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FRASES HERMANN HESSE

FRASES Y CITAS HERMANN HESSE

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HERMANN HESSE

MAS FRASES DE HERMANN HESSE

  • Lo que no me mata, me fortalece.
  • El ajedrez es una tortura mental.
  • Sin música la vida sería un error.
  • Haller era un genio del sufrimiento.
  • Sólo un loco celebra que cumple años.
  • Fe significa no querer saber la verdad.
  • De la tierra, de la cósmica generalidad.
  • Otro impulso: el deseo de tener un amigo.
  • La política es el paraíso de los charlatanes.
  • Sabía que nunca más podría volver a ser niño.
  • No digas lo que piensas pero piensa lo que dices.
  • El miedo es dudar de la fuerza y del amor de Dios.
  • Tome en serio lo que es digno, y ríase de lo demás.
  • El mejor fuego no es el que se enciende rápidamente.
  • También lo tentó el suicidio cuando era todavía un niño.
  • Yo era escritor y poeta, caminante, bebedor y solitario.
  • El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde.
  • En vano se echa la red ante los ojos de los que tienen alas.
  • Usted ha de acostumbrarse a la vida y ha de aprender a reír.
  • La huella de un sueño no es menos real que la de una pisada.
  • No hay amor más sincero que el que sentimos hacia la comida.
  • Un soldado es un anacronismo del que debemos desembarazarnos.
  • La guerra vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido.
  • La educación es, tal vez, la forma más alta de buscar a Dios.
  • La esperanza es un estimulante vital muy superior a la suerte.
  • Todo lo que se hace por amor, se hace más allá del bien y del mal.
  • La práctica debería ser producto de la reflexión, no al contrario.
  • Toda posesión espiritual no representaba más que un valor relativo.
  • El amor no es lo que tú quieres sentir, es lo que sientes sin querer.
  • Tener patria es un regalo al que tarde en tarde hay que corresponder.
  • Es una pena que precisamente con los mejores se tenga tan mala suerte.
  • Los animales son buenos amigos, no hacen preguntas y tampoco critican.
  • Una vida fácil, un fácil amor, una muerte fácil, no eran cosas para mí.
  • Los libros sólo tienen valor cuando conducen a la vida y le son útiles.
  • Hacer versos malos depara más felicidad que leer los versos más bellos.
  • La Biblia es para mí el libro. No veo cómo puede alguien vivir sin ella.
  • Poco a poco se le hizo familiar y necesario el pensamiento de la muerte.
  • En todos los sacudimientos de mi vida salía al final ganando alguna cosa.
  • Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado.
  • Lo que el alma hace por su cuerpo es lo que el artista hace por su pueblo.
  • Cuando se quiere a alguien, se está necesariamente en contra de la muerte.
  • No habitaba nunca en los suburbios de la vida donde no había burguesía ya.
  • Me parecía no haber vuelto a querer en mi vida como entonces quise a Rosa.
  • Hay sonrisas que no son de felicidad, sino de un modo de llorar con bondad.
  • Los demás estaban muy por debajo de él. Había alcanzado su premio merecido.
  • Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los cómos.
  • Los monos son demasiado buenos para que el hombre pueda descender de ellos.
  • Cuando tu mayor debilidad es el amor, eres la persona más fuerte del mundo.
  • No es la carne y la sangre, sino el corazón, lo que nos hace padres e hijos.
  • Nacimiento significa desunión de todo, anulación de la dolorosa individualidad.
  • Tan sólo le atormentaba la idea de no haber alcanzado el número uno en el examen.
  • Concede a tu espíritu el hábito de la duda, y a tu corazón, el de la tolerancia.
  • Me necesitas para aprender a bailar, para aprender a reír, para aprender a vivir.
  • El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.
  • Todo humorismo superior empieza porque ya no se toma en serio a la propia persona.
  • En el amor siempre hay algo de locura, mas en la locura siempre hay algo de razón.
  • Los locos que son genios, completan la psicología defectuosa del equilibrio mundial.
  • A nosotros los inmortales no nos gusta que se nos tome en serio, nos gusta la broma.
  • El más terrible de los sentimientos es el sentimiento de tener la esperanza perdida.
  • Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros.
  • A la gloria de los más famosos se adscribe siempre algo de la miopía de los admiradores.
  • La palabra más soez y la carta más grosera son mejores, son más educadas que el silencio.
  • La experiencia es como un billete de lotería comprado después del sorteo. No creo en ella.
  • Siempre hay un poco de locura en el amor, pero siempre hay un poco de razón en la locura.
  • La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar.
  • Pese a todo seguía viendo en sueños una meta, una dicha, una mayor perfección delante de mí.
  • En cuanto alcance el límite de lo soportable no habrá más que abrir la puerta y estaré fuera.
  • La madurez del hombre es haber recobrado la serenidad con la que jugábamos cuando eramos niños.
  • Nada nos hace envejecer con más rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos.
  • La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño.
  • Decir amistad es decir entendimiento cabal, confianza rápida y larga memoria; es decir, fidelidad.
  • Era el espíritu de Nimikon (cualquier otra ciudad) el que me impedía asimilarme al resto del mundo.
  • Aún hoy sé que en el mundo no hay nada más delicioso que una amistad leal y verdadera entre hombres.
  • Lo que me preocupa no es que me hayas mentido, sino que, de ahora en adelante, ya no podré creer en ti.
  • Sobre España: Lo más triste del pueblo español es su gran propensión a ser manipulados por los poderosos.
  • Ha comprendido la desesperanza de la vida humana: la grandiosidad del momento y su miserable marchitarse.
  • Dichoso el que no ha conocido nunca el sabor de la fama; tenerla es un purgatorio; perderla, un infierno.
  • Allí se podía subsistir y seguir siendo culto y civilizado sin conocer siquiera los diálogos de Zaratustra.
  • Cuando un hombre está muy triste porque se da cuenta de cómo es todo, entonces se parece un poco a un animal.
  • Para Heilner no había nada abstracto, nada que no pudiera imaginarse e iluminar con los colores de su fantasía.
  • Lo blando es más fuerte que lo duro; el agua es más fuerte que la roca, el amor es más fuerte que la violencia.
  • debe parecerles difícil a los que han aceptado la autoridad como la verdad, en lugar de la verdad como autoridad.
  • A la barbarie nazi en Alemania debe seguirle la barbarie de la guerra en Europa, como el invierno sigue al otoño.
  • La verdad es que amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a ella, sino porque estamos acostumbrados al amor.
  • Se había criado con una educación pequeño burguesa y había conservado desde entonces multitud de conceptos y rutinas.
  • Tanto tiempo como sean los hombres las tumbas andantes de los animales matados por ellos, habrá guerras en esta Tierra.
  • Le parecía que con Emma había estado muy cerca de todo lo deseable y toda la magia de este mundo, y se le había escapado a traición.
  • En especiales condiciones de talento surge el presentimiento de la diversidad del alma humana, rompen el mito de la unidad de la persona.
  • El pensamiento de mi pequeña gloria y un ligero sentimiento de superioridad sobre el mundo que me rodeaba, terminaron de serenar mi ánimo.
  • Veo en la lucha ajedrecística un modelo pasmosamente exacto de la vida humana, con su trajín diario, sus crisis y sus incesantes altibajos.
  • Y volvemos a ver como Estado y escuela se abstraen en la tarea de matar y desarraigar a los espíritus más hondos y valiosos que brotan cada año.
  • Nos gusta pensar. Garry Kasparov, a la pregunta de Hans Ree de por qué él y Karpov entraban en problemas de tiempo en sus partidas tan a menudo.
  • El hombre razonable se adapta al mundo; el irrazonable intenta adaptar el mundo a sí mismo. Así pues, el progreso depende del hombre irrazonable.
  • Si has construido un castillo en el aire, no has perdido el tiempo, es allí donde debería estar. Ahora debes construir los cimientos debajo de él.
  • Dos inclinaciones impedían conducirme hasta el conocimiento verdadero de la vida: era bebedor y detestaba a los hombres, no me alegraba la compañía de mis semejantes.
  • Estos inmortales no dieron la espalda a la vida si no que construyeron mundos admirables mediante una sublimación amorosa de las menudencias que, también, componen la existencia.
  • No digas de ningún sentimiento que es pequeño o indigno. No vivimos de otra cosa que de nuestros pobres, hermosos y magníficos sentimientos, y cada uno de ellos contra el que cometemos una injusticia es una estrella que apagamos.
  • El auténtico escritor no se dedica a modular cosas bonitas para los lectores, sino únicamente debe aclararse a sí mismo e interpretar mediante la magia de la palabra su propio ser y sus vivencias, resulte bonito o feo, bueno o malo.
  • Si tú tienes una manzana y yo tengo una manzana, e intercambiamos las manzanas, entonces tanto tú como yo seguiremos teniendo una manzana. Pero si tú tienes una idea y yo tengo una idea, e intercambiamos ideas, entonces ambos tendremos dos ideas.
  • Pero también había vivido aquellas pocas horas que para él significaban más que todas las alegrías perdidas de la niñez, horas llenas de ambición y entusiasmo y ganas de vencer, en las que se había deseado y soñado en un círculo de seres superiores.

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LA LEYENDA DEL REY INDIO

HERMANN HESSE

CUENTO DE LA INDIA

En la antigua India de los dioses, muchos siglos antes del advenimiento de Gotama Buda el excelso, sucedió que los brahmanes ungieron a un nuevo rey. Este joven monarca gozó de la confianza y las enseñanzas de dos sabios varones que le enseñaron a purificarse mediante el ayuno, a someter a la voluntad los impulsos tormentosos de su sangre y a preparar su mente para el entendimiento del Todo y Uno.

En efecto, por esta época habían estallado entre los brahmanes ardorosas polémicas sobre los atributos de los dioses, sobre las relaciones de unas divinidades con otras y sobre las de éstas con el Todo y Uno. Algunos pensadores empezaban a negar la existencia de múltiples divinidades, y postulaban que los nombres de éstas no eran más que denominaciones de los aspectos sensibles del Uno invisible. Otros negaban con apasionamiento estas doctrinas y se aferraban a las viejas divinidades, sus nombres y sus imágenes; ellos precisamente no creían que el Todo y Uno fuese un ser concreto, sino sólo un nombre aplicado al conjunto de todas las divinidades. De manera similar, para unos las palabras sagradas de los himnos eran creaciones temporales, y por consiguiente mudables, mientras otros las tenían por primigenias y la única cosa auténticamente inmutable. En estos aspectos del conocimiento de lo sagrado, lo mismo que en los de manifestaba el afán de llegar a conocer las verdades últimas, y por eso dudaban y discutían sin descanso de qué fuese el Espíritu mismo, o sólo su nombre, otros rechazaban esta distinción entre el Espíritu y la palabra, considerando que el ser y su imagen eran entidades inseparables. Casi dos mil años más tarde los mejores ingenios de la Edad Media occidental discutirían casi exactamente los mismos puntos. Y aquende como allende hubo pensadores serios y luchadores desinteresados, pero también hubo prebendados desprovistos de espíritu y de caridad a quienes preocupaba únicamente que tales discusiones no redundasen en el desprestigio del culto o del templo, ni que la libertad de pensamiento o de discusión sobre la naturaleza de las divinidades fuese a mermar, por ventura, el poderío ni las rentas de la casta sacerdotal. Lo que ellos querían era seguir viviendo como parásitos del pueblo; cuando el hijo o la vaca de alguno caían enfermos, los sacerdotes se le metían en casa durante semanas y le chupaban toda la hacienda en forma de ofrendas y de sacrificios.

Y también aquellos dos brahmanes de cuyas enseñanzas disfrutaba el rey, siempre ávido de saber, estaban reñidos en cuanto a las verdades últimas. Pero como ambos tenían fama de gran sabiduría, el rey, entristecido por tal desavenencia, solía decirse: «Si ni siquiera estos dos sabios consiguen ponerse de acuerdo en cuando a la verdad, ¿cómo podré conocerla nunca yo, con mí flaco entendimiento?

No dudo de que debe existir una verdad única e indivisible, pero me temo que ni siquiera los brahmanes puedan llegar a conocerla con seguridad».

Cuando los interrogaba al respecto, sus dos preceptores contestaban:

—Muchos son los caminos, pero el destino es único. Ayuna, mortifica las pasiones de tu corazón, recita las estrofas sagradas y medita acerca de ellas.

El rey hizo de buena gana lo que le aconsejaban, y realizó grandes progresos en la sabiduría, pero sin alcanzar nunca su meta de poder contemplar la verdad última. Cierto que logró superar las pasiones de la sangre, así como aborrecer los deseos y los placeres animales. E incluso para comer y beber tornaba solamente lo indispensable (un plátano al día y unos granos de arroz). Así se purificaba de cuerpo y espíritu, y enfocaba al objetivo definitivo todas sus fuerzas e impulsos de su alma. Las palabras sagradas, cuyas sílabas antes le parecían monótonas y vacías, desplegaban ahora para él todos los encantos de su magia y le dispensaban consuelo íntimo. En estos torneos y ejercicios de la razón iba conquistando premio tras premio. Pero siguió sin hallar la clave del secreto final y de todos los misterios del ser, y eso lo tenía triste y cariacontecido.

Entonces decidió disciplinarse por medio de una gran penitencia. Para lo cual se encerró durante cuarenta días en la más apartada de sus estancias sin probar bocado y durmiendo en el suelo, sin manta ni almohada. Su cuerpo enflaquecido exhalaba un aroma de pureza, su rostro delgado relucía de un brillo interior y su mirada avergonzaba a los brahmanes por la ecuanimidad purísima que traslucía.

Superada esta prueba de cuarenta días, convocó a todos los brahmanes en el atrio del templo para que ejercitasen su ingenio en la resolución de las cuestiones más difíciles. Y mandó traer vacas blancas con las frentes adornadas de cadenas de oro, como premio para los vencedores del concurso.

Los sacerdotes y los sabios acudieron, tomaron asiento y se enzarzaron sin demora en la batalla de las ideas y de las palabras. Paso a paso demostraron la exacta correspondencia entre los dos mundos, el sensible y el del espíritu, afilaron sus inteligencias en la interpretación de los versículos sagrados y disertaron sobre el Brahma y el Atman. El ser elemental de cien brazos fue comparado con el viento, con el fuego, con el agua, con la sal disuelta en el agua, con la unión del hombre y la mujer. También idearon parábolas e imágenes para describir el Brahma creador de dioses que son más grandes que el mismo Brahma, y distinguieron entre el Brahma creador y el que encierra en sí lo creado, de manera que procuraban compararlo consigo mismo. Y argumentaron brillantemente sobre sí el Atman es anterior a su nombre, o si su nombre es idéntico a su esencia o sólo una creación de ésta.

Una y otra vez intervino el rey proponiendo temas para nuevos interrogantes. Sin embargo, cuanto más prodigaban los brahmanes sus respuestas y sus explicaciones, más solo y abandonado se hallaba entre ellos el rey. Cuando más preguntaba y asentía al escuchar las respuestas, y mandaban que fuesen premiadas las más ingeniosas, más ardía en su anterior el anhelo de la verdad misma. Pues bien se daba cuenta de que todos aquellos discursos y análisis no servían sino para dar vueltas alrededor de ella, pero sin tocarla nunca. Nadie lograba entrar en el círculo interior. De manera que, conforme iba proponiendo preguntas y repartía honores, se veía a sí mismo como un niño dedicado junto con otros niños a una especie de juego. Hermoso, sí, pero de los que provocan sonrisas indulgentes por parte de los hombres adultos.

Por eso el rey fue ensimismándose cada vez más, pese a hallarse en medio de la gran asamblea. Cerró todos los sentidos y dirigió su voluntad ardiente a ese foco, la verdad, pues sabía que todos los seres participan de ella y duerme en el interior de cada uno, también en el de los reyes. Y como era un ser puro, en cuyo interior no subsistía ninguna escoria, fue encontrando suficiencia y claridad dentro de sí mismo. Cuanto más se sumía en sí, mayor era la luz que percibía, corno el que camina dentro de una caverna y cada paso le lleva más y más cerca del resplandor de la salida.

Mientras tanto, los brahmanes continuaron largo rato hablando y discutiendo, sin darse cuenta de que el rey estaba como sordo y mudo. Se exaltaban, alzaban las voces cada vez más, y no pocos manifestaban así la envidia por las vacas que habían correspondido a otros.

Hasta que, por fin, uno de ellos reparó en la distracción del monarca.

Interrumpiendo su discurso, levantó la mano y lo señaló con el dedo, y su interlocutor calló e hizo lo mismo, y e1 vecino de éste también. Al fondo del atrio algunos grupos alborotaban y charlaban todavía, pero la mayoría guardaba un silencio sepulcral. Hasta que callaron todos, sentados sin decir nada y mirando al rey, que se mantenía erguido, el semblante impasible, la vista dirigida al infinito. Y su rostro irradiaba una luz fría y clara como la de una estrella. Entonces todos los brahmanes se inclinaron ante su éxtasis y comprendieron que cuanto estaban haciendo era sólo un juego de niños, mientras que el personaje real estaba habitado por Dios mismo, el epítome de todos los dioses.

Pero el rey, cuyos sentidos estaban fundidos en la unidad y vueltos hacia lo interior, seguía contemplando la verdad misma, indivisible, en forma de luz pura que infundía en su interior una certeza dulcísima, a la manera en que un rayo de sol cuando atraviesa una piedra preciosa la convierte en luz y sol, con lo que criatura y creador se hacen uno.

Luego volvió en sí, y cuando miró a su alrededor, sus ojos reían y su frente brillaba como un lucero. Despojándose de sus ropas, salió del templo, salió de la ciudad y del reino, y se adentró desnudo en la selva, donde desapareció para siempre.

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