Detener la guerra

La mente no iluminada pelea contra las cosas como son. Con corazón se comprende el proceso de la guerra. La raíz de la guerra está en la ignorancia.

JACK KORNFIELD

Detener nuestra guerra interior

La mente no iluminada tiene la tendencia a pelear contra las cosas tal como son. Para seguir un camino con corazón, hemos de comprender completamente el proceso de hacer la guerra, dentro y fuera de nosotros, cómo se inicia y cómo termina. Las raíces de la guerra están en la ignorancia.

Cuando salimos de las batallas vemos de nuevo, como dice el Tao Te Ching, Con los ojos libres de anhelo.

Sin comprensión, nos pueden asustar con facilidad los fugaces cambios, las pérdidas inevitables, los fracasos, la inseguridad del envejecer y del morir. La incomprensión nos lleva a pelear con la vida, huyendo del dolor o aferrándonos a la seguridad y los placeres que, por naturaleza, nunca pueden satisfacernos realmente.

Nuestra lucha con la vida se expresa en cada dimensión de nuestra experiencia, interior y exterior. Guerreamos con nosotros mismos, con nuestras familias y comunidades, entre razas y naciones. Las guerras entre personas son un reflejo de nuestro propio conflicto interno y del miedo.

Mi maestro, Achaan Chah, describe esta batalla sin fin:

Los seres humanos estamos constantemente en combate, en guerra, con el fin de huir del hecho de ser tan limitados, limitados por tantas circunstancias que no podemos controlar. Pero en lugar de escapar, seguimos creando sufrimiento, emprendiendo guerras con el bien, con el mal, con lo que es demasiado pequeño, con lo que es demasiado grande, con lo que es demasiado corto, con lo que es demasiado largo, con lo que es correcto o incorrecto, valientemente batallando sin tregua.

La sociedad contemporánea abona nuestra tendencia mental a negar o reprimir nuestra consciencia de la realidad. Vivimos en una sociedad de negación que nos condiciona a protegernos de cualquier incomodidad o dificultad. Gastamos una energía enorme para rechazar nuestra inseguridad, luchar contra el dolor, la muerte y la pérdida, así cromo para ocultarnos de las verdades básicas del mundo natural y de nuestra propia naturaleza.

Para aislarnos del mundo natural, tenemos aire acondicionado, coches provistos de calefacción y ropas que nos protegen de cualquier estación. Para aislarnos del fantasma de la edad y de la enfermedad, en nuestros anuncios ponemos a gente joven y sonriente, mientras relegamos a nuestros ancianos a residencias para la tercera edad. Escondemos en hospitales a nuestros enfermos mentales. Nuestros pobres se hacinan en los guetos y construimos autopistas que rodean dichos guetos, para que aquellos que tienen la suficiente fortuna de no vivir en ellos, no contemplen el sufrimiento que albergan.

¿Cómo somos capaces de cerrarnos de un mundo tan tajante a las verdades de la existencia?

Usamos la negación para escapar a los pesares y dificultades de la vida. Para apoyar dicha negación, utilizamos adicciones. A nuestra sociedad se le ha denominado Sociedad Adicta, con millones de drogadictos, adictos al juego, comida, sexo, relaciones poco saludables, o a la velocidad y al trabajo. Nuestras adicciones constituyen los apegos repetitivos y compulsivos utilizados para eludir los sentimientos y llegar las dificultades de nuestras vidas. La publicidad nos urge a mantener el ritmo, a seguir consumiendo, fumando, bebiendo y deseando comida, dinero y sexo. Nuestras adicciones sirven para insensibilizarnos a lo que hay, para ayudarnos a eludir nuestra experiencia, y la sociedad alienta a bomboy platillo dichas adicciones.

La persona mejor ajustada de nuestra sociedad es una persona que no está ni viva ni muerta, simplemente está insensible, como un zombi. Cuando estás muerto, no puedes trabajar para la sociedad. Cuando estás plenamente vivo, constantemente estás diciendo No a muchos de los procesos de la sociedad: al racismo, al ambiente contaminado, a la amenaza nuclear, a la carrera armamentística, a las aguas polucionadas y a la comida con cancerígenos. Por lo tanto, a nuestra sociedad le interesa promocionar aquellas cosas que nos mantienen ocupados en nuestros hábitos y nos mantienen ligeramente insensibles, como zombies. De este modo, nuestra sociedad moderna consumidora funciona como un adicto.

Una de nuestras adicciones más arraigadas es la adicción a la velocidad. La sociedad tecnológica nos empuja a aumentar el ritmo de nuestra productividad, así como de nuestras vidas.

En una sociedad que demanda el doble de tiempo a la vida, la velocidad y las adicciones nos insensibilizan a la experiencia. En una sociedad de estas características, es casi imposible ubicar nuestros cuerpos o comunicarnos con nuestros corazones. y menos aún comunicarnos, los unos con los otros, en la tierra en que vivimos. Por el contrario, cada vez nos sentimos más aislados y solos, privados de la comunicación con los demás y de la red natural de la vida. Personas en coche, grandes casas, teléfonos móviles acoplados a nuestros oídos, y una profunda soledad acompañada de una sensación de pobreza interior. Es la tristeza más epidémica de nuestras sociedades modernas.

No solo los individuos hemos perdido el sentido de la intercomunicación, sino que esta incomunicación es una desgracia que se extiende a las naciones. Las fuerzas de la separación y la negación alimentan la incomprensión internacional, el desastre ecológico y una serie de conflictos interminables entre los estados nacionales.

Mientras escribo, en esta tierra más de cuarenta guerras y revoluciones violentas están matando a miles de hombres, mujeres y niños. Desde la Segunda Guerra Mundial, hemos tenido 115 guerras, y en el mundo apenas existen 200 países. No es un récord agradable para la especie humana.

¿Qué podemos hacer?

La práctica espiritual auténtica nos exige aprender a detener la guerra. Es el primer paso, pero debe practicarse una y otra vez hasta que se convierta en un modo de ser. La calma interior de una persona que realmente Es paz da paz, interior y exterior, a toda la red de vida intercomunicada. Para detener la guerra, hemos de empezar por nosotros mismos. Mahatma Gandhi lo comprendió cuando dijo:

Solo tengo tres enemigos. Mi enemigo favorito, el que más fácilmente puede ser influenciado, es el Imperio Británico. Mi segundo enemigo, el pueblo de India, es mucho más complicado. Pero mi oponente más formidables un hombre llamado Mohandas K. Gandhi. En él, parezco tener muy poca influencia.

Al igual que Gandhi, nos cuesta cambiarnos a nosotros mismos para mejorar mediante los actos o la voluntad. Es parecido a desear que la mente se libere a si misma o a levantarnos estirando de los cordones de los zapatos. ¿Recordáis lo poco que duran los propósitos de Año Nuevo? Cuando luchamos por cambiarnos a nosotros mismo, de hecho solo seguirnos los patrones de autocrítica y agresión; mantenemos viva la guerra interior. Con estos actos de voluntad, normalmente el tiro nos sale por la culata, y finalmente, la mayoría de las veces acabamos reforzando las adicciones o negaciones que intentábamos cambiar.

Un joven acudió a la meditación con un gran rechazo a la autoridad. Se había rebelado en casa, algo explicable, pues tenía una madre muy dominante. Se había rebelado en la escuela y la había abandonado para unirse a la contracultura. Había peleado con una novia que, según él, quería controlarlo. Luego se había ido a India y Tailandia en pos de la libertad. Tras una experiencia inicial positiva con la meditación, acudió a un monasterio para un periodo de práctica. Decidió llevar a cabo una práctica estricta y convertirse en alguien claro, puro y pacífico. Sin embargo, al poco tiempo, empezó a tener de nuevo conflictos. Las obligaciones diarias le dejaban poco tiempo para la meditación ininterrumpida. El ruido de las visitas y el paso fortuito de algún coche, le distraían en su meditación. El maestro, según su punto de vista, no proporcionaba una guía suficiente y, a causa de ello, su meditación era débil y su mente no podía parar. Luchaba por serenarse y se empeñaba en hacerlo a su manera, pero acababa peleándose consigo mismo.

Finalmente, al final de un grupo de meditación, el maestro lo llamó para reprenderlo: Te peleas con todo. ¿Cómo puede ser que te moleste la comida, te moleste el ruido, te molesten las tareas, y hasta te moleste tu mente? ¿No te parece raro? Lo que me gustaría saber es: cuando oyes venir un coche, ¿realmente viene y te molesta, o vas tu a molestarlo? ¿Quién molesta a quién? Incluso el joven no pudo menos que reír, y ese instante fue el comienzo de su aprendizaje de como parar la guerra.

La meta de la disciplina espiritual es aportarnos un modo de parar la guerra, no mediante nuestra fuerza o voluntad, sino de un modo orgánico, mediante la comprensión y el entrenamiento gradual. Proseguir una práctica espiritual, puede ayudarnos a cultivar una nueva manera de relacionarnos con una vida en que abandonamos nuestras batallas.

Cuando salimos de la batalla, vemos con frescura, como dice el Tao Te Ching: Con los ojos libres de anhelo. Vemos como cada uno de nosotros crea el conflicto. Vemos nuestros constantes gustos y aversiones, la lucha para resistirnos a todo aquello que nos asusta. Vemos nuestros propios prejuicios, ambición y territorialidad. Es duro verlo, pero ahí está. Subyaciendo estas batallas sin fin, vemos los sentimientos penetrantes de falta de plenitud y miedo.

Comprobamos hasta que punto nuestras luchas con la vida han cerrado nuestro corazón.

Cuando abandonamos nuestras batallas y abrimos nuestro corazón a las cosas tal como son, descansamos en el momento presente. Es el principio y el fin de la práctica espiritual. Solo en este momento, podemos descubrir aquello que es eterno. Sólo ahí podemos colmar el amor que buscamos. El amor en pasado es solamente recuerdo y el amor en futuro, fantasía. Sólo podemos amar, despertarnos y encontrar paz y comunicación con nosotros mismos y el mundo en la realidad del presente.

Un anuncio de un casino de las Vegas dice con tino: Para Ganar has de estar Presente. Detener la guerra y estar presente son dos caras de la misma actividad. Estar presente es detener la guerra. Estar presente significa experimentar el aquí y el ahora. La mayoría de nosotros nos hemos pasado la vida atrapados en proyectos de diversa índole, esperanzas, ambiciones de futuro, lamentos, culpa o vergüenza acerca del pasado. Cuando estamos presentes, volvemos a sentirnos vivos, pero también nos encontramos con aquello que hemos eludido. Hemos de tener el valor de enfrentarnos a lo que hay en el presente: nuestro dolor, nuestros deseos, nuestra pena, nuestras pérdidas, nuestras esperanzas secretas, nuestro amor; todo aquello que nos conmueve más hondamente. Cuando detengamos la guerra, todos nosotros nos encontraremos con algo de lo que escapábamos: nuestra soledad, nuestras miserias, nuestro aburrimiento, nuestra vergüenza, nuestros deseos insatisfechos. También debemos enfrentarnos a estas partes de nosotros mismos.

Tal vez hayáis oído hablar de experiencias extra corporales, llenas de luces y visiones. Una verdadera vía espiritual exige un desafío mayor que lo que podemos considerar experiencias extra corporales.

Si hemos de despertar, hemos de comunicarnos con nuestro cuerpo, nuestros sentimientos y nuestra vida en el ahora.

Vivir en el presente exige un compromiso continuo e inalterable. Cuando seguimos una vía espiritual, se nos exige que detengamos la guerra no una, sino muchas veces. Una y otra vez sentimos el tirón familiar de los pensamientos y las reacciones que nos alejan del momento presente. Cuando nos detenemos y escuchamos, podemos sentir como cada cosa que tememos o anhelamos (en realidad, dos caras de la misma insatisfacción) nos impulsa fuera de nuestros corazones, hacia una falsa idea de como nos gustaría que fuera la vida. Si escuchamos atentamente, podemos sentir como hemos aprendido a considerarnos como alguien limitado por el temor, e identificado con dichos anhelos.

Desde este pequeño sentido de nosotros mismos, a veces creemos que nuestra propia felicidad solo puede provenir de poseer algo o solo puede ser a expensas de alguien.

Detener la guerra y estar presente es descubrir una grandeza de nuestro propio corazón, que puede incluir la felicidad de todos los seres como inseparable de la nuestra. Cuando nos permitimos sentir el miedo, el descontento, las dificultades que siempre hemos eludido, nuestro corazón se ablanda. Del mismo modo que afrontar las dificultades de las que escapábamos es un acto de valor, es también un acto de compasión. Según las escrituras budistas, la compasión es el estremecimiento del corazón puro, cuando permitimos que nos alcance el dolor de la vida. El saber que podemos hacerlo y sobrevivir, nos ayuda a despertar la grandeza de nuestro corazón. Con grandeza de corazón, podemos mantener una presencia en medio de los sufrimientos de la vida, en medio de la evanescente transitoriedad de la vida. Podemos abrirnos al mundo, con sus diez mil gozos y diez mil penas.

A medida que permitimos que el mundo nos alcance más hondamente, reconocemos que, del mismo modo que en nuestra vida hay dolor, hay dolor en la vida de los demás. Es el nacimiento de la comprensión, acompañada de sabiduría. La comprensión sabia comprueba que el sufrimiento es inevitable, que todo lo que nace, muere. La comprensión sabia contempla y acepta la vida como un rocío. Con una comprensión sabia, nos permitimos contener todas las cosas, la luz y la sombra, y alcanzamos una sensación de paz. No se trata de la paz de la negación o la huida, sino de la paz que hallamos en el corazón que no rechaza nada, que acaricia todo con compasión.

Deteniendo la guerra, podemos abrazar nuestros dolores y penas, alegrías y triunfos personales. Con grandeza de corazón podemos abrirnos a la gente que nos rodea, a nuestra familia, a nuestra comunidad, a los problemas sociales mundiales, a nuestra historia colectiva. Mediante una comprensión sabia, podemos vivir en armonía con nuestra vida y con la verdad de la vida.

Es tarea de todos. Como individuos y como sociedad, debemos alejarnos del dolor de nuestra velocidad, nuestras adicciones y nuestra negación para detener la guerra. La mayor de las transformaciones puede venir de este sencillo acto.

La compasión y la grandeza de corazón surgen cuando detenemos la guerra. El más hondo deseo que tenemos para nuestro corazón humano, es descubrir como hacerlo. Todos compartimos el anhelo de ir más allá de los confines de nuestro propio miedo, ira o adicciones, para conectar con algo más grande que yo, mi, mío, mayor que nuestra pequeña historia y nuestro pequeño ser. Es posible detener la guerra y llegar al presente eterno: comunicar con una gran base del ser que contiene todas las cosas.

Esta es la meta de la disciplina espiritual y de elegir un camino con corazón:

Descubrir la paz y la comunicación en nosotros mismos
y parar la guerra en nosotros y a nuestro alrededor.