El espejismo

Ilustración del cuento: El espejismo

En un espejismo, todo es falso. Él no la causa la objetividad; es el resultado de la subjetividad. El mundo no la está causando: tú la estás causando.

Cuento zen sobre la causa

Una vez un hombre fue invitado a casa de un amigo. En el momento en que iba a beber el vino que le habían ofrecido, creyó ver una pequeña serpiente en el fondo de la copa. Para no importunar a su anfitrión no le dijo nada y se lo tragó todo.

Cuando regresó a su casa comenzó a sentir fuertes dolores de estómago. Le prescribieron numerosos medicamentos, pero, como cada vez se sentía peor, creyó que moriría. Su amigo, alertado por lo sucedido, lo invitó nuevamente a su casa. Lo hizo sentar en el mismo lugar y le ofreció una copa de vino avisándole de que era medicina.

En el momento en que el enfermo se llevaba la copa a los labios, vio nuevamente, en el fondo de la misma, a la pequeña serpiente. Esta vez se lo comunicó a su compañero, quien, sin decir ni una sola palabra, señaló un arco que colgaba del techo. De pronto, el enfermo se dio cuenta de que la «cría de serpiente» era el reflejo del arco que colgaba encima de él. Los dos hombres se miraron y se pusieron a reír y el enfermo avergonzado de su sugestión recuperó pronto la salud.

MORALEJA

Mediante un espejismo, uno lo vuelve todo falso. El espejismo no la causa la objetividad; es el resultado de la subjetividad.

El mundo no la está causando: tú la estás causando. Así que nunca eches la culpa al mundo. No digas, como la gente suele decir, que el mundo es ilusorio. El mundo no es ilusorio, es tu mente, es tu propia subjetividad, la que sigue creando ilusión, por todas partes.

Así es que cuando alguien despierta de las sugestiones irreales de este mundo, no es que desaparezca el mundo, pero sí el que conocía antes: un mundo totalmente nuevo, un mundo objetivo aparece en su lugar; ya no existen los colores, las formas, los significados e interpretaciones dados por ti de acuerdo con tu mente dormida.

En lo que a este mundo de ilusión concierne, nunca vivimos en él; cada uno vive en el suyo propio; y hay tantos como gente dormida.

Si estoy despierto, entonces para mí soy el mismo, no en esta vida, sino en todas las que han pasado en la eternidad. Mi yo real ha permanecido igual, es inmutable; solo la proyección cambia, la imagen; cambia.

Despierta, que no te guíe lo ilusorio y la sugestión.


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