo; pero la verdadera vida viene del Señor. Todos los padres que creen tener derechos sobre la vida de sus hijos son los mayores ignorantes. Los padres son unos gobernantes, eso es todo; les han enviado a una criatura para que la cuiden y la eduquen, y un día deberán rendir cuentas. Si han sido descuidados, poco atentos, serán castigados; pero, si han sido buenos tutores, recibirán recompensas por el trabajo que han hecho. Por otra parte, estos hijos que han recibido, ni siquiera saben de dónde vienen, ni quiénes son. Así que ¿qué se imaginan? Los padres son unos tutores, nada más.

Han sido unas palabras sobre el tema de los pensamientos. Cada pensamiento que proyectáis flota en el espacio, da vueltas alrededor vuestro o se va. El pensamiento posee todas las expresiones: puede ser bello o repugnante, luminoso o tenebroso. Tiene un color, un perfume, una música. ¡No olvidéis jamás que vuestro pensamiento es una criatura viva!

EL PENSAMIENTO ES UN SER VIVO

Si hay una cosa, mis queridos hermanos y hermanas, que nunca debéis olvidar, es que vuestros pensamientos, incluso los más débiles, los más insignificantes, son una realidad. Hasta se pueden ver y hay criaturas que los ven. El pensamiento es un ser vivo. Evidentemente, en el plano físico no podemos verlos actuar, ni cogerlos; pero, en su región, con los materiales sutiles de los que está hecho, es un ser activo. ¡Esto es algo que debéis saber! La ignorancia de esta verdad es la causa de muchas desgracias. No veis, no sentís, que el pensamiento trabaja, que construye, o bien que destroza, que destruye, y, entonces, os permitís pensar cualquier cosa. El pensamiento es una realidad viva, por eso debéis vigilaros para tener y proyectar sólo los mejores pensamientos, unos pensamientos llenos de amor, de bondad, de luz, de armonía. El verdadero saber empieza ahí: con la consciencia de que el pensamiento es una realidad. En cuanto hayáis comprendido esto, podréis recorrer mucho más rápidamente el camino de la evolución.

Al estar descontento, al ser celoso, colérico, vindicativo e ignorante, el hombre continuamente tiene pensamientos abominables y envenena al mundo entero impidiendo la realización del Reino de Dios en la Tierra. Pues no, ¡debe vigilar sus pensamientos! Diréis: «Pero, puesto que no se ve, puesto que no podemos ni tocarlo, ni pesarlo, ¡el pensamiento no tiene ninguna importancia!» Esto no es un argumento. El poder más formidable que Dios ha dado, se lo ha dado al pensamiento, es decir, al espíritu. Y como cada pensamiento está impregnado de la omnipotencia del espíritu que lo ha formado, actúa, es decir, construye o destruye. Sabiendo esto podéis llegar a ser benefactores de la humanidad; a través del espacio, hasta las regiones más lejanas, podéis enviar mensajeros, criaturas luminosas, a las que encargáis que ayuden a los seres, que les consuelen, que les iluminen, que les curen. Haciendo conscientemente este trabajo os acercáis a la Divinidad. Si no, viviréis mucho tiempo sin saber lo que sois, ni donde estáis, ni lo que hacéis. Y como todo se inscribe, un buen día las desgracias y las enfermedades os caerán encima, porque habréis ignorado lo esencial.

¡Si tan sólo la ciencia oficial se decidiese a ocuparse de esta cuestión tan importante del pensamiento! Pero no, por el momento fabrica cohetes, fabrica bombas… Incluso ha fabricado el teléfono para importunar a todo el mundo. ¿Verdad? El teléfono es la desgracia de las desgracias. ¿Qué me decís de él? ¿Buenas cosas? Sí, pero siempre que no lo tengamos en casa. Exagero, claro, para bromear, porque, en realidad, ¡cómo facilita las cosas el teléfono! Cuando queréis insultar a fulano o a zutano, sin tener que perder el tiempo en el metro o en el tranvía para irle a ver, cogéis el teléfono, ¡y lo que tiene que oír! Y después, orgullosos de vosotros, os fumáis tranquilamente un puro. ¡Ahí tenéis las ventajas del teléfono!… Evidentemente, la comunicación es formidable; cuando se piensa que en el pasado una noticia tardaba meses en llegar, y ahora nos comunicamos instantáneamente, hasta en la Luna. ¿Habéis oído como hablaban los cosmonautas con los técnicos de la NASA?

Es preciso que la ciencia estudie ahora este medio de comunicación extraordinario que es el pensamiento. Ya sé, de todas formas, que algunos sabios se han ocupado de este problema. En otra conferencia os hablé de los experimentos de telepatía que se han hecho oficialmente en Estados Unidos y en Rusia. Sí, pero esto no es suficiente: el poder del pensamiento todavía no se conoce bien. Existe toda una ciencia que los antiguos conocían ya desde la Lemuria y la Atlántida: cómo, por ejemplo, materializar el pensamiento. Pero como esta ciencia fue puesta al servicio de todas las ambiciones y las pasiones humanas, los que la utilizaban cayeron a menudo en la magia negra. Por eso los grandes Iniciados sólo se permiten revelar los secretos del poder del pensamiento cuando los discípulos son puros y poseen suficiente autodominio.

Creedme, mis queridos hermanos y hermanas, esta cuestión del pensamiento es de las más importantes, y, si os hablo así, es para que os decidáis a proyectar sólo pensamientos que tengan las consecuencias más benéficas. Cuando sintáis que ya no sois dueños de la situación, que vuestro cerebro secreta… (bueno, supongamos que el cerebro secrete) pensamientos tenebrosos, destructivos, entonces, vigilaos, y tratad de dar otra dirección a vuestros pensamientos. Si no sois conscientes de ello, si dejáis escapar vuestros malos pensamientos sin ni siquiera prestarles atención, éstos se irán a trabajar para vuestra desgracia. Se dice en las Escrituras: «¡Estad vigilantes!» Pero eso quiere decir vigilantes para todo lo que sucede dentro de vosotros, y no para lo que os pueda llegar de fuera. Por lo de fuera no corremos tanto peligro, y no es necesario estar siempre en guardia para vigilar lo que venga a atacaros en la esquina de una calle.

Vigilantes… ¡son el espíritu, el pensamiento, los que deben estar vigilantes! «Estad vigilantes» es un consejo que concierne a la vida interior y no tanto a la vida exterior. Exteriormente estáis tranquilos y no corréis peligro todos los días de que os pongan un cuchillo en la garganta, pero dentro, ¡cuántos golpes recibís! Os muerden, os pinchan, os desgarran… Os echan agua hirviendo sobre la cabeza, y después os sumergen en el agua helada. ¡Es el Infierno de Dante!…y ya no sabéis cómo escaparos. Pues bien, todos estos tormentos son producidos por pensamientos que habéis lanzado y que vuelven ahora hacia vosotros. Debéis conocer esta ley y comprender, de ahora en adelante, que nada es más importante que ser conscientes y vigilar los pensamientos.

Evidentemente, no podréis conseguirlo de inmediato. Pasaréis aún por tribulaciones, pero, al menos, algún día tendréis la posibilidad de llegar a ser dueños de la situación. Debéis acabar con todas estas entidades. Primero las atrajisteis; después las enviasteis al espacio; y ahora vuelven hacia vosotros para acosaros, como enjambres de moscas y de avispas. Por eso ya no hay que decir más: «¡Es culpa de mis padres que me han dado una herencia espantosa!» … No, ellos están ahí, los pobres, para daros exactamente lo que merecéis. Si habéis merecido ser un genio de la música o de la pintura, os reencarnáis en una familia que os dará todas las condiciones para que podáis serlo. Pero si os merecéis ser débiles, estúpidos, o estar enfermos, la Justicia divina os hace reencarnar en una familia que os transmite toda clase de taras. No hay que reprochar nada a los padres. Los padres sólo son responsables en apariencia. Ésta es una verdad que la ciencia oficial ignora cuando explica la herencia. Sin saberlo, los padres no son más que ejecutantes, eso es todo. Todas las taras que el hombre ha recibido es él mismo quien las ha formado desde hace mucho tiempo con sus pensamientos y sus sentimientos; y eso tampoco lo sabe la gente. Por eso la filosofía hindú dice que la ignorancia es la causa de todas las desgracias. Sí, la ignorancia…

Seguro que habéis leído algunos libros esotéricos que tratan de la cuestión del Guardián del umbral. Le representan siempre como un ser terrorífico al que el hombre debe enfrentarse un día. Pues bien, este Guardián del umbral, justamente, es una parte de nosotros mismos, una condensación de todo lo que hay de malo y vicioso en nosotros. Debéis saber que en el hombre, igual que en la naturaleza, todo lo malo se junta y se acumula en un mismo lugar, y todo lo bueno también.

Ya os hablé de la tribu de los Mouloukouroumbes, que habita en las montañas de Nilgiri, en la India, y os expliqué que, si son peligrosos, es porque son depositarios de una parte del mal que se hace en el mundo, del odio, de la venganza, de la impureza, de todos los deseos inferiores. Han acumulado tanto veneno que con una sola mirada son capaces de matar a un animal, o incluso a un hombre. Ciertas plantas, como la belladona, la datura, etc., también condensan venenos, mientras que las rosas, por ejemplo, y otras flores, son las depositarias de todo lo bueno, bello y luminoso. Pero, claro, ¡no son los botánicos los que os darán semejantes explicaciones! Sin embargo, mis queridos hermanos y hermanas, es preciso que lo sepáis, todo el mal que hacemos se acumula en alguna parte como algo pesado, tenebroso.

Nuestro Guardián del umbral representa todo el mal que hemos acumulado en encarnaciones y encarnaciones. El Guardián del umbral, pues, es también nosotros mismos. Todavía no se conoce lo que es el ser humano, cómo está constituido por dos regiones, una indescriptiblemente fea, y otra que es todo el esplendor del Cielo. Porque todo el bien que hacemos se va a un lado y todo el mal a otro: no se mezclan, se van a dos regiones diferentes porque su naturaleza es diferente; hay una selección y esta selección se hace automáticamente. Así es en el universo entero. Cada cosa se va a su región, como en las tiendas. Según su naturaleza y su calidad los productos van a tal o cual escaparate. Y lo mismo sucede con los pensamientos que, según su naturaleza y su calidad, van a tal o cual región. Sí, mis queridos hermanos y hermanas, en el universo también hay selecciones, no es el hombre el que las ha inventado.

Por otra parte, todos vosotros habéis podido constatar que hay dos naturalezas en vosotros, dos seres. Algunos días, os sentís tan mezquinos, tan repulsivos, hipócritas, malvados, injustos, que os horrorizáis de vosotros mismos y quisierais suicidaros. Y otros días, al contrario, os sentís un hijo de Dios. Pues bien, justamente, es porque unas veces se manifiesta una de estas dos naturalezas y otras veces la otra. Y cuando son las criaturas infernales las que se presentan, desgraciadamente no sabéis dirigirles la palabra para expulsarlas. Las apartáis, pero algún tiempo después vuelven. Las apartáis de nuevo, y vuelven otra vez; hasta que empezáis a creerlas, porque os dan toda clase de argumentos sacados de los Evangelios, de los Libros sagrados… y, sobre todo, ¡de la opinión pública! Y, entonces, ya está, perdéis la cabeza.

¡Cuántos hombres se han suicidado porque no pudieron resistir a estas criaturas maléficas que venían a desmoralizarles! Y, sin embargo, ¡a menudo eran genios! ¿Cómo comprender esto? Evidentemente, los psicoanalistas y los psiquiatras darán toda clase de explicaciones, pero sus explicaciones no explican nada en absoluto porque no conocen la estructura del ser humano, e incluso, algunas veces, llegan a hacer mucho daño. Cuando no se conoce la estructura psíquica del hombre, ¿cómo se le puede curar?3

Entonces, ¿qué debéis hacer cuando estos seres tenebrosos y malvados se presentan ante vosotros? El mejor método es humillarse y decir: «Sí, ya lo sé, soy débil, soy incapaz, soy abominable… Pero, a pesar de todo Dios es bueno, es Amor, me tenderá la mano.» Entonces, ante esta humildad, se van. No pueden hacer nada porque vosotros os humilláis y creéis en la bondad y en el amor de Dios. Pero, sobre todo, lo que no debéis hacer es responder, no os enfrentéis a ellos, porque si no les excitaréis. Decidles: «Sí, es cierto, ¡incluso soy mucho peor!» Esto es lo que hago a menudo con algunos que han venido a decirme que era un monstruo. Les respondía: «Pero ¿a quién se lo dice usted? Eso es muy poco. Yo me conozco, ¡y soy mucho peor que eso!» … Se quedaban tan asombrados que cogían su sombrero y se iban. ¿Veis?, pues, es un truco para despistar al adversario. Pero, sin embargo, no conocéis el poder de la humildad. Cuando hay huracanes y tornados, ¿acaso os erguís para afrontarlos? No, no es el momento. Debéis agacharos para dejar pasar la tempestad, y después podréis decir: «¡Eres tú el que tiene los pies planos!»

Conocéis esta historia… Un buen hombre había ido a comprarse un par de zapatos pero ninguno le iba bien. ¡Qué queréis!, ¡tenía los pies planos! El vendedor no hacía más que subir y bajar cargado de zapatos y, al final, extenuado, le dijo: «Ya basta, no iré a buscar más, ¡ahora váyase, pies planos!» Entonces, el pobre, se fue avergonzado, sin atreverse a responder. Después, cinco kilómetros más lejos, cuando llegó a una colina, se irguió y gritó: «¡Eh! ¡Eres tú el que tiene los pies planos!» Y se volvió a su casa orgulloso y contento. ¿Veis? Así es cómo hay que hacer. Evidentemente, es una historia para reír, pero, de todas formas… Vosotros también debéis bajar un poco la cabeza, después seguís, y, al final, decís: «¡Eres tú el que tiene los pies planos! ¡Los míos son los más bonitos!» Y después acariciáis vuestros pies diciéndoles cosas amables... ¿Acaso habláis, de vez en cuando, a vuestros pies? Hay que hablarles, porque son muy inteligentes. Dependemos muchísimo de nuestros pies, a través de ellos tenemos contacto con el suelo, con la Tierra; debemos, por tanto, cuidar de ellos.

¡Ah!, mis queridos hermanos y hermanas, tengo ganas de haceros una profecía. No sé cómo vais a encontrarla, pero tengo ganas de profetizaros que la primavera vendrá, que las flores se abrirán, que los pájaros cantarán… Siempre, hasta ahora, he sido un profeta impecable, ¿verdad? Cuando digo, por ejemplo, que la primavera vendrá, nunca me he equivocado. Diréis: «Sí, pero, si no es más que eso, ¡nosotros también somos profetas!» ¿Y por qué no lo decís? ¿Cómo sabrán que sois profetas si no decís nada? Sí, el invierno no durará mucho y la primavera vendrá… ¿Acaso no es mejor fijarse en las cosas positivas? Y hasta, en vez de decir algo sobre la primavera, ¡decid algo sobre vosotros mismos! Por ejemplo: «Un día seré sabio, luminoso y poderoso… Un día seré un rey, un profeta… ¡Seré un sacerdote de Dios!» ¡Ahí tenéis, al menos, unas perspectivas prometedoras! ¿Por qué no tenéis pensamientos así? Trabajad y esperad, un día la realización llegará.

Hay que salir de lo negativo, y en vez de pensar siempre: «No lo conseguiré… Estoy perdido», haced como los niños que viven en los cuentos. Decíos: «Sí, aunque sea irreal, pensaré en todo lo más maravilloso, porque eso es un ejercicio benéfico.» Sí, eso os hace bien. Como la mujer que le pedía a su bien amado: «Querido, ya sé que no me amas, pero, de todas formas, dime que me amas, ¡me hace tanto bien oírlo!» Prefería alimentarse con mentiras más que con verdades. Todos tenemos esta tendencia. Entonces, ¿por qué no utilizarla? ¿Por qué no darle al pensamiento una actividad saludable y, durante una hora cada día, trabajar para crear el futuro?

Los hombres viven en el pasado, repiten sin cesar su pasado. Sufrir, hacer tonterías, eso es el pasado. Mientras que vivir en el futuro es vivir en todo lo más espléndido, lo más maravilloso, en todo lo que todavía no existe. Al vivirlo con el pensamiento, ya existe. Así que, lanzaos al futuro, vivid en el futuro y esto será el presente. Mientras que ahora, vuestro presente es el pasado. Repetís continuamente el pasado. No, no debéis hacerlo.

Conocéis la historia de esta muchacha que iba al mercado con un jarro de leche sobre la cabeza: durante el camino se imaginaba todo lo que podría hacer con el dinero que sacaría de la venta de la leche: comprar huevos, y después gallinas, y después cerdos. Estaba tan contenta que se puso a saltar… y el jarro cayó y se rompió. ¿Veis?, pues, ella vivía ya en sus proyectos, vivía en el futuro, y hacía bien, ¡pero no debía saltar! Y vosotros tampoco: vivid en el futuro, ¡pero no saltéis! Es decir, pensad, alimentad proyectos, pero todavía no hagáis como si ya se hubiesen realizado verdaderamente, porque, si no, todo caerá por los suelos. Si decís: «Dadme esto… dadme aquello… porque soy multimillonario…», cuando no tenéis ni un centavo, o «Soy el sabio más grande», cuando no sabéis nada, esto es saltar prematuramente, y os meterán en la cárcel u os tomarán por locos.

Así que, mis queridos hermanos y hermanas, no saltéis, ¡pero trabajad cada día para crear el futuro! Saboread con el pensamiento el futuro más maravilloso, y, sobre todo, no olvidéis que el pensamiento es una realidad, que cada pensamiento es un poder capaz de destruir o de construir.

«Somos los creadores de nuestro propio futuro»

FRASES DE OMRAAM MIKHAEL

«No hay que tener miedo a equivocarse.»

«La vida es la única riqueza que existe.»

«Vuestro amor debe hacer crecer a los demás.»

«En el hombre están todas las posibilidades.»

«Cada rayo de sol es un manantial de energía.»

«El verdadero amor es un estado de conciencia.»

«El lenguaje simbólico es la matemática de las ideas.»

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