Las pertenencias

Ilustración del cuento: Las pertenencias

Abandónate y acércate a la existencia en silencio y en paz, en meditación, y un día verás que estás tan lleno, más que lleno, rebosas de alegría, de dicha, de bendición.

Cuento zen sobre la existencia

Un hombre murió repentinamente. Al darse cuenta, vio que se acercaba un ser muy especial que no se parecía a ningún ser humano. Llevaba una maleta consigo y le dijo:

Amigo mío, es hora de irnos: soy la muerte.

El hombre, asombrado, le preguntó:

¿Ya?, ¡tan pronto! Tenía muchos planes.

Lo siento, amigo, pero es el momento de tu partida.

¿Qué traes en esa maleta?, preguntó el hombre.

Tus pertenencias.

¿Mis pertenencias? ¿Mis cosas, mis ropas, mi dinero?

Lo siento: las cosas materiales que tenías, nunca te pertenecieron. Eran de la tierra.

¿Traes entonces mis recuerdos?

Esos ya no vienen contigo. Nunca te pertenecieron. Eran del tiempo.

¿Traes mis talentos?

No. Nunca te pertenecieron. Eran de las circunstancias.

¿Traes a mis amigos, a mis familiares?

Tampoco. Ellos eran del camino.

¿Traes a mi mujer y a mis hijos?

Nunca te pertenecieron. Eran de tu corazón.

¿Traes mi cuerpo?

Ya te dije que es propiedad de la tierra.

Entonces, ¿traes mi alma?

El alma es de la existencia, es de Dios.

Entonces el hombre lleno de miedo arrebató a la muerte la maleta y al abrirla se dio cuenta de que estaba vacía.

Con una lágrima de desamparo brotando de sus ojos, el hombre le dijo: ¿Nunca tuve nada?

Sí amigo mío. Cada uno de los momentos que viviste, fueron solo tuyos y no se pueden guardar en una simple maleta.

MORALEJA

La avaricia a las pertenencias es una enfermedad existencial. No estás en sintonía con la totalidad, y solo esa sintonía con la totalidad puede darte la salud. Esa sintonía con la totalidad puede hacerte sagrado.

Estamos identificados con nuestras posesiones, estamos identificados con nuestros pensamientos, nos identificamos con nuestras emociones, nos identificamos con todo excepto con nosotros mismos. Nos identificamos con todo excepto con nuestro centro más interno. Debido a esta identificación, se genera el ruido, el conflicto, una angustia, una tensión continua.

Tienes que entender el vacío que estás tratando de llenar, y preguntarte: ¿Por qué estoy vacío? Toda la existencia está tan llena, ¿por qué estoy yo tan vacío? Quizá haya perdido la pista, quizá ya no esté moviéndome en la misma dirección que ella, ya no soy existencial. Esa es la causa de mi vacío. Tratar de llenar mi interior con lo exterior.

Lo difícil es saltar hacia el propio interior cuando existe cierto antagonismo en el exterior. Cuando esto sucede te ves obligado a mantenerte en el exterior. Siempre que se dé una situación en la que puedas renunciar a todas tus pertenencias externas, te encontrarás repentinamente en contacto con tu ser, te habrás movido desde la dimensión del tener a la dimensión del ser. Siempre que sucede, surge la felicidad, surge la alegría, surge el regocijo. Aunque sea solamente por un segundo, de repente las puertas del cielo se abren. Pero una y otra vez pasas de largo porque no estás atento. Sucede solo accidentalmente.

Por tanto, sé existencial.

Abandónate y acércate a la existencia en silencio y en paz, en meditación, y un día verás que estás tan lleno, más que lleno, rebosas de alegría, de dicha, de bendición. Tienes tanto que puedes dárselo a todo el mundo y no se agota.

Ese día, por primera vez, no sentirás ninguna avaricia: de dinero, de alimento, de objetos, de nada. Vivirás naturalmente y encontrarás todo lo que necesites. Y vivirás, no estarás siempre con una avaricia constante e imposible de satisfacer.


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