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AMOR Y DESAPEGO

ROBERTO WEISS

26/02/2017

Amor y desapego - Roberto Weiss - Ego - Desapego (GAA # 748)

CATEGORÍA N° 748
EGO - DESAPEGO

LA MUERTE Y LA SOLEDAD

En el transcurso de nuestra vida surgen preguntas en nuestro ser.

Nos preocupamos en buscarles una respuesta, aunque a veces ni siquiera tenemos bien en claro cuál es la pregunta a la que nos enfrentamos. A menudo ocurre que la frustración de no encontrar una respuesta coherente nos lleva a olvidarnos de estas preguntas y a seguir con nuestra vida. Más adelante pensamos que la etapa de las preguntas era solo eso, una etapa, y que la vida de verdad es la que estamos viviendo, con las preocupaciones de pagar las cuentas, enviar a los hijos al colegio, ser reconocido como un artista, o más sencillamente sobrevivir día a día.

La razón de que surjan estas preguntas se pueden reducir a dos: La muerte, y la soledad. Probablemente el motivo de frustración sea que tratamos de encontrar con más ahínco la respuesta al interrogante que consideramos más amenazador a nuestra existencia, es decir, la muerte. Este es un esfuerzo vano y por ello mismo frustrante, ya que no podemos evitar la muerte, y no nos es dado conocer que ocurre más allá de ella. Obviamente un esfuerzo vano produce frustración y desanima a buscar respuestas a la otra pregunta que nos inquieta constantemente: La soledad.

Sin embargo, analizando con lógica, sí podemos entender y encontrar respuestas a la pregunta de por qué nos sentimos solos. La pregunta de la soledad obviamente incluye el amor, su significado, como desarrollamos nuestra capacidad de amar, etc.

Aquí se da una paradoja, pues solo puede aprender quien sabe que no sabe, y como siempre nos han enseñado que amar es algo natural, pensamos que sabemos amar, aunque ni siquiera sabemos que es el amor. Y ya que creemos que sabemos amar, nunca nos preocupamos en aprender a amar.

Este libro trata de dar respuestas a estas interrogantes, comenzando por la pregunta ¿De dónde venimos? Y continuando con ¿Quién es Dios?, ¿Por qué y para qué estamos en el mundo?, ¿Cómo logramos nuestro objetivo?, y más detalladamente, ¿Qué es el amor? y ¿Cómo aumentamos nuestra capacidad de amar?.

En líneas generales, trata de mostrar una visión del mundo que incluya todos los aspectos esenciales de nuestra existencia en forma coherente, ya que la falta de coherencia desacredita cualquier sistema, llevándonos a creer que nada tiene sentido y en consecuencia nuestra vida “real” es lo único que lo tiene.

Si encontramos una respuesta coherente, nos damos cuenta que lo único que verdaderamente importa son estas preguntas, y sus repuestas y que todo lo demás son en realidad solo accesorios.

I

¿De dónde venimos?

Tendemos a considerar a esta pregunta como meramente retórica ya que nos vemos avasallados ante la inmensidad de la misma. Pero su misma inmensidad nos da la pauta de cuán importante es que busquemos una respuesta. Las respuestas que encontramos influyen directamente en nuestra forma de encarar la vida. Si no buscamos nunca la respuesta tenemos un vacío como respuesta, y este vacío se refleja en nuestra vida. Si encontramos una respuesta, aunque esta sea parcial, y somos consecuentes con ella, nuestra vida tiene un sentido. Cuanto más se acerque la respuesta a la realidad, y nos apeguemos a ella coherentemente, mayor y más duradero será el sentido que veamos en nuestra vida.

¿Cuál es nuestro origen?

Existen actualmente dos líneas de pensamiento principales, con sus correspondientes variantes.

Una de ellas es el evolucionismo, que propone que vamos evolucionando a formas más complejas a partir de formas más simples.

La teoría dice que en una sopa primigenia se formo, básicamente por azar, una primera célula que fue evolucionando, creando las distintas especies sobre la tierra, evolucionando más aquellas que se adaptaban mejor al medio ambiente.

Existen actualmente una serie de hipótesis que apoyan a esta teoría, pero ninguna de ellas ha podido ser probada ni aun en forma hipotética, ya que paralelamente con cada hipótesis, aparece un contrapunto que la vuelve irrealizable a menos que haya una influencia exterior.

Como una pequeña referencia para el lector, aquí citamos algunos contrapuntos: La célula más simple está compuesta de al menos 2000 proteínas distintas que tienen, cada una, funciones diferentes. La posibilidad de la formación de una proteína tan compleja en forma aleatoria a partir de una sopa primigenia que contuviera los ingredientes necesarios es de 1 contra 1x10120. Matemáticamente se dice que cualquier evento que tiene una ocurrencia de 1 contra 1x1050 es inexistente.

En la hipótesis que parte del ARN como principio de reproducción de un sistema básico vemos un contrapunto: La presencia en el ambiente en el cual se forman estas cadenas de ARN, de componentes destructores del ARN. Es decir, su aparición es solo posible en un medio que le es hostil apenas aparezca.

La conclusión es que los principios vitales son demasiado complejos como para ser frutos del azar. Dada la gran cantidad de contradicciones que existe en relación con esta teoría, la descartamos como punto de partida.

Por otro lado, la teoría del creacionismo clásico que afirma que Dios ha creado el universo y a nosotros. Para entrar en mayores detalles sobre este punto debemos tratar de definir lo mejor posible a Dios y al acto de creación.

Para buscar a Dios en primer lugar debemos deshacernos de las ideas y preconceptos que tenemos sobre El. De no hacerlo solo estaríamos buscando algo que se adapte a nuestro preconcepto. Teniendo esto en cuenta, y dado que estamos buscando algo que no conocemos, solo podemos buscar utilizando los indicios que tenemos.
El universo que nos rodea tiene un diseño, reglas, etc. A partir de los datos mencionados anteriormente, al diseño inteligente que vemos que tiene el universo tiene aquí un papel principal. La misma complejidad, no de una célula, sino de un ser humano, de la que hablábamos antes como un argumento en contra de la formación aleatoria de los procesos de vida, y probablemente de todo el equilibrio en el universo; nos lleva a deducir que existe un diseño inteligente para el universo físico. Sería lógico suponer que cada diseño tiene un diseñador, por convención llamaremos Dios al diseñador del universo. Entonces La primera característica que podemos atribuir a Dios es la inteligencia.

Otra característica que podemos deducir es la eternidad. La ciencia nos demuestra que no se puede producir algo de la nada y algo no se puede disolver en la nada. Si esta Inteligencia existe, tenemos que pensar que es eterna, sin principio ni final. Aun siendo un concepto más allá de la capacidad de comprensión de la mente, sigue siendo más fácil de intuir que el concepto de que algo de esas características inconmensurables surja de la nada.

También podemos deducir la Unicidad

Divina a partir de las anteriores deducciones. La capacidad intelectual para diseñar un conjunto de reglas que sirvan como base para un universo físico de incalculable complejidad llega a lo ilimitado. La existencia de una entidad poseedora de la capacidad de producir sistemas, cuya aparición aleatoria es matemáticamente imposible, nos da un indicio más. Si bien es incomprensible la existencia de una entidad con tales características, lo es aún más la existencia de dos entidades con exactamente las mismas características. Y digo exactamente las mismas porque todo el universo que conocemos parece estar regido por un único sistema de ordenamiento, lo cual hablaría de una perfecta comunión entre dos o más entidades, o de lo contrario solo estamos hablando de una única entidad. En síntesis, un universo con un sistema organizativo necesariamente indica un solo diseñador de dicho universo. De ello podemos deducir que Dios es Único, por lo menos en lo que atañe al universo conocido por nosotros.

Al hablar de Unicidad, obviamente estamos hablando del mundo espiritual, y en este nivel, unicidad se refiere a la existencia de un solo espíritu. La existencia de dos o más espíritus, sean estos del nivel evolutivo que se quiera, implicaría, por lo explicado anteriormente, necesariamente juegos de reglas distintos para cada uno de ellos. Unicidad en este caso equivaldría a omnipresencia a nivel espiritual, es decir donde sea que hay espíritu, está Dios. Actualmente, menos que nunca, se puede definir cuál es la frontera entre la física y la metafísica. Igualmente tampoco podemos decir con claridad que poseemos un espíritu, o que no lo poseemos, pero del mismo modo estamos limitados para hablar al respecto en cuanto a los animales o a las plantas, o a los hongos, y así sucesivamente. Por lo tanto, no debería sorprendernos que nivel espiritual abarque en realidad TODO, es decir que Dios sea omnipresente, en todos los planos, y estos últimos vienen a ser solo niveles de espiritualidad o conciencia.

Según esto, Dios está en todas partes y por lo tanto es todo. Dicho al revés, todo es Dios. Pensar que algo no es Dios, es excluir de Dios a ese algo, y por lo tanto quitarle a Dios su cualidad de omnipresencia. Igualmente la eternidad es una cualidad Divina. Según esto Dios existe en todo momento, sin principio ni final. Según el creacionismo, Dios nos crea como seres individuales en algún momento de la eternidad en la que existe. A partir de ahí buscamos el camino para reunirnos con Dios. Equivale a decir que se ha creado algo en algún momento (punto de partida) y que ese algo existe a partir de ese momento pero antes no (Con que fuimos creados no me refiero a nuestro cuerpo físico que es solo un conjunto de constantes transformaciones, sino a nuestro espíritu). El tener un punto de partida no le permite compartir una cualidad inherente de Dios como ser la eternidad. Al no ser eterno, tendríamos que decir que no es Dios, y por lo tanto existe por un lado Dios y por otro aquello que no lo es (yo) y esto se contradice con la premisa de que Dios es omnipresente.

Cuando hacemos algo, lo hacemos con un propósito, con una meta y una meta es algo que nos falta, una necesidad. Si pasamos al nivel Divino estos argumentos, según el creacionismo al decir que Dios nos crea tendríamos que decir que Dios igualmente tiene una necesidad. Es difícil de creer que una entidad con las inimaginables capacidades necesarias para diseñar el universo, tenga necesidades que puedan quedar satisfechas por el accionar o no de sus propias criaturas. Lo estaríamos poniendo a la altura de un entrenador de perros que goza porque el perro aprendió un truco nuevo.

Decimos que fuimos hechos a imagen de Dios, no que Dios fue hecho a nuestra imagen. En realidad cuando decimos que fuimos hechos a su imagen, queremos decir que en el sentido ideal, si fuéramos realmente virtuosos, estaríamos hechos a su imagen. Como muestra de virtud, la bondad es un fin en sí mismo, independientemente de cómo la recibe el objeto del acto de bondad. Si vemos a la creación del universo como un acto de amor, como un fin en sí mismo, parece tener más sentido que si lo viéramos como nos enseña el creacionismo.

Con estos argumentos en mente, el creacionismo clásico también carece de fuerza suficiente como para ser un punto de partida.

II

Sin embargo, tenemos la certeza de que existimos. Igualmente podemos percibir que hay algo en nosotros diferente a la materia. Si me corto las uñas, sigo siendo “yo”; si me amputan una pierna, sigo siendo “yo”; aun si me trasplantan el corazón o los pulmones sigo siendo “yo”; aun extirpando partes del cerebro, sigo teniendo la sensación de ser “yo”. En síntesis, percibo que hay un universo “físico” y un universo espiritual.

Cuando se trata de materia decimos que no hay perdida ni ganancia, solo transformación. ¿Se puede aplicar lo mismo al universo espiritual? Si el principio temporal (punto de partida) de Dios es inexistente, entonces mi propio principio también es inexistente. Así como no hay una causa para la existencia de Dios, tampoco la hay para mi existencia. Si Dios existe siempre, yo como ente espiritual, también existo siempre. Siempre he existido. Como hemos dicho anteriormente Dios es todo (omnipresente) entonces nosotros somos Dios también, o para decirlo con más propiedad, somos parte de Dios.

Nosotros estamos compuestos por varias partes, como ser brazos, piernas, sangre, etc. Todo ese conjunto nos conforma a nosotros, pero a diferencia de Dios, no poseemos la cualidad de omnipresencia, por lo tanto, aquello que nos conforma, pero que es alejado de nuestro límite, deja de ser nosotros. Así, la parte amputada de una pierna deja de ser “yo”.

En el caso de Dios, no puede existir esta dualidad, ya que todo es siempre Dios. Nada emana de Dios; aquello que parece emanar, en realidad no se aleja, pues Dios sigue estando donde cada una de sus partes, ya sean estas espirituales o materiales. Nada puede alejarse de Él; una parte del Todo no puede dejar de ser parte del Todo. Su misma falta de límites hace que nada pueda separarse de Él.

III

¿Porque existimos? La pregunta no está dirigida al futuro, sino al pasado. ¿No para que, o con qué objetivo, sino cuál es la causa de nuestra existencia? ¿Qué fuerza impulsó nuestra creación? ¿Si todo es Dios, porqué nosotros sentimos que no lo somos, o que tenemos que alcanzarlo?

Somos partes de Dios en niveles inferiores de conciencia; en niveles en donde las partes no están conscientes de su pertenencia al todo.

Cuando hablo del cuerpo humano, mis células no tienen la conciencia de mí tal como yo la tengo. Solamente un cierto nivel fisiológico es capaz de sentir esa conciencia de sí misma. Si mis células tuvieran la posibilidad de tomar conciencia de sí mismas, se verían como células, y adoraría al cuerpo humano como nosotros a Dios, y su objetivo sería volverse consciente de su “Humanidad”, y no solo de su “Celulosidad”. Cuando hablamos de Dios, mayormente tenemos en cuenta la espiritualidad, y desde este punto de vista, así como mi célula es una parte física de mi cuerpo, que tiene por meta tomar conciencia de su “humanidad”, nuestro espíritu, que es una parte espiritual de Dios Espíritu, tiene por objeto tomar conciencia de su Divinidad.

Interiormente sentimos una sensación de aislamiento y nuestro objetivo perenne es superar esta sensación. Tratamos de hacerlo en muchas formas, ya sea perteneciendo a grupos más grandes, o adormeciendo la sensación consumiendo distintos tipos de drogas. En ambos casos, el objetivo es logrado solo en forma parcial. Al terminarse el efecto de la droga, o al estar separado del grupo, aunque sea solo por minutos, la sensación vuelve y es más notoria. Nada terreno me satisface permanentemente.

La persona que satisface un deseo, siempre quiere mas y en mayor cantidad, deduciéndose de esto que no existe cantidad que alcance en el universo físico. Si bien es una conclusión lógica débil, podemos decir que lo que buscamos está más allá del universo físico, es decir en el universo espiritual, cuya totalidad es Dios.

Buscamos superar el aislamiento que sentimos y la forma de superarlo es tomando conciencia de nuestra Divinidad. No existe otra forma de lograr superar el aislamiento. Nuestra misión, u objetivo es tomar conciencia de nuestra perfección. Es decir, tomar conciencia de que somos parte de Dios mismo; somos Dios mismo. El fin último es saber que somos Uno con el universo; con Dios; con todo lo que existe, pues todo esto son solo facetas. Somos Uno. Así se entiende la forma como se refieren a Dios en algunas partes del antiguo testamento. "Yo Soy" dice que tal cosa, etc. "Yo Soy" abarca todo: espacio, dimensiones, tiempo, etc.

Así como existe un nivel de conciencia en el cual nos encontramos, podemos suponer que pueda haber otros niveles de conciencia.

Cuando hablamos de la “creación” del universo (físico), se puede decir que fue “creado” por una entidad creadora, con un propósito determinado, y bajo un plan determinado. Este plan incluye por ejemplo las leyes de la física, las leyes de la química, etc. Cuando se habla a partir de una teoría materialista, se da por sentado la existencia de las fuerzas básicas del universo (gravedad, electromagnetismo, etc.), la forma como deben reaccionar los átomos y los electrones, etc. Si lo vemos desde un punto de vista espiritual, estos actúan de una forma porque fueron creados de ese modo para cumplir un propósito. Inclusive se puede congeniar el evolucionismo con la presencia de Dios, ya que no es difícil imaginar que una inteligencia es parte integral de los sucesos del universo.

La creación de este universo físico limitado habría que atribuírsela a un ser de un nivel de conciencia muy superior (en cuanto a su “Divinidad”) y su objetivo sería que este universo nos sirva a nosotros, los seres de menor conciencia “Divina”, como una herramienta para ir incrementando nuestro nivel de conciencia. El objetivo final de un ser similar para crear un universo para ayudarnos a evolucionar en nuestro nivel de conciencia es un acto de amor.

Para resolver una ecuación de 2 grado, que a un niño de jardín lo tiene sin cuidado y a un niño de 6to lo tiene perplejo, no se necesita un matemático especializado en cálculo infinitesimal.

En este caso, hablaríamos de una entidad que tiene la capacidad de manejar el conjunto de reglas para crear un universo. Aquí si tendríamos que hablar del objetivo de este ser, y su objetivo queda claro. A través del sacrificio de su trabajo para proporcionarnos esta herramienta, aumentar su percepción de divinidad.

Es posible que para la creación del universo no se requiera la intervención directa de la más alta conciencia de sí mismo de Dios, sino bastaría con la de algún espíritu, ciertamente bastante más avanzado de lo que estamos nosotros, pero no necesariamente de la conciencia absoluta. Como todo tiene una razón de ser, la razón del espíritu creador para crear el universo es el amor, que a su vez le acerca a su conciencia de Dios. ¿Cuál sería la razón de tantos detalles? A distintos niveles evolutivos espirituales corresponden distintos niveles en el universo creado. Aquí es importante recordar nuevamente que cuando hablamos de “yo” o de un “espíritu” siempre seguimos hablando de (una parte de) Dios.

Un factor interesante a tenerse en cuenta es la existencia misma del universo físico y su significado. Según estudios científicos, el universo tiene una vida de entre 14 y 20 mil millones de años e inclusive pueden calcular cuánto más va a durar. Se sabe que no es un universo estático y que lenta, pero inexorablemente va envejeciendo, hasta que en algún momento no sea capaz de sostener la vida (cuando todos los soles hayan gastado su combustible y se apaguen o colapsen). Podemos decir que el universo físico como tal no es inmutable ni eterno, y que en algún momento del tiempo volverá a ser una singularidad. Esto no significa que "los" espíritus que existimos desaparezcamos igualmente.

En cierto modo, el mundo físico es un limitador de la conciencia divina que podamos tener, pero al mismo tiempo es la herramienta de la cual nos valemos para que evolucione nuestra conciencia divina.

Venimos a un universo limitado a aprender. Una vez aprendido lo que podemos aprender en el universo limitado, el mismo no tiene mayor uso y puede ser devuelto a la singularidad de la cual se origino. Es cierto que con relación a la eternidad la vida del universo es solo un instante, aunque su vida sea de un billón de años. Pero igualmente cierto es que nuestra vida de, digamos 90 años, es igualmente solo un instante, pero aun así podemos aprender en ese instante parte de lo que requerimos para incrementar nuestra conciencia divina. Hasta que aprendamos todo lo que el universo físico tiene por enseñarnos podemos volver las veces que sea necesario. La evolución espiritual es un proceso eterno, y el periodo de evolución y aprendizaje en el universo físico apenas es una parte de este proceso. Una vez terminado el aprendizaje en este “curso”, no volvemos a él. Al jardín de infante se va solo una vez. Sería aburrido volver al jardín luego de terminar el bachiller (excepto como maestro parvulario).

Aquí es importante acotar nuevamente acerca de la eternidad y omnipresencia Divina y lo que implica. Para un ser omnipresente el espacio no existe y no es percibido en la forma en la que lo percibimos nosotros. Para nosotros existe un aquí y un allá. Para Dios la percepción del espacio es lo que para nosotros sería la percepción de nuestro yo, sin individualizar parte alguna. Es decir cuando pienso “Yo” incluyo mi oreja y mi talón. No necesito recorrer la distancia de la una al otro para que estas partes estén incluidas en mi conciencia de Yo.

En cuanto al tiempo, ocurre otro tanto. Yo no tengo más opción que percibirme como una entidad en distintos momentos. Mi propia limitación como un ser espacial inclusive contribuye a que mi percepción del tiempo este en directa relación a mi ubicación espacial. Ayer estaba allá, hoy acá. Al dormir me moví de allá para acá. Si no tuve conciencia de movimiento o de mi ubicación en el espacio durante el sueño, hasta parece que dormí solo un instante.

Con estos factores tenemos que tratar de comprender cuál sería la percepción de Dios en relación con el universo físico. No se trata de un pedazo de materia en la inmensidad del espacio y en algún momento del tiempo infinito, tal como lo percibiríamos nosotros si fuéramos humanos inmortales, sino que lo percibiría siempre aquí (aunque para nosotros, aquí significa algo externo a nosotros, mientras que en este contexto, aquí es una parte integral del observador), y esta percepción incluiría todos los momentos y lugares del universo en forma simultánea.

IV

Somos espíritu inmortal. Nuestro espíritu es parte de Dios, o contiene la chispa de Dios, así que por esto mismo es perfecto. No hay nada que podamos agregarle para que sea más perfecto, pues su naturaleza es la perfección.

Nuestro espíritu, al ser de la misma naturaleza de Dios, es eterno, sin limitaciones, ni temporales ni espaciales. Un espíritu no tiene treinta litros o 4 metros, o 12 minutos de duración. ¿Siendo nuestro espíritu ilimitado, hay algún conocimiento limitado, del universo físico, que le pueda ser útil para cumplir su objetivo (tomar conciencia de “Yo Soy”)? ¿Qué valor puede tener la arquitectura o la trigonometría a un espíritu en este sentido? ¿Es decir, le sirve para aumentar su conciencia de pertenencia al Todo? La misma pregunta puede hacerse con relación a cada campo de conocimiento en el que el ser humano se sumerge.

Tal vez la única duda quedaría cuando hablamos del estudio metafísico. El estudio metafísico viene a ser un estudio de aquello más allá del plano físico: desde nuestro punto de vista limitado, sería una forma de comprender el mundo espiritual. El estudio metafísico nos sirve como una guía acerca del mundo espiritual, el proceso evolutivo del que el espíritu forma parte y lo que se requiere para esta evolución. Dado que el proceso evolutivo es algo que trasciende las fronteras espacio-temporales del universo, los principios del buen estudio metafísico son validos a lo largo de todo el proceso evolutivo.

Si como espíritu decidimos encarnar en un universo limitado, a fin de aprender en éste, podemos asumir que como tales estamos conscientes del proceso evolutivo y de sus requerimientos, es decir del estudio metafísico. Si como espíritus, sabemos acerca de la teoría, pero aun así nos encarnamos en un universo físico a fin de evolucionar, podemos deducir que el conocimiento del estudio metafísico es importante, pero no suficiente para la evolución espiritual. Deberíamos tener esto permanentemente en cuenta, y no darnos por satisfecho en cuanto a nuestro aporte para nuestra evolución espiritual el estudiar la guía a seguir, sino que debemos seguir las indicaciones que tenemos en dicha guía.

En nuestro mundo físico todo tiene un límite. Hay límite en lo que podemos comer, en lo que podemos beber, en lo que podemos vestir, en lo que podemos usar, etc. Ni la persona más poderosa del mundo puede comer más de unos cuantos kilos de helado. Ni una ballena puede comer más de unas cuantas toneladas de alimento. Estamos limitados. A veces por la capacidad de adquirir un bien físico (o intelectual) y otras veces por la capacidad de asimilar dichos bienes.

Lo que llama la atención es por qué un espíritu proveniente de un universo espiritual ilimitado tanto en lo temporal como en lo espacial, decide encarnarse en un mundo físico con ambas limitaciones. ¿Por qué? La única respuesta que puedo encontrar está contenida en la misma pregunta. Lo que el espíritu busca son límites.

Nuestro espíritu inmortal se encarna en seres físicos. La razón por la cual nos encarnamos en seres físicos es para aprender a amar. Amar es tomar conciencia de la unidad, con el otro en un principio y con todo como objetivo final; tomar conciencia de que "Yo Soy". El amor y la religión son la misma cosa: amar a otro, es volverse uno con el otro, Religión es religarse al principio divino. En ambos casos estamos buscando abandonar el aislamiento que sentimos como individuos para ser parte de un todo.

Con relación al universo, nos sentimos aislados. Sentimos que hay una barrera entre nosotros y el universo; que no somos uno con el universo; que "soy" independientemente del universo. Como resultado directo de esta percepción de individualidad, de diferenciación entre "lo otro" y "yo" aparece el apego que siento. Es aquí donde entra a tallar el universo limitado. Siento apego a algo precisamente porque este algo es limitado y quiero asegurarme que a mi me toque la parte que me corresponde, o que deseo.

Si me siento apegado a un juguete, creo un vínculo entre este y yo. Este vínculo es excluyente, ya que si no lo fuera, el “otro” podría tomar la parte que “me corresponde”, y yo me quedaría sin “mi parte”. Por ello tengo problemas a compartir este juguete. Esto es algo que fácilmente podemos observar en cualquier niño.

Obviamente el vínculo entre un niño y su juguete es lo más básico que hay, pero a medida que nuestro nivel sube, el apego nos acompaña, y solamente cambia el objeto de apego (la bicicleta, la ropa, el automóvil, la esposa, la casa, el título universitario, la posición social, la opinión que tienen los demás acerca de mí, etc.).

Hasta cierto nivel, el objeto de apego es fácilmente diferenciable pues se trata de objetos físicos que son identificados tras un ligero análisis. Pasando cierto nivel, el objeto de apego pasa a ser algo más subjetivo y por ello más difícil de identificar. Por ejemplo, es muy natural y normal que un hombre se case y forme familia pero si la relación con el cónyuge no sigue un desarrollo, es posible que esta se convierta en apego al mismo. De ahí en más p.ej. el hombre deja de ver a su esposa como a un ser humano individual y solo la ve como un objeto de apego y cela que el mismo pueda buscar una relación con otra persona además de él mismo.

Debemos diferenciar sin embargo entre indiferencia y desapego. Cuando existe un apego a algo o alguien (el alguien pasa a ser un objeto, algo) solo existe ese objeto en mi universo, quedando yo aislado del resto del universo mientras dure el apego. Lo que existe en mi universo sin que yo este apegado a dicho objeto, es un componente más de mi universo, pero a diferencia del objeto de apego, al objeto de desapego lo puedo utilizar para incrementar mi percepción del universo. Por Ej. Al regalar un objeto a alguien que pienso que lo necesita más que yo, aumento el vínculo con esta persona, y por lo tanto con todo el universo. Si por el contrario, estuviera apegado al objeto, el vínculo interpersonal no solo no aumentaría, sino que sencillamente no existiría. Por el otro lado se encuentra el objeto indiferente a mi percepción. A este no le doy un valor subjetivo, y por lo tanto me es igual que lo tome otro o no; en todo caso, no afecta a mi relación con el otro.

El apego a algo me aísla del mundo que me rodea y no soy capaz de ver mi unidad con el mismo. En relación con el universo físico puedo darme cuenta de ello porque, aunque nunca logro desapegarme totalmente de todo, sí lo puedo hacer con relación a un objeto de apego específico, y de ese modo disminuyo mi aislamiento.

Como ejemplo tomemos otra vez al niño apegado a su juguete. En ese momento, el niño no querrá saber de ningún otro juguete, aunque se le presenten 10 más. Una vez que paso el apego, su universo de juguetes automáticamente se amplía, y donde antes había un solo juguete, ahora hay 11.

Este aislamiento sin embargo no se limita al plano físico sino también al plano temporal. Cuando estoy apegado, mi relación al objeto de apego es de un “ahora” más una serie de recuerdos del objeto de apego. Vale decir existe el objeto en el ahora, y en los diferentes recuerdos que tengo del mismo, pero el mismo objeto debe necesariamente ser una parte de los recuerdos. Cuando no estoy apegado a algo que interrumpa mi relación con una persona, soy capaz de percibir la relación entre la persona amada y yo no solo en un momento dado sino a través del tiempo. En ese momento la sensación que tengo de otra persona es un sentimiento de unión, no limitadas exclusivamente al presente sino incluyendo el pasado y el futuro. La diferencia estriba en que los recuerdos se refieren a hechos y situaciones concretas mientras que el sentimiento de unión no tienen relación al mundo físico ni temporal, lo cual permite que los mismos sean existan independientemente de estos factores. No habiendo una relación con otro ser humano, hablamos de indiferencia, mientras que cuando si existe esta relación de unión hablamos de desapego (si fuera un apego no hablaríamos de unión, sino de posesión).

Aprender a amar es aprender a desapegarnos de algo. Venimos a amar a un universo limitado porque solo ahí podemos destruir el apego que nos limita, entrenar la fuerza de voluntad necesaria para vencer al apego y tener conciencia para dirigir esta fuerza de voluntad.

Como un ejemplo simple de entender pongamos el apego de un hombre hacia el chocolate. En este caso, siempre que haya chocolate de por medio, el mismo se siente con derecho irrestricto al mismo independientemente del deseo de comer algo del mismo por parte de otras personas. Este apego es uno de los factores que limita a este hombre con relación al universo. Como destruir este apego es un trabajo que está dentro de sus posibilidades de realizar, el hombre se pone en campaña. Cuando el trabajo que realiza en el plano físico es hecho sin tener en cuenta todos los componentes que requiere el espíritu para aumentar su percepción de unidad con el universo el resultado es muy diferente de lo que quisiera. Para hacerlo necesita tres cosas:

  1. La conciencia de sí. Entendemos por conciencia de sí en este caso la continua presencia en su mente de la idea que quiere vencer este apego. En todo momento del día deberá acordarse de que quiere trabajar sobre este apego, y en especial deberá recordarlo cuando tenga posibilidad de disfrutar del objeto de su apego, el chocolate. Si el componente faltante es la conciencia de sí permanente que guía nuestro accionar, el resultado es inestable y a largo plazo no tiene ningún valor, ya que no hubo un entrenamiento de la fuerza de voluntad al punto de hacer crecer a esta sino solamente hubo un esporádico uso de la fuerza existente. Podríamos compararlo en el sentido del entrenamiento físico del cuerpo para jugar tenis. Si solo juega una vez al mes, aunque en ese día ponga todo su esfuerzo para jugar, no mejorara su nivel notablemente. Faltando este componente es como si el espíritu hubiera llegado a una encrucijada pero no hubiera decidido por cual camino seguir. Sencillamente se quedo esperando con indecisión y no se mueve del punto en el cual estaba. En cuanto ponga el componente faltante, la conciencia que dirige su accionar, comenzara a avanzar.
  2. La fuerza de voluntad. Deberá tener la fuerza de voluntad para vencer a la tentación de comer el chocolate por un lado y para eventualmente cedérselo a sus semejantes por el otro. Esto parece algo obvio en el caso del chocolate, pero es necesario ponerlo explícitamente de todos modos, ya que no siempre el objeto de apego es fácilmente rechazado. Tómese el ejemplo de alguien que es adicto a las drogas pesadas. Una vez que el mismo tiene el síndrome de abstinencia, es capaz de cualquier cosa con tal de conseguir el objeto de su apego, aunque haya tenido el mejor propósito de dejarlo cuando aun no era urgente el consumo del mismo.

Si el componente faltante es la fuerza de voluntad propiamente dicha el resultado será similar al caso anterior. Para hacer nuevamente el paralelismo con los deportes físicos, si se quiere entrenar en levantamiento de pesas, y se tiene la conciencia para dirigir su accionar en esta dirección, pero la fuerza de que se dispone no es suficiente para levantar las pesas con las cuales se quiere entrenar o se es demasiado fuerte en relación a las pesas por ser estas muy pequeñas, el entrenamiento que lograra será mínimo igualmente. No se puede entrenar ningún músculo si no tiene las pesas o si estas están mucho más allá de sus posibilidades.

El entrenamiento realizado será ineficiente y con resultados inadecuados. El espíritu, estando en un punto del camino, tiene la conciencia de querer avanzar, pero no tiene la fuerza en las piernas para avanzar por el camino trazado. El resultado es que se quedara en el punto en el que estaba hasta ganar algo de fuerza esto se lograra haciendo el ejercicio con las herramientas adecuadas. Lo que equivaldría en el plano de los ejercicios con pesas sería hacer estos con las pesas adecuadas al estado físico de la persona que entrena. Ni muy livianas, ni muy pesadas. El equivalente en el plano espiritual es el de no entrenar la fuerza de voluntad en una tarea ni muy liviana (desapegarse de una camisa que uno ya no usa mas y regalarla al hermano menor), ni muy pesada (desapegarse de todos los rencores y aversiones a hacia todos)

EL DESAPEGO

Se debe destruir un apego en forma desapegada. Es decir no tiene sentido sustituir un apego por otro, o desapegarse de algo solamente porque se está apegado a otra cosa. Tome el ejemplo de un fumador que se desapega del cigarrillo porque no le alcanza el dinero para comprar la cocaína que también le gusta. En el caso de que el componente faltante sea el desapego, el resultado es directamente negativo. No se cristaliza lo que el espíritu requiere para "crecer" sino por el contrario, el resultado de este trabajo bloquea el avance del espíritu, y lastimosamente el logro del esfuerzo hecho en la dirección equivocada es equivalente a un obstáculo físico al cual hay que quitar del camino antes de seguir avanzando. Si tomamos el camino en forma literal, el equivocarnos y tomar una dirección equivocada nos lleva necesariamente a desandar el camino recorrido en forma equivocada, hasta el punto en retomamos el camino correcto. Para tomar nuevamente el ejemplo del tenis si nuestro deportista confunde tenis con raquetbol (La técnica del Raquetbol arruina a la técnica del Tenis y son deportes no compatibles) y entrena con mucho ahínco raquetbol y al cabo de 6 meses es un excelente jugador de este deporte, su habilidad tenística no solamente se habrá estancado sino que habrá tenido un retroceso terrible. Para recuperarse de este retroceso el deportista deberá desaprender todo lo aprendido en el otro deporte antes de comenzar su entrenamiento tenístico nuevamente.

En el plano espiritual lo que ocurre es que la fuerza de voluntad realmente fue entrenada y el entrenamiento siguió una pauta marcada por la conciencia de sí que nos indica cual es el camino para el mejor desarrollo pero como el entrenamiento no cuenta con el componente del desapego, toda la fuerza nueva adquirida va dirigida a reforzar el nuevo apego que tenemos. El resultado es que aumenta nuestro apego y nuestra capacidad de defenderlo como algo positivo. Para unirnos al universo habíamos dicho que necesitamos deshacernos de los límites que no imponemos nosotros mismos (apego) así que el primer trabajo a realizarse para seguir avanzando sería desmontar la fuerza que sostiene a ese apego. Solo entonces estaremos en condiciones de continuar avanzado.

En cuanto a los requisitos necesarios para trabajar, podemos disponer de todos ellos, pero en línea general, dispondremos de ellos solo en forma parcial cuando somos seres espirituales medianamente desarrollados, y solo a medida que aumente nuestro nivel, nuestra capacidad de usar estos elementos para progresar también aumentará.

El tercer elemento requiere una especial atención, ya que dada nuestra situación precaria como seres espirituales, es poco probable que podamos desapegarnos de buenas a primeras. Siempre estamos apegados a algo. Ya que no podemos desapegarnos totalmente, por lo menos apeguémonos a algo que sea un objeto de apego menos direccionado a satisfacer nuestros deseos. Específicamente podemos hablar del apego a otra persona pero en forma indirecta. Es lo que normalmente llamamos amor. Es decir que lo que hacemos lo hacemos para satisfacer al ser amado, pues la satisfacción del ser amado es lo que nos satisface a nosotros. Podemos practicar la fuerza de voluntad para ceder al ser amado la parte física del universo que "nos corresponde" y al cual estamos apegados, pues asumimos que el ser amado será más feliz de este modo. Llámese a esta cesión de nuestro "derecho" la cucharada de helado extra, o el último chocolate de la caja, el único pan que queda, el único abrigo que tenemos, un masaje reconfortante, etc. El desapego es una parte importante de muchas doctrinas religiosas. Como puede verse, lo que en unas doctrinas es llamado desapego, en otras es llamado amor.

La relación entre amor y el mundo físico, es que este último es necesario para poder entrenar la fuerza de voluntad y el desapego que nos permite a aumentar nuestra sensación de unión con la persona amada. En niveles de conciencia básicos, es necesario un obstáculo al cual oponer la fuerza de voluntad, a fin de que esta pueda desarrollarse. A partir de cierto nivel, tenemos la capacidad de seguir avanzando sin tener que utilizar herramientas básicas, pero hasta alcanzar este nivel, visitamos el universo físico a fin de aumentar paulatinamente nuestro nivel. A medida que vamos avanzando en el arte de amar, va creciendo nuestra capacidad de amar paralelamente con nuestra fuerza de voluntad. Esta fuerza de voluntad es lo que requerimos para desprendernos de los vínculos que nos amarran y no nos permiten tomar conciencia de nuestra pertenencia a la Unidad.

Como cualquier otra fuerza que tenemos, la fuerza de voluntad también tenemos que entrenarla. La repetición de actos de desapego nos da una mayor fuerza de voluntad para continuar con mayores actos de desapego.

Un efecto secundario de este acto de amor es el sufrimiento que acarrea, pero no es al revés. Es decir, no estamos aquí para sufrir, sino que el sufrimiento es solo un efecto secundario, así como las agujetas no son el objetivo de hacer ejercicios físicos, sino su consecuencia, cuando uno no está acostumbrado a ellos. A medida que uno va entrenando, las agujetas dejan de aparecer. Así mismo, en el espíritu que va progresando en el arte de amar, el sufrimiento es cada vez menos frecuente. Que un niño tenga que ceder su helado a la hermana es razón suficiente para un berrinche, pero no lo es para un hombre cediéndoselo a la esposa.

Este entrenamiento del espíritu, esta fuerza de voluntad se cristaliza en nosotros. Con el tiempo, dejamos de ver el ceder el helado o el último chocolate como un sacrificio, sino que es un placer cedérselo al ser amado. Esto ocurre porque ya no estoy cediéndole a otro sino que lo ofrezco a mí mismo. Al parecer, desapegarse significa en realidad desapegarse de los límites que nosotros mismos nos imponemos. Al desaparecer el límite con la persona amada, no puedo apegarme a un chocolate y no dárselo. Que lo coma esta o yo es exactamente igual, ya que somos uno solo. El otro deja de ser tal y somos uno solo. En ese momento, deja de existir el sacrificio. Nos damos cuenta de nuestra unidad con el ser amado. Esta toma de conciencia es nuestro objetivo, pero a escala universal.

La fuerza de voluntad es lo que se cristaliza en nuestro espíritu, y lo que le permite con el aprendizaje obtenido en el mundo físico trabajar en la toma de conciencia de su unidad con Dios, tener una percepción de su Divinidad. Paralelamente al aprendizaje de toma de conciencia, la fuerza de voluntad que ganamos como seres físicos, cristaliza en nuestro espíritu. El ejercicio de amor (o desapego) que realizamos en el universo físico nos une a nuestros semejantes, y al mismo tiempo nos da una fuerza de voluntad que se cristaliza en nosotros y permanece en nuestro espíritu más allá de la muerte física. Nuestro espíritu utiliza esta fuerza de voluntad ganada en el mundo físico para a su vez desapegarse de aquello a lo que se siente apegado y que es su impedimento principal para incrementar la conciencia de su unidad con el universo. A mayor amor, mayor comunión (o Religión).

Hay que asumir que en el mundo espiritual, por mas eterno e ilimitado que sea, como espíritu no nos sentimos parte del todo, pues si fuera así cual sería la razón para encarnarnos en un universo limitado en el cual nos sentimos aislado de todo. Cabe mencionar aquí que hay cierto tipo de apego que va mas allá de lo material, y del cual, normalmente, cuesta mucho más desapegarse que de los apegos materiales. Se trata de la imagen que proyectamos. Si proyectamos una imagen de “doctor” casi nos ofende cuando nos tratan de señor en vez de usar el apelativo “doctor”. Como este objeto de apego no lo “damos” a nadie, no vemos que sea un objeto de apego, y por lo tanto nunca tratamos de desapegarnos de el. Pero al igual que cualquier objeto de apego, nos separa del universo, ya que consideramos iguales solo a aquellos con títulos similares y el resto es diferente. Es posible que una limitación similar a esta sea la que tenemos como espíritu.

En el mundo espiritual, tal ejercicio de fuerza de voluntad no sería posible por la sencilla razón de que no hay límites ni temporales ni físicos para el espíritu, por lo tanto no es posible “ceder” algo a otro espíritu, pues todos los espíritus son igualmente ilimitados. El “sacrificio” solo es posible cuando hay limitaciones físicas. Sin limitaciones no es posible entrenar la fuerza de voluntad.

Para poner un tipo de paralelismo, si ganara un premio consistente en provisión ilimitada de chocolate de una fábrica de chocolate, al cual soy un gran aficionado, no sería ningún sacrificio el convidar un chocolate a la persona amada. Tal vez esta lo disfrute, pero yo mismo no siento que es un acto especial, ya que el chocolate no me cuesta nada, y siempre hay más para mí. En cuanto quiebre esa única fábrica de chocolate, sería un sacrificio cada chocolate que regalo, en la medida en que yo los desee.

Desde este punto de vista se vuelve muy lógico la frase de Cristo: “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos”. Si somos ricos, es más difícil encontrar cosas que nos cuesten esfuerzo ceder al ser amado (Un magnate puede comprar un collar valorado en 5 millones $ a su esposa y no parece afectarle mayormente) mientras que a una persona con menos recursos, aun un collar de bijouterie significa un esfuerzo. Sin embargo, en ambos casos, tanto para la persona con muchos recursos económicos, como para la que no los tiene, hay un recurso que en mayor o menor medida es igual para ambos: el tiempo. El tiempo que dedicamos a agradar a la persona amada, es un recurso que “sacrificamos” a ella igualmente.

El término “toma de conciencia” en realidad no es el más adecuado, pues hay una cierta inclinación a relacionar la toma de conciencia con saber algo, lo cual en cierto modo limita lo sabido al plano cognitivo, a lo que se sabe. La toma de conciencia a la que me refiero va más allá de este saber cognitivo, y probablemente más allá de cualquier definición de percepción que conozcamos, pues todas estas definiciones están limitadas al universo tal como lo percibimos.

La percepción de la que hablo está precisamente ligada al universo que desconocemos. En cierta forma es como una experiencia en negativo. Me refiero a que al espíritu no se le agrega nada (habíamos dicho que no puede agregársele nada a la perfección). En este caso la experiencia negativa es igual a tallar un diamante; se le sacan partes para hacerlo más valioso. En este caso, a la percepción que tiene nuestro espíritu del universo multiforme se descorren velos y este viene a ser percibido mas como un Universo que como un “Multiverso”.

Hablamos de ser conscientes, de que somos conscientes, etc. En la mayoría de los casos, podemos sustituir las palabras "estar consciente" de por "tomar en cuenta" o "tener en mente". Tener en mente un objeto o una particularidad de una situación dada es relativamente sencillo. En la medida en que aumentan los detalles del objeto a tenerse en mente, la claridad de estos va disminuyendo. Requiere un entrenamiento el poder mantener en mente muchos detalles con precisión, entendiéndose por precisión claridad en las propiedades de un detalle específico y su relación con los demás detalles del objeto en cuestión.

Hay cierta similitud de lo anteriormente dicho y la creación de un programa para computadoras. Aun los mejores programadores, luego de estudiar profundamente un problema necesitan material de ayuda-memoria y mucho tiempo para lograr tener en mente todos los detalles del problema a ser solucionado. Luego de terminado el programa, se da cuenta de que se olvido de tal o cual detalle, y sigue puliendo el programa por meses.

Cuando se trata de un problema contable o de reposición de stock asumimos que la solución solo puede ser creada luego de años de entrenamiento, y aun así requiriendo mucho esfuerzo y ayuda. Pero cuando el objeto a tenerse en mente es nada menos que yo mismo, creo tener derecho a decir que sí, que soy consciente de mí mismo.

El objetivo de mi existencia aquí es conseguir las herramientas que me ayudarán a ser consciente. En este caso podemos utilizar la imagen que nos vamos formando de una habitación a oscuras. Los detalles que queremos tener en mente son los distintos objetos que vamos palpando en una habitación a oscuras, pero eso no nos permite más que tener una vaga idea de cómo es la habitación. Al momento que prendemos la luz, nos “damos cuenta” de cómo es la habitación. En ese momento somos conscientes de ella, cuando vemos todos los detalles, y la relación entre todos ellos nos resulta evidente.

Cuando morimos, lo único que nos “llevamos” es el amor que aprendimos (la conciencia de nuestra unidad y la fuerza de voluntad adquirida en el proceso). Todo lo demás no lo llevamos. Al morir, nos deshacemos de todo el lastre innecesario, y solo nos llevamos el amor. ¿Hay alguna razón especial para tener que esperar hasta morirnos para deshacernos de parte de ese lastre que viene a ser como un ancla en nuestro avance en la vida espiritual? Con lastre me refiero a la tara que supone guardar en nuestro interior los sentimientos negativos que vamos generando durante nuestra vida.

Dice un poeta: “El ahogar las voces que se elevan en tu interior, llenar tu mente de tanto escombro que Dios no halle sitio para entrar en ella, el no dar al Espíritu una oportunidad adecuada, he aquí el pecado contra el Espíritu Santo.”

Ya que necesitamos ciertas “taras” para vivir en el mundo material, por lo menos deshagámonos de las cargas que solo están ahí para hacernos recordar como fuimos víctimas en tal o cual ocasión de tal o cual situación o persona.

Nos apegamos a nuestro sufrimiento, no porque nos guste sufrir, sino porque disfrutamos estar en el papel del mártir. Es decir, a lo que realmente estamos apegados en esta circunstancia es a la imagen que proyectamos. En este caso disfrutamos de proyectar la imagen de víctima, para que los demás nos consideren como seres de una superior capacidad de sacrificio o algo similar. Lo irónico es que a las personas que nos rodean, poco o nada les afecta o importa el hecho de que carguemos una tara negativa, ya que la misma tiene sus propias, y no considera el hecho de cargar las propias menos meritorio a que el otro cargue las suyas. La consideración de los demás en realidad solo viene a ser lo que yo creo que los demás consideran respecto a mí.

Cuando muramos, no vamos a llevarnos ese resentimiento contra el profesor de primer grado que nos puso en ridículo porque fuimos al colegio con el pantalón puesto al revés. Y si no lo vamos a volver a utilizar, para que lo queremos seguir cargando. Y si es verdad con un resentimiento de hace un montón de años, por que no habría de serlo con el resentimiento que nos generó ayer nuestro hermano por x o z motivo. Todos los sentimientos negativos al final entran en la misma categoría: lastre dispensable. ¿Al deshacernos del mismo, cuánto lugar queda para que nuestro espíritu pueda crecer?

En cuanto a las taras que “necesitamos” para vivir en el mundo material, siempre debemos recordar que estas son solo herramientas, y no un objetivo en sí mismas. A medida que evolucionamos espiritualmente, nos vamos dando cuenta de que no eran tan “necesarias” como pensábamos.

En general, las grandes religiones del mundo recomiendan una vida virtuosa para poder llegar a la presencia de Dios. En esencia, esta vida virtuosa no es otra cosa que amar y respetar a todo y todos los que nos rodean. Algunas religiones dicen que el alma queda “limpia” si se arrepiente de su error, y entonces puede reunirse con Dios o comenzar otra vez.

En teoría, esto es verdad, pero el arrepentimiento es solo el principio de la corrección de un error, y no la solución final. Cuando uno tiene una conducta consecuentemente negativa, tomemos a un ladrón profesional como un ejemplo clarificador (igualmente podríamos tomar a una persona que siempre tiene mala voluntad hacia sus semejantes). El borrón y cuenta nueva no funciona.

Como dijimos antes, lo que se busca es cristalizar en nosotros la fuerza de voluntad y la percepción de unidad con el otro. El arrepentimiento en este caso es solo el primer paso de una serie que nos lleva a redimirnos de esa conducta negativa.

Un siguiente paso sería pedir perdón a la persona agraviada (requiere mucha fuerza de voluntad asumir una posición de humildad para pedir perdón a alguien y adicionalmente se crea una re-unión con dicha persona, al desaparecer el apego que nos separaba). De este modo, fabrico un vínculo que antes destruí.

Un siguiente paso, o más bien una serie de pasos, sería mantenerse alejado de esa conducta anterior. Esto también requiere constante fuerza de voluntad y de estar alerta para no caer en el mismo error. En esto se parece al alcohólico: el hecho de que hoy no haya tomado, no lo ha rehabilitado aun. Cada día deberá hacer nuevamente el esfuerzo requerido para no incurrir en una conducta equivocada. Como almas en evolución, cada día debemos estar alertas para no incurrir en conductas que son retroceso en vez de avance.

Como se puede ver, no tiene sentido arrepentirse un domingo y volver a errar el lunes. No funciona el arrepentimiento en el lecho de muerte, ya que es tarde para completar el proceso de corrección. La virtud es una cualidad que debemos practicar para que cristalice. Esta práctica no funciona en forma automática. Debemos estar alertas cada día para practicarla.

El ser virtuoso requiere esfuerzo para ser conscientes de nuestra actitud, y para mantenerla por un sendero previamente diseñado y ese esfuerzo y esa conciencia es lo que se busca ya que acrecienta la fuerza del espíritu para poder desapegarse a su vez en el mundo espiritual.

No basta con pensar en un hecho virtuoso para que esta virtud sea una cualidad cristalizada en nosotros. Como ejemplo, el hecho de que una persona lea en un libro de álgebra avanzada un ejercicio complicado y la solución correspondiente, no lo hace un experto en álgebra. Para esto es necesario que esta persona haya comenzado por los ejercicios básicos. Obviamente, la lectura de los mismos solamente no basta. Es necesario que la misma practique cada tipo de ejercicio hasta que se le vuelvan familiares (diríamos, hasta que cristalicen en él). De este modo va subiendo de niveles de dificultad hasta que logra completar todo el libro, y solo entonces es un experto en álgebra.

En el caso de la virtud, también debe practicársela, para que se vuelva una cualidad nuestra, para que cristalice en nosotros, solo entonces es algo natural en nosotros. Y así como en el álgebra, en la virtud también hay niveles, y es un ejercicio de toda una vida el ir dominando un nivel y luego otro, etc. ¿Qué tiempo de practicar una virtud tendríamos en el lecho de muerte?

Tampoco son las acciones virtuosas las que nos vuelven virtuosos, sino el espíritu que las guía. Cuando hablamos de amor, hablamos de una cualidad espiritual. El amor es una cualidad espiritual, y el acto de amor hacia nuestro prójimo es solo la revelación superficial de esta cualidad. No es el amor en sí, sino el efecto exterior del amor en nosotros. Lo que deberíamos fomentar en nosotros es la virtud del amor, las acciones virtuosas derivadas de esta virtud son una consecuencia natural del amor interior. Se puede tener una colección de acciones en bien de nuestros semejantes, pero vacías del espíritu del amor. Estas no vuelven virtuoso a su poseedor. Sin amor nada soy, como dice Pablo. Volviendo al álgebra, el lector principiante puede aprender de memoria tres ejercicios (o cien) del último nivel del álgebra, sin por ello ser un experto en álgebra.

En algunas religiones se habla de reencarnaciones. Se menciona como la lógica que cuida el orden de estas reencarnaciones al Karma, (idea de que las acciones de un individuo determinan su destino en cada reencarnación sucesiva).

Lo único que el espíritu no puede aprender como espíritu es el amor (desapego). Para esto necesita encarnarse en un ser físico. Pero el amor no se puede aprender del castigo que uno recibe en el mundo físico. El castigo y sufrimiento que uno recibe son solo efectos secundarios, y no la causa de venir al mundo físico.

Es cierto que con las limitaciones, mayores son los sacrificios que tendrá que hacer un espíritu para satisfacer al ser amado, y por ende mayor el aprendizaje, la cristalización.

Cada espíritu decide en qué circunstancias precisas encarnar, a fin de tener las mejores oportunidades de aprender precisamente lo que requiere aprender.

Es como un ejercicio que hacemos, según una tablilla del entrenador, el cual nos dice que músculo necesitamos entrenar ahora. Esto viene a ser independiente de las experiencias anteriores que se haya tenido, en el sentido de que no son una consecuencia directa de las mismas, sino solamente el complemento a las mismas. De hecho, el aprendizaje de una virtud específica no necesariamente tiene que incluir siempre el mismo conjunto de experiencias. Cada espíritu decide que conjunto de experiencias quiere vivir para un aprendizaje específico.

Los espíritus van tomando las experiencias que precisan en la medida en que estén preparados para tomar esa experiencia. Como analogía, no tendría sentido enviar a un estudiante que terminó el bachiller a tomar un doctorado en alguna materia de la carrera que piensa estudiar. El doctorado viene recién después de que el estudiante este preparado para el mismo.

Por supuesto que queda la pregunta acerca de la justicia. Nos gusta pensar que hay una justicia divina que compense todas las injusticias terrenales. Hablando en un plano espiritual, todos somos igual de perfectos e ilimitados. No puedo imaginarme mayor justicia que esto. Si partimos de la base de que lo único que un alma puede y necesita aprender es el amor, conceptos como la venganza no pueden ser admitidos. Pero cuando hablamos de justicia, nos referimos al castigo que una persona recibe por sus “malas” acciones, lo cual equivale en cierto modo a una “venganza social”. ¿Cuánto del amor aprende la sociedad a través de la “venganza social”? ¿Cuánto del amor habrá aprendido el “ajusticiado” en esa experiencia?

Por otro lado, si tomamos una definición más amplia de la palabra justicia, vemos que dice: dar a cada cual lo que le corresponde. En el caso de una persona que actúa “mal” (una acción que no le permite aprender acerca del amor, básicamente, sería una “mala acción”) recibiría lo que le corresponde en forma automática: no aprendió nada.

Lo que aún queda por explicar es la imagen grande del universo y donde encajamos nosotros en ella. Tomando en cuenta todo lo anteriormente expuesto, podemos decir que la conclusión lógica es que nuestros espíritus individuales evolucionan en su capacidad de percibirse a sí mismos como el Todo (diría normalmente “parte del todo” pero quiero resaltar la unicidad del universo en contraposición con la dualidad a la que da pie utilizar una parte y el todo, como si no fueran lo mismo).

¿Tenemos entonces una "cantidad" de espíritus evolucionando en el tiempo? Este es un error de percepción humana ya que solo nosotros en el mundo físico estamos limitados por el tiempo y solo aquí tenemos la percepción de la multiplicidad. Desde nuestro punto de vista se ve a Dios desde la eternidad en el pasado hasta la eternidad en el futuro y en algún lapso de estas eternidades (puede ser de 1 millón de años o de un billón de billones, da igual) aparecen estos espíritus, evolucionan, llegan a la meta de su evolución (percepción de divinidad) y luego se integran en esa divinidad.

Como dijimos antes, no aparecemos en algún momento, sino que siempre existimos y desde siempre tuvimos la meta de lograr la percepción de nuestra divinidad. La meta en si no la alcanzamos nunca pero sin que esto signifique que no evolucionamos.

Para volver al ejemplo de la célula que desea evolucionar, a medida que se transforma su percepción de ser algo más que una célula, su conciencia pasa de ser la conciencia de una célula a la de un grupo de células, luego es conciencia de ser un hueso, una mano, un brazo, etc. Esto no significa que la célula inicial haya muerto o desaparecido, la misma sigue teniendo conciencia de célula paralelamente a la evolución de la otra conciencia. De hecho, desde el principio no solo existió la conciencia de la célula sino también la del grupo de células, del hueso, de la mano, del brazo, etc. Y todas ellas evolucionaron en su percepción de divinidad, tomando a su vez conciencia de un ente más avanzado, sin que esto signifique que el ente anterior tenga que desaparecer. Esto es difícil de comprender si lo vemos con una óptica individual, pero si lo vemos desde el punto de vista de que somos una única unidad, la idea se torna más accesible.

De este modo vemos que somos espíritus que evolucionamos y al mismo tiempo somos estáticos. La perfección de Dios (en el sentido de su plenitud, de estar completo) consiste en simultáneamente tener todas esas percepciones de sí mismo (célula, grupo de células, hueso, mano, brazo), ya que para él no está una en el pasado y otra en el futuro, una real y otra potencial. Para él, todas son reales simultáneamente. "Evolucionamos” en la medida en que somos capaces de percibir nuestra "celulosidad" paralelamente a nuestra "huesidad", etc. Esto no es más que borrar la barrera que nuestra percepción del tiempo y de la multiplicidad pone a nuestra conciencia.

En relación con cualquier tema que tenga que ver con el espíritu, siempre el factor que más pesa es la fe, sin importar cuán coherente sea el sistema filosófico en el que nos basamos. Esto parece una contradicción. ¿Acaso no sería mucho más fácil el proceso de evolución espiritual si tuviéramos certeza de lo que nos aguarda después de nuestra vida terrena? La respuesta parece ser que no, y está relacionada a los argumentos expuestos anteriormente. Lo que verdaderamente necesitamos es el contrapunto de la fe, que viene a ser la duda. Si tuviéramos la certeza respecto a cualquier filosofía, el libre albedrío quedaría eliminado ya que al haber certeza respecto a un sistema, solamente las indicaciones de ese sistema son factibles de ser tomadas como guía de vida, pues apartarse de ellos significaría, con certeza (con la misma certeza que tenemos de que el sistema filosófico es correcto), perjudicar nuestra evolución espiritual. Toda persona solo quiere lo mejor para sí mismo, y por lo tanto solo podría seguir el camino predeterminado por la filosofía que sigue, aunque esto signifique que tiene que sacrificar su ”parte” del universo físico, etc. Al no haber libre albedrío, pues es un solo camino el que se presenta al individuo, no puede haber un entrenamiento real de la fuerza de voluntad. Al haber certeza de algo todo lo que se haga viene a ser parte de la única vía abierta. Al haber duda, tenemos que decidir, y al decidir dar prioridad a lo que creemos que es correcto por sobre lo que sabemos que queremos es cuando creamos las condiciones necesarias para el entrenamiento que requerimos.

Aquí también es importante acotar que todo lo relacionado a la metafísica, tal cual su nombre lo indica, esta mas allá del plano físico y de los instrumentos de precisión que tenemos para comprobar una u otra teoría. Generalmente todo lo que tenga que ver con la parte subjetiva de nuestro ser no puede ser sometido a pruebas de precisión, y la misma lógica que sirve para resolver problemas de geometría con precisión infalible, en el área metafísica no tiene esa validez por la sencilla razón de que se trabaja en base a premisas de las cuales nunca podemos tener certeza absoluta.

FRASES DEL AUTOR ROBERTO WEISS

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