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¿IGUALES A QUIEN?

Patrocinio Navarro

CATEGORIA: Crecimiento

¿Qué es exactamente la igualdad? ¿Tener todas las mismas riquezas? ¿Poseer los mismos tipos de objetos? ¿Vivir en casas iguales? ¿Vestir de la misma manera? ¿Tener las mismas comodidades? ¡Cuántas variantes podríamos pensar sobre aquello que consideramos el mundo material! Pero ¿cuántos de nosotros queremos eso mismo que quieren tantos otros? Ni todos viviríamos en el mismo tipo de viviendas, ni consideramos como buenas las comodidades que otros prefieren, ni tenemos- ni queremos tener siquiera– los mismos gustos, los mismos valores, la misma sensibilidad, y hasta ni siquiera las mismas posesiones de dinero o bienes.

No obstante, oímos hablar de igualdad a los políticos si son socialistas. Igualdad de derechos sociales, igualdad ante la Ley. El primer párrafo de la Declaración Universal de los Derechos humanos dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. ¿Qué gobierno reconoce esto en la práctica? Efectivamente: ni vemos en ninguna parte una sociedad sin clases sociales ni donde todo el mundo tenga los mismos derechos o sea igual a todos ante la Ley, como tampoco se hace caso del resto de los Derechos humanos que se supone están ahí para igualarnos como humanidad.

Se nace rico o pobre, en países desarrollados o subdesarrollados, varón privilegiado o hembra que será sirvienta del varón, etc. Lo que sí vemos realizada entonces y muy bien organizada es la desigualdad. Esto nos lleva a preguntarnos por qué no somos iguales en valoración personal, social y demás, y es entonces cuando nos encontramos con que existen muy variadas razones, las principales de ellas las genéticas. Cada uno tiene unos genes particulares que determinan desde el color de su pelo hasta su sexo, su salud, sus inclinaciones y preferencias, etc. Esto es muy importante a la hora de ser como somos. No es casual tener unos u otros genes, sino que nuestro campo genético lo vamos construyendo y modificando mediante nuestros modos de pensar, sentir y actuar, modelando así nuestra constitución genética existencia tras existencia. Lo que somos genéticamente es el resultado final de procesos espirituales, de los trabajos del alma en cada encarnación. Esto nos diferencia lo suficiente a unos de otros para que no seamos todos iguales en lo que concierne a nuestro cuerpo físico y a nuestro carácter y temperamento. Eso influye grandemente en nuestros intereses intelectuales, estéticos, espirituales, sociales o de cualquier otro tipo. Nosotros mismos determinamos así nuestra evolución genética mediante nuestras actuaciones espirituales.

El nacer en una familia o en otra, en un país rico o pobre es debido a dos razones como explica el cristianismo originario: el karma y porque existen afinidades genéticas, lo que a la vez que hace posible nuestra concepción “ingresando” en el campo genético de lo que llamaremos “nuestra familia”, se le suman asuntos pendientes de otras existencias que tendremos la oportunidad de solucionar entre los miembros de esa familia, tan distinta por su parte a otras familias vecinas, amigas, etc. en costumbres, aspiraciones, actitudes, etc.

En resumen: nadie es igual a nadie, ni siquiera cuando sean hermanos gemelos.
Entonces ¿qué clase de igualdad es posible?

Si uno desea ser igual a quien considera perfecto, ¿a qué modelo imitar? ¿Existe acaso algún modelo humano? Sin duda en este mundo no existe la perfección, sino – como mucho- reflejos de la verdadera perfección, que es la perfección divina. Dios es perfecto y nos creó perfectos. Fue nuestra rebelión contra la perfección de Dios lo que nos hizo finalmente imperfectos. Dios nos creó perfectos, pero no clones, pues uno se siente más inclinado hacia el orden, el otro hacia la sabiduría, las emociones espirituales, la creatividad, etc. Cualidades y virtudes diferenciadas para servir al mismo Dios, el poseedor en alto grado de todas las cualidades y virtudes: orden, voluntad, sabiduría, seriedad, paciencia, amor y sabiduría.

Desde nuestra desigualdad inicial positiva el ego que nos fuimos construyendo nos condujo a tanta desigualdad negativa como conocemos mediante nuestro pensar, sentir, hablar y actuar contrario a nuestro Creador desde el inicio mismo de la Caída.

Sin embargo, Dios nos ama a todos por igual, pero Su Amor solo pueden sentirlo quienes aman de corazón.

Dios nos ama a todos por igual, pero Su sabiduría la otorga sólo a aquellos que desean volver a casa, como el hijo pródigo del Evangelio.

Dios nos ama a todos por igual, pero Su energía sólo fluye en un sentido ascendente en quienes Le entregan el resultado de sus acciones.

Entre los seres humanos no hay en última instancia más desigualdades que las que determina su capacidad de amar. Y eso de amar es una decisión propia que no puede imponernos nadie, ni siquiera El Creador del Amor, que nos creó como seres del amor respetando nuestra libertad.

La igualdad de todos ante Dios es esencial, pero la gran tarea que cada uno tiene pendiente es el trabajo de ser igual a sí mismo, de conquistarle al ego el territorio perdido por el ser puro que fuimos en los Cielos. Se trata de regresar como el Hijo Pródigo. Hasta entonces el ego nos arrastrará de vida en vida experimentando toda suerte de desigualdades. Lo estamos viendo, nos basta con mirar alrededor.

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