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LA ILUMINACION ESPIRITUAL - ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES - DIOS TODO Y ETERNO - AMOR - VERDAD - LIBERTAD - VIDA

EL SACRIFICIO

Omraam Mikhael Aivanhov

CATEGORIA: Espiritualidad

Cada reino de la naturaleza (mineral, vegetal, animal, humano...) tiende a acercarse al reino superior.

Las piedras son las más antiguas en la Tierra, son inertes, insensibles, sin ninguna posibilidad de moverse, ni tampoco de crecer. Por eso su ideal es el de llegar a ser plantas. El ideal de las plantas es el de llegar a ser animales. Están enraizadas y no pueden desplazarse ni experimentar sentimientos como los animales; por eso desean despegarse del suelo y moverse. Pero sus células pueden evolucionar entrando en el cuerpo de un animal. Para ellas no hay otro medio de evolución que el de sacrificarse dejándose comer o quemar. El ideal de los animales es el de llegar a ser hombres, el ideal de los hombres es el de llegar a ser ángeles, y el de los ángeles es el de llegar a ser arcángeles o divinidades.

Cada categoría de seres posee unas cualidades que la categoría precedente no posee. Cada una tiende, pues, a acercarse a la siguiente, a sobrepasar el grado que ya ha alcanzado. Antes de convertirse en ángel, el hombre debe primero llegar a ser un Maestro, porque el Maestro establece la conexión entre el mundo de los hombres y el mundo de los ángeles. Cuando os dije hace unos días que el ideal del hombre no es cumplir la voluntad de Dios, estabais extrañados, porque eso parecía contradecir lo que os había dicho hasta entonces. En realidad, la predestinación del hombre es, en primer lugar, estudiar, conocer, comprender. Únicamente los ángeles saben cumplir la voluntad de Dios. Cumplir esta voluntad es, pues, nuestro ideal lejano; nuestro ideal actual, inmediato, es estudiar: eso es lo primero que se nos pide. El cumplimiento de la voluntad divina es para los ángeles.

En búlgaro ángel se dice «anguel». Fuego se dice «ogan», y cordero «agné». Si relacionamos las palabras «ogan» y «agné», comprenderemos muchas cosas. Comprenderemos por qué Cristo, el Hijo de Dios, era comparado con el Cordero que debía ser sacrificado antes de la creación del mundo. ¿De dónde viene esta tradición? En el pasado, cuando querían construir una casa, tenían la costumbre, en ciertos países, de regar los cimientos con la sangre de un cordero para que la casa fuese sólida y estuviese bien protegida. Era para recordar a todos que antes de la creación del mundo hubo que hacer el sacrificio de un cordero, o de un ser vivo, para edificar esta construcción sobre unas bases sólidas.

Cristo es el Cordero divino, el espíritu del amor que atrae, acerca, sostiene, y fue puesto como base de la creación; fue sacrificado, inmolado, impregnó la materia de este edificio. Él es la conexión, el cemento que mantiene la cohesión del universo. Por todas partes, en las piedras, en las estrellas, es este amor el que sostiene el armazón. Si el amor desaparece, nuestro cuerpo también empieza a disgregarse, porque es el amor el que une todas las células. El amor es el gran secreto del universo.

Igual que el Cordero se ofreció en sacrificio, el hombre debe también sacrificarse. Por eso los Iniciados nos piden que ofrezcamos nuestro cuerpo y nuestro corazón en sacrificio a Dios. Pero todavía no se ha comprendido el verdadero sentido del sacrificio, que representa la manifestación más alta, la más noble, la más divina. No encontraréis en ninguna parte del universo un acto que supere al sacrificio; es el Omega, la última letra, no hay otra. Jesús vino para pronunciar esta última letra. Otros vendrán después de él para realizar, para aplicar, pero no añadirán nada que pueda superar al sacrificio; el sacrificio seguirá siendo durante toda la eternidad el acto más sublime.

Muy pocos comprenden lo que es el sacrificio. A menudo, oís decir: «¡Me he sacrificado!» Pero, ¿se trataba verdaderamente de un sacrificio? Os daré un criterio para que podáis saberlo, pero sólo podréis utilizarlo al principio para vosotros mismos, no para los demás, porque, a menos que seáis Maestros o clarividentes, es imposible saber si alguien se sacrifica verdaderamente o si sus actos contienen un elemento egoísta, interesado. El verdadero sacrificio es un gesto, un movimiento, un pensamiento, o un sentimiento, absolutamente desinteresados. Si probáis a analizaros, constataréis que en la mayoría de los casos se han infiltrado los cálculos de la naturaleza inferior en lo que habíais creído que era un acto desinteresado. Y es en eso precisamente en lo que debéis trabajar, porque la verdadera evolución sólo empieza para el hombre el día en que éste llega a actuar de manera impersonal y desinteresada.

Observad al niño. Exige, llora, grita, amenaza; no piensa ni en su padre, ni en su madre, ni en sus hermanos y hermanas. Todo el mundo debe obedecerle, y es terrible, ¡a veces un verdadero tirano! Dice: «¡Vamos!, ¿Qué hacéis? Estáis aquí para ayudarme, porque tengo que crecer. Yo tengo mis ideas, quiero convertirme en el rey del mundo». Da pataditas, aprieta sus pequeños puños y no quiere aceptar las explicaciones de nadie. ¡Qué fuerza, qué decisión!... Está resuelto a luchar contra todo el mundo, sin doblegarse y sin obedecer.

Naturalmente, se lo perdonan, y todos están a su alrededor para satisfacer sus caprichos. Pero, cuanto más crece el niño, más se da cuenta de que el mundo no es exactamente como él se imaginaba y que se le exigen pequeñas cosas: que lleve agua a su viejo abuelo, que haga algunas cositas; le enseñan también a lavarse y a colocar sus vestidos... Sin embargo, no se trata todavía de sacrificios; los niños obedecen por un caramelo, o por una chocolatina, porque se les promete siempre una recompensa si son buenos, y trabajan por los regalos.

Y llega el día en que el niño va a la escuela en donde se encuentra con otros niños como él, y empieza a pensar. Se da cuenta de que debe cambiar sus métodos, que debe hacer concesiones, porque está obligado a frecuentar a otros niños, a hablarles, a jugar con ellos. A veces saca su pañuelo para secarse unas lágrimas; pero, aunque acabe cediendo, tiene una idea en la cabeza... Pasan los años y un día toma un bolígrafo, un papel bonito, y empieza a escribir un poema: jura que está lleno de un amor impersonal... Pero no le creáis, porque, en el fondo, como acabo de deciros, siempre hay una idea oculta, incluso para él.

Finalmente, este niño se ha convertido en un adulto; tiene, a su vez, hijos, y entonces es cuando empieza a hacer verdaderos sacrificios para alimentarles, para vestirles e instruirles. Sin embargo, si lo analizáis más, veréis que este sacrificio no es muy puro todavía y que contiene motivos ocultos: los hijos crecerán y quizá se conviertan en gente importante; los padres envejecerán, estarán expuestos a las enfermedades, y quizá necesiten una ayuda, etc... Salvo en muy raros ejemplos, en el fondo siempre hay un cálculo.

Si verdaderamente profundizáis en vuestro análisis, veréis que, en realidad, el sacrificio no existe: siempre hay un cálculo detrás, si no es un interés material, grosero, es, al menos, un interés más sutil: el de avanzar, instruirse, perfeccionarse. La diferencia reside solamente en que, en el segundo caso, este interés, que es espiritual y puro, no ocasiona ningún perjuicio a nadie, y hasta es un bien para el mundo entero, mientras que en el primer caso el interés es satisfecho en detrimento del de los demás.

Existen, pues, dos clases de interés: uno de ellos sólo concierne al hombre, a su personalidad, y raramente es benéfico para los que le rodean. Mientras que el otro es tan amplio, tan vasto, que abarca los intereses de toda la colectividad. Y este interés es aceptado por la Fraternidad Blanca Universal. Nunca os acusarán si estáis llenos de interés por la sabiduría, por el amor, por la paz, por la pureza, por la bondad, porque estas virtudes nunca perjudican a nadie: no hacéis daño, no destruís, no perturbáis la evolución colectiva del organismo cósmico, al contrario. Pero si manifestáis un interés puramente egoísta, debéis saber que todavía estáis lejos de la evolución divina tal como los Iniciados la conciben. Debemos analizar todo lo que hacemos, todo lo que pensamos, todo lo que sentimos; debemos someterlo todo a examen y buscar el interés que se esconde detrás. ¡Veréis que muy pocas cosas resistirán este examen aunque parezcan impersonales y puras!

Y ahora, si queréis saber en qué casos es verdaderamente vuestro Yo superior el que se manifiesta, lo sabréis muy fácilmente, es una sensación que no puede engañaros. Sí, lo sabréis según la sensación que experimentéis. Tenéis, por ejemplo, el deseo de dar algo a un amigo... Pues bien, si al dárselo sentís una alegría pura y sin reservas mentales, es que vuestro Yo superior es el que se manifiesta. El símbolo del Yo superior es el Sol, y el del yo inferior es la Tierra. Mirad el Sol: da, da sin cesar, mientras que la Tierra toma sin cesar. He ahí la filosofía de la Tierra y la filosofía del Sol. Éste es un fenómeno que volvemos a encontrar por todas partes en la existencia. En una familia, por ejemplo: los padres dan siempre, alimentan, visten, educan e instruyen a sus hijos, mientras que el hijo toma, come y se ensucia. ¡Ahí tenéis otra vez a la Tierra y el Sol! Pero la Tierra llegará a ser un día un Sol, y el hijo, que será más tarde padre o madre, se convertirá también, a su vez, en un Sol.

¿Y el discípulo? ¿y el Maestro?... El Maestro puede ser comparado con el Sol, porque el Maestro da al discípulo, le instruye, le protege, trata de educarle y enriquecerle espiritualmente, mientras que el discípulo es exactamente como la Tierra: toma. Diréis: «¡Pero ésta es una filosofía del discípulo muy inferior!» No, es completamente normal, es un estadio por el que debe pasar primero; después, lo mismo que la Tierra, se convertirá en un Sol. Pero ahí pensáis, sin duda, que mis palabras contradicen toda la astronomía, porque habéis leído que dentro de algunos miles de años la Tierra se enfriará y morirá. No, no se conoce muy bien este terreno. La astronomía está todavía en pañales y los astrónomos deben aprender aún, porque, de momento, sólo se han quedado en la apariencia, en la superficie de las cosas.

La Tierra no va hacia su fin; en realidad, es lo contrario lo que sucede. La Tierra es un niño muy joven todavía que bebe, come, toma; es una chiquita, pero crecerá, se volverá cada vez más cálida y luminosa, y un día será un Sol. Esto es lo que nos enseña la verdadera ciencia. Podéis creer a los astrónomos si queréis, pero lo que nosotros sabemos, lo sabemos bien. Más tarde, la Tierra crecerá y se convertirá en un Sol, porque la luz y el calor –es decir, el amor y la sabiduría- que sin cesar recibe del Sol, se acumulan en sus profundidades y transforman poco a poco su materia. Pero, evidentemente, habrá que esperar aún millones de años, porque esta transformación no puede hacerse de un solo golpe. La Tierra es una fruta que debe madurar, y cuando esta fruta esté madura, miles de seres la comerán. Sí, un día la Tierra se volverá suculenta, mientras que, de momento, es verde, ácida y áspera. Por eso se dice de ella que es un valle de lágrimas y de sufrimientos: porque es todavía una fruta verde y sus zumos son amargos e indigestos.

El Sol hace sin cesar un inmenso trabajo sobre la Tierra con el amor (su calor) y la sabiduría (su luz); y la Tierra, que absorbe y digiere este calor y esta luz, comunica a los seres que la habitan todas las nuevas cualidades que adquiere de esta manera. A medida que la Tierra evoluciona, la humanidad también evoluciona. ¿Cómo? Pues porque los minerales y los vegetales se transforman a medida que la Tierra evoluciona. La Tierra introduce, a lo largo de los siglos, nuevas cualidades y virtudes en las piedras y las plantas, porque la Tierra toma las fuerzas que vienen del Sol y las envía a las plantas. Por eso los hombres y los animales, que comen esta vegetación y que están continuamente en contacto con los minerales y los metales, se ven obligados a transformarse. La humanidad no puede evolucionar, pues, como ella quiera: su evolución depende de la de la Tierra, está aferrada a ella, atada a ella; si la Tierra no evoluciona, la humanidad tampoco puede evolucionar, porque nadie puede desprenderse súbitamente de la Tierra para irse al Sol. Únicamente los seres excepcionales logran desprenderse de esta dependencia de la Tierra.

El discípulo es como la Tierra: debe digerir el alimento que el Maestro le da y hacerlo trabajar dentro de él para nutrir a los minerales, las plantas, los animales y los hombres. ¿Y dónde se encuentran en él los minerales, los vegetales, los animales y los hombres? Son los sistemas óseo, muscular, circulatorio y nervioso. Sí, todo está ahí, dentro de él, e igual que la Tierra, el discípulo debe ocuparse de alimentar a todos aquéllos que lo habitan. Los alimenta con el amor y la sabiduría.

Los científicos, claro, nunca aceptarán esta teoría. Dirán: «¿Qué nos cuenta? ¡Esto son pamplinas! Según nuestras investigaciones científicas, las plantas nacen de esta manera... mueren de esta otra...» En realidad, si estudiáis cómo suceden las cosas en la naturaleza, si observáis tan sólo un árbol: cómo se forma el brote, después la flor, después el fruto, y cómo al final sólo queda la semilla que resume el árbol entero, sabréis entonces lo que sucede en los planetas, porque las leyes que rigen la vida de los planetas las volvemos a encontrar exactamente en la vida en la Tierra. Sí, no estamos obligados a ir a los planetas para estudiarlos, porque todo está reflejado en la Tierra en miniatura.

Sólo los grandes Iniciados poseen los medios para conocer directamente cómo se desarrolla la vida en los otros planetas; se reúnen y, mediante el poder del pensamiento y de la palabra, proyectan a uno de ellos al espacio; le envían allí con la misión de ir a hacer estudios «in situ», y cuando vuelve cuenta lo que ha visto. Después envían a otros para verificar y comparar las observaciones. Un gran número de seres han sido enviados al espacio de esta manera y todos han traído las mismas informaciones sin ninguna contradicción. De esta forma, los Iniciados han edificado una ciencia que mantienen secreta. Para tener acceso a esta ciencia sólo hay una llave mágica: el sacrificio puro, el puro desinterés; sólo éstos pueden abrir la entrada. Si mantenemos dentro de nosotros un interés malsano y egoísta nunca podremos penetrar esta ciencia para conocer la realidad de las cosas.

Fue precisamente después de estas expediciones por el espacio que, al observar la Tierra, los Iniciados constataron que todo lo que existe arriba tiene su correspondencia abajo.

Por eso Hermes Trismegisto dijo: «Abajo es como arriba, y arriba es como abajo». Y cuando Jesús decía: «Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo», repetía la misma fórmula. La Tierra está tan ligada al Cielo que sigue todos sus movimientos; es como la novia que sigue por todas partes a su amado, o como el niño que no puede dejar que su madre vaya a ninguna parte sin correr detrás de ella. La Tierra sigue todos los movimientos del Cielo, todas sus vibraciones y trepidaciones, todos sus movimientos más imperceptibles.

Debéis trabajar con el sacrificio. Cuando actuamos con desinterés somos invadidos por un gozo inmenso que no se puede comparar con ningún otro gozo en la Tierra. Diréis: «Pero comer es un gozo, una felicidad, un placer; y también divertirse, fumar, besar a una mujer...» Desde luego, hay gozos de todas clases, pero no existe ninguno todavía que supere el gozo del sacrificio: dar. Pero hay que poder hacerlo sin reservas. Si sentís una reticencia es señal, justamente, de que vuestro acto no es impersonal. Muchos hacen como este hombre que rezaba un día a San Nicolás; se encontraba en la orilla de un río que quería atravesar y decía: «San Nicolás, si me ayudas a atravesar el río, te daré mi caballo». Pero una vez en la otra orilla dijo: «Oye, tú estás en el Paraíso, no necesitas mi caballo», y se lo quedó para él.

Los hombres prometen, pero después les tiembla la mano, porque dar es difícil. Esta duda es la que os puede permitir juzgar la naturaleza exacta de vuestros actos: si al dar sentís un poco de tristeza y de pena, es que no sois desinteresados; mientras que si dais con un gozo inmenso, es que es vuestro Yo superior el que se manifiesta. Sí, el Yo superior se expresa en el desinterés. Pero por el momento es inevitable que en el hombre el Yo superior y el yo inferior se manifiesten juntos: el Yo superior, que da como el Sol, y el yo inferior, que toma como la Tierra. Pero el yo inferior será un día como el Yo superior.

Cuando un ser sabe privarse por otro, prueba que ya no es un niño. Si pretendéis ser mayores que los demás, si pretendéis ser más evolucionados y más grandes, os diré: «Entonces, probadlo sacrificándoos más». Si alguien sabe hacer el sacrificio de su tiempo, de su salud, de su dinero y de sus conocimientos, es porque es el más evolucionado. Por eso, cuando el discípulo ha pasado años aprendiendo junto a un Maestro, debe llegar a ser, a su vez, como su Maestro y dar sin cesar su calor y su luz. Entonces, el gozo que siente al dar lo supera todo, y ni siquiera tiene necesidad de ninguna otra recompensa.

Todo el mundo se extraña de que un Maestro trabaje gratuitamente, porque parece tiempo perdido y fuerzas gastadas tontamente. Todos aquéllos que piensan así han aceptado la filosofía del yo inferior, y por eso no encontrarán ni el gozo ni la felicidad: no se pueden encontrar el gozo y la felicidad en el egoísmo, está prohibido. Pensáis que cuando sacrificáis algo lo perdéis; no, al contrario, es entonces cuando ese algo os pertenece. Sólo las cosas que habéis sacrificado os pertenecerán, lo demás no os pertenecerá nunca. El bien que habéis hecho al sacrificaros os seguirá, correrá tras vosotros hasta el fin de los tiempos.

El gozo puro, profundo, sólo podéis saborearlo si sabéis dar sin pedir nada, sin esperar nada. Por otra parte, entonces os darán también seguramente y, si os dan, tanto mejor, pero no debéis esperar nada. El día en que seáis capaces de este desapego, sentiréis un gozo inmenso. Cuando la madre puede privarse de un trozo de pan para dárselo a su hijo, ¡preguntadle si sufre! Sonríe divinamente.

Jesús sabía el trabajo que harían un día sus discípulos que comían junto a él y bebían sus palabras; sabía que este trabajo sería tan impersonal y desinteresado como el suyo, porque conocía los grandes misterios de la propagación de las simientes. Cada simiente da un fruto de su especie; el sacrificio era la simiente con la que Jesús alimentaba a sus discípulos y no podía dar otro resultado que el puro sacrificio. Cuando una madre da a sus hijos el ejemplo del sacrificio, éstos se ven impulsados, más tarde, a actuar como ella. Cuando han visto cómo les alimentaba y cuidaba, cómo se levantaba por la noche sin escatimar esfuerzos, sin quejarse, aunque sean egoístas, algún día se verán obligados a imitarla, porque su madre será para ellos el símbolo del sacrificio que vivirá eternamente en su alma.

Y vosotros, al vivir junto a un Maestro que os da el ejemplo del sacrificio perfecto en la felicidad y en el gozo, estáis obligados a reflexionar y a preguntaros de dónde vienen esta felicidad y este gozo. Pues bien, justamente, de su desinterés; y, con el tiempo, todos sus discípulos se volverán como él, porque la simiente que introduce en ellos es la del puro amor, y se reproducirá eternamente. Ésta es una simiente que la Logia negra nunca puede arrancar; ha tratado de aniquilarla en todas partes en donde había en el mundo Escuelas iniciáticas y focos de amor desinteresado, pero no lo ha conseguido porque esta raíz es muy resistente. El amor de un Iniciado es, pues, como una simiente que entra en sus discípulos, y, un día, estos discípulos serán como su Maestro.

Procurad desde ahora hacer actos desinteresados y veréis que una fuente maravillosa brotará dentro de vosotros. Porque la fuente es eso: el desinterés. La fuente es también una imagen del Sol. Los otros representantes del Sol en la Tierra son el aire, que se deja comer y beber, y el árbol, que da frutos. El discípulo debe llegar, pues, a ser como el aire, como la fuente, como el árbol. Si tenéis una fuente dentro de vosotros, una fuente que brota, agua que mana, es que vuestro Yo superior está ahí, presente, y se manifiesta. Pero si estáis secos y áridos, es que vuestro Yo superior, el Sol, no está ahí, la fuente no está ahí, el árbol no está ahí, y no podéis saborear el verdadero gozo, porque el gozo es un don del Sol, del árbol, de la fuente.

El secreto del gozo es dar, sin pesar ninguno y sin segundas intenciones. Aquéllos que pueden lograrlo son los más privilegiados: han comprendido el sentido de la vida, pueden ser padres y madres. Todo el mundo sabe que existen padres, madres e hijos, pero nadie ha pensado nunca en todo lo que podemos descubrir en esta sencilla imagen de la familia. ¿Por qué hay padres y madres? El padre, la madre y el hijo son un resumen de toda una enseñanza. El que ya está maduro y puede dar a los hombres frutos para comer, éste es padre y madre. Pero, el que no piensa más que en sí mismo y no puede dar nada es todavía un niño. Puede ser en apariencia padre o madre en el plano físico, pero es sólo una apariencia y el mundo invisible no le considera así.

Ser un padre o una madre es un alto ideal a alcanzar, pero ser un niño no es un ideal. El ideal es ser primero un padre o una madre para poder después llegar a ser un niño. Pero todavía no sois capaces de comprenderme... Si sois un fruto, podéis después llegar a ser una semilla, tenéis derecho a ello; pero si todavía no habéis llegado a ser un fruto y ya queréis convertiros en una semilla, es imposible, porque las semillas vienen después del fruto, y para dar este fruto hay que ser padre y madre, hay que ser capaces de amor impersonal. El ideal es, pues, llegar a ser primero padres o madres para poder traer el hijo al mundo, es decir, el sacrificio, el fruto impersonal del padre y de la madre que saben lo que hacen. Todos aquéllos que no han llevado a cabo una acción impersonal, no han traído aún ningún hijo al mundo, porque todavía no están maduros.

A los trece o catorce años, el niño llega al periodo de la pubertad. La pubertad es una fase de transformación del ser humano: antes era egoísta y personal, y ahora se vuelve capaz de producir, es decir, de hacer también sacrificios. Antes de llegar a la pubertad el niño es incapaz de hacerlos, es como una tierra estéril que debe siempre tomar. Pero, después de la pubertad, es capaz de producir frutos físicamente y psíquicamente. Por eso puedo deciros que si no tenéis esta fuente que brota dentro de vosotros, es decir, si vuestro amor no es puro y desinteresado, todo estará seco y no daréis cosecha, no tendréis ni flores ni frutos, seréis un desierto, una tierra árida. ¿Y quién quiere frecuentar una tierra árida?

Nadie, salvo los Iniciados y los ascetas.

¿Y sabéis por qué los sabios se van al desierto? Pensáis que es para estar solos, para tener paz. No, por primera vez os diré la verdad sobre esta cuestión. Es el mundo invisible el que les empuja hacia los desiertos diciéndoles: «Vosotros sois fuentes, sois Soles, ¡id pues a estos lugares yermos para que en ellos fluya la vida y renazca un día una cultura y una civilización!» Todos los Iniciados son mensajeros enviados por el Cielo para vivificar los lugares en donde antaño florecieron brillantes civilizaciones y ciudades espléndidas y que, a causa de las faltas cometidas por los hombres, ahora ya no son más que ruinas enterradas bajo las hierbas o las arenas. Todo está muerto. Entonces envía Dios a estas fuentes y a estos Soles: los Iniciados. Les dice: «Id, vivid allí, meditad, rezad para que un día el agua fluya de nuevo y que estas tierras se conviertan otra vez en vergeles.» Por eso los Iniciados y los ascetas van a los desiertos. No es sólo para alejarse de los humanos, como imagináis; y quizá ni ellos mismos lo sepan, quizá obedezcan a una fuerza secreta que les empuja, pero la verdadera razón os la revelo aquí.

Si me habéis comprendido hoy, por nada del mundo renunciaréis al gozo que se recibe de una acción impersonal. Todos pueden tratar de compraros diciendo: «Dejad vuestro trabajo desinteresado, venid con nosotros y tendréis dinero, gloria, poder», responderéis: «Me importan un comino vuestro dinero, vuestra gloria y vuestro poder. No quiero perder el gozo inmenso que me da el trabajo desinteresado por este ideal divino del verdadero sacrificio. Lo que queréis ofrecerme me hará perder un gozo que ahora ya nunca me abandona; ¡no lo quiero!» Todos pueden experimentar la verdad de mis palabras.

Cuando dan algo, la mayoría de los hombres quieren que se sepa, quieren que se escriba en los periódicos y que el mundo entero hable de ello. Pero aquéllos que han comprendido el verdadero sentido del sacrificio no malgastarán su gozo diciendo: «Yo soy el que ha dado eso... Sin mí estaríais perdidos...» Analizaos y descubriréis que es imposible alegrarse actuando así; mientras que haciendo el bien secretamente recibís un gozo inmenso. Si todavía no habéis experimentado este gozo, eso no habla a favor vuestro, sino que prueba, al contrario, que sois niños que todavía tienen necesidad de tomar, niños que ni siquiera ha llegado al estadio de la pubertad: las semillas aún no están formadas, sois estériles y no se puede sacar nada de vosotros. Las verdades eternas están inscritas en todos los fenómenos de la vida. Es de ahí, y hasta de los más pequeños acontecimientos de la existencia, de donde los Iniciados extraen su ciencia y su filosofía.

Podemos emplear todos los medios para buscar otros gozos y otras dichas, pero no los encontraremos, porque fuera del sacrificio no existe la felicidad. ¿Por qué? Porque los otros placeres, los otros gozos, no poseen estos tres elementos: la fuerza, el calor y la luz. Todo gozo que no os refuerza, que no os dilata y no os instruye es un gozo efímero. Y el mundo entero está sumergido en estos gozos efímeros. Todavía no se conoce el gozo inalterable al que nada puede destruir. El verdadero gozo, el que nada ni nadie puede quitaros, es el gozo de sacrificarse, de trabajar para el Reino de Dios; yo no conozco otro. Por eso bebo ahora en esta fuente que es inagotable y que no deja ni penas ni lamentos. Dios nos permite beber en esta fuente, sin cesar, todos juntos.

Si tuviese más tiempo, podría revelaros aún muchas cosas.

Normalmente, una de las más grandes tristezas de los hombres es desaparecer sin dejar hijos, y no es por casualidad. En el pasado, una familia que no tenía hijos estaba verdaderamente perdida para la opinión de los demás. ¡Leed el Antiguo Testamento! La mayor alegría de un padre, incluso en el momento de morir, es el pensamiento de que deja unos hijos nobles e inteligentes. Está orgulloso y, desde el otro mundo, se glorifica pensando: «¡He dejado sucesores!» Por eso también la mayor tristeza de un árbol es la de no tener frutos. Todos los árboles que no son árboles frutales se encuentran en un grado inferior de evolución y, si queréis dar gusto a un árbol, diréis: «Mi querido arbolito, te deseo con todo mi corazón que te conviertas en un árbol frutal.» Al oíros, el árbol se estremecerá de placer, porque esto es lo que desea, su ideal es llegar a ser un árbol frutal. Con mayor razón sucede lo mismo para los grandes Maestros. La mayor alegría de un Maestro es tener discípulos buenos e inteligentes con los que pueda presentarse ante los jefes de la Fraternidad Blanca Universal diciendo: «¡Estos son mis hijos!… ¡éstas son mis hijas!»

Todos aquéllos que no han comprendido el valor del sacrificio se preparan tristezas y penas. Estamos llamados a ser padres y madres, si no físicamente, al menos espiritualmente. Debemos, pues, prepararnos, debemos superar el estadio de la pubertad, debemos dar nuestra vida al Cielo y decir: «Trabajaré, de ahora en adelante, para el Reino de Dios y abandonaré los placeres y los gozos pasajeros que no me aportan nada.» Y, cada vez más, haremos sacrificios: sacrificaremos el tabaco, el alcohol, la carne, los juegos... y muchas otras cosas más... ¿Por qué? Para liberar las fuerzas espirituales que están limitadas y esclavizadas por estos hábitos, porque son estos hábitos lo que impiden que el hombre dé frutos. Mirad el árbol: cuando está invadido de insectos no puede dar frutos y debemos librarle de ellos con insecticidas. Librad igualmente vuestro cuerpo, vuestro corazón y vuestra voluntad de todos estos placeres insensatos que están aspirando el jugo que debería alimentar a vuestro Yo superior. No podéis dar frutos ni hacer sacrificios porque albergáis a otros seres dentro de vosotros que beben y agotan vuestras fuerzas. Debéis desembarazaros de estos insectos y de estas orugas.

El libro de la naturaleza está abierto cada día ante vosotros y podéis leer en este libro las maravillas de la ciencia y de la sabiduría eterna que el Creador ha escrito en cada piedra, en cada rama, en cada estrella. ¿Por qué no las comprendéis? ¿Por qué vuestros ojos no os sirven para ver y vuestros oídos para oír? Porque estáis ocupados con gozos y placeres que os lo impiden. Cuando os decidáis a hacer el sacrificio de estos gozos y de estos placeres, desprenderéis unas fuerzas formidables, vuestros ojos se abrirán y podréis ver lo que está escrito en el libro de la naturaleza. He ahí el secreto.

Os encontráis, a veces, ante cuestiones incomprensibles para vosotros y decís: «¡No lo puedo comprender! ¿Por qué? ¡Hay otros que lo comprenden!» Respondeos a vosotros mismos: «Es porque todavía tengo gozos y placeres inferiores que me quitan las fuerzas. Por eso no me quedan para mis ojos interiores.» No hay otra explicación para vuestra incapacidad de ver. Vuestras fuerzas deben ser liberadas para que puedan ir a otra parte a despertar a otras células. Pero los hombres son ignorantes y dicen: «Voy a saborear otra vez este placer, porque, si renuncio a él, moriré privado de gozo.»  ¡Qué ignorancia! Al contrario, ¿Sabéis qué gozos os esperan? El ser humano, cuanto más renuncia a los gozos pasajeros, más le invade el verdadero gozo. El que pueda hoy comprender lo que os revelo cambiará completamente su vida, porque esto no son sólo palabras, es la realidad. De momento, ni los sabios ni los filósofos conocen el verdadero origen de nuestras debilidades y de nuestros vicios, y dan toda clase de explicaciones que no son verídicas. La explicación de nuestras debilidades es que alimentamos a unos seres que nos agotan.

Debemos desembarazarnos de estos indeseables.

¿Pero cómo se comprenden las cosas?... Un amo le decía un día a su sirviente: «Celestino, mire estos sillones, ¡cuánto polvo! -¡Ah! No me extraña mucho, señor, hace ya tres semanas que nadie se ha sentado encima.» Esperaba, pues, que alguien viniese a sentarse en los sillones para quitarles el polvo. Es una explicación rara, pero muchas explicaciones en la vida se parecen a ésta.

Cuando un chico le dice a su amada: «Te quiero tanto que moriría por ti», es estúpido, ¿qué ganaría ella si él muriese? Debe decir: «Viviré para ti». Así es como debemos comprender el amor. Pero los hombres tienen miedo del amor impersonal porque lo confunden siempre con la pena, la tristeza, la muerte. Es una comprensión errónea. El amor es la vida, y en el amor puro todo está contenido, no hay ninguna privación. Algunos me compadecen y dicen: «¡Pobre! ¡Se priva de todo!» Pero yo les compadezco doblemente, porque, en realidad, son ellos los que se privan de todo al no haber escogido más que unos pocos placeres pasajeros. Y ésta es la verdadera privación. Mientras que en mi vida hay de todo, he hecho una elección formidable.

Yo no predico la muerte, sino la vida, y la vida bien comprendida, justamente. Es la luz la que aporta la vida y el amor. El Cielo no nos pide que nos matemos, sino que afinemos nuestros placeres, que los hagamos más sutiles, más puros. E incluso aquéllos que pasan su tiempo con los libros, ¿acaso creéis que son más evolucionados? No es leyendo libros como se hacen los más grandes descubrimientos, sino leyendo libros vivos y, sobre todo, nuestro propio libro. El mejor libro está con nosotros, a nuestro alrededor, dentro de nosotros, pero, de momento, la gente lee en las bibliotecas, y cada vez comprende menos. El hombre no ha sido enviado a la Tierra para estar en las bibliotecas y olvidarse de todo lo demás. Su mujer y sus hijos son unos libros magníficos, pero él no los lee nunca. Lee enciclopedias y revistas, se pasa los días subrayando pasajes y tomando notas, le gusta eso, y, sin embargo, sigue siendo desgraciado. ¿Por qué?... Pero cuando os hablo así de los libros y de las bibliotecas, no me comprendáis mal. Conocí a una mujer muy rica que no leía nunca ¡por miedo a estropearse la vista! No es esto lo que os aconsejo; si no leéis absolutamente nada, tampoco está bien.

Nunca os he dicho que teníais que reducir o suprimir vuestros gozos y vuestros placeres, sino solamente que teníais que afinarlos o reemplazarlos por otros gozos y placeres más grandes. Y entre todos los gozos que existen, el más grande no es oír música, pintar o leer, sino el de sacrificarse y trabajar con desinterés para el Reino de Dios. No existe gozo más grande, pero el sacrificio y el gozo verdaderos sólo son para los seres muy evolucionados.

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