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CONCLUSIONES DE WALDEN

POR: MAURICIO AMAYA MANTILLA » GALERIA

CONCLUSIONES DE WALDEN

CATEGORIA: PERSONAJES

12/13/2016

Mi experiencia me enseñó, por lo menos, que si uno avanza confiado en la elección de sus sueños y se esfuerza por vivir la vida que ha imaginado, tropezará con el éxito menos esperado en su vida corriente. Dejará atrás un gran número de cosas, atravesará una frontera invisible; leyes nuevas, universales y más abiertas empezarán a establecerse dentro y alrededor de su persona; o se ampliarán las viejas, cuya interpretación le favorecerá con más largueza; vivirá en una libertad propia de un orden de seres más elevado. A medida que simplifique su vida, las leyes del universo se le revelarán menos complejas, la soledad dejará de ser soledad; la pobreza, pobreza; la debilidad, debilidad. Si has levantado castillos en el aire, tu trabajo no tiene por qué ser vano; ahí es donde debieran estar. Poned ahora los cimientos.

Es una demanda ridícula la que formulan Inglaterra y América de que debes hablar de un modo que te comprendan. Ni los hombres ni los hongos crecen así ¡Como si ello fuera importante y no hubiera ya suficientes que aparte de aquéllos, te comprendan! ¡Como si la naturaleza no pudiera permitirse más de un solo orden de inteligencia, no pudiera albergar aves amén de cuadrúpedos, seres voladores al igual que otros reptantes como si ¡So! y ¡Arre!, que bien entiende el buey, fuera lo mejor del idioma! Como si la seguridad se encerrara solamente en la estupidez. Temo, sobre todo, que mi manera de expresarme no sea lo suficientemente extra-vagante, que no pueda proyectarse más allá de los límites angostos de mi experiencia cotidiana, con objeto de convenir con la verdad que me ha convencido. ¡Extra vagancia! Depende de cómo te midan, de dónde te enchiqueren (encarcelen). El bisonte errante en busca de nuevos pastos en otras latitudes no es extravagante como la vaca que cocea el cubo, salta el cercado y sale corriendo en pos de su ternero cuando ordeñada.

Deseo hablar en algún lugar sin límites; como un hombre en estado vigilante, que habla a hombres despiertos; pues estoy convencido de que no puedo exagerar siquiera lo suficiente para poner los cimientos de una expresión verdadera. ¿Quién que haya oído una melodía temería el hablar extravagantemente en el futuro? En vista del porvenir o posible deberíamos vivir totalmente relajados e indecisos en lo que a nuestra proyección se refiere, con perfiles brumosos y vagos por este lado como nuestras sombras cuando al sol revelan una respiración apenas perceptible. La volátil verdad de nuestras palabras deberá traicionar en todo instante la impropiedad del resto de nuestra expresión. Su verdad se traslada inmediatamente; sólo quedan las palabras. Los términos que expresan nuestra fe y nuestra piedad no son definidos; sin embargo, para las naturalezas superiores son significativos y fragantes como el incienso.

¿Por qué descender siempre al nivel de nuestra perfección más grosera y aclamarla como sentido común? El más común de todos ellos es el de los hombres dormidos que lo expresan roncando. A veces, y pensar que sólo apreciamos una tercera parte de su inteligencia, nos sentimos inclinados a clasificar a quienes poseen una medida y media de ingenio junto a aquellos que apenas reúnen una mitad. Los habría que hallar en falta incluso en la aurora, si se levantaran a hora lo suficiente temprana. «Pretenden» eso que los versos de Kabir revelan cuatro sentidos diferentes: “ilusión, espíritu, intelecto, y el esoterismo de la doctrina de los Vedas”; pero, en esta parte del mundo se considera motivo de queja que lo escrito por un hombre admita más de una interpretación. Mientras Inglaterra intenta curar la roña de la patata ¿habrá alguien que se esfuerce en hacer lo mismo con la del cerebro, mucho más extendida y fatal?

No creo haber llegado a la oscuridad, pero me sentiría orgulloso si a este respecto no se hallara falta más fatal en estas páginas que la que le fuera encontrada al hielo de Walden. Los clientes del sur se quejaban de su color azul, que es la prueba de su pureza, como si ello fuera turbiedad, y preferían el hielo de Cambridge, que es blanco, pero sabe a hierbas. La pureza que admiran los hombres es como la bruma que envuelve la tierra y no como el azul etéreo.

Los hay que nos ensordecen los oídos diciendo que, nosotros los americanos, y los hombres modernos en general, somos unos enanos intelectuales comparados con los antiguos, o si se quiere, con los de la época elisabethiana. Pero ¿a dónde quieren ir a parar con ello? “Un perro vivo es mejor que un león muerto” (Eclesiastés, 9:4. Trad.). ¿Debe colgarse un hombre por pertenecer a la raza de los pigmeos, en vez de tratar de ser el más grande entre ellos? Que cada uno cuide de sus asuntos y se esfuerce por ser lo que ha sido creado.

¿Por qué hemos de tener tanta prisa por alcanzar el éxito, y en empresas tan desesperadas? Si un hombre no guarda el paso con sus compañeros, acaso se deba a que oye un tambor diferente. Que marche al son de la música que oiga, por lenta y alejada que resulte. No es importante que madure tan pronto como un manzano o un roble. ¿Hará por esto de su primavera, verano? Si el estado de las cosas para las que fuimos creados no se ha alcanzado aún, ¿qué realidad podríamos poner en su lugar? No debemos encallar en una realidad huera (vacía). ¿Nos construiremos trabajosamente un cielo de cristal azul, aunque cuando esté terminado contemplaremos todavía, sin duda, la verdadera y remota bóveda etérea como si aquél no existiese?

No hay postura alguna que podamos aceptar ante un asunto que, a larga, nos vaya mejor que la que corresponde a la verdad. Sólo ésta lo resiste todo. La mayoría no nos encontramos sino en falso. Por un defecto de nuestra naturaleza, nos imaginamos un caso, nos ponemos en él, y hete aquí que son, pues, dos, los que coexisten a la vez, de manera que es doblemente difícil el salir del brete (apuro). En los momentos cuerdos consideramos solamente los hechos, el caso tal como en verdad se presenta. Decid lo que tenéis por decir, no lo que debéis decir.

Cualquier verdad es mejor que el fingir. Cuando el calderero Tom Hyde se hallaba en el patíbulo, le fue preguntado si tenía algo que decir: «Decid a los sastres», respondió, «que se acuerden de hacer un nudo en el hilo antes de dar la primera puntada». La plegaria de su compañero ha sido totalmente olvidada.

Por mediocre que sea vuestra vida, hacedle frente y vividla; no la esquivéis ni la denostéis. No es tan mala como vosotros mismos. Parece tanto más pobre cuanto mayor es vuestra riqueza. El buscador de defectos los halla incluso en el paraíso. Amad vuestra vida, por pobre que sea. Es posible vivir unas horas amables, emocionantes y gloriosas hasta en un asilo. El sol que se pone se refleja con igual esplendor en las ventanas del hospicio que en las del rico, y la nieve se funde frente a ambas puertas, llegada la primavera.

No veo por qué una mente serena no ha de poder hallar tanta satisfacción y gozar de pensamientos tan estimulantes allí como en un palacio. A menudo nos parece que son los pobres del pueblo quienes viven de la manera más independiente, quizá porque son lo suficientemente nobles para recibir sin escrúpulos. En su mayoría piensan que se hallan por encima de ser mantenidos por el pueblo; pero ocurre con frecuencia que no se sienten por encima de automantenerse por medios ilícitos, lo cual debiera ser menos decoroso.

Cuidad la pobreza como una hierba, como salvia. No os intereséis demasiado por adquirir cosas nuevas, sea vestidos o amigos. Remozad los gastados; volved a los viejos. Las cosas no cambian; somos nosotros los que cambiamos. Vended vuestras ropas y conservad vuestras ideas. Dios se ocupará de que no necesitéis de la sociedad.

Si yo fuera confinado a un rincón de una buhardilla toda mi vida, como una araña, el mundo seguiría siendo igual de grande para mí en tanto conservara mis pensamientos. El filósofo decía: «De un ejército compuesto por tres divisiones, uno puede prender al general y provocar la desbandada; pero no es posible quitarle los pensamientos al hombre más abyecto y vulgar» (Confucio: Analectas).

No busquéis con tanto anhelo el desarrollaros ni os sometáis a tantas influencias como se ejerce sobre vosotros: es la disipación. La humildad, como la oscuridad, revela las luces del cielo. Las sombras de la pobreza y la ruindad se acumulan en vuestro entorno, “and to creation widens to our view” (Del famoso soneto de J. M. Blanco White, Mysterious Night: «...y ved como la Creación se ensancha ante nuestros ojos»).

A menudo se nos recuerda que si nos fuera conferida toda la riqueza de Creso, nuestros objetivos deberían seguir siendo los mismos, al igual que en esencia nuestros medios. Además, si en tu grado de pobreza te ves incluso restringido, si no puedes comprar periódicos ni libros, por ejemplo, lo que ocurre es que quedas limitado a las experiencias más importantes y vitales, reducido a tratar con el material que rinde más azúcar y más enjundia. Es la vida más escueta (desnuda) la más grata. Quedas imposibilitado de ser frívolo, no se pierde nada en el orden inferior y sí se es magnífico en el superior. Con fortuna superflua sólo se pueden adquirir cosas superfluas. No hace falta dinero para comprar lo que necesita el alma.

Vivo en el ángulo de un muro de plomo, en cuya composición fue vertida una pequeña cantidad de bronce de campanas. A menudo, en mi reposo del mediodía, llega desde fuera a mis oídos un confuso tintinnabulum (Thoreau, libérrimo, hace onomatopeya de tintinnabulum =campanilla, cascabel, porque le da la gana y porque, de paso, juega —y por partida doble— con tin -estaño, que con el cobre forma el bronce -de la campana. Sería muy suyo,...e se non é vero....). Es el ruido de mis contemporáneos.

Mis vecinos me cuentan sus aventuras con damas y caballeros célebres, y qué personajes célebres han conocido en ocasión de tal o cual cena. Pero, estas cosas no me interesan más que el contenido del Daily Time. La atención y la cháchara se centran principalmente en indumentaria y modales, pero “la mona en mona queda, aunque se vista de seda”. Me hablan de California y de Tejas, de Inglaterra y de las Indias, del honorable Míster de Georgia o de Massachusetts, no más que fenómenos pasajeros, hasta que estoy a punto de librarme de su asedio saltando como el bey de los mamelucos (Que saltando desde el baluarte de la Ciudadela de El Cairo se salvó de la matanza realizada por el Pacha Mehemet Alí, en 1811, en la que perdieron la vida todos los Mamelucos).

Me gusta seguir siempre mi ruta, no marchar en procesión con pompa y en desfile por un lugar público sino en línea, si puedo, con el Creador del universo; no deseo vivir en este siglo diecinueve ajetreado, nervioso, trivial y estentóreo; prefiero estar sentado o de pie, queda y pensativamente. ¿Qué están celebrando los hombres? Todos forman parte de un comité de preparativos en espera de que se produzca un discurso ajeno cada hora. Dios es sólo el presidente de jornada, y Webster (Daniel Webster (1722-1752), famoso orador nacionalista yanqui, senador por Massachusetts) su portavoz.

A mí me gusta ponderar, resolver y dirigirme hacia lo que con más fuerza y justamente me atrae; no el permanecer suspendido del brazo de la balanza y tratar de pesar menos; no el imaginar un caso, sino vérmelas con el que se presenta; viajar por el único camino por donde puedo y donde no hay poder alguno que se me resista. No me reporta ningún placer el empezar a tender un arco sin afirmar antes los cimientos. No juguemos a patinar sobre hielo delgado. En todas partes se encuentra fondo sólido.

Leemos que el viajero le preguntó al muchacho si la ciénaga que se extendía delante de él tenía un fondo duro. El muchacho respondió que en efecto; pero, hete aquí que el caballo del viajero se hundió al poco hasta la cincha. «Pensé que habías dicho que esa ciénaga era de fondo sólido», dijo el viajero. «Y así es», respondió aquél, «sólo que aún no ha recorrido usted la mitad para llegar a él».

Igual ocurre con los lodazales y arenas movedizas de la sociedad; pero ya es talludo el chico cuando lo sabe. Sólo lo hecho, dicho o pensado es bueno en alguna rara coincidencia. No sería yo uno de esos tontos que se empeñan en clavar un clavo donde no hay más que listones y revoque; una acción así me desvelaría durante noches. Dadme un martillo y dejad que descubra por mí mismo el grosor del tabique. No dependáis de la masilla restauradora, meted el clavo a fondo y que quede tan seguro que podáis despertaros de noche y recordar vuestro trabajo con satisfacción, tarea para la cual no os avergonzaríais de invocar a la musa. Así, y sólo así, os ayudará Dios. Cada clavo que afirméis es como un nuevo remache en la máquina del universo, y obra que será vuestra.

Dadme la verdad antes que el amor, el dinero y la fama. En una ocasión me senté a una mesa en la que abundaban ricos manjares, generoso vino y servicio obsequioso; pero faltaban la sinceridad y la verdad, y marché con hambre de aquel refectorio inhóspito; la hospitalidad era tan glacial como los helados; tanto así, que sobraba el hielo que había de enfriarlos. Me hablaron de la solera (abolengo) del vino y del renombre de la cosecha; pero yo pensaba en otro más añejo y más nuevo a la vez, y más puro, de cosecha aún más gloriosa, del que ellos carecían y no podían siquiera comprar. El estilo, la casa, los terrenos y el «entretenimiento» no valen para mí. Ni siquiera el rey, y éste me hizo aguardar en su antesala, conduciéndose como hombre incapaz de toda hospitalidad. En mi comunidad había un hombre que vivía en el hueco de un árbol y poseía maneras verdaderamente regias. Más me habría valido el visitarle a él.

¿Cuánto tiempo permanecemos sentados en el portal practicando vanas y rancias virtudes que cualquier trabajo haría irrelevantes? ¡Como si uno fuera a iniciar su día con paciente resignación, y contratara en seguida a un hombre para que le escardara las patatas! Y por la tarde, ¡a practicar la humildad y caridad cristianas premeditadamente! Considerad la fatuidad oriental y pasiva complacencia humanas. Esta generación hace un alto para felicitarse de ser la última de una estirpe ilustre; y en Boston y en Londres, en París y en Roma, pensando en su larga ascendencia, perora con satisfacción sobre sus procesos en el arte, las ciencias y la literatura. ¡Eh ahí las Actas de las Sociedades Filosóficas y los Elogios públicos de los Grandes Hombres! ¡El bueno de Adán contemplando su propia virtud! «Sí, hemos llevado a cabo grandes gestas y cantado divinas canciones que nunca morirán», es decir, en tanto nosotros las recordemos. ¿Dónde están ahora las sociedades ilustres y los grandes hombres de Asiria? ¡Somos unos filósofos y experimentadores muy jóvenes! No hay siquiera uno entre mis lectores que haya vivido entera una vida humana. Puede que éstos no sean sino los meses primaverales de la raza. Si hemos sufrido la comezón de los siete años, no hemos visto aún en Concord la langosta de cada diecisiete (Plaga que aparece cada diecisiete años en algunas regiones de América).

Apenas conocemos una tenue peliculilla superficial del globo en que vivimos. La mayoría de los hombres no ha ahondado más de dos metros en el suelo y subido otro tanto por encima de él. No sabemos en dónde nos encontramos. Además, permanecemos dormidos la mitad de nuestro tiempo. Sin embargo, nos las damos de sabios y hasta vivimos en un orden establecido. En verdad que somos pensadores profundos, espíritus ambiciosos.

Mientras contemplo el insecto que se arrastra entre las agujas de pino que alfombran el suelo del bosque y que trata de ocultarse a mi vista, y mientras me pregunto por qué ha de abrigar esos humildes pensamientos, pudiendo ser yo, quizá, su benefactor o el que impartiere a su raza alguna información consoladora, me acuerdo del Gran Bienhechor, de la gran Inteligencia, que me contempla a mí, insecto humano.

No digo que John o Jonathan (John Bull, genérico para el pueblo británico. Jonathan, pueblo americano) se den cuenta de ello; pero tal es el carácter de ese mañana que el mero paso del tiempo no puede hacer alborear. La luz que ciega nuestros ojos es nuestra oscuridad. Sólo amanece el día para el que estamos despiertos. Y quedan aún muchos por abrírsenos. El sol no es sino la estrella de la mañana («Pensamos que nuestra civilización se encuentra en el cénit, pero apenas si ha despuntado la estrella de la mañana y cantado el gallo.» Emerson, Politics).


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