La iluminación espiritual

La iluminación y los Upanishads

-Cuento zen con moraleja-

La iluminación es descubrir que no hay nada que descubrir. La iluminación es saber que no hay sitio al que ir. La iluminación es comprender lo que es todo.

Cuento zen # 276

Cuento zen sobre la iluminación

Una leyenda de los Upanishads sobre Dios.

Los Upanishads son enseñanzas sagradas de la India.

El sabio padre enseñó a su hijo a descubrir al Uno o a Dios tras la apariencia de lo múltiple. Y lo hizo valiéndose de parábolas como la siguiente:

Un día le ordeno a su hijo: Pon toda esta sal en agua y vuelve a verme por la mañana.

El muchacho hizo lo que se le había ordenado, y al día siguiente le dijo su padre: Por favor, tráeme la sal que ayer pusiste en el agua.

No encuentro la sal, dijo el muchacho. Se ha disuelto.

Prueba el agua de esta parte del plato, le dijo el padre. ¿A qué sabe? A sal.

Prueba ahora de la parte del centro. ¿A qué sabe? A sal.

Ahora prueba del otro lado del plato. ¿A qué sabe? A sal.

Arroja al suelo el contenido del plato, dijo el padre.

Así lo hizo el muchacho, y observo que, una vez evaporada el agua, reaparecía la sal.

Entonces le dijo su padre: Tú no puedes ver a Dios aquí, hijo mío, pero de hecho está aquí, en consecuencia, si no lo ves, no significa que no exista.

MORALEJA

La iluminación es descubrir que no hay nada que descubrir. La iluminación es saber que no hay ningún sitio al que ir. La iluminación es comprender que esto es todo, que esto es perfecto, que esto es ello. La iluminación no es un logro, es comprender que no hay nada que alcanzar, ningún sitio al que ir. Ya estás ahí, nunca te has alejado. No puedes alejarte de ello. Dios nunca ha estado perdido. Tal vez tú no puedas ver a Dios y quizás te hayas olvidado, eso es todo. Tal vez te hayas quedado dormido, pero eso es todo. Tal vez te hayas perdido en muchos sueños, pero eso es todo, porque tú estás ahí. Dios es tu propio ser.

Cuando Cristo declara: «Soy Dios», simplemente está diciéndote: «Tú eres Dios. ¡Mira! Tengo el coraje de declararlo. Tú también puedes participar. Míralo desde este punto de vista. Soy tan de carne y hueso como tú, soy cuerpo tanto como tú». No hay nada especial en Cristo; lo único especial es su valentía. De otro modo es como tú. Cristo es como tú; la única diferencia es que Cristo se respetó a sí mismo, y tú no te respetas; Cristo se amó, y tú no te amas.

Tal vez Cristo no quiere que te conviertas en un iluminado. ¡Más bien declara que estás iluminado! Pero no tienes la suficiente valentía; dices: ¿Cómo puedo estar iluminado? Tengo que esperar. Algún día me iluminaré. Eres tan cobarde que necesitas tiempo incluso para reconocer tu divinidad. Te has censurado tanto a ti mismo que no puedes concebir que puedas ser Dios, y por ello tampoco puedes entender que Buda pueda ser Dios, o que Cristo pueda ser Dios.