La iluminación espiritual

El problema del ego y Dios

-Cuento zen con moraleja-

Hay algo decisivo: si proteges tu ego, perderás a Dios. Si estás preparado para abandonar tu ego, le encontrarás. En ese abandonar se produce el hallazgo.

Cuento zen # 447

Cuento zen sobre el ego

Un cuento Zen dice: «A menos que dejes de ser, no puedes estar en quietud. Tú eres el problema, tú eres el ruido, tú eres el movimiento, tú eres el ego encarnado. A menos que tú dejes de «ser» completamente, no podrás alcanzar a Dios».

MORALEJA

El ego parece ser fuerte, pero no lo es, y la humildad parece ser débil, pero no lo es. No te dejes engañar por las apariencias.

La libertad es para aquellos que están libres de ego. No hay otra forma de libertad. Libertad significa estar libre del ego. Eso es iluminación, nirvana. Solo hay una cosa decisiva: si estás protegiendo tu ego, perderás a Dios. Si estás preparado para abandonar tu ego, le encontrarás. En ese abandonar se produce el hallazgo.

El hombre y Dios no son dos, dicen aquellos que saben. Pero entonces ¿por qué están separados? Desde la perspectiva de Dios no estás separado, solo desde tu perspectiva sientes que estás separado. ¿Y por qué? Tu pensamiento te separa. No estás realmente separado; es una creencia fabricada, es un auto hipnosis. Piensas continuamente que estás separado, de ahí que la idea se haya convertido en un fenómeno permanente arraigado en ti.

Este es el ego: pensarte separado de la existencia es el ego. Pensarte a ti mismo uno con la existencia es confianza.

No te protejas. Protección significa que te has creído la falsa idea de que estás separado. No empujes el río. Ve con el flujo de la existencia. Mientras estés vivo, vive; mientras mueres, muere realmente; mientras estás muerto, sé un muerto. Si estás despierto, mantente despierto. Durmiendo, duerme. No dejes que haya separación entre tú y la vida que te rodea.

Y no actúes desde un estado de erudición; eso crea la separación. Actúa siempre desde el no saber, actúa desde la no-mente, actúa sin pasado. Actúa en el presente y hazlo de forma auténtica. Y seas quien seas, si puedes responder a la realidad auténticamente, de forma sincera, no habrá ninguna barrera entre tú y Dios.

Lo único que te ayuda a fusionarte y encontrarte con lo divino es una auténtica respuesta en el presente, una respuesta auténtica a la vida.