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LA ULTIMA GUERRA DE LA ILUSTRACIÓN

Patrocinio Navarro

5/10/2016

CATEGORIA: Sociedad

Todas las guerras están organizadas por hombres cultos, algunos hasta con premios Nobel de la paz (para mayor escarnio) que con argumentos de tan estudiado verbo como falaces contenidos envenenan mentes, cuerpos y almas para que, envenenadas, se parezcan a las suyas.

Conocer no es saber. La ilustración no da sabiduría, solo conocimientos que mal orientados van y vienen, y se olvidan cuando no se convierten en la carne y la sangre de uno.

Titulados en las mejores universidades del mundo firman órdenes de ejecución o de movilización sin que les tiemble el pulso, porque los conocimientos mal orientados han oscurecido su conciencia, pero por suerte para nosotros, por sus frutos se conoce al árbol.

En estos días los hombres ilustrados de Europa y Norteamérica han hecho estallar la guerra en el norte de África como lo vienen haciendo a diario en otros frentes y antes en otros, como en otros mañana si pudieran. Y siempre hacen los mismos las mismas crueldades organizadas.

Los hombres ilustrados de la política, de las finanzas, de la industria tecno-militar, con la bendición de los obispos castrenses y el apoyo de sus loros parlantes en los medios de falsificación de noticias, empujan a la guerra. Y mientras miran las pantallas de sus televisores son tan indiferentes ante las muertes del enemigo como en el fondo de su corazón ante las de su propio bando. De lo contrario no podrían soportar el sentimiento de culpa.

Demos la palabra a dos conocidos pacifistas

Guy de Maupassant: “Un artista hábil en esto, un asesino genial, Moltke, respondió un día a los delegados de la paz las siguientes extrañas palabras: “La guerra es santa, de institución divina; es una de las leyes sagradas del mundo. Sustenta en los hombres todos los grandes, los nobles sentimientos, el honor, el desinterés, la virtud, el valor, y les impide, en una palabra, caer en el repugnante materialismo”

Así, reunirse en rebaños de cuatrocientos mil hombres, caminar día y noche sin descanso, no pensar en nada, ni leer nada, no ser útil a nadie, pudrirse en la suciedad, acostarse en el fango, vivir como el bruto en una estupidez continua, saquear las ciudades, quemar las aldeas, arruinar los pueblos, encontrar después otra aglomeración de carne humana, caer sobre ella formando lagos de sangre, llanuras de carne apilada, montones de cadáveres, perder los brazos o las piernas, ser muerto sin provecho para ningún nacido, mientras que vuestros viejos padres, y vuestros hijos perecen de hambre: he ahí a lo que se llama no caer en el más repugnante materialismo”.

Tolstoi: “ Pero ¿cómo los hombres que se creen ilustrados pueden propagar la guerra, contribuir a su establecimiento, tomar parte en ella y lo que es aún más terrible, sin exponerse a los peligros de la guerra, empujar y enviar al combate a muchos infelices hermanos engañados?

Estas gentes mal llamadas ilustradas ( aun sin hablar de la ley cristiana si es que la profesan), no pueden ignorar todo lo que fue y lo que está escrito, todo lo que se dijo y quedó dicho de la crueldad, de la inutilidad y de la barbarie de la guerra.
Si esas gentes son llamadas ilustradas, es justamente porque saben todo eso. La mayor parte han escrito o hablado del asunto. Sin mencionar la Conferencia de La Haya, acogida con la aprobación general, y de los libros, folletos, artículos de periódicos y discursos en que se considera la posibilidad de resolver las diferencias internacionales por medio de un tribunal internacional, los hombres ilustrados no pueden ignorar que además del gasto loco, insensato, de millones, es decir del trabajo de los hombres para el sostenimiento de la guerra y sus preparativos, en la guerra misma perecen miles de hombres.

Las gentes ilustradas no pueden ignorar que los pretextos de las guerras son siempre tales que no valen la pena de que por ellos se gaste una sola vida humana, ni siquiera una centésima parte de los medios gastados actualmente en la guerra. La lucha por la emancipación de los negros costó a los Estados Unidos más que hubiera podido costar la compra de todos los negros del Sur.

Saben todos lo principal: Que las guerras provocan en el hombre las pasiones más bajas, más groseras, le depravan y le embrutecen. Todos los hombres que se llaman ilustrados saben esto. ¡Y de repente, la guerra estalla! Y todo esto es olvidado instantáneamente, y hasta los hombres que el día antes demostraban la crueldad, la inutilidad y la locura de las guerras, hoy no emplean sus pensamientos, sus palabras y sus escritos sino en loe medios de matar a hombres, despilfarrar, de aniquilar la mayor cantidad de trabajo humano, de atizar todo lo posible las pasiones y el odio en esos hombres pacíficos y laboriosos que con su trabajo alimentan, visten y mantienen a esos mismos hombres –llamados ilustrados- los cuales, en cambio, les obligan a cometer actos terribles contrarios a su conciencia, al bien y a la religión”.

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