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CONSCIENCIA

POR: ANTHONY DE MELLO » GALERIA

CONSCIENCIA

CATEGORIA: ESPIRITUALIDAD

3/13/2016

La riqueza del silencio

El silencio es la gran revelación.

Dijo Lao-tse. Estamos acostumbrados a considerar la Escritura como la revelación de Dios. Y así es. Con todo, quisiera que, en este momento, descubrierais la revelación que aporta el silencio. Para recibir la revelación de la Escritura tenéis que aproximaros a ella; para captar la revelación del Silencio, debéis primero lograr silencio. Y ésta no es tarea sencilla. Vamos a intentado en este primer ejercicio.

Que cada uno de vosotros busque una postura cómoda.

Cerrad los ojos.

Voy a invitaros a guardar silencio durante diez minutos. Intentaréis, en primer lugar, hacer silencio, el silencio más total, tanto de corazón como de mente. Cuando lo hayáis conseguido, quedaréis abiertos a la revelación que trae consigo el silencio. Al final de los diez minutos os invitaré a que abráis los ojos y a que compartáis con el resto, si así lo deseáis, lo que habéis hecho y experimentado en este tiempo.

Para compartir con el resto lo que habéis hecho y lo que os ha ocurrido, que cada uno cuente los intentos que hizo para lograr el silencio y en qué medida lo ha conseguido. Que describa ese silencio, si es capaz. Que cuente algo de lo que ha pensado y sentido durante este ejercicio.

Las experiencias de la gente que se somete a este ejercicio son infinitamente variadas. Muchos descubren, para sorpresa suya, que el silencio es algo a lo que no están acostumbrados en absoluto. Hagan lo que hagan, son incapaces de detener el constante vagar de su mente y de acallar el alboroto emocional que sienten dentro de su corazón. Otros, por el contrario, se sienten cercanos a las fronteras del silencio. En ese momento sienten pánico y huyen. El silencio puede ser una experiencia aterradora.

Con todo, no existe motivo para desanimarse. Incluso esos pensamientos alocados pueden ser una revelación. ¿No es una revelación sobre ti mismo el hecho de que tu mente divague? Pero no basta con saberlo. Debes detenerte y experimentar ese vagabundeo. El tipo de dispersión en que tu mente se sumerge, ¿no es acaso revelador?

En este proceso hay algo que puede animarte: el hecho de que hayas podido ser consciente de tu dispersión mental, tu agitación interior o tu incapacidad de lograr silencio, demuestra que tienes dentro de ti al menos un pequeño grado de silencio, el grado de silencio suficiente para caer en la cuenta de todo esto.

Cierra los ojos de nuevo y percibe tu mente dispersa durante dos minutos...

Siente ahora el silencio que te hace posible concienciar la dispersión de tu mente...

En los ejercicios que vienen a continuación iremos construyendo este silencio mínimo que tienes dentro de ti. A medida que crezca te revelará más y más cosas sobre ti mismo. Esta es su primera revelación: tu propia identidad. En esta revelación, y a través de ella, alcanzarás cosas que el dinero no puede comprar, tales como sabiduría, serenidad, gozo, Dios.

Para alcanzar estas realidades a las que no se puede poner precio no basta con reflexionar, hablar, discutir. Es preciso actuar. Poner manos a la obra ahora mismo.

Cierra los ojos. Busca el silencio durante otros cinco minutos.

Cuando termines este ejercicio, trata de ver si los esfuerzos que has realizado en estos últimos minutos han sido más o menos positivos que los anteriores.

Observa si el silencio te ha revelado ahora algo que no habías percibido anteriormente.

No pretendas encontrar algo sensacional en la revelación que el silencio te regala: luces, inspiraciones, perspectivas. Limítate a observar. Trata de recoger todo lo que se presenta a tu conciencia. Todo, aunque sea trivial y ordinario, lo que te sea revelado. Quizás toda la revelación se reduzca a caer en la cuenta de que tus manos están húmedas, a hacerte cambiar de postura o a tomar conciencia de que estás preocupado por tu salud. No importa. Es realmente valioso que hayas caído en la cuenta de todo esto. Es más importante la calidad de tu toma de conciencia que sus contenidos. A medida que mejore la calidad, tu silencio será más profundo. Y a medida que tu silencio se profundice experimentarás un cambio. Y descubrirás, para satisfacción tuya, que revelación no es conocimiento racional. Revelación es poder; un poder misterioso que transforma.

Sensaciones del cuerpo

Sitúate en una posición que te resulte cómoda y relajante.

Cierra los ojos.

Voy a pedirte que te hagas consciente de determinadas sensaciones corporales que sientes en estos momentos, pero de las que no te das cuenta de manera refleja... Cae en la cuenta del roce de tu ropa en tus hombros... Ahora del contacto que se produce entre tu ropa y tu espalda, del contacto de tu espalda con el respaldo de la silla en la que estás sentado... Percibe la sensación de tus manos cuan do se juntan o reposan en tu regazo... Hazte consciente de la presión que tus muslos y nalgas ejercen sobre la silla... Cae en la cuenta de la sensación de tus pies al tocar los zapatos... Ahora hazte consciente reflejamente de la postura en la que estás sentado... De nuevo: tus hombros... tu espalda... tu mano derecha... tu mano izquierda... tus mus los... tus pies... la posición en que estás sentado...

Otra vez: hombros... espalda... mano derecha... mano izquierda... muslo derecho... muslo izquierdo... pie derecho... pie izquierdo... tu posición en la silla...

Continúa girando en tomo a ti mismo, pasando de una parte de tu cuerpo a otra. Procura no detenerte en cada parte durante más de dos minutos, hombros, espalda, muslos, etc. Pasa continuamente de uno a otro...

Puedes concentrarte en las partes del cuerpo que yo he mencionado o en aquellas otras que tú desees:

cabeza, cuello, brazos, tórax, estómago... Lo verdaderamente importante es que llegues a captar el sentir, la sensación de cada parte; que la sientas durante uno o dos segundos y que pases a otra parte del cuerpo...

Cuando hayan pasado cinco minutos, te invitaré a que abras los ojos despacio y pondremos fin al ejercicio.

Este ejercicio sencillo produce en la mayoría de las personas una sensación inmediata de relajación. En bastantes grupos, cuando propuse por primera vez este ejercicio, algunas personas se relajaron de tal manera que cayeron en un sueño profundo.

Uno de los enemigos más poderosos de la oración es la tensión nerviosa. Este ejercicio trata de ayudarte a dominarla. La fórmula es muy sencilla: te relajas cuando llegas a tus sentidos; cuando tomas conciencia lo más plenamente posible de las sensaciones de tu cuerpo, de los sonidos o ruidos que te rodean, de tu respiración, del sabor de lo que tienes en la boca.

La inmensa mayoría de las personas viven excesivamente en sus cabezas: tienen en cuenta los pensamientos y fantasías que emergen en ella pero son muy poco conscientes de la actividad de sus sentidos. Por esta forma de proceder, rara vez viven en el momento presente. Se sitúan casi siempre en el pasado o en el futuro. En el pasado lamentando viejos errores, sintiéndose culpables de antiguos pecados, complaciéndose morosamente en triunfos pasados, recordando injurias que alguna persona les causó. O en el futuro temiendo posibles calamidades y desgracias, anticipando futuras alegrías o soñando con acontecimientos venideros.

Recordar el pasado para aprovechar sus lecciones o para gozamos de nuevo, anticipar el futuro para planificar de forma realista, es válido a condición de que no nos mantenga alejados del presente durante demasiado tiempo. Para tener éxito en la vida de oración es decisivo desarrollar la capacidad de entrar en contacto con el presente y de permanecer en él. Y el mejor método que yo conozco para permanecer anclado en el presente es abandonar la cabeza y volver a los sentidos.

Siente el calor o el frío de la atmósfera que nos rodea. Percibe la brisa que acaricia tu cuerpo. El calor cuando el sol entra en contacto con tu piel. El tejido y temperatura del objeto que tocas... y nota la diferencia. Observa cómo retornas a la vida a medida que te insertas en el presente. Cuando hayas dominado esta técnica de tener en cuenta los sentidos, te sorprenderás de los cambios que se producen en ti si eres de las personas que sienten frecuentemente tristeza frente al futuro o culpabilidad frente al pasado.

Una palabra sobre el «salir de la cabeza»: la cabeza no es buen lugar para hacer oración... Pero no es un mal sitio para comenzar a. Si tu oración permanece durante demasiado tiempo en la cabeza y no pasa al corazón, se tomará árida y se convertirá en algo tedioso y desalentador. Debes aprender a salir del campo del pensamiento y de la locución y emigrar a los dominios de los sentimientos, de las sensaciones, del amor, de la intuición. Ese es el lugar donde la contemplación nace y donde la oración se convierte en poder transformante y en fuente inagotable de felicidad y de paz.

Es muy posible que algunas personas -muy pocas- sientan, como resultado de este ejercicio, no relajamiento y paz, sino aumento de tensión. Si te sucede esto, conciencia tu tensión nerviosa. Observa cuál de las partes de tu cuerpo se halla en tensión. Percibe con exactitud las características de la misma. Hazte consciente de que eres tú quien produce la tensión en ti mismo y observa cuidadosamente cómo lo haces.

Cuando empleo la palabra observar no me refiero a la reflexión, sino a las sensaciones y a los sentimientos. No puedo repetir en cada línea que en este ejercicio se trata de sentir, no de pensar. Existen personas que, cuando se les dice que sientan sus brazos o sus piernas o sus manos, no las sienten realmente. Se limitan a reproducir mentalmente alguno de esos miembros. Conocen dónde están situados y se limitan a tomar nota de ese conocimiento. Pero no llegan a sentir realmente los miembros. Mientras que otras personas son capaces de sentir, éstas no. A lo sumo, logran una reproducción mental.

El medio más adecuado para superar este defecto (y para asegurar que no tomas una reproducción mental por la experiencia de un sentimiento) es tratar de captar el mayor número posible de sensaciones en cada uno de estos miembros: hombros, espalda, muslos, manos, pies. Esto te ayudará, además, a sintonizar con personas que no sienten sus miembros. Descubrirás probablemente que sólo una parte mínima de la superficie de tus miembros produce sensaciones al principio. No percibirás sensación alguna en áreas amplias de tu cuerpo. Esto se debe a que tu sensibilidad ha quedado adormecida por vivir demasiado en tu cabeza. La superficie de tu piel está cubierta con trillones de reacciones bioquímicas a las que llamamos sensaciones y, mira por dónde, a ti te cuesta trabajo encontrar unas pocas. Has endurecido tu capacidad para sentir, quizás como consecuencia de algún daño emocional o de un conflicto que has olvidado hace mucho tiempo. Y tu percepción, tu conciencia, tu poder de concentración y de atención están sin cultivar, subdesarrollados.

En otro lugar expondré la relación que existe entre este ejercicio y la oración. Indicaré también cómo, para muchas personas, este ejercicio en sí mismo es una forma de contemplación. Por el momento, bástenos recordar que es una preparación para la oración y contemplación, un medio para relajamos y conseguir la quietud, condiciones imprescindibles para orar.

Cierra de nuevo los ojos. Entra en contacto con las sensaciones que se producen en diversas partes de tu cuerpo.

Lo ideal sería que no pensases en las diversas partes de tu cuerpo concibiéndolas como manos, piernas o espalda, sino que pasases de una sensación a otra sin etiquetar ni nombrar los miembros u órganos que sientes.

Si adviertes un impulso a moverte o a cambiar de posición, no consientas. Limítate a tener en cuenta esa incitación y la molestia corporal que origina, quizás, ese impulso.

Realiza este ejercicio durante algunos minutos. Sentirás crecer la calma en tu cuerpo. No te solaces en esa tranquilidad. Continúa en tu ejercicio y deja que la calma se cuide de sí misma.

Si te distraes en un momento determinado, vuelve a la percepción de las sensaciones del cuerpo, pasando de una a otra, hasta que tu cuerpo recobre de nuevo la calma, tu mente participe de la calma de tu cuerpo y seas capaz de sentir esa tranquilidad que reporta paz y sabor anticipado de la contemplación y de Dios. En cualquier caso, vuelvo a repetido, no acampes de manera refleja en la tranquilidad.

¿Por qué no conviene detenerse en la calma que sentirás, probablemente, durante este ejercicio? Pararse en ella puede ser relajante e incluso placentero, pero si consientes en detenerte en ella corres el peligro de provocar un estado hipnótico leve o un vacío mental y permanecer en ese trance que no conduce en modo alguno a la contemplación. Esta situación se asemejaría de alguna manera a una auto hipnosis, que nada tiene que ver con la profundización de la consciencia o de la contemplación.

Por consiguiente, es importante que no busques deliberadamente producir la calma o el silencio dentro de ti ni te detengas en ellos cuando se produzcan. Deberás buscar que se agudice tu consciencia, no el adormecimiento de ella, resultado de un trance aunque sea leve. Así, en vez de la calma y dentro de ella, debes esforzarte en ejercitar tu percepción y dejar que la calma se cuide de sí misma.

Habrá momentos en los que la calma o el vacío sean tan intensos que te impidan totalmente realizar cualquier ejercicio o esfuerzo. En tales momentos no eres tú quien busca la tranquilidad; la calma toma posesión de ti y te inunda. Cuando se produzca una situación de este tipo, será conveniente y saludable que abandones todo esfuerzo, (que, por otra parte, sería imposible), que te rindas a la calma abrumadora que anida dentro de ti.

Sensaciones del cuerpo.

Control del pensamiento

Este ejercicio es una profundización del anterior. Quizás te haya parecido un ejercicio muy sencillo hasta el punto de desilusionarte. Tengo que recordarte que la contemplación es algo muy sencillo. Para avanzar en ella no es preciso emplear técnicas cada vez más complicadas, si no perseverar en la simplicidad, algo que a la mayoría de las personas resulta muy duro. Libérate del tedio. Resiste a la tentación de buscar lo novedoso y, por el contrario, busca la profundidad.

Si deseas obtener los beneficios de este ejercicio y del anterior, deberás practicados durante un largo período de tiempo. En cierta ocasión formé parte de un retiro budista en el que dedicamos nada menos que catorce horas diarias a concentramos en nuestra respiración, en el aire que entraba y salía por nuestras fosas nasales. ¡Ninguna variedad, ninguna excitación, ningún contenido de pensamiento con que mantener entretenida nuestra mente 1 Recuerdo con viveza el día en que dedicamos doce horas o más a consciencia de todas las sensaciones en la reducida área existente entre las fosas nasales y el labio superior. Muchos de nosotros vivimos en el vacío durante horas sin fin, pero la paciencia, el esfuerzo perseverante de concentración y toma de consciencia hicieron que esta área obstinada comenzara a producir sus sensaciones.

Quizás preguntes: ¿para qué sirve todo esto desde el punto de vista de la oración? Por el momento voy a limitarme a responderte: No hagas preguntas. Haz lo que se te dice y encontrarás la respuesta por ti mismo. La verdad se encuentra no tanto en las palabras y explicaciones cuanto en la acción y en la experimentación. Así, pues, manos a la obra, con fe y perseverancia (¡necesitarás una buena dosis de ambas!) Y en un corto espacio de tiempo experimentarás la respuesta a tus preguntas.

Experimentarás también repugnancia a responder las preguntas, incluso aquellas de apariencia práctica, que otras personas planteen sobre estos temas. La única respuesta válida para ellos será: «Abre los ojos y ve por ti mismo. Preferiría que caminases conmigo hasta la cima de la montaña Y experimentarás la salida del sol en lugar de aventurarme en narraciones brillantes sobre los efectos que produce en ti el sol naciente cuando lo contemplas desde la cima de la montaña. “Venid y ved”, respondió Jesús a dos de sus discípulos que le preguntaban. ¡Sabia respuesta!

Toda la brillantez de la salida del sol vista desde la montaña, y muchísimo más, se encierra en un ejercicio tan monótono como es tener en cuenta durante horas y días sin fin las sensaciones de tu cuerpo. ¡Ven y ve por ti mismo 1 Probablemente no dispondrás de horas y de días completos para dedicarlos a este menester. Te sugiero que comiences cada rato de oración con este ejercicio. Mantente en él hasta que encuentres paz y sosiego y después pasa a tu oración, sea cual fuere el tipo de oración que practicas ordinariamente. Puedes realizar también este ejercicio en otros momentos del día, en ratos libres, cuando esperas el autobús o el tren, cuando te sientes cansado, tenso, y deseas relajarte, cuando dispones de algunos minutos y no sabes qué hacer.

Espero que llegará un momento en que experimentes el gran deleite y placer de esta percepción y no desees pasar a otra forma de oración. Quizás debas permanecer entonces en ella y descubrir la profunda y genuina contemplación que se esconde en las entrañas de este humilde ejercicio. Más adelante hablaré de este tipo de contemplación.

Pasemos ahora al tercer ejercicio. Podemos describirlo en unas pocas frases. Pero es necesario repetirlo y practicarlo con frecuencia. En nuestros grupos de contemplación jamás omito comenzar dedicando, al menos, unos pocos minutos a estos ejercicios cada vez que nos juntamos. Además, recomiendo a los componentes del grupo que los practiquen durante algunos minutos a la mañana, al mediodía y a la noche.

Cierra los ojos. Repite el ejercicio anterior pasando de una parte de tu cuerpo a otra y teniendo en cuenta todas las sensaciones que puedas recoger en cada parte. Dedica a esta tarea de cinco a diez minutos.

Ahora céntrate en un área pequeña de tu rostro: tu frente, por ejemplo, una mejilla o el mentón. Intenta recoger el mayor número de sensaciones dentro de esa área.

Quizás al principio parezca totalmente desprovista de sensaciones. Si te sucede esto, pasa por unos momentos al ejercicio anterior. Después retorna de nuevo a esta área. Continúa en esta alternancia hasta que comiences a sentir algo, por tenue que sea. Cuando comiences a percibir alguna sensación, permanece en ella. Quizás desaparezca. Quizás se transforme en otra sensación. En torno a ella pueden germinar otras sensaciones.

Ten en cuenta el tipo de sensaciones que emergen; comezón, pinchazos, ardor, tirones, vibraciones, palpitaciones, entumecimiento...

Si tu mente divaga, trata pacientemente de hacerla retornar al ejercicio tan pronto como te des cuenta de que anda errante.

Quisiera terminar este capítulo sugiriendo un ejercicio paralelo para utilizado fuera de los tiempos de oración. Cuando camines, hazte consciente durante algunos momentos del movimiento de tus piernas. Puedes realizar este ejercicio en cualquier parte, incluso en una calle abarrotada de gente. Pero no se trata de saber que tus piernas están moviéndose, sino de lograr la sensación de movimiento. Este ejercicio te producirá un efecto sedante, tranquilizador. Puedes, además, hacer un ejercicio de concentración; para ello tendrás que buscar un lugar tranquilo en el que no puedas ser visto por personas que, al contemplar lo que haces, piensen que te ocurre algo serio. He aquí el ejercicio:

Mientras paseas de un lado a otro de una habitación o de un pasillo ralentiza tus movimientos hasta el punto de caer en la cuenta plenamente de cada uno de los movimientos de tus piernas. Percibe lo siguiente: el levantar de tu pie izquierdo... el movimiento hacia delante de tu pie izquierdo... el pie izquierdo cuando toca el pavimento... el peso de tu cuerpo cuando descansa sobre tu pierna izquierda...

Ahora el levantar de tu pie derecho... su movimiento hacia delante... cuando comienza a posarse sobre el suelo delante de ti... y así sucesivamente.

Como ayuda para concentrarte puedes repetirte mentalmente cuando levantas tu pie: «Sube... sube... sube...». Cuando lo mueves hacia delante: «Muévete... muévete... muévete...» Y cuando lo posas sobre el suelo: «Posando... posando... posando...».

Debo insistir en que este ejercicio no es recomendable cuando tienes prisa. Bastará con que lo realices una sola vez para comprender por qué no te recomendaría que lo hicieses en un lugar en el que pudieras ser visto aunque fuera por el más tolerante de los hombres.

Control del pensamiento

Muchas personas sufren a causa de las distracciones que les vienen cuando realizan ejercicios de «autoconsciencia». Por esta razón quiero decir unas palabras sobre cómo hay que actuar con estas distracciones.

Quizás te sirva de ayuda para luchar contra las distracciones mantener los ojos entornados. Ábrelos lo suficiente para que puedas ver a unos tres pasos por delante de ti. Haz que tus ojos reposen sobre una mancha o un objeto. Trata, sin embargo, de no fijar la mirada sobre esa mancha u objeto; en cualquier caso, no te concentres en él ni lo conviertas en objeto de tu atención explícita.

Algunas personas tienen dificultad para concentrarse cuando mantienen los ojos totalmente cerrados. Es como si sus ojos cerrados formasen una pantalla vacía sobre la que su mente puede proyectar toda clase de pensamientos que les impiden concentrarse. De ahí la sugerencia de mantener los ojos medio abiertos, reposando sobre una mancha u objeto situado a unos tres pasos de distancia. Puedes hacer la prueba pero sigue el consejo tan sólo si te sirve de ayuda. Quizás pertenezcas a ese tipo de personas que se encuentran tan expuestas a las distracciones con los ojos entornados como cerrados…

Otra ayuda para dominar las distracciones es, lo creas o no, mantener la espalda erguida. Debo confesar que hasta la fecha no he encontrado una explicación científica de este hecho. Pero mi experiencia personal y la de otras personas me ha convencido de su validez. Para ello. la postura del loto. que se enseña a los aprendices de yoga. es ideal: piernas cruzadas de manera que el pie descanse sobre el muslo del lado contrario y la espina dorsal erecta. Me han contado que las personas expertas en esta postura tienen tan escasas dificultades para dominar las distracciones que, de hecho, encuentran problemas para pensar y para hacer que funcione su mente pensante. En consecuencia. se afirma que esta posición es especialmente adecuada para la contemplación y para concentrarse.

Quizás la mayoría de vosotros no tengáis la perseverancia y decisión necesarias para dominar a la perfección esta difícil, aunque gratificante postura. En tal caso, os tendríais que contentar con sentaros en una silla de respaldo vertical o en el borde de un taburete para mantener la espalda erguida. No penséis que esta postura es tan molesta como puede parecer a primera vista. Por el contrario, llegaréis a comprobar que es más molesto mantener la espina dorsal curvada durante largo espacio de tiempo. Probablemente lleguéis a descubrir que mantener la espina dorsal erguida ayuda muchísimo a concentrarse. Un buen argumento de autoridad es el que algunos maestros del zen sean capaces de entrar en una sala de meditación y decir, mirando la espalda del que medita, si está distraído o no. Todo esto parece un tanto exagerado, al menos para mí. Recuerdo, en efecto, tiempos en los que mi espalda no se mantenía erecta y, sin embargo, yo no sufría distracciones.

Algunos defensores de la postura de espalda erguida llegan a aconsejar que se permanezca rostro supino sobre una superficie dura, por ejemplo el pavimento, si no existe otro medio para mantener cómodamente la espalda erguida. Tal vez sea ésta una sugerencia valiosa. En cualquier caso. se puede hacer la prueba. Con todo, tengo alguna reserva contra el hecho de yacer de espaldas: la mayoría de las personas se duermen cuando permanecen en esa postura. Se produce un estado de mente que es, generalmente, más pernicioso para la contemplación que las mismas distracciones.

Es muy probable que, a pesar de todos los intentos para dominar las distracciones mediante la posición de los ojos y de la espalda, te atormente tu mente dispersa. No tienes por qué alarmarte. Una mente errante es algo de lo que tendrá que cuidar seriamente todo contemplativo auténtico. La lucha para controlarla es larga y difícil, pero merece la pena intentar conseguirlo ya que su dominio puede aportar frutos muy grandes. El único camino que lleva a esa meta es la perseverancia, la paciencia y la fe a toda prueba en que alcanzarás el éxito; jamás dejarte descorazonar por cualquier evidencia en sentido contrario.

Puedo ofrecerte aún otra sugerencia. Es el camino más eficaz, entre los que conozco, para luchar contra las distracciones. Lo presentaré en forma de ejercicio.

Cierra los ojos o mantenlos entreabiertos si te es más útil. Ahora observa cada uno de los pensamientos que vienen a tu mente. Existen dos formas de tratar los pensamientos: seguir sus evoluciones, al igual que un perrillo sigue por las calles a todo par de piernas que vea moverse en cualquier dirección que sea, u observarlos como una persona asomada a la ventana contempla a los que pasan por la calle. Yo te recomendaría que empleases esta segunda forma.

Una vez que hayas practicado esto durante algún tiempo, hazte consciente de que estás pensando. Puedes, incluso, decirte interiormente. «Estoy pensando... estoy pensando... o, más breve, «pensando...pensando...” para mantenerte presente al proceso de pensamiento que está desarrollándose dentro de ti.

Si observas que no existen pensamientos en tu mente y que ésta se halla vacía, espera unos momentos a que aparezca el primero. Estate alerta y, tan pronto como el pensamiento aparezca, percíbelo o sé consciente de que estás pensando.

Haz este ejercicio durante tres o cuatro minutos.

Cuando realices este ejercicio, llegarás a descubrir con sorpresa que mientras tienes en cuenta el hecho de que estás pensando, toda actividad pensante tiende a pararse.

Existe una manera sencilla de luchar contra una mente dispersa. Haz una breve pausa, pon atención al hecho de que estás pensando y la actividad pensadora cesará temporalmente. Este ejercicio es especialmente útil cuando se está más distraído que de ordinario. Es casi imposible que no tengas distracciones frecuentes cuando te lanzas por primera vez al campo de la contemplación. La mayoría de las distracciones desaparecen por el hecho de recordar a la mente la necesidad de concentrarse cuando te has dado cuenta de la distracción. Este ejercicio es necesario tan sólo cuando tu mente esté más distraída que de ordinario.

Existe un tipo de distracción que está cargado de una fuerte emoción: amor, temor, resentimiento o cualquier otra emoción. Este tipo de distracción con una fuerte dosis emocional no puede ser tratada con el ejercicio que hemos apuntado anteriormente. Tendremos que poner en práctica otros métodos de los que hablaré más adelante. Será preciso, sobre todo, adquirir una pericia considerable en el arte de la concentración y de la contemplación para mantener la paz frente a ese tipo de distracciones.

Sensaciones de la respiración

Comienza este ejercicio dedicando unos cinco minutos a hacerte consciente de las sensaciones en las diversas partes de tu cuerpo...

Pasa después a percibir tu respiración. El aire cuando entra y sale por tus fosas nasales...

No te concentres en el aire que entra en tus pulmones. Limítate a hacerlo consciente cuando pasa a través de tus fosas nasales...

No controles tu respiración. No intentes profundizarla. No estamos en un ejercicio respiratorio sino de toma de conciencia. Por consiguiente, si tu respiración es poco profunda, no trates de cambiarla. No te interfieras en ella. Limítate a observarla.

Cada vez que te distraigas, vuelve con vigor a tu tarea. De hecho, ya desde el comienzo te será una ayuda muy útil decidirte firmemente a no pasar por alto ni siquiera una sola respiración.

A muchas personas les resulta más difícil este ejercicio que los dos anteriores. En cualquier caso, para agudizar el hecho de hacerse consciente es el más fructífero de los tres. Posee también la virtud de producir calma y relajación.

Cuando trates de tener en cuenta tu respiración. no tenses los músculos. No hay que confundir decisión con tensión nerviosa. Debes pensar que al principio es normal tener bastantes distracciones. Por más distraído que puedas estar, el simple hecho de volver una y otra vez a tener en cuenta tu respiración -.el esfuerzo que supone hacer esto- te reportará grandes beneficios que advertirás gradualmente.

Cuando hayas adquirido cierta pericia en este ejercicio pasa a otro, una variante algo más difícil y más eficaz:

Consciencia la sensación del aire cuando pasa a través de tus fosas nasales. Siente su contacto. Advierte en qué parte de las fosas nasales sientes el contacto con el aire cuando inspiras... y en qué parte de las fosas nasales sientes el contacto del aire cuando expiras...

Hazte consciente, si puedes, del calor o del frío del aire... su frío cuando entra, su calor cuando sale fuera.

Puedes también percibir que la cantidad de aire que penetra por una fosa nasal es mayor que la que entra por la otra...

Sé sensible y presta atención al sutilísimo y ligero tacto del aire en tus fosas nasales cuando inspiras y expiras... Continúa notando esta sensación durante unos cinco o diez minutos.

El tiempo indicado para cada ejercicio es el mínimo exigido para que te hagas idea del valor del mismo y, para que obtengas provecho de él. Pero cuanto más tiempo seas capaz de dedicar al ejercicio, mayor será, obviamente, el fruto que saques.

Desearía hacer una acotación a lo que acabo de decir: no permanezcas más de dos o tres días en el solo ejercicio de concienciar, durante varias horas, la respiración.

Puede, en efecto, suceder que este ejercicio te comunique gran paz y una sensación de profundidad y plenitud placenteras. Quizás sientas entonces la tentación de practicarlo varias horas, cuando estás en silencio, durante un número de días. No lo hagas a no ser que dispongas de un guía competente. Hago esta observación porque la concentración prolongada en una función tan sutil como es la respiración puede fácilmente producir alucinaciones o sacar a superficie materiales del subconsciente que no podrás controlar. El peligro es, ciertamente, remoto y la probabilidad de que alguien realice este ejercicio durante horas es muy escasa. De cualquier modo, me gustaría que tuvieras en cuenta la advertencia que acabo de apuntar.

No me cansaría de ponderar el valor de este ejercicio para personas que deseen alcanzar paz, control de sí mismos y profundo gozo interior en medio de las dificultades que la vida les presenta. Un famoso maestro oriental diría a sus discípulos: «Tu respiración es tu mayor amigo. Recurre a él siempre que tengas problemas y encontrarás consuelo y guía». Afirmación sorprendente que harás tuya cuando hayas empleado el tiempo suficiente para dominar el difícil arte de «devenir consciente».


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