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LA ILUMINACIÓN ESPIRITUAL
| ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES | DIOS TODO Y ETERNO | AMOR - VERDAD - LIBERTAD - VIDA | 1997 - 2017 |
LA ILUMINACION ESPIRITUAL
ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES

¿QUÉ SABEMOS DEL ALMA?

PATROCINIO NAVARRO

11/05/2017

Grafica '¿Qué sabemos del alma?' Categoria 'Espiritualidad' Palabra 'Alma'

CATEGORIA N° 22 ESPIRITUALIDAD y ALMA

No hay vida, inteligencia, ni sustancia en la materia. La Mente infinita, con sus infinitas manifestaciones, es todo, porque Dios es Todo en el todo. El Espíritu es la verdad inmortal; la materia, el error mortal. El Espíritu es real y eterno; la materia, irreal y temporal. El Espíritu es Dios y el hombre está hecho a su imagen y semejanza. Por consiguiente, el hombre no es material; es espiritual”. (Stefan Zweig)

En el libro El Camino Interno (*), podemos leer lo siguiente: “Durante su encarnación, el alma está en un cuerpo humano para purificarse en el tiempo y el espacio por medio del auto- reconocimiento, con la ayuda de la fuerza divina de Cristo. Después de abandonar el cuerpo físico pasa a los ámbitos de las almas que corresponden a su desarrollo espiritual, es decir, a la forma y medida de su carga, de su ensombrecimiento.

En el alma está grabado y dibujado todo lo que hemos pensado, dicho y hecho en ésta y en otras vidas terrenales. El alma es “el Libro de la vida”.

El ser espiritual puro, es decir, el cuerpo etéreo no ensombrecido, con el llamado núcleo divino o destello divino en lo más interno de sí- nuestro verdadero ser-vive eternamente.

Por medio del acto redentor de Cristo, ha quedado asegurado que cada alma llegará a purificarse y a entrar como ser espiritual puro en los mundos celestiales.

(Hasta aquí la cita)

Más sutil que la material y que la materia astral semimaterial ensombrecida que la envuelve, el alma se encuentra localizada en el centro del cráneo, próxima a la glándula pituitaria. En su interior se halla el núcleo del Ser incargable nuestra esencia divina. E núcleo es nuestro verdadero ser: la imagen y semejanza de Dios, Dios mismo en nosotros, envuelto por esa materia astral, intermedia entre la material y la espiritual pura del núcleo del Ser. Es como si uno poseyese un traje de luz pura y lo fuera manchando (los ensombrecimientos) viajando por un barrizal. Un viaje que puede durar vidas. Una vez liberado de ese barro, el traje puro vuelve a resplandecer. En esencia este es el proceso que todo ser humano está llamado a realizar para recuperar el estado original de su origen divino.

Estas afirmaciones pueden resultarle chocantes a una persona que se considera tan solo un animal que piensa. Por suerte, dentro del proceso evolutivo espiritual del plan divino, dejamos atrás en los mundos celestiales hace incontables millones de años, el estadio de animal espiritual y el estadio de ser de la naturaleza espiritual antes de nuestro engendramiento por medio de una pareja dual a través de los cuales Dios nos otorgó la filiación divina que nos hizo a Su imagen y semejanza. Así obtuvimos nuestro núcleo del ser. Eso fue antes de la Caída, y a pesar de los que defienden que su abuelo era un simio, como suele ser la manera de pensar de una persona materialista. Esta no cree tener alma, ni origen divino, sino tan solo intelecto como “organizador de pensamientos” y considera a su cerebro como fuente de sensaciones y emociones debidas a procesos químicos que se desarrollan en un cuerpo material.

Una persona fanática religiosa, por su parte, habla del creacionismo bíblico. Sin embargo, tanto el materialista como el fanático religioso suelen aceptar al “personaje” Jesús, el carpintero de Nazaret, un hijo del pueblo y el Hijo primogénito de Dios, como un sabio de naturaleza elevada. ¿Y qué dice Jesús al respecto?

Origen del cuerpo material

Según enseña el propio Cristo, el cuerpo material es el resultado de un proceso de condensación debido al progresivo alejamiento de Dios desde el momento de la Caída. Siempre tuvimos forma humana, pero originalmente nuestra alma era pura, etérea y su corazón, como siempre, el núcleo del ser. La condensación hizo posible la aparición de la materia y nuestra encarnación en ella para poder sostenernos como almas en este plano y tener en este refugio de la Tierra la posibilidad de reconocer nuestra condición, purificar nuestros ensombrecimientos, e iniciar así el camino de vuelta a Casa. Este refugio, sin embargo, no es eterno.

Quien no cree en su condición espiritual, quien supone que somos una materia inteligente por sí misma, no se plantea la existencia del alma y aunque viva portando sus efectos, como sensibilidad, inteligencia intuitiva, conciencia del bien y del mal no aprendidas, nostalgia de infinito, deseo de inmortalidad, sentimientos elevados estéticos o espirituales – aunque no les den ese nombre- y otros efectos, vive ignorando llevar dentro de sí la clave de sus acciones, de su vida y de su pasaporte a la eternidad. Esto limita mucho su visión del mundo.

Pequeña muerte, Más Allá, Chakras, energía personal

Nuestra alma, con sus capas astrales, se proyecta fuera del cuerpo cuando dormimos y es la misma con la que nos dirigimos al Más Allá cuando morimos físicamente, una vez roto el cordón de plata que nos une al cuerpo físico y que nos permite viajar cada noche para tomar energía del lugar que nos corresponde. Ese Más Allá inmediato- a diferencia del Reino de los siete Cielos- se compone de planetas astrales a donde uno se dirigirá según su grado de vibración energética hasta que sea capaz de retornar al Hogar Celestial. La vibración personal está determinada por el tipo de pensamientos, sensaciones, sentimientos, palabras y actos de nuestra existencia terrenal. Esta vibración energética también determina el color y el sonido de nuestras envolturas astrales.

En las 7 capas o envolturas se encuentras los 7 centros de conciencia (chakras para los orientalistas) que son puertas de entrada de la energía espiritual y de distribución de esta energía en el organismo a través del sistema nervioso mientras estamos encarnados. Y estas puertas pueden estar más o menos abiertas o cerradas, dependiendo de la evolución espiritual de cada uno. De ese grado de apertura dependerá la cantidad y calidad de energía que nos llegue al sistema nervioso y al organismo y que determinará nuestra salud o enfermedad, pues la energía proveniente de los alimentos, del agua y del aire, no es suficiente si nuestros estados de conciencia son contrarios a las leyes de Dios y de la Naturaleza.

A medida que se produce el reconocimiento de lo negativo y la purificación del yo inferior, se van disolviendo las causas del alma, haciéndose más y más sutil la materia astral y produciéndose mayor claridad en la conciencia por ir recibiendo mejor la energía espiritual que impulsa a la evolución hacia la perfección. Eso determina nuestro nivel de consciencia.

Consciente y subconsciente

La consciencia se compone de consciente y subconsciente. El nivel consciente es el nivel del entendimiento, la capacidad de razonar, el intelecto, el recuerdo, la consciencia de nuestra vida cotidiana. Es el nivel de comprensión de las experiencias que pertenecen al ámbito mental. Es el territorio de la mente.

El nivel subconsciente es el territorio que la mente se prohíbe a menudo analizar por diversas razones. Una de ellas es el miedo a encontrarse con lo demasiado humano de uno mismo. El miedo a sí mismo es algo bastante común. Muchos prefieren ignorarse y huir hacia delante. Y lo que se rechaza es “archivado” en las capas profundas del cerebro. Se trata de cosas de la vida pasada o actual olvidadas, pero sin superar y reprimidas. Sin embargo, siempre terminan por hacer su aparición y debemos enfrentarnos a su contenido, que al fin y al cabo es algo que nosotros hemos puesto ahí aunque no lo queramos ver. Reprimir es negativo, porque todo lo que se reprime se manifiesta antes o después con mayor fuerza o como golpes del destino.

Nuestra herencia genética

En el alma se graban todas nuestras experiencias a lo largo de diversas vidas, pues el alma, como energía autoconsciente, no puede perderse. Esas experiencias de cada existencia conforman energéticamente los propios genes, influyen así en la configuración genética de nuestros descendientes, y a la vez, de nosotros mismos en un futuro, pues siempre nacemos en un campo genético afín a nosotros. Así que podemos ser esa persona que amarillea siglos después en una vieja foto del árbol genealógico familiar y con la que coincidimos, incluso, en ciertos rasgos físicos. Somos hijos de nuestras obras, y nadie es culpable de nuestro destino. Aceptar esto produce inmediatamente la conciencia de la responsabilidad personal y el rechazo a la idea de que siempre son los otros los responsables de nuestros infortunios, enfermedades hereditarias, etc. Por tanto, los genes no son algo estático, sino dinámico y cambiante a lo largo de la vida de cada persona en función de su modo de pensar, sentir y actuar.

Así que uno puede venir al mundo con una determinada configuración genética y mejorarla o empeorarla a lo largo de una sola existencia. Eso es algo, sea cual sea su signo, con lo que tendrá que cargar en la existencia siguiente. Los genes son compañeros inseparables de nuestro estar en el mundo, y un material que heredaremos en las próximas existencias a través de una familia humana con parecidas características, que son las que nos permitirán poder encarnar en un nuevo cuerpo físico hasta que, tras las existencias que determinemos, volvamos a Casa definitivamente.

(*) Libro citado: “El Camino Interno”, de Universelles Leben.
El contenido de este escrito se basa en esos conocimientos.



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