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DE LA NADA NADA DE NADA

POR: PATROCINIO NAVARRO » GALERIA

DE LA NADA NADA DE NADA

CATEGORIA: SOCIEDAD

1/27/2016

¿Puede existir algo que sea la Nada?... Estamos ante una evidente contradicción, pues de existir la Nada, ya sería Algo, y entonces dejaría de ser Nada. Esta apreciación tiene más alcance del que parece a primera vista, porque aceptar que existe la Nada conduce a pensar en la finitud, en la disolución irreparable de algo que tenemos como referente opuesto, por ejemplo, al hablar de la muerte como fin de la vida en lugar de fin de la existencia física, o al hablar de un Todo como contrapunto absoluto a la Nada absoluta.

La muerte, como inmersión en la Nada es un tema del que no nos gusta hablar aunque leamos a diario cuántos de nuestros semejantes pasan al otro lado por un sin fin de causas, pero raramente nos ocupamos de pensar qué puede haber al otro lado para ellos. Damos a menudo por sentado que tras la muerte está La Nada. O sea, Algo, pero Algo de lo que no queremos saber. O que damos por sentado que no existe.

Miedo y subconsciente

Tenemos todo el derecho a negarnos a todo eso, pero nos hacemos un flaco favor cuando dejamos de lado tema tan serio como este, porque cuando nadie se espera- ni nosotros tampoco- sucede eso de morirse uno. ¿Y entonces? …Presiento que algunos quieren enterrar en una Nada predeterminada los platos rotos de su vida. Presiento que esta negación será muy del agrado de un criminal, un dictador, un banquero, o un político corrupto, por poner ejemplos de indeseables sociales que temen enfrentarse a su conciencia, pero parece que no solo ellos tienen ese interés: también gentes mucho menos letales.

Recuerdo a veces a este respecto las declaraciones de una monja belga, enfermera en la primera guerra mundial. Decía que de todos los heridos al borde de la muerte, eran los católicos los más asustados ante la idea de un infierno que podría aguardarles. Entonces tenemos otra perspectiva: la del Infierno católico como alternativa a la Nada laica. Esa, o un Cielo del que no se dan mayores datos por la Iglesia, pero que siempre aparece como más inaccesible, pues a la Iglesia le es más rentable la política del miedo al Infierno o al Limbo de los bautizados. Así que el miedo a la disolución de la propia vida y el miedo al castigo parecen ser dos posturas bien definidas a la hora de pensar en la muerte, pero ambas tienen algo en común: el miedo.

No sé, amigo lector, cuál será su caso, pero el de muchos es haber levantado muros conceptuales a base de lecturas de filósofos negacionistas, a fuerza de darse la razón los unos a los otros, y a fuerza de callar las preguntas que uno se hace algunas veces en ausencia de testigos y no se atreve a formular en público. ¿Y qué es lo que no se atreve a decir? ¿Qué guarda en su conciencia? Tal vez el inconsciente se halla repleto de miedos, y es albergue de incertidumbres. Tal vez asusta la idea de convertirse en Nada, pasando por alto de nuevo que eso ya sería convertirse en “algo”, pero ¿en qué? La Ciencia ha descubierto que no existe el vacío; que eso que llamamos vacío está lleno de energía. Y nosotros, ¿qué somos, sino energía encarnada en un cuerpo que se derrumba un día y libera su energía, su alma? En este caso, ¿cuál sería el sitio de la nuestra, de la tuya y la mía, amigo lector? Porque la Nada no se puede componer de energía, ya que entonces sería “algo” y no “nada”. Podemos analizar estos asuntos con la razón. La razón es una herramienta útil, pero no sucede lo mismo con el racionalismo, que es la deificación de la razón, el fanatismo de lo racional. Y es que tras el racionalismo se halla fácilmente el miedo a la incertidumbre agitando el subconsciente y llevando a la razón hacia el extremismo como férreo asidero de seguridad. Entonces el razonar se hace excluyente, intolerante y dogmático, como lo vemos por igual en las religiones y en las ideologías políticas.

El tigre de papel del racionalismo

Podemos fingir indiferencia para espantar nuestros miedos, pero eso es solo un subterfugio, porque a pesar de los esfuerzos por tenerlo bajo control, el miedo al aniquilamiento personal, el miedo a perder algo o el miedo a un Infierno- según los casos- se filtra a menudo por las rendijas del subconsciente y acaba por aflorar de cuando en cuando ante una enfermedad, un golpe del destino o la muerte de alguien próximo cuando no por estar ante la propia. Ejemplos sobrados hay de anticlericales que a la hora de la muerte llaman al cura “por si acaso”. Sí. Es una solución estúpida, pero el miedo tiene esas cosas. El miedo a morir, a perder el control de la razón y de la existencia personal, el miedo a dejar de ser y pasar a la terrible Nada o al terrible Infierno, está ahí agazapado esperando su turno para intervenir.

Esos muros que tan concienzudamente habíamos construido como barricadas intelectuales no eran más fuertes que un trozo de papel, y ante un grave infortunio dejan al descubierto nuestra fragilidad, esa “insoportable levedad del ser” hecha a base de negaciones. La negación suprema, la Gran Negación, es la negación de Dios, porque Dios, el Todo, ( o como quiera que uno llame al Creador de la energía universal) es la negación de la idea de la Nada, porque esta ni tiene consistencia científica ni satisface nuestra sed íntima de querer seguir siendo.

Al ego no les gusta la idea de Dios. ¿Por qué?

No se puede convencer a nadie con razones científicas acerca de que Dios existe. Sin embargo, la Ciencia, que no se atreve a negar a Dios, sí niega que exista La Nada. ¿Entonces? La única respuesta que se me ocurre es que existe su contrario: El Todo. Algunos le llamamos Dios, El Eterno Ser, la Energía Universal, o de otros modos.

Al ego no le gusta Dios por dos razones al menos: porque el intelecto, que es su más poderosa herramienta, no alcanza a entenderle, y porque tiene miedo de que exista por si le juzga. Esta última es la idea de Dios que ha calado en el subconsciente de millones de personas a través de los curas, las tradiciones y supercherías religiosas y una cultura popular influenciada por el mundo de las sotanas.

Junto a la idea de aniquilamiento, la idea de un Dios que castiga; la idea de un Dios severo que emerge de las biblias y las Iglesias como alguien que espera pacientemente nuestras muertes para “ajustarnos las cuentas”. Entonces acude el ego en defensa propia y proclama: Dios no existe. Se acabó sentirse culpable el criminal, el dictador, el banquero ladrón, y todo el largo etc. de gentes que están más cómodas si Dios no existe. Así que si soy una mala persona, lo niego y si soy un racionalista –un fanático de la razón- construyo mis barreras intelectuales defensivas para dejarlo fuera de mi campo de deseos y pensamientos. Lo destierro de mi campo emocional y finalmente afirmo “Dios no existe”, o aquello de “Dios ha muerto”, que es otra de esas incongruencias lingüísticas, pues si ha muerto es que existía, y si existía de nuevo invalida la idea de su opuesto; La Nada, el no existir. Además, Dios no puede morir porque lo decida un filósofo ni todos los filósofos juntos. Si acaso, podemos silenciarlo en nuestra conciencia, porque nos dio el libre albedrío.

El negacionismo conduce al fatalismo.

La idea de La Nada es el principio fatalista por excelencia que precisamos para construir nuestro muro defensivo. “No somos nadie”, decimos con aire fatalista al dar el pésame, y pensamos para nuestros adentros: “Después de muerto, losa y rosa: ahí queda lo que somos”. Y el cura le da la razón con su sentencia: “polvo eres y en polvo te convertirás”. Miedo a ser mota de polvo o condenado en el Infierno por un Dios que nos ignora en la vida y nos castiga en la muerte.¿ Qué clase de dios es ese? ¿Cómo se puede amar a ese Dos que menciona el primero de los 10 Mandamientos? Así piensan acertadamente los ateos, pero tal cosa les sitúa ante una hipotética Nada, que sería la otra cara de un Todo, correspondiente al verdadero Dios, no al inventado, que es el de las castas sacerdotales de todos los tiempos.

Mientras afirma la Nada, el negador de la inmortalidad se aferra a su intelecto y nos dice: “No hay que preocuparse por lo que pase al dejar este mundo, porque no hay otro. La Nada me asegura que nada me puede pasar, porque al morir me disuelvo en ella, y mis cenizas en la Naturaleza”. Pero es el caso que este futuro no consuela, porque llevamos inscrita en nuestra alma nuestra condición de inmortalidad y aspiramos a ella. Los científicos mercenarios se aprovechan de esta idea y ya están dando esperanzas sobre la prolongación más y más de la vida a base de repuestos orgánicos, mecánicos y electrónicos, hasta convertir a sus creyentes en cyborgs inmortales si tal cosa fuese posible. Si pensamos detenidamente estos temas, caemos en la cuenta de que no es posible la inmortalidad del cyborg, porque ni se pueden hacer trasplantes indefinidamente a un mismo cuerpo si acabar con su vida, ni un humano puede dejar de ser humano por más piezas mecánicas o electrónicas que le añadan. Así que Finis gloria mundi. En cambio es una buena perspectiva de negocio de trasplantes, ignorando el daño físico, mental y espiritual que produce un miembro trasplantado, tanto al donante ( que no está muerto del todo cuando se le arranca una parte de su organismo, pues entonces no serviría), como para el receptor, a través de las células y la sangre que recibe del donante y que no pertenecen ni a su historial bilógico ni a su historial espiritual. Lo primero produce el rechazo del sistema inmunológico del receptor, y exige un tratamiento continuado para neutralizar el choque genético. Lo segundo es menos visible, pero ahí está actuando en el alma del que se avino a ser trasplantado, pues existe también un choque de energías sutiles, temperamentos, emociones, recuerdos, que andan sumidos en las células del donante que ahora pasan a las del receptor y cuyas consecuencias desconocemos, pero influyen sin duda en su propia alma y en su propio destino.

Sería más saludable para el creyente en La Nada olvidar ese concepto vacío, dejar de huir hacia delante,, “desculturizarse” de esta cultura racionalista y no racional, que construye conceptos falsos y la hace peligrosa para nuestra salud mental y física; dar de lado a la religión del dios maltratador y partidista de uno u otro bando; despojarse de la idea del intelecto como el todopoderoso guerrero que nos protege de nuestros desvalimientos emocionales, creer en la Nada como fin de nuestros pesares; y, desde luego, olvidarse de la idea de inmortalidad en este Planeta de materia escurridiza, porque todos estos asuntos son falacias, inventos con efectos secundarios negativos que torpedean nuestra felicidad y comprimen y amurallan nuestra inteligencia.

Del fatalismo al inmovilismo hay un paso

La basura religiosa de las Iglesias con su dios amenazante y la basura negacionista de los partidarios de la Nada, dañan profundamente la alegría de vivir de quienes caen bajo su influencia, y les conducen a un resignado fatalismo. El católico, el protestante o el ortodoxo, tienen miedo a su conciencia porque nunca se sienten suficientemente buenos para merecer un premio celestial, y se ven abocados al Infierno. El ateo que niega a Dios tiene miedo a dejar de ser, pero en ambos casos es un miedo al que no hallan más salida que la resignación fatal. Todo eso facilita el fatalismo social que dice: siempre habrá ricos y pobres.

¿A quién puede beneficiar este estudiado fatalismo? Ya que no produce felicidad y limita la capacidad de percibir la realidad, y por tanto, de la inteligencia, podemos decir que el fatalismo conduce al inmovilismo. ¿Y quién puede estar más interesado en el inmovilismo fatalista que las Iglesias y el Sistema de dominación capitalista? Ambos sistemas se revelan de este modo como enemigos de la humanidad. El primero te asusta con la muerte, el segundo se apropia de tu vida, pero ambos pretenden lo mismo: que seas oveja de sus rediles a través del miedo al Infierno o a través del miedo a la policía, a los jueces y a la cárcel, al despido laboral, a la inyección letal o a la Nada. De nuevo el miedo como sustrato colectivo esgrimido como arma para el control colectivo.

Cuando una imagen vale menos que una palabra verdadera

Tampoco es real, sino contradictoria, acomodaticia y esencialmente falsa la imagen del Dios bíblico, y aunque nadie puede convencer a otro de la existencia de Dios, cualquier persona medianamente informada sabe que existe otra idea bien diferente a la eclesiástica; la de un Dios que es la vida en el universo, que respira en nosotros y en todo ser, pues es el hálito de energía espiritual, la vida omnipresente. Tales atributos nos convierten en inmortales y universales, como células de su Ser, como una gota de agua en el océano, microcosmos en el macrocosmos del Ser. Se alcanza así a comprender la otra idea de Dios, la de un Dios protector, acogedor, cercano, amoroso, que ni castiga ni crea infiernos. En todo caso, somos nosotros los que nos castigamos los unos a los otros creándonos infiernos personales, sociales y existenciales.

Al vivir en la certeza de haber sido creados por Dios y de estar inmersos en Él como almas, como energía de Su energía, los muros del miedo van perdiendo fuerza hasta desvanecerse. Ni a las religiones del miedo ni a los gobiernos les gusta que pase esto, y siempre harán lo posible para evitar que se tenga la idea del verdadero Dios. Porque cuando se tiene, ya no tememos a los Infiernos de aquí ni del Más Allá; ya no hay miedo de vernos como somos cuando estamos a solas con nosotros mismos.

Ideas que liberan del miedo

Ahora estamos en condiciones de descubrir con mirada realista quiénes somos, cual es el sentido de nuestra vida, de la llamada “muerte” y del Más Allá. Aflora lo que realmente somos y debe interesarnos para evolucionar; aflora la sed de una felicidad que ocultaba nuestro subconsciente y nuestra negatividad nos llevaba a convertirla en sucedáneos en forma de placeres transitorios que acaban en rutinas a fuerza de repetirse, cuando no en causas de sufrimientos. Estas ideas son liberadoras, producen deseos de ser mejores personas, mejores compañeros, producen deseos de libertad, de emancipar nuestra inteligencia de religiones institucionales y tradiciones estériles.

Como es natural, tales deseos inquietan al Sistema en todas sus versiones: al Sistema Iglesias, al Sistema económico-social.-político-militar, y al negocio de la mayor parte de la cultura en cualquiera de sus manifestaciones: literatura, filosofía, arte, ciencia, cine, teatro y demás. Todo este conglomerado es el Sistema, y en última instancia define a esta sub-civilización. ¿Cómo podemos extrañarnos de que exista entre todos ellos una complicidad manifiesta y un deseo común de impartirnos miedo y limitar el mundo de nuestras aspiraciones? ¿Cómo podemos extrañarnos de su obsesión por ocultarnos la verdad y atacar a quienes la ponen sobre la mesa? Les mueve la vergonzosa intención de que caigamos en la resignación fatalista y en la sumisión para podernos controlar. Hasta ahora les ha ido bastante bien: persiguieron a los profetas, asesinaron a los mejores, encarcelaron, silenciaron, quemaron, atacaron a los insumisos y ardieron las hogueras con libros o con rebeldes. Sin embargo, cada vez es más evidente que no se puede acabar con la verdad, que flota sobre el tiempo y acaba por manifestarse.

Pese a tantos esfuerzos de las fuerzas negativas por impedirlo, cada vez es más evidente que estamos entrando en una Nueva Era donde el miedo tiende a desaparecer a medida que se activan nuevos parámetros: una injusticia creciente a nivel mundial que se hace insostenible e insoportable en todas partes, una información cada vez más amplia de los pueblos del mundo entre sí y de sus necesidades y sufrimientos que se van compartiendo cada vez más debido al proceso de globalización, y una intolerancia progresiva hacia las mentiras de los gobiernos y las Iglesias, a la vez que un mayor grado de conocimiento científico que contribuye al destierro de supersticiones y tradiciones pensadas para el control ideológico de las clases populares. A esto tendríamos que añadir el auge de corrientes espirituales, como es el caso del cristianismo originario que contribuye a una nueva espiritualidad alejada de los dogmas, las castas sacerdotales y los poderes mundanos. Todos estos elementos, entre otros, sin duda han de contribuir a grandes cambios en este siglo que harán temblar los cimientos de esta barbarie disfrazada de civilización.


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