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LA ILUMINACIÓN ESPIRITUAL
| ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES | DIOS TODO Y ETERNO | AMOR - VERDAD - LIBERTAD - VIDA | 1997 - 2017 |
LA ILUMINACION ESPIRITUAL
ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES

EL BIEN Y EL MAL

OMRAAM MIKHAEL

28/06/2017

Grafica 'El bien y el mal' Categoria 'Espiritualidad' Palabra 'Bien'

CATEGORIA N° 16 ESPIRITUALIDAD y BIEN

En la vida, todos esperan… Vosotros también esperáis, ¿pero qué? ¡Hay tantas cosas que esperar! Pero, debéis saberlo, mis queridos hermanos y hermanas, lo más maravilloso que podemos esperar es fundirnos en la inmensidad, en el Alma universal, para tener, por fin, la plenitud, para vivir la vida de Dios. Ésta es la mejor espera, la única que nunca nos traerá decepciones. Cuando Dios nos creó, depositó en nosotros todas las posibilidades para que llegásemos a esta plenitud. ¿Y dónde están estas posibilidades? En el pensamiento. Por eso hay que habituarse, cada día, a conectarse con Dios con el pensamiento y, sobre todo, a amar este trabajo.

En el hombre están todas las posibilidades, pero éste las ignora, porque nunca se las han revelado, y no se sirve de ellas, busca en otra parte, fuera. Y fuera sólo puede encontrar medios para actuar sobre la materia, pero no para transformarse interiormente, para actuar sobre su alma y su espíritu. Sobre nuestro cuerpo, sí, podemos trabajar con medios externos, materiales, pero, para unirnos a Dios, sólo encontramos medios dentro de nosotros, mediante el pensamiento. Por eso el discípulo de una Escuela iniciática procura despertar todas las posibilidades que Dios ha depositado en él.

Hace un rato, meditando, tuve el deseo de daros otro método de trabajo. Supongamos que os guste la belleza, o bien la inteligencia, y deseéis obtenerla. Tratad de concentraros imaginándoos tal como quisierais ser, contemplad durante unos minutos a este ser que queréis llegar a ser, y sentiréis aumentar vuestro gozo, vuestra confianza y vuestra vitalidad, como si saboreaseis de antemano lo que un día llegará a suceder. Durante diez, veinte minutos, imaginaos que lo que deseáis ya se ha realizado; contemplaos en la luz, junto a Dios, haciendo cosas magníficas. El pensamiento, que prepara de esta manera el terreno, os conducirá, cada vez más, a la realización de lo que deseáis.

Claro que habría muchas cosas que añadir, y, en primer lugar que hace falta ser guiados, instruidos por un Maestro, para no extraviarse o desencadenar cosas que, cuando se realicen, os hagan gritar en lugar de dar gracias al Cielo. No hay que hacer este ejercicio sin saber muy bien lo que se hace. Existen sociedades ocultas que preconizan este método de visualización para obtener lo que deseamos, pero sin explicar lo que puede suceder si estos deseos son demasiado personales y egoístas, si transgreden las leyes de la naturaleza, si van en contra del orden divino. Dicen solamente: «Haced esto… haced aquello…» y la gente lo hace. Pero después, ¡lo que les viene encima! Por eso, este consejo solamente es benéfico y válido si vuestros deseos son divinos, si son buenos para el mundo entero y no sólo para vosotros. Porque, debéis saberlo: todo se realiza, y ahí está el peligro. Diréis que no veis este peligro. Pero, justamente, ¿quién dice que, si vuestros deseos se realizan, no vais a sufrir porque no hayáis sabido prever las complicaciones que se van a derivar de ellos, porque no habéis estudiado bien las relaciones entre estos deseos y las leyes de la naturaleza y de la vida, porque no os habéis preguntado qué producirían al realizarse?…

El método que os doy es bueno, pero necesita explicaciones y aclaraciones. Yo os aconsejo que visualicéis durante unos minutos lo que os gustaría ser, y ya tenéis a uno que se imagina que es un gran conquistador, que se cubre de gloria y se ve mandando y destruyendo a sus enemigos… Y otro, al que le gusta mucho el dinero, se imaginará que por todas partes afluyen vagones de oro hacia él y que se atiborra, come, bebe y se lo permite todo… Ya se ve con tiendas y sucursales, arruinando a sus competidores y reinando exclusivamente en el mercado… No es eso lo que os aconsejo, ¡pero así lo comprendéis!…

Pero debo atraer aquí vuestra atención sobre un fenómeno inevitable, o casi. Cuando tenéis deseos muy elevados, muy espirituales, provocáis a vuestra naturaleza inferior, que suscita en vosotros fuerzas contrarias. ¿Por qué? Porque en vosotros, como en todo ser humano, la naturaleza divina no está absolutamente separada de la naturaleza inferior.1 ¿Dónde habéis visto que las ramas de un árbol no tengan ninguna comunicación con sus raíces? Lo que deseamos de magnífico arriba despierta en las raíces del ser unas fuerzas y unos deseos contrarios. Es como si toda una delegación se presentase al cerebro del hombre que ha tomado resoluciones divinas para convencerle de que no tenga prisa, de que renuncie a estas resoluciones o, incluso, de que actúe en sentido contrario. ¡Cuántas cosas misteriosas suceden en las profundidades del alma humana! Sí, teníamos deseos divinos, pero, poco a poco, otros elementos se han infiltrado y han logrado desviarlos.

Claro que para el discípulo, que tiene la costumbre de analizarse y de estar vigilante, las argucias de la naturaleza inferior, que trata de introducir sus representantes en la asamblea de los santos y de los profetas, arriba, en la cabeza, tienen éxito mucho más difícilmente, porque, al mismo tiempo que trabaja, que medita, que construye, el discípulo pone a su alrededor a seres que vigilan y que le protegen. Ahí tenéis a un discípulo evolucionado: ha tomado precauciones. Por otra parte, en la Francmasonería primitiva, que estaba basada en una ciencia verídica, se representaba al masón (maçon=albañil) trabajando con una paleta en una mano y una espada en la otra para defenderse. Es algo simbólico. El masón que construye con la paleta es un símbolo del discípulo: al mismo tiempo que trabaja, otro ser, en él, representado por la espada, vigila y mira, como con un proyector, para estar seguro de que, aprovechando la oscuridad, no traten de infiltrarse algunos enemigos en la fortaleza para invadirla.

Sin extenderme mucho más sobre la vida interior del discípulo, os diré simplemente esto: desead lo que queráis, cread con el pensamiento lo que queráis, pero, al mismo tiempo, estudiad bien vuestros deseos y vuestros proyectos, porque, si son demasiado personales, si no vibran en armonía con el orden establecido por Dios en toda la creación, entrarán en conflicto con las leyes divinas, con existencias, con entidades, con todo un orden vibratorio, y no conseguiréis nada. O bien, si lo conseguís, será todavía peor. En tales condiciones es mejor que no lo consigáis. El fracaso os habrá al menos evitado toda clase de decepciones y de accidentes de los que os escaparéis gracias a que no habéis logrado lo que queríais. Es preferible no tener éxito en nuestros malos designios porque, si no, las consecuencias kármicas son inextricables. Queríais vengaros de alguien, queríais matarle, pero habéis fallado el golpe y abandonáis… ¡Tanto mejor! No pagaréis tanto como si lo hubieseis logrado, porque este éxito os habría hecho contraer una deuda formidable.

¿Acaso la gente se para a estudiar todas estas cuestiones? No; sin embargo, ése es, justamente, el lado sutil de la vida del discípulo. Está metido en la vida y debe tomar conciencia de todo lo que sucede. Come, bebe, respira, actúa y, si no se da cuenta de todo lo que sucede en él, a su alrededor y dentro de él, evidentemente, no es muy bueno que digamos. Un discípulo debe saber por qué está en la Tierra, por qué tiene un cuerpo, lo que este cuerpo representa, y cómo debe comportarse para llevar todas las cosas hacia el bien. Yo también me he visto obligado a darme cuenta de todo lo que sucede a mi alrededor y dentro de mí, a preguntarme por qué estoy en la Tierra y lo que esperan de mí. Además, todo el mundo llegará, un día, a plantearse esta cuestión.

Cuando se plantea sinceramente esta cuestión, el discípulo ve cómo se descubre ante él todo un mundo nuevo: se da cuenta de que las cosas no suceden exactamente como él se imaginaba, que existe por encima de él un orden más poderoso que él, en el que nada puede cambiar, y que debe, pues, someterse, ponerse de acuerdo con él. Por mucho que se oponga, que se rebele, que dé cabezazos o patadas, las leyes son inmutables, y acaba comprendiendo que debe aceptar ir de acuerdo con estas leyes. Éste es el comienzo de la verdadera evolución. No hay que imaginarse que somos fuertes y poderosos cuando nos enfrentamos al orden divino. Algunos se imaginan que dan prueba de una gran autoridad porque son capaces de rechazar este orden y de actuar como les parece. Sí, pero ¿por cuánto tiempo? Todos los seres más inteligentes que existen y que han existido descubrieron que hay leyes a las que el hombre debe someterse; y los verdaderos poderes empezaron a manifestarse en ellos cuando comprendieron y aceptaron estas leyes.

Os daré un ejemplo para mostraros lo que le sucede a aquél que trabaja solamente con la personalidad, es decir, con sus propios medios. ¿Qué valen estos medios? No mucho. Imaginad a un hombre que se va a un país extranjero, y allí proclama: «Soy el representante de Francia; reuníos, que suene la marcha militar, rendidme honores; voy a explicaros las razones de mi visita…» Se reirán de él y hasta quizá le encierren en alguna parte. Nadie le reconoce, porque sólo trabaja con sus propios medios. Pero, ahí tenéis ahora a un embajador enviado por Francia; aunque sea pequeño, enclenque y canijo le reciben con grandes honores: suenan las marchas, desfilan los soldados, todos se inclinan ante él, porque viene de parte de Francia; y como Francia es grande, rica y reconocida, es a Francia a la que rinden estos homenajes, y no a este buen hombre insignificante que sólo se distingue por algunas medallas o condecoraciones. Lo mismo le sucede a un hombre que no se conforma al orden divino y que se presenta con su propia autoridad ante las fuerzas luminosas de la naturaleza: ni estas fuerzas ni los Iniciados le reconocen, y le preguntan: «¿De dónde vienes? ¡Muéstrame tus credenciales!» Y, como no tiene nada, le expulsan.

El discípulo es aquél que reconoce que existe un mundo mucho más poderoso, más rico y más bello que el suyo; así que se somete y se convierte en un servidor: quiere aprender, quiere trabajar de acuerdo con los proyectos de este mundo superior y ejecutar su voluntad… Entonces todo cambia: le dan unos papeles, unas insignias, todo aquello que necesita, dispone de medios formidables, pero ya no son sus propios medios, porque viene en nombre del Señor y todo el mundo está detrás de él para sostenerle.

Los humanos obcecados que no han comprendido esta ley continúan jugando a ser capitostes, y por eso no tienen los verdaderos poderes. Mientras que el discípulo verdaderamente inteligente ve cómo son las cosas en realidad y se dice: «¡Qué tonto he sido de querer interpretar estos papeles! Ahora voy a dejar de actuar de esta manera y voy a someterme al orden divino.» Entonces empieza a disponer de medios que ya no son los suyos, sino los del cosmos entero, los de la naturaleza entera, porque se ha convertido en uno de sus representantes. Así que, ¿veis?, el que se obstina en trabajar sólo con su personalidad estará a la merced de sus propias fuerzas, que van a disminuir cada vez más, mientras que el discípulo que ha comprendido se volverá cada vez más fuerte, porque dispone de todo un capital cósmico, divino.

Cuando os hablaba hace un rato, sentía que estabais verificando instantáneamente la veracidad de mis palabras, y os oía decir: «¡Qué verdad es lo que dice! ¡Cuántas veces he tenido deseos magníficos, desinteresados, divinos, pero, al cabo de algún tiempo se ha infiltrado en mí algo que los ha hecho desviar! ¡De dónde ha venido eso?» De la otra naturaleza que todos llevamos en nosotros… Y esto ha sucedido porque no teníais las cosas claras, porque ignorabais que pueden infiltrarse en vosotros elementos contrarios. Hubierais debido eliminarlos, o bien utilizarlos –porque lo podemos utilizar todo- pero los humanos no saben ni desembarazarse de las cosas negativas, ni utilizarlas.

Ya os lo dije, hay dos escuelas: la del bien y la del mal. En la escuela del bien aconsejan rechazar todo lo malo, con la esperanza de que, actuando así, estaremos salvados. En la escuela del mal, luchan contra el bien, imaginándose que llegarán a aniquilarlo. En realidad, existe una escuela muy superior, muy por encima de las del bien y del mal, porque sabe utilizarlas a ambas. Sí, se sirve igualmente del mal, pero en dosis homeopáticas, para llegar a obtener unas realizaciones formidables; no rechaza nada, sino que enseña: «Puesto que el mal existe, es que Dios permite su existencia, porque, si no, hace ya mucho tiempo que habría desaparecido; si todavía existe es porque hay una razón para ello.» Sí, si el mal aún existe, es porque tiene su razón de ser. Así que, ¿para qué luchar? ¿Por qué imaginarse que llegaremos a destruirlo? No aniquilaremos el mal. Hay, pues, otra solución.

Y, sobre todo, no os imaginéis que si Dios ha dejado que se manifieste el mal en el mundo es porque no consigue vencerlo y necesita que los humanos vengan a ayudarle. Quizá os asombréis de la filosofía que os voy a presentar, pero os diré que el mal es necesario y hasta indispensable para los trabajos de la naturaleza, porque ésta sabe cómo servirse de él. Es como en los laboratorios que necesitan venenos para fabricar unos medicamentos muy poderosos. El mal es un veneno que puede matar a los débiles y a los ignorantes, pero, para los fuertes e inteligentes es una panacea, les cura. Ésta es la filosofía de la tercera escuela: utilizar el mal.

Algunos luchan sin cesar y con esta lucha acaban destruyéndose a sí mismos, sin llegar a resolver el problema, porque el mal sigue existiendo. Entonces, ¿por qué luchar? ¿No es mejor aprender a utilizar el mal? Responderéis: «¡Pero la moral no lo permite!» Bueno, reflexionad. En una guerra, ¿qué hacen con los prisioneros? En vez de matarlos, los ponen a trabajar. En la antigua cultura exterminaban a los enemigos que habían hecho prisioneros y entonces no les quedaban obreros, puesto que los hombres del país estaban en la guerra, mientras que ahora los ponen a trabajar. Ésta es una manifestación nueva de los humanos que yo comprendo e interpreto. Quizá sea en ellos algo instintivo e inconsciente, pero ya es un signo de los tiempos. Eso muestra que empiezan a saber servirse de lo malo para realizar los planes de Dios.

He abordado una cuestión muy delicada y muy difícil. Siempre se ha aconsejado luchar contra el mal, pero la nueva filosofía, os lo profetizo, ya no enseñará que hay que destruirlo, sino que, al contrario, hay que utilizarlo, transformarlo, ¡y entonces nos enriqueceremos! ¿Qué hacemos con los torrentes, con el rayo, con el viento, con todo lo que quema y destruye? Los hemos domado y nos servimos de ellos. Y, sin embargo, en el pasado, estos elementos eran considerados como un mal contra el que se luchaba. Ahora los utilizan… ¿Y por qué no podríamos hacer lo mismo en el dominio psíquico en donde se encuentra igualmente el mal? Lo que en el pasado se consideraba como un mal, será considerado en el futuro como una fuerza formidable, que sigue siendo capaz de destruir y de hacer estragos, pero que también es capaz de procurarnos toda clase de riquezas.

La Tierra no piensa como nosotros. Mirad: echan en ella todas las suciedades, todos los desechos, y ella los toma como una materia muy preciosa, que transforma en plantas, en flores y en frutos. Y el carbón, ¿cómo se ha convertido en carbón? ¿Y el petróleo? ¿Y las piedras preciosas? Entonces, si la Tierra y algunos Iniciados poseen esta sabiduría, si Dios posee esta sabiduría, puesto que no quiere destruir el mal, ¿por qué no tratar de poseerla nosotros también? Desde hace miles de años los humanos suplican: «¡Señor Dios, aniquila el mal!» Pero Dios se rasca la cabeza, sonríe y dice: «¡Pobres! Cuando comprendan que el mal es necesario, dejarán de suplicarme.» Pero, hasta que eso llegue, ¡cuántas plegarias! Hay que rezar, desde luego, pero lo que debemos pedir es eso: «Señor Dios, enséñame cómo has creado el mundo, cómo consideras las cosas… Dame este entendimiento, esta sabiduría, esta inteligencia, para que pueda, como Tú, estar por encima del mal, para que éste no me alcance, sino que sea capaz de servirme de él para realizar grandes cosas.» Pensando así veremos que no hay nada malo en la naturaleza. Diréis que os han instruido de otra manera. ¡Ah!, lo sé muy bien, pero esta instrucción no es completa; es buena y verídica para los niños, pero la realidad es otra cosa muy distinta. La creación entera prueba la veracidad de mis palabras.

Si el mal existe es porque Dios acepta su existencia, porque, si no, habría que admitir que Dios no logra vencer a un enemigo más fuerte que Él, y que, por tanto, no es el Amo todopoderoso que gobierna el universo. Si algo se le puede resistir, ¿quién ha creado, pues, a ese algo? ¿Otro Dios más poderoso que Él? Esto es, por otra parte, lo que a menudo creyeron los humanos. Decían; «Pero ¿qué clase de Dios es éste que no es capaz de hacer gran cosa? No lo sabe todo, no sabe profetizar, ni hacer milagros, mientras que el Otro es capaz de hacerlo… ¿Vayamos, pues, hacia él!» En cierta forma, razonaban bien. ¿Por qué ir a servir a un Dios incapaz, puesto que todos los conocimientos y todos los dones venían de su adversario, el Diablo? ¡Y era la Iglesia la que lo decía! Cuando alguien hacía milagros… ¡era el Diablo! Algunos religiosos nunca admitieron que fuese Dios el que hacía los milagros; en su cabeza Dios era totalmente incapaz de hacerlos. No hay que extrañarse, pues, de que los hombres firmasen pactos con Satanás, ¡era lógico! ¿Veis a lo que se llega cuando no se tiene el verdadero conocimiento?…

Todo lo que os revelo trastoca y revoluciona quizá vuestras ideas, pero dentro de algunos años el mundo entero aceptará esta filosofía, la más verídica, la única que pone, por fin, exactamente las cosas en su sitio. Ya no habrá en el hombre esta lucha y estos desgarros, ya no habrá más contradicciones, será la unidad. El bien y el mal caminarán juntos en la misma dirección, estarán a su servicio. Mientras el hombre oponga el bien al mal, se divide contra sí mismo y se desgarra hasta aniquilarse completamente. ¿Qué puede hacer un ser que está continuamente en lucha consigo mismo? Con esta vieja filosofía la paz no vendrá jamás. La paz y la armonía vendrán solamente cuando se haga la unidad, cuando todo marche en la misma dirección. ¿Es esto posible? Desde luego, para las criaturas superiores ya es una realidad: todo les obedece, todo les sirve.

E incluso, debéis saberlo, mis queridos hermanos y hermanas, los diablos y todas las criaturas infernales son servidores de Dios. ¿Creéis que son los ángeles los que se ocupan de castigar? ¡Tienen otras muchas cosas que hacer! Son los diablos los que vienen a atormentar a los humanos, cuando éstos turban el orden divino. Y, cuando el hombre ha restablecido el orden en él, cuando se ha puesto de nuevo en armonía con los proyectos de Dios, ya no vienen. Por eso Dios no quiere destruir a estos seres: porque son útiles. Cuando hay suciedades, cuando hay impurezas en alguna parte, algunos insectos vienen a comerlas, si, ¡limpian el terreno!… Pero, quitad estas suciedades y ya no vienen.

Mientras los humanos transgredan las leyes divinas, los espíritus infernales vendrán a atormentarles. No son los ángeles, ni los arcángeles, los encargados de restablecer el orden y de hacer sentar la cabeza a los humanos; lo han intentado, lo han pedido, lo han explicado, pero los humanos no les han escuchado, se han enfrentado, y ahora no les corresponde a ellos, que viven en la armonía, en la belleza, en la perfección, ir a castigarles. Entonces les dicen a los otros: «¡Venga, id vosotros ahora!» Y los otros obedecen, son fieles a la consigna, porque han prometido cumplir la voluntad de Dios. Estos «otros» son los diablos, los demonios, los ángeles exterminadores. Evidentemente, diréis que en el Apocalipsis de San Juan está escrito que eran los ángeles los que traían las plagas a la humanidad. Sí, pero eran tan poderosos que, en realidad, sólo tenían que hacer un signo para que las otras fuerzas entrasen en acción y causasen estragos en la Tierra.

Incluso los sabios, los santos, los profetas fueron atormentados por espíritus malignos que les enviaron para probarles y hacerles más fuertes con esta prueba. Estos espíritus son servidores; van allí donde les envían, obedecen a una orden. Y aquéllos que causan estragos en la humanidad con desgracias y enfermedades también son enviados por seres que velan para que las leyes sean respetadas. Cuando los humanos aceptan someterse a ellas, estos espíritus les abandonan, están obligados a ello, porque no hacen lo que quieren, no tienen derecho a hacerlo.

Si habéis leído el Libro de Job habréis podido verificar lo que os estoy diciendo. El Libro de Job es el más antiguo de los libros de la Biblia, es un libro muy iniciático, escrito por alguien que sabía. Se dice que Satanás estaba presente en la asamblea de los Hijos de Dios. ¿Por qué era aceptado? ¿Por qué no le expulsaban, puesto que hacía daño? No, asistía, y conversaba con el Señor, puesto que le pidió permiso para ir a atormentar a Job y ponerle a prueba. Y lo que es muy interesante de observar es que Dios, al concedérselo, le puso condiciones: la primera vez, Satanás sólo tenía derecho a tocar los bienes de Job, no debía tocar a su persona, y le quitó sus rebaños, sus servidores y sus hijos; la segunda vez, Satanás obtuvo del Señor el permiso de cubrir de llagas a Job, pero debía dejarle la vida. Y, cada vez, Satanás obedeció, no le hizo nada más a Job que lo que se había convenido; pero, sin la orden de Dios, hubiera podido hacerle morir.

Algunos teólogos y religiosos se sintieron tan desconcertados al descubrir a Satanás en conversación con el Señor que pensaron en suprimir de la Biblia este libro que contradecía todas sus concepciones. En realidad, este relato hace reflexionar; y aquéllos que reflexionan se ven obligados a reconocer su profundidad. ¡Es toda una mina! Las tentaciones de los santos (porque no creáis que únicamente San Antonio fue tentado de manera tan terrible), sus pruebas, eran queridas por el Cielo para ver cómo sabrían reaccionar.

En «Fausto», Goethe volvió a tomar la idea del Libro de Job y la obra empieza también con una conversación entre Dios y Mefistófeles con respecto a Fausto. Ahora se sabe que Fausto existió realmente y que fue un gran mago. Vivía en la época de Lutero, de Paracelso, de Melanchton, de Agrippa, de Tritemo… Lutero le conocía, pero, claro, le recriminaba, le trataba de secuaz de Satanás, de cloaca de todos los Diablos... La tradición relata que, en el pacto que concluyó con el Diablo, Fausto había pedido juventud, riquezas, poderes, todos los placeres… La duración del pacto, que había rubricado con su propia sangre, era de veinticuatro años; durante todo este tiempo el Diablo debía realizar sus menores deseos, hasta le hacía volar por el espacio. Pero cuando los veinticuatro años hubieron transcurrido, Fausto, que debía morir, se negó a someterse. Cuentan que la casa tembló toda la noche y que, a la mañana siguiente, le encontraron muerto, con el cerebro reventado; durante todo este tiempo el Diablo no había cesado de repetir: «Firmaste, firmaste, debes cumplir las reglas.» Fausto creía que todavía podía luchar. Pero no; durante un cierto tiempo el Diablo había obedecido, pero, después, se acabó. Así que, mis queridos hermanos y hermanas, hay que reflexionar y saber que nada sucede nunca exactamente como nosotros nos imaginamos.

El bien existe, por supuesto, y el mal también; pero hay una tercera escuela que dispone de las otras dos. Un día todo cambiará y habrá una nueva filosofía por encima del bien y del mal. Ya os lo dije, para esta filosofía todo sucede como para el sabio que tiene en su laboratorio toda clase de productos peligrosos, pero que sabe dosificarlos y combinarlos para volverlos curativos; o como la Tierra… Para la Tierra también, nada es sucio, nada es rechazable. Entonces, ¿por qué el Iniciado no conocería lo que conoce la Tierra? ¿Por qué debe sucumbir ante una impureza, una ofensa, un ultraje? ¡Cuántos han sido envenenados con críticas, sobre todo los artistas! ¡Cuántos pintores, poetas, músicos, se han dejado morir de pena por culpa de calumnias, de cartas injuriosas, de artículos venenosos! Si el mal tuvo sobre ellos tal poder es porque fueron incapaces de utilizarlo para reforzarse.

La ciencia del futuro es aprender a transformar, a purificar, a utilizar todas las cosas para reforzarse. Esta filosofía invadirá un día el mundo entero, porque los hombres se darán cuenta de hasta qué punto es verdadera, evidente incluso. Los sabios, instintivamente, lo han realizado: se sirven de los venenos, del fuego, del rayo, de los torrentes, etc., y hasta, un día, utilizarán las bombas atómicas para producir calor y electricidad. Hasta ahora, una vez que las bombas han sido fabricadas ya no se sabe qué hacer con ellas… a menos de servirse de ellas para destruir. No sé si los sabios han pensado en ello, pero yo pienso que, en vez de hacerlas explotar bruscamente, podrían, lentamente, progresivamente, extraer la energía que contienen. Puesto que logran realizar muy lentamente la fisión del átomo, deben poder encontrar un medio de liberar muy lentamente la energía acumulada en las bombas. Evidentemente, esto es mucho más peligroso, pero todo llegará. Lo que es seguro, en todo caso, es que, un día, de ciertos materiales, como el plutonio, o el uranio, con los que preparan las bombas atómicas, extraerán la energía para calentar y alumbrar las ciudades.

Si os han dado otras explicaciones sobre el bien y el mal que las que yo os he dado, debéis saber que éstas no corresponden a la verdad. A mí también me dieron las mismas explicaciones que a vosotros, pero tuve que darme cuenta de que su veracidad no se verificaba en ninguna parte, que toda la naturaleza decía lo contrario; mientras que lo que acabo de deciros, lo prueba toda la naturaleza. ¡Vamos, verificadlo, analizad, comparad!

Estudiad al hombre. Si lo miramos arriba: su boca, su nariz, sus ojos, su cerebro, estamos maravillados; pero si miramos más abajo: el estómago, los intestinos, etc., nos quedamos un poco asqueados. Y, sin embargo, la prueba de que estas dos partes trabajan juntas es que el hombre se pasea siempre con lo de arriba y lo de abajo, que lo transporta consigo por todas partes; no se deja una mitad en alguna parte para quedarse sólo con la otra, la que le parece más decorosa y más estética. Entonces, ¿por qué en su pensamiento las ha separado?

Ambos lados trabajan juntos para asegurar la existencia y el desarrollo de todas sus facultades, y, si se enfrentan el uno al otro, es porque el hombre, por su ignorancia, ha introducido en sí mismo el desorden y la división. En realidad están juntos y trabajan juntos.

Si os cuento hasta dónde he llegado en mis reflexiones estaréis asustados. Imaginad que les pregunto a los teólogos, a los religiosos… a todos estos puritanos: «Bueno, díganme ahora cómo conciben el Paraíso, el Reino de Dios: cuando los seres llegan arriba, ¿piensan que han dejado la mitad de sí mismos en otra parte, o que están… completos? ¿Qué han hecho de todo eso que les repugna y asquea? ¡Explíquenmelo!» Dirán: «No hemos pensado en ello. – Entonces, falta algo en sus concepciones. Todos estos hombres y estas mujeres, allí abajo, ¿cómo son? ¿Tienen todos sus órganos, o sólo han conservado el cerebro, la cabeza, los ojos?» … Es una pregunta muy embarazosa, ¿verdad? Y vosotros quizá tampoco hayáis reflexionado sobre eso y os extrañe la pregunta. Diréis: «Es verdad, hay un Paraíso, pero ¿cómo es?, ¿dónde está?» Os aseguro que el paraíso que los religiosos conciben, ¡debe ser de un aburrido! ¡La prueba es que se dan prisa para volver a bajar a la Tierra!… No, comprendedme bien, os hablo así para mostraros que muchas cosas no están muy claras, ni son muy lógicas, para poneros en una situación en la que toméis conciencia de ciertos problemas en los que nunca os habíais fijado. Éste es mi papel.

Ahora vais a preguntar: «Entonces, ¿cómo viviremos allí y cuándo será?» Pues bien, justamente, yo lo sé… Dios no creó al hombre para cortarlo en dos. Sería tan poco estético que los pintores y los escultores estarían asqueados al verle allí mutilado destruido. ¿Y para dar gusto a quién?… Dios es el esteta más grande y no creó al hombre de cualquier manera. Ni siquiera se sabe cuánto tiempo necesitó para crearlo. Diréis: «Sí, se sabe: un día, el sexto.» ¡Qué bien informados estáis! Un día… ¿Creéis que necesitó un día para crear al hombre tal como es, con todo lo que vemos y todo lo que no vemos aún de él, sus cuerpos luminosos? Tratad de ver, justamente, todo este esplendor y entonces comprenderéis por qué el Señor no puede destrozar al hombre cortándole en dos para dar gusto a los ignorantes. Yo sé cómo son los seres allí arriba, en el Reino de Dios. Aquello que encontráis asqueroso, feo, vergonzoso, es, al contrario, tan bello, tan luminoso y grandioso que estos seres no pueden tener las mismas ideas que vosotros y querer hacer mutilaciones, porque están maravillados de la plenitud del hombre tal como fue concebido en la cabeza de Dios, con todas las posibilidades de poder manifestarse en el esplendor y en la perfección.

Puedo deciros lo que sucede arriba, sólo que no me creeréis, estaréis sorprendidos. Me lo guardo, pues, para más tarde. Todos los libros sagrados hacen alusión a ello, pero todo eso no puede ser revelado todavía, hay que esperar a que seáis capaces de comprenderlo. Entonces sabréis lo que es vivir en el amor. Arriba, sólo existe el amor, no hay más que amor. Pero ¿bajo qué forma?… ¿de qué manera? Siento que no ha llegado aún el momento de revelároslo.

Poco a poco descubriréis qué lógico y verídico es lo que os digo, cómo corresponde a la realidad. Pero no os aconsejo que vayáis a verificarlo en los libros de los ignorantes; dirigíos al libro de la naturaleza, a la creación, ahí es donde veréis cómo lo que acabo de deciros está inscrito por todas partes. Es del libro de la naturaleza del que he sacado mi saber, y no de los libros humanos, que no reconozco. La Biblia, los Evangelios y otros libros sagrados, sí, pero no los escritos de hombres que no estaban instruidos ni iluminados. Los leo, a veces, por curiosidad, para mantenerme un poco al corriente, pero no busco en ellos la verdadera ciencia.

Todo está ahí, inscrito delante de nosotros en el libro de la naturaleza, pero hay que tener ojos para verlo. Sí, incluso lo que acabo de deciros respecto al bien y al mal está constantemente delante de nuestros ojos y en nosotros mismos. Ahí tenéis de qué reflexionar para progresar. Y si los hay que creen que lo que digo va en contra de la religión, que estoy haciendo una revolución, pues bien, si son tan miedosos y tan débiles, ¡que se queden donde están! ¡Que sólo los que osen acercarse al verdadero saber continúen avanzando!

Para dirigir, dominar, o transformar el mal hay que ser un servidor de Dios. No basta con ser un servidor del bien, porque el bien, como os he dicho, está limitado. Puesto que el bien no ha conseguido vencer al mal, es que todavía no es Dios mismo, es sólo su mitad, y el mal es la otra mitad. El bien y el mal son hermano y hermana, si queréis, pero no son el Padre. Pero es hacia el Padre hacia el que hay que ir, porque él es quien gobierna al hijo y a la hija, o a los dos hermanos. Ir hacia el Padre es ser un servidor de Dios, y no sólo un servidor del bien. Hay que subir, pues, todavía más arriba para servir a Dios, que dirige el bien y el mal. Ahí es donde está el verdadero refugio. Evidentemente, arriba no hay mal, y en la medida en que el bien significa perfección, podemos decir que ser un servidor del bien es ser un servidor de Dios. Pero el bien, tal como lo comprendemos intelectualmente, es decir, opuesto al mal, todavía no es Dios; sólo es su mitad.

Escuchadme atentamente. Os daré todavía otros ejemplos que os harán comprender la verdad de lo que os digo. Tomemos la circulación de la sangre. Si sólo existiese la circulación arterial la vida no sería posible, porque es necesario que todos los desechos se vayan, y entonces interviene la circulación venosa, la otra mitad. La sangre pasa por los pulmones, en donde se purifica, y cuando es pura entra en el corazón. Del corazón, pues, sale la sangre pura, el bien; sí, pero este bien, al cabo de un cierto tiempo, contiene de nuevo impurezas. ¿se ha estudiado bien lo que significa este fenómeno?

Volvemos a encontrar el mismo fenómeno en la circulación de los coches en las carreteras: hay izquierda y derecha… Si hubiese una sola dirección, un sentido único, ¿qué harían los coches que tienen que volver? ¿Sólo ida y no vuelta? – Otro ejemplo aún: en el pasado, e incluso en nuestros días en ciertos países, para hacer girar la rueda que sirve para moler el trigo, o para sacar el agua del pozo, se ponen hombres a ambos lados de la rueda y unos empujan en una dirección y los otros en la otra; parece que trabajan en sentido contrario, pero así es como consiguen que la rueda gire.

El bien y el mal, pues, están enganchados a la misma rueda; si sólo existiese el bien, no lograría hacerla girar. Quizá sea el primero que osa decir que el bien no es capaz de hacer todo el trabajo si el mal no le echa una mano. Diréis que es una fuerza contraria… Pero, justamente, ¡hace falta que sea contraria! Cuando queréis tapar o destapar una botella, os servís de las dos manos y éstas trabajan en sentido inverso, una empuja en una dirección y otra en la dirección opuesta, pero de esta forma es como logran ambas hundir el tapón o quitarlo. ¿Comprendéis ahora cómo las fuerzas contrarias trabajan para un objetivo determinado?… Es un proceso que está cada día delante de nuestros ojos, pero no lo veis.

Lo que os he dicho esta mañana, guardadlo para vosotros: si ahora vais a contárselo a todo el mundo, tendréis problemas. La gente no está todavía preparada para oír estas verdades. Mirad, vosotros habéis necesitado años para llegar a comprenderlas, y ni siquiera es seguro que las comprendáis todavía, ¡ya veis hasta qué punto la humanidad es víctima de tradiciones erróneas! Se necesitarán generaciones para que se cure.

Los humanos están luchando siempre consigo mismos y dividiéndose porque solamente se han fijado en la apariencia. Dicen: «Aquí está la luz y aquí las tinieblas… Aquí está la materia y aquí el espíritu… Aquí está el bien y aquí está el mal…» Pero esta división son ellos quienes la han inventado; los verdaderos Iniciados nunca han dicho semejante cosa. Siempre han creído en la unidad; la dualidad sólo es para ellos una manifestación de la unidad.

¡Y si supiesen aún dónde está el bien y dónde está el mal!... Pero no lo saben y luchan siempre. Luchan contra Dios mismo, tomándole por el Diablo, y, a menudo también adoran al Diablo, tomándole por Dios. Si por lo menos supiesen lo que es bueno y lo que es malo, eso facilitaría las cosas, pero lo confunden todo. Pelearse, eso es lo que les interesa a los humanos; sea contra sí mismos, contra su sombra, o contra Dios, necesitan pelearse. Sí, Don Quijote… era contra molinos de viento, pero poco importa, había que declarar la guerra a alguien. Os lo digo, con el dualismo la paz no vendrá jamás.

Podría hablaros durante mucho tiempo sobre este tema, pero no serviría de gran cosa, porque todavía no estáis preparados para estas verdades. ¡Tratad de comprender a los humanos! Dicen que los órganos genitales son vergonzosos, asquerosos, diabólicos, que todas las tentaciones vienen de ahí, pero, mira por donde, con estos órganos crean los hijos… Así que, ¿todos los hijos son diabólicos? ¡Qué lógica! Y, si estos órganos conducen al Infierno, ¿por qué cuando los sabios, los santos y los Iniciados vienen al mundo, la sabiduría de Dios les hace pasar por estos lugares? ¿Cómo se puede aceptar una teoría así, y por qué la habéis aceptado vosotros durante tanto tiempo? ¿Por qué la Iglesia lo decía?… Un día la Iglesia se verá obligada a admitir muchas cosas que ella había condenado y rechazado.

No creáis que soy el primero, o el único, que piensa de esta manera sobre el bien y el mal. En la antigüedad había seres que conocían estas verdades, pero no las revelaban o, si las revelaban, lo hacían con unos términos tan oscuros que no las comprendieron. Hace miles de años, mucho antes que Jesús, Hermes Trismegisto dijo en la Tabla de Esmeralda: «Abajo es como arriba, y arriba es como abajo para hacer los milagros de una única cosa.» ¿Habéis comprendido lo que significan estas palabras? Son la quintaesencia de lo que acabo de deciros. Sólo que Hermes Trismegisto no lo explicó, lo resumió. Abajo… ¿qué entendía por «abajo» ? ¿Y por qué empezó por abajo, y no por arriba?…

Y Hermes Trismegisto termina la Tabla de Esmeralda con estas palabras: «Por eso me llaman Hermes Trismegisto (Trismegisto significa «tres veces grande»): porque poseo la ciencia de los tres mundos.» Si recibió este nombre de Trismegisto es porque conocía el secreto de la unidad, sabía cómo servirse de esta fuerza única con aplicaciones múltiples, gracias a la cual tenía todos los poderes. Es también de esta fuerza de la que se dice que, quien la posea, tendrá toda la gloria del mundo. Y, si Hermes Trismegisto la poseyó, ¿por qué otros no pueden también poseerla?

La dualidad no es otra cosa que una expresión de la unidad. El número 1 es el primero y el único número. Únicamente existe el número 1, eso es lo que hay que comprender. ¿Y qué representan entonces el 2, el 3, el 4, etc.?… Divisiones del 1.

Arbitrariamente dividimos el 1 en 2, 3, 4, 5, 6… y cada división se representa como un nuevo número, cuando no es más que una visión diferente del 1.1 Entonces, ¿qué es el 2? Es el 1 polarizado. Tomad un imán: está polarizado, pero no está dividido, es 1 y sigue siendo 1. En ninguna parte el 2 está separado del 1. Cualquier objeto… o incluso el hombre, tiene dos extremidades, dos polos, pero sigue siendo 1. ¿Y el 3? Pues bien, son los dos polos que han permanecido relacionados y que actúan el uno sobre el otro para producir un ser, o un objeto, que es el 3; pero el 3 tampoco está separado. Y el 4, el 5, son también nuevos aspectos del número 1; individualmente no existen, sólo el 1 existe.

Hasta ahora se ha pensado siempre que cada número tenía una existencia propia, que está el 1, luego el 2, después el 3, es decir, que todos los números están en el mismo plano que el 1. No, sólo el 1 existe: Dios es amor, es el padre, la causa, el origen de todo. Pero eso no lo han comprendido y creen que el 1 y el 2 existen separadamente, es decir, que Dios y el Diablo son iguales, que tienen el mismo poder. Es falso, el Diablo no existe separadamente para enfrentarse a Dios. El Diablo es un aspecto de la unidad; está lejos, en alguna parte del Todo, pero sigue estando conectado con esta unidad. Fijaos en las cloacas: no están separadas de la ciudad.

Evidentemente, el problema del mal nunca ha sido explicado de esta manera. Pero ahora lo veis, hay un solo número, el 1; todos los demás son aspectos, divisiones múltiples del 1, que los contiene a todos. Es imposible salir de Dios, de este 1. Ésta es la verdadera filosofía que siempre se ha enseñado en los templos, en los Misterios. Pero a la masa de los humanos le han dado pequeños juguetes para que se entretenga: le han dejado creer lo que quisiera.

Sólo es necesario conocer el 1, porque éste contiene todos los demás números. Es inútil ir a buscarlos en otra parte que no sea el 1, no están. Todos aquéllos que no se han quedado en el 1, que representa a Dios, han encontrado al Diablo que venía a atormentarles, y Dios desaparecía de su cabeza, ya no pensaban en Él. Mirad durante la Edad Media, en las catedrales, por todas partes, dibujaban y esculpían al Diablo, los sufrimientos de los condenados en el Infierno, etc., y de Dios, ni siquiera hablaban… ¿Qué representaba este pobre Buen Dios, puesto que el Diablo era tan poderoso?… ¿Veis?, ¡qué extravío, qué caída!… La falta más grande de la humanidad es haber querido salir del 1, porque, si pensasen en el 1, todo lo que es negativo y hostil desaparece, y el Diablo con ello; sólo queda Dios.

También hay que estudiar al hombre desde el punto de vista de la unidad. Aunque el hombre se divida en 2: alma y cuerpo, individualidad y personalidad, interior y exterior, arriba y abajo, espíritu y materia, emisivo y receptivo, cóncavo y convexo, hombre y mujer, bien y mal, cielo e infierno, sigue siendo 1. Podemos también dividirlo en 3: cabeza, tronco y miembros, o cabeza, pulmones y vientre, pero siempre sigue siendo 1. Los alquimistas lo dividen en 4, los teósofos en 7, otros aún en 9 o en 12, pero continúa siendo 1. ¿Quién tiene razón? Todos tienen razón; que dividan al hombre en tantas partes como quieran, siempre seguirá siendo 1.

Trabajad, pues, con el 1, porque no hay ni 2, ni 3. Aunque lo dividáis hasta el infinito, con sus órganos, sus nervios y sus capilares, no salgáis del hombre, es decir, de la unidad. La unidad es, pues, lo interesante. Cuando dividís al hombre, lo mutiláis, lo mortificáis, lo disgregáis, mientras que, si le veis siempre en su unidad, le conserváis la vida y el vigor.

El número 1 es la armonía, la plenitud, la inmortalidad, mientras que los demás números ya aportan la disgregación. El 2 es la guerra, el antagonismo, el bien y el mal, Ormuz y Ahrimán, el día y la noche. El 3 los reconcilia por un momento; es el hijo que dice: «papá, mamá, ¡no discutáis!…» y les abraza. Entonces, por amor al hijo, los dos hacen un poco las paces, pero siguen discutiendo, de todas formas, incluso con el hijo. ¡Ya sabéis como suceden las cosas!… Después viene una hija, el 4, y de nuevo es la guerra, porque la madre prefiere a su hijo y el padre a su hija. Y las discusiones empiezan de nuevo, no tienen fin… Solamente en el 1 se encuentra la paz.

Acordaos de lo que os dije esta mañana: debéis ir más allá del bien y del mal. El bien no basta, porque hasta ahora no ha logrado resolver el problema del mal, puesto que está siempre en guerra contra él y no consigue vencerle. Y el mal tampoco consigue fulminar al bien; lo quema, lo persigue y lo extermina, pero el bien siempre renace, crece y se propaga por todas partes, ¡porque también es tenaz! No hay, pues, nada que hacer con el bien y el mal, hay que estar por encima de ellos.

Habéis leído en la Biblia que en el jardín del Edén había dos árboles: el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, que Adán y Eva no debían tocar, y el Árbol de la Vida, de cuyos frutos podían comer.2 ¿Por qué? Porque, contrariamente a los del otro árbol, los frutos del Árbol de la Vida les elevaban por encima del bien y del mal. Cuando hemos comido de los frutos del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, empezamos a probar, unas veces el bien y otras veces el mal; unas veces la alegría y otras veces la tristeza; nos sentimos bien y después estamos enfermos; somos felices y después desgraciados. Esta división en el hombre es la manifestación del número 2. Para que esta lucha cese debemos remontar a la fuente, comer de los frutos del Árbol de la Vida. El Árbol de la Vida es la unidad. ¿Y cómo volver a la unidad? Cuentan que un Arcángel armado con una espada llameante impide la entrada al Paraíso… Sí, pero existe, sin embargo, un medio de entrar, y es el amor, el amor al Creador, un amor tal que el Arcángel os permitirá entrar, porque Dios le ha dicho: «Sólo dejarás entrar a los seres que están agradecidos, que son puros y están llenos de amor.» El Árbol de la Vida existe, está ahí, es real, podemos tener acceso a él y comer de sus frutos, pero primero debemos purificarnos y transformarnos.

En los tiempos antiguos los Iniciados sólo predicaban la filosofía de la unidad. Más tarde apareció la dualidad: en la religión de los persas, por ejemplo, el maniqueísmo, o en el cristianismo, que presenta al Diablo como un adversario de Dios. Dios no tiene adversario y no puede tenerlo, todo se inclina ante Él, todo le obedece, porque es el Creador. Nosotros, sí, quizá tengamos adversarios, porque somos ignorantes y transgredimos las leyes sin cesar, ¡pero no Dios!

Debéis desprenderos, pues, de todo lo que habéis comprendido mal y que retarda vuestra evolución, porque únicamente la filosofía de la unidad os salvará. «No hay otro Dios que Dios, dicen los musulmanes, y Mahoma es su profeta.» Hubieran debido añadir que existen también otros profetas, además de Mahoma, pero la primera mitad de esta fórmula es magnífica. «No hay otro Dios que Dios» … No le reconocen ningún adversario, pero saben que existe uno que trabaja contra los humanos y le llaman Chaïtan. ¿Veis?, es el mismo nombre de Satanás (Satán), al que los egipcios llamaban Seth. Para los cabalistas y los astrólogos, Saturno, Sabbat, Satán, Chaïtan, es la S, la Serpiente, la gran Serpiente que representa al Diablo. No es por casualidad que exista una correspondencia entre todos estos nombres.

El hombre lleva esta serpiente en sí mismo, en su columna vertebral, porque la columna vertebral representa la serpiente. La volvemos a encontrar también en las manos, que representan una serpiente que se enrosca.

En el caduceo de Hermes hay también dos serpientes. ¿Por qué? El caduceo es la columna vertebral, con las dos corrientes Ida y Pingala.3 Son las dos fuerzas con las que trabajan los Iniciados; son, pues, también, las dos manos. Pero ya os hablé de eso en las primeras conferencias. Os dije también que no debíais poner el pulgar dentro de la mano cerrada, porque es un signo de debilidad. Poned siempre el pulgar en el exterior, fuera, bien visible.

Me gustaría volver aún sobre esta cuestión de la unidad. Por encima de la dualidad, de la polaridad, está el 1. Nunca os he dicho que no estudiéis los demás números, no, hay que estudiarlos, pero sabiendo que sólo son aspectos, manifestaciones del 1, y volviendo siempre al 1. Todavía os es difícil comprenderme, pero un día comprenderéis. De momento, retened solamente que los demás números sólo existen aisladamente en las clasificaciones, los análisis, los esquemas, y que, en realidad, todo está comprendido en el 1.

En todo caso, no os aconsejo que propaguéis demasiado lo que acabo de deciros, porque los humanos están tan influenciados aún por las viejas ideas que les han inculcado, que no sólo no podrán comprender, sino que os acarrearán problemas. Cuando Juan Huss ardía en la hoguera, vio a una vieja que echaba más madera al fuego y dijo: «¡Oh sancta simplicitas!» (¡santa inocencia!). Evidentemente, ella creía que obraba bien… Y muchos son así, os quemarían con placer, pensando que hacían un servicio al Señor. El Señor necesita, sin duda, que quemen a los heréticos, está ávido de sangre y de llamas; ¡le habrán consultado, sin duda!… Y vosotros también seréis quemados bajo otra forma si reveláis estas verdades a los brutos. Si la Inquisición existiese aún, hace tiempo que me habrían quemado veinte veces, y por menos que todo eso, porque la estrechez y la ignorancia humanas son espantosas.

Hay casos en los que nos vemos obligados a dejar a la gente con su ignorancia, a dejarles sufrir sin comprender nada de la grandeza y el amor de Dios. Vosotros mismos os hacéis a veces la pregunta: «¿Por qué no viene Dios a sacarnos de nuestros sufrimientos y de nuestras desgracias?» Es porque hemos puesto entre Él y nosotros tantas barreras, tantas ideas falsas y arbitrarias, que no puede llegar a ayudarnos. Y entonces, lo que queda en la cabeza de los humanos es que Dios está lejano, que es inaccesible, que no les oye, mientras que el Diablo, en cambio, está muy cerca, les oye y puede satisfacerles. Probadlo, haced una encuesta y veréis si la gente no piensa así: «Este Dios al que suplicamos desde hace tanto tiempo es inaccesible… está sordo… dormido… Mientras que el Diablo, que está bien despierto, inmediatamente está ahí.» Es verdad, pero los humanos no saben que son ellos mismos los que han puesto esta distancia, los que han cavado un abismo entre ellos y Dios. En realidad, ningún ser está tan cerca de nosotros, ningún ser nos ama tanto como Dios, ningún ser quiere ayudarnos tanto como Él; pero nosotros debemos desembarazarnos de todo lo que impide que este amor llegue hasta nosotros.

¿Os acordáis?, un día os decía que el Sol, que es capaz de hacer mover los planetas, que hace surgir la vegetación y que puede llegar a provocar epidemias, guerras y toda clase de acontecimientos con un simple cambio de las corrientes que envía, el Sol es impotente ante las cortinas corridas… O, más bien, podría quitarlas, pero no quiere; a nosotros nos corresponde quitarlas, y entonces él entrará para iluminarlo todo. Pero no puede quitar una cortina. Aunque le supliquéis durante millones de años: «Entra, querido Sol, entra en mi casa, ilumíname, ¡eres tan bello!», os responderá: «No puedo… No puedo… Debes quitar las cortinas.» ¡Y esperamos ahora que Dios quite las cortinas! No, no, y aún a riesgo de pasar por blasfemos, os diré: Dios lo puede todo, pero es extremadamente débil ante las cortinas corridas… A nosotros nos corresponde quitarlas.

Los cristianos piensan que Dios lo puede todo. Sí, salvo quitar las cortinas que nosotros mismos hemos tejido, consciente o inconscientemente. Cuando el Sol entra en nuestra habitación todo se vuelve bello, todo se ilumina, pero antes había sido necesario hacer el gesto: quitar las cortinas. Y, entonces, ¡qué luz! ¿Veis, pues? Aunque yo quiera quitar las estupideces acumuladas en la cabeza de los humanos, no puedo hacer nada sin su ayuda, si no aceptan apartar las cortinas que ellos mismos, u otros, han tejido. Si Dios no puede, si el Sol no puede, yo tampoco podré.

De momento, antes de hablarles del bien y del mal, presentadles a los humanos otros temas. Pero vosotros, desde ahora, cesad de dejaros engañar por todas estas divisiones que sólo son útiles para explicar claramente ciertas cosas. En realidad, hay que hacer síntesis, y no divisiones. Todas las divisiones están comprendidas en la síntesis y no podemos salirnos de la síntesis. Incluso los análisis deben hacerse en la síntesis, porque, si no, conducen a la muerte.4 Es esto tan cierto que hay que esperar a que el hombre sea un cadáver para disecarlo. El análisis, tal como se comprende, es sinónimo de muerte; para llevar a cabo el análisis nos vemos obligados a quitar todos los elementos que producen y conservan la vida. Pero, en el futuro, el análisis se hará de forma diferente. Por ejemplo, para conservar la vida, la unidad, se estudiará el fruto en el árbol, sin desprenderlo de él. Estudiar un cadáver de fruto, o de hombre, no puede sino darnos una idea errónea, mientras que estudiarlos con vida nos conduce a conclusiones verídicas.

Pero terminemos. No es fácil resolver los problemas del bien y del mal. Aquello que los hombres llaman habitualmente mal, ¿acaso es un mal para el cosmos entero? ¡Y cuántas veces un mal, del que nosotros nos quejamos, es un bien para otro! Si perdéis vuestro monedero, es una mal para vosotros… pero ¿y para el que lo encuentre? Matar animales para vender su piel, o para hacer morcillas, jamones y toda clase de charcuterías es un bien para los hombres, pero ¿y para los pobres animales?... Y si los coches van por las carreteras en dos direcciones opuestas, ¿dónde está el mal? No deben chocar, eso es todo. No hay ningún mal en que las circulaciones venosa y arterial vayan en dos direcciones opuestas, pero no deben mezclarse, porque, si no, se produce la enfermedad azul. Tampoco hay ningún mal en que cada ciudad tenga cloacas para evacuar todo lo que tira la gente, pero no hay que caer en ellas. Y así sucesivamente para todo lo demás.

El mal, pues, no se encuentra en el hecho de que existan fuerzas opuestas, porque éstas hacen un trabajo. Pero si, en vez de hacer el trabajo determinado por la Inteligencia cósmica, estas fuerzas chocan entre sí, se combaten y se aniquilan mutuamente, ahí está el mal. Es como el fuego y el agua. ¡Cuántas cosas extraordinarias podemos producir poniendo el agua sobre el fuego!… pero con una pared que los separe, porque, si no, el fuego hará evaporar el agua, y el agua apagará el fuego, lo que sucede en todos los dominios de la vida cuando se es ignorante. Las fuerzas, los venenos sólo son nocivos para el hombre que no está suficientemente instruido, ni es suficientemente fuerte para utilizarlos. Pero para la naturaleza no hay mal.

Todas las criaturas se ven obligadas a comer y a beber, pero después deben eliminar todo aquello que ya no es útil para su organismo y que se encontraba, sin embargo, en el alimento que era bueno. Así, el Infierno, con sus habitantes, debe ser considerado como el lugar en donde están acumulados todos los desechos de todas las criaturas. Esta imagen explica que el Infierno es una consecuencia de todas las impurezas y las maldades que las criaturas mismas han expulsado; y, si no llegan a purificarse y a perfeccionarse, ellas mismas son atraídas a este Infierno por las leyes de la atracción y de la afinidad.; no pueden escaparse.

¿Acaso existe el Infierno verdaderamente en alguna parte en el espacio, o es solamente un estado de conciencia, una vibración, una longitud de onda? En otra ocasión hablaremos de este tema. Recordad solamente que Dios está por encima del bien y del mal y que, para elevarse por encima del bien y del mal, hay que llegar a ser uno con Él.



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