La iluminación espiritual

Ojo para ver y oído para escuchar

-Cuento zen con moraleja-

Si no estás entrenado en el intelecto, la confianza es posible, tienes ojos para ver y oídos para escuchar. Por eso es que Jesús lo repite una y otra vez.

Cuento zen # 52

Cuento zen para aprender a ver y escuchar

Jesús va repitiendo una y otra vez:

Quienes tengan oídos podrán entenderme.

Quienes tengan ojos para ver, ¡vean! ¡Estoy aquí!

MORALEJA

Jesús lo repetía porque solo los ojos que confían, poco a poco, comienzan a sentir y a volverse sensibles. Cuando tú confías, el confiar significa cerrar los dos ojos. Por eso es que la confianza es ciega, así como el amor es ciego, pero la confianza es aún más ciega que el amor.

Cuando cierras ambos ojos, ¿qué sucede? Sucede una transformación interna. Cuando cierras estos dos ojos que ven hacia afuera ¿qué le sucede a la energía que va a través de los ojos? Esa energía comienza a moverse hacia adentro. No puede fluir de los ojos hacia los objetos, cambia de dirección, hace un giro. La energía tiene que fluir, la energía no puede estar estática; si cierras una salida, comienza a buscar otra. Cuando ambos ojos están cerrados, la energía que estaba moviéndose a través de estos dos ojos comienza a regresar, sucede un cambio.

Y esa energía golpea el tercer ojo en ti. El tercer ojo no es algo físico: es solo que la energía que fluye a través de los ojos hacia los objetos ahora está regresando hacia su fuente y así se convierte en el tercer ojo, la tercera forma de ver el mundo.

Solo a través de ese tercer ojo un Buda es visto; solo a través de ese tercer ojo un Jesús es percibido. Si no tienes ese tercer ojo, Jesús estará ahí, pero tú no te darás cuenta, muchos no se dieron cuenta. En su propio pueblo la gente pensaba que él era simplemente el hijo del carpintero José. Nadie, nadie pudo reconocer lo que le había sucedido a este hombre: él ya no era más el hijo del carpintero, él se había convertido en el hijo de Dios, pero eso es un fenómeno interno. Y cuando Jesús declara: Soy el hijo de lo Divino, mi Padre está en los Cielos, la gente se reía y decía: O te has vuelto loco, o eres un tonto, o eres un hombre muy astuto. ¿Cómo puede el hijo de un carpintero repentinamente convertirse en el hijo de Dios?. Pero hay una manera...

Solamente el cuerpo nace del cuerpo; el ser interno no nace del cuerpo, nace del Espíritu Santo, es de lo Divino. Pero primero tienes que conseguir los ojos para ver, tienes que conseguir los oídos para escuchar.

Y es un asunto muy delicado entender a Jesús; tienes que pasar a través de un gran entrenamiento. Es como entender la música clásica: si de pronto se te permite escuchar música clásica, sentirás: ¿Qué tontera es esta? Es tan delicado que se requiere un entrenamiento largo. Tienes que ser un aprendiz por muchos, muchos años, solo entonces tus oídos serán entrenados para captar lo sutil y no hay nada como la música clásica. Entonces, la música ordinaria de todos los días, la música de películas no es música en absoluto; es simple ruido, y además tonto.

Debido a que tus oídos no están entrenados, vives con ese ruido y piensas que es música. Pero para la música clásica necesitas unos oídos muy aristocráticos. Es necesario un entrenamiento; y cuanto más te entrenas, lo sutil se hace más visible. Pero la música clásica no es nada comparada a Jesús, porque él es la música cósmica. Tienes que estar tan silencioso que ni siquiera haya la vibración de un pensamiento, ni siquiera un solo movimiento en tu ser... solo entonces podrás escuchar a Jesús y podrás entender a Jesús, podrás conocerlo.

Por eso es que Jesús va repitiendo una y otra vez:

Quienes tengan ojos para ver, ¡vean!

Quienes tengan oídos para oír, ¡oigan!

Él está hablando sobre otra dimensión de entendimiento que solo un discípulo puede entender. Muy pocos entendieron a Jesús, está en la naturaleza de las cosas que tenga que ser así. Muy pocos, ¿y quiénes son aquellos pocos? No fueron eruditos, no; no fueron profesores de las universidades, no; no fueron los tan llamados sabios, los filósofos, ¡no! Fueron gente ordinaria, corriente: un pescador, un labrador, un zapatero, una prostituta; fueron gente muy común, de lo más común, lo más común de lo común.

¿Por qué esta gente pudo entender?

Debe haber algo extraordinario en un hombre común. Debe haber algo especial que existe en un hombre común y que desaparece en los así llamados extraordinarios.

¿Qué es esto?

Es la humildad, la confianza... Porque cuanto más entrenado estás en el intelecto, la confianza es menos posible; cuando no estás entrenado en el intelecto, la confianza es más posible, tienes ojos para ver y oídos para escuchar.