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El ladrón en el huerto - La Iluminación Espiritual

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EL LADRÓN EN EL HUERTO

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PATROCINIO NAVARRO

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Diez ladrones de tu energía - La Iluminación Espiritual

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DIEZ LADRONES DE TU ENERGÍA

DALAI LAMA

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RUMI

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Análisis del cuento Sufi "El ladrón en el huerto".

Los viajeros de la senda que cometen algún acto indecoroso, intentan a veces huir de su responsabilidad por su comportamiento negativo alegando que «todo viene de Dios». A esto contestamos que entonces, necesariamente, reprenderse a sí mismo y apartarse de lo mundanal, también viene de Dios. El error que cometen quienes hacen esta afirmación puede entenderse analizando el cuento del ladrón en el huerto.

EL LADRÓN DEL HUERTO

Había una vez un ladrón extremadamente vago que evitaba hacer el más mínimo esfuerzo, incluso para obtener su sustento diario. Debía pensar: «¿Para qué voy a perder mi valioso tiempo y mi energía en un trabajo aburrido, cuando puedo conseguir más fácilmente mi pan de cada día robando?».

Un día, andaba este ladrón paseando cerca de un huerto muy cuidado de albaricoques, cuando se acordó de que no había comido nada en todo el día. Se hizo la siguiente reflexión: «Debe ser obra de la providencia el que me halle aquí, paseando por un huerto tan bien surtido, en el preciso momento en el que mi estómago protesta».

Sin dudarlo lo más mínimo, el ladrón se adentró en el huerto y comenzó a recoger tantos albaricoques como podía llevar en su bolsa. Después de buscar un lugar apropiado y confortable a la sombra, se apoyó en un árbol y sacó de su bolsa algunos de los albaricoques más apetitosos. Con gran satisfacción, sintiéndose muy ufano de su inteligencia y de su buena suerte, comenzó a comer los albaricoques mientras disfrutaba de la maravillosa vista que había a su alrededor y de la suave brisa que refrescaba el calor de la tarde.

El ladrón estaba a punto de dormirse después de su comida cuando el dueño del huerto se presentó, de repente, ante él.

«¿No temes a Dios por tan flagrante robo?», le preguntó el dueño con voz seria.

«¿Por qué voy a temer a Dios?», replicó el ladrón con una sonrisa maliciosa en sus labios. «Todos estos árboles pertenecen a Dios y yo soy un siervo fiel de Dios. Lo único que sucede es que un siervo de Dios come lo que pertenece a Dios en la tierra de Dios». Dejando de lado la cólera que le producían la actuación y las palabras del ladrón, el dueño sacudió su cabeza cariacontecido y mandó al ladrón que esperase allí mientras volvía con una respuesta.

Poco después, el dueño volvió al lugar con uno de sus jardineros que llevaba una cuerda y una estaca. Señalando al ladrón, que todavía se hallaba sentado debajo del árbol y que estaba, de nuevo, comiendo los albaricoques que acababa de robar, el dueño volviéndose a su compañero, le dijo: «Toma la cuerda y ata a ese siervo de Dios al árbol en el que está recostado. Después coge la estaca y golpéale hasta que le quede clara la respuesta que he prometido darle».

Al oír las órdenes del dueño, el ladrón dio un salto, dejó caer los albaricoques que le quedaban en la bolsa y gritó aterrorizado: «¿No temes a Dios, al infligir tan terrible castigo a un ser humano como tú?».

El dueño, con voz templada, y con una mueca y una sonrisa maliciosas en sus labios, le contestó: «¿Por qué iba a tener miedo? Tan sólo eres un siervo fiel de Dios y esta estaca es de Dios. Yo, sencillamente, golpeo a un siervo de Dios, con una estaca de Dios, en la tierra de Dios».

Ten en cuenta, ¡oh viajero de la senda!, que este mundo es como una montaña. Digas lo que digas y hagas lo que hagas, bueno o malo, la montaña te devolverá su eco. Estás equivocado cuando piensas: «hablo bien y con buenas maneras y, a pesar de eso, recibo malas respuestas», porque eso no puede suceder. Cuando el ruiseñor canta en las montañas, ¿qué eco le devuelven éstas: el graznido de un cuervo, la voz de un hombre o el rebuzno de un burro?

Ten pues por seguro, sin ninguna duda, que si recibes una respuesta desagradable de la montaña, !Tú eres el que ha hablado como un burro y no la montaña!

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