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LA HIPÓTESIS DE DIOS

Leon Gil

7/25/2016

CATEGORIA: Dios

LA HIPÓTESIS DE DIOS

De: La Diversidad de la Ciencia (Editorial Planeta, Bogotá, 2007), de Carl Sagan

Pues bien, esas brillantes páginas pertenecen al capítulo 6, titulado La hipótesis de Dios; y constituyen lo que a mi modo de ver es uno de los más lúcidos y a la vez humorísticos argumentos expuestos por un escéptico para refutar y; necesariamente, ridiculizar un vasto conjunto de las supuestas pruebas de la existencia de Dios que a menudo son esgrimidas por sacerdotes, teólogos y creyentes en general. Son unas páginas; reitero, para mí antológicas, que tratan acerca de la intervención de Dios en las “pequeñas cosas” humanas. Dicen:

¿Por qué, en todo caso, es necesaria la intervención de Dios en la historia humana, en los asuntos humanos, como prácticamente cualquier religión cree que sucede? Que Dios o los dioses bajan y dicen a los humanos: “No, no hagas esto, haz esto otro, no olvides eso, no reces de esta manera, no veneres a nadie más, mutila a tus hijos del modo siguiente”. ¿Por qué hay una lista tan larga de cosas que Dios le dice a la gente que haga? ¿Por qué Dios no lo hizo directamente todo bien? Si uno pone en marcha un universo, puede hacerlo todo. Puede ver todas las consecuencias futuras de su acción. Persigue un objetivo determinado. ¿Por qué no lo deja todo listo de entrada? La intervención de Dios en los asuntos humanos habla de incompetencia, y no me refiero a incompetencia a escala humana. Está claro que todas las opiniones de Dios lo hacen mucho más competente que el más competente de los humanos, pero eso no dice nada de su omnicompetencia. Lo que dice es que hay limitaciones.

Así pues, llego a la conclusión de que los argumentos de la teología natural sobre la existencia de Dios, como estos que he mencionado, no son muy convincentes. Van a remolque de las emociones, esperando alcanzarlas. Y sin embargo, es perfectamente posible imaginar que Dios, no un dios omnipotente o un dios omnisciente, sino un dios razonablemente competente, podía haber dejado pruebas absolutamente claras sobre su existencia.

Intentaré dar unos cuantos ejemplos. Imaginemos que en todas las culturas hay una serie de libros sagrados que contienen unas cuantas frases enigmáticas que Dios o los dioses dicen a nuestros antepasados y que éstos deben transmitir al futuro sin cambios, que es muy importante hacerlo con exactitud. Bien, hasta aquí no hay gran diferencia con las circunstancias reales de los supuestos libros sagrados. Pero supongamos que las frases en cuestión fueran frases que actualmente pudiéramos comprender, pero no en aquel momento.

Ejemplo sencillo: el Sol es una estrella. Nadie lo sabía en, digamos, el siglo VI a.J.C., cuando los judíos estaban en el exilio en Babilonia y conocieron la cosmología babilónica a partir de los principales astrónomos de la época. La ciencia babilónica antigua es la cosmología que todavía se conserva en el libro del Génesis. Supongamos en cambio que la historia fuera: “No lo olvidéis, el sol es una estrella”, o “No lo olvidéis, Marte es un lugar oxidado con volcanes. Marte, ¿conocéis esa estrella roja? Es un mundo. Tiene volcanes, está oxidado, hay nubes, había ríos. Ya no los hay. Lo entenderéis más adelante. Confiad en mí. De momento, no lo olvidéis”. O: “Un cuerpo en movimiento tiende a permanecer en movimiento. No penséis que los cuerpos tienen que ser empujados para seguir moviéndose. Es justo lo contrario, en realidad. Más adelante entenderéis que, si no hay fricción, un objeto móvil seguirá moviéndose”. Podemos imaginarnos a los patriarcas rascándose perplejos la cabeza, pero al fin y al cabo era Dios quien les hablaba.

Así pues, lo copiarían obedientemente y ése sería uno de los muchos misterios de los libros sagrados que después pasarían al futuro hasta que reconociésemos la verdad, hasta que viésemos que nadie en aquel tiempo podía haber sabido aquello y, por tanto, deducir la existencia de Dios. Pueden imaginarse muchos casos así. ¿Qué les parece: “No viajarás a mayor velocidad que la luz”? Muy bien, se puede argüir que no había riesgo inminente de que nadie rompiera este mandamiento. Habría sido una curiosidad: “No entendemos de qué va éste, pero los demás los acataremos”. O: “No hay marcos de referencia privilegiados”. O ¿qué tal algunas ecuaciones? Las leyes de Maxwell en los jeroglíficos egipcios, o en caracteres chinos antiguos, o en hebreo antiguo. Y que todos los términos eran definidos: “Esto es el campo eléctrico, esto es el campo magnético. No sabemos qué son, pero los copiaremos y, más adelante, seguro, llegarán a ser las leyes de Maxwell o la ecuación de Schrödinger”. Cualquier cosa de este tipo habría sido posible si Dios hubiese existido y si hubiera querido que tuviésemos pruebas de su existencia.

O en biología. ¿Qué les parece: “Dos cadenas entrelazadas contienen el secreto de la vida”? Podrían decirme que los griegos ya lo sabían a causa del caduceo*. En el ejército americano todos los médicos llevaban el caduceo en la solapa, y también lo utilizaban las distintas mutuas de seguros médicos. Está relacionado, si no con la existencia de la vida, al menos con su conservación, pero hay muy poca gente que lo utilice para decir que la religión correcta es la de los griegos antiguos porque tenían un símbolo que sobrevive al examen crítico posterior.

En este asunto de las pruebas de la existencia de Dios, si éste hubiera deseado darnos alguna, no tenía por qué limitarse a ese método, en cierto modo cuestionable, de hacer declaraciones enigmáticas a sabios antiguos y confiar en que sobrevivieran. Dios podría haber grabado los Diez Mandamientos en la Luna. Muy grandes. Diez kilómetros de extensión para cada mandamiento. Y nadie lo podría ver desde la Tierra pero, de pronto, un día se inventarían los telescopios o las naves espaciales se acercarían a la luna y allí los encontrarían, grabado en la superficie lunar. La gente diría: “¿Cómo ha podido llegar esto aquí?” Y entonces habría varias hipótesis, la mayor parte de las cuales serían francamente interesantes. ¿O por qué no un crucifijo de cien kilómetros de envergadura en la órbita de la tierra? Sin duda Dios podría hacerlo, ¿no es así? Tras haber creado el universo, una cosa tan sencilla como poner un crucifijo en la órbita de la tierra habría sido perfectamente posible. ¿Por qué Dios no hizo cosas de este tipo? O, dicho de otro modo, ¿por qué Dios tenía que ser tan claro en la Biblia y tan oscuro en el mundo? Creo que se trata de un asunto serio. Si pensamos, como sostiene la mayoría de los grandes teólogos, que la verdad religiosa sólo se produce cuando se da una convergencia entre nuestro mundo natural y la revelación, ¿por qué esta convergencia es tan débil cuando habría podido ser fácilmente más sólida? Así pues, para concluir, me gustaría citar las primeras líneas del Ensayo sobre los Dioses, de Protágoras, del siglo V a. J. C.: Sobre los dioses no tengo medio de saber si existen o no existen ni qué aspecto tienen. Muchas cosas me impiden saberlo Entre otras, el hecho de que nunca nadie los ha visto.

*Caduceo: símbolo de la clase médica, consistente en un bastón alado rodeado por dos serpientes entrelazadas.

NOTA SUPERFLUA: El texto anterior parecería ser un golpe demoledor y definitivo para cualquier partidario de cualquier religión existente; pero la experiencia ha demostrado de sobra a través de los siglos que la cabeza de un fanático; de la índole que sea, no es una cabeza cualquiera, pues simplemente parece estar hecha a prueba de todo. La claridad y contundencia de estos argumentos no le impresionaran o perturbarán en lo más mínimo. Todo lo contrario, en lugar de la confusión y el asombro esperados, lo más factible es que esboce una burlona y soberbia sonrisa mientras menea la cabeza y acto seguido comienza su consabida perorata sobre la pequeñez del intelecto humano, lo inescrutables que son los caminos y designios de dios, del eterno y absoluto libre albedrío divino, etc.

O sea que; a pesar de la seriedad y profundidad de estas consideraciones, no pasarán de ser un simple y ocioso divertimento compuesto para solaz de ateos agnósticos y escépticos y; por qué no, como una humilde y “bendita” vindicta contra toda la potencial y de hecho perniciosa y fatídica horda de creyentes y fanáticos de la índole que sea.

Y; por supuesto, no cabe esperar que la solución para esta triste condición humana provenga de la intervención divina; pues para los Pablos de la ignorancia y el fanatismo no hay caballo ni caída que valgan. Tal vez en un futuro no muy distante la neurocirugía y la ingeniería genética hagan el bienaventurado y venturoso milagro.

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