La iluminación espiritual

El príncipe y el ave marina

-Cuento zen con moraleja-

Un sabio recibe no según él, sino según él ser. El ave murió a causa de la bella música. Y el príncipe lo hizo bien, así era como se recibía a un invitado.

Cuento zen # 427

Cuento zen sobre la programación

Una imponente ave marina fue llevada por el viento tierra adentro y fue a parar a las afueras de la capital de Lu, en los jardines de un gran palacio. El príncipe al verla llegar ordenó una solemne recepción..., porque un príncipe es un príncipe, y creyó que había llegado un rey de entre las aves, y por ello debía ser recibido como correspondía a su rango, y como esta ave era tan hermosa merecía un recibimiento de ese tipo.

¿Pero cómo recibir a un ave?

El príncipe tenía su propia manera de hacerlo.

El príncipe ordenó una solemne recepción, ofreció vino al ave marina en el Sagrado Recinto, hizo venir a los músicos para que tocasen las composiciones más geniales, ofreció desmesurados banquetes para alimentarla y todo lo que un gran príncipe puede ofrecer. Aturdida por las sinfonías, la desgraciada ave marina murió de desesperación.

MORALEJA

Aunque se dispuso para recibir a un huésped, nadie se preocupó en saber quién era dicho huésped. El huésped fue recibido a imagen del anfitrión, no a imagen del huésped, y eso mató a la pobre ave. Muchas personas están simplemente muertas a causa del anfitrión. Nadie los tiene en cuenta como huéspedes sagrados.

Cuando nace un niño los padres empiezan a pensar en qué le convertirán. Piensan en ello antes de que haya nacido.

Esto es lo que le sucedió al ave marina y eso es lo que les pasa a todas las aves marinas: todos nosotros al llegar a este mundo somos como esas aves. Un día aterrizamos en un útero en la capital de Lu; somos recibidos con gran pompa y ceremonial. Los astrólogos deciden lo que hay que hacer, los músicos nos reciben con su música, los padres con su amor. Y todos juntos se las arreglan para volvernos locos, y nada más.

Un hombre sabio nos recibe no según él, sino según nosotros. El ave murió a causa de los músicos y de sus bellas sinfonías. Y el príncipe lo hizo todo bien, pues así era como se recibía a un invitado.

¿Cómo hay que tratar a un ave?

¿Cómo a uno mismo o como a un ave?

Siempre hay que dar al otro la oportunidad de que sea él mismo, eso es comprensión, eso es amor. No debes forzar a los demás. Puedes albergar buenos deseos, pero los resultados serán malos. Un buen deseo no es suficiente en sí mismo; puede convertirse en un veneno. La cuestión no es nuestro deseo. La cuestión es saber dar libertad al otro para que sea él mismo o ella misma. Debemos permitir que la esposa sea ella misma; dejar que el esposo sea él mismo; debemos aceptar que los hijos sean ellos mismos, no los forcemos.

Todos somos aves marinas, desconocidas entre sí, extrañas. Nadie sabe quién eres. Como mucho, todo lo que podemos hacer es ayudar a que cada uno sea lo que tenga que ser. Y el futuro es desconocido; no puede forzarse. Y no hay manera de conocerlo, ningún astrólogo puede; esos son métodos ridículos. Las personas dependen de ellos porque la gente es estúpida. Los astrólogos continúan existiendo porque no hacemos más que querer saber cómo será el futuro para poder hacer planes. La vida no se puede planear, es un aluvión imprevisto. Y está bien que no se pueda prever porque ahí radica la libertad. Si el futuro fuese algo que pudiera conocerse, entonces no quedaría libertad alguna, entonces nos moveríamos en un mecanismo predecible. Pero eso es precisamente lo que queremos, o lo que intentamos hacer.