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CONSTANTINO

El teologo sigue mostrando el desarrollo posterior del cristianismo hasta Constantino: en los primeros tres siglos a menudo tuvieron lugar persecucion

   POR:   VIDA UNIVERSAL      ENVIADO:   PATROCINIO NAVARRO      IMPRIMIR

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CONSTANTINO: COLABORACIÓN ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO
UNA SEPARACIÓN MÁS DE LAS ENSEÑANZAS DE JESÚS
LA RELIGIÓN ESTATAL, LA RELIGIÓN EXTERNA DE PODER

El teólogo sigue mostrando el desarrollo posterior del cristianismo hasta Constantino: en los primeros tres siglos a menudo tuvieron lugar persecuciones de cristianos, pero muchos, adhiriéndose a Pablo, reaccionaron con incrementada adaptación y sometimiento al Estado, para demostrar que lo que les estaba ocurriendo era injusto. Al principio los responsables de la conducción de las comunidades eran ancianos, profetas y un ángel, quien con una vida sin compromisos mediante el seguimiento de Jesús mantuvo la unión con Dios (compárese manifest. 2 y 3: cartas enviadas a los ángeles de la comunidades). Pero ángeles y profetas se pudieron mantener sólo pocos años. Pablo mencionó por cierto apariciones y manifestaciones del Señor, pero atrajo con fuerza la atención hacia su persona y rechazó con actitud amenazante otras posibles manifestaciones que pusieran en duda su enseñanza: Si nosotros o un ángel del cielo os anunciásemos otro evangelio distinto del que os hemos predicado, que sea anatema (Gálatas 1, 8).

Pablo (o algún alumno que utilizó su nombre) autorizó a los seguidores de Pablo, Timoteo y Tito, a colocar a un obispo junto a los ancianos como dirigente de la comunidad. En la Biblia leemos en la primera carta de Timoteo: Si alguno desea el episcopado, buena obra desea (1 Timoteo 3, 1).

Ya a comienzos del siglo II se desarrolló en base a estas medidas una institución jerárquica firme con un obispo a la cabeza, un peldaño más abajo los ancianos, otro peldaño más abajo los diáconos, y los obispos pronto dirigieron las comunidades como reyes, hablándose al respecto de episcopado monárquico. Los obispos pronto fueron seguidos por los obispos metropolitanos encargados de regiones más grandes, o sea, los patriarcas, y el obispo de la capital Roma se convirtió en el Papa.

Al parecer los dignatarios eclesiásticos se esforzaron cada vez más por conseguir una buena imagen de las comunidades y su capacidad de ser parte de la sociedad, si bien también para evitar posibles persecuciones. Los principios cristiano-originarios pasaron cada vez más a un segundo término o se renunció a ellos. Pablo mismo por ejemplo aprobó la esclavitud, pronto hubo también dueños de esclavos en las comunidades. Como consecuencia de este modo de pensar que se ciñe estrictamente a lo que disponen las autoridades, cada vez más miembros de las comunidades apoyaron el servicio militar de los cristianos.

Un lector de los libros de Karlheinz Deschner (el mayor crítico alemán actual de la Iglesia a nivel histórico. Nota de los traductores) recopila cómo continuó este cambio:

Este desarrollo le vino al emperador Constantino, nacido alrededor del año 285, como a pedir de boca. El se unió muy pronto con la Iglesia. Esta simbiosis entre Estado e Iglesia, un compañerismo clásico –según el principio: una mano lava la otra; un cuervo no le arranca el ojo a otro cuervo–, se mostró como una unión de intereses extraordinariamente eficaz y a largo plazo para lograr el dominio y la manipulación de súbditos. El poder, el privilegio de dominio del Estado, se alió con la autoridad de Dios –constituyendo una invencible herramienta de represión y disciplina– para imponer al pueblo prácticamente todo lo que se deseaba.

En el libro Historia criminal del cristianismo de Karlheinz Deschner encontramos un amplio capítulo sobre ello (Tomo 1, pág. 213 y siguientes): Constantino nació en el año 285 en la actual Bulgaria. Su padre era tribuno militar y a partir del año 305 emperador (soberano absoluto) de la parte occidental del Imperio Romano, el cual había sido divido por Diocleciano en cuatro zonas, para su mejor gobierno.

Constantino era, al igual que su padre, muy guerrero y además cruel. Continuamente dirigía campañas bélicas contra tribus germánicas. A los enemigos capturados los hacía arrojar a las fieras del circo; a dos príncipes vencidos los dejó ser despedazados por osos.

Así también consiguió poner bajo su dominio a los otros tres co-emperadores en una guerra civil que duró diez años, donde de vez en cuando se unió con uno de ellos, Licinio, y luego, después de que Licinio hubiera vencido al co-emperador Máximo, él mismo le traicionó. Constantino se había liberado anteriormente del competidor Maxentio en la famosa batalla del Puente Mílvico (312), donde supuestamente había tenido un sueño: Con este símbolo vencerás.

Los seguidores y familiares de los enemigos vencidos en batalla fueron eliminados sin compasión. Constantino le había prometido perdón al más tarde igualmente vencido Licinio, pero un año después también le hizo ahorcar.

Las crueldades de Constantino no se detuvieron ante su propia familia. El historiador británico Shelly escribe al respecto: Este bárbaro sanguinario y santurrón le cortó el gaznate a su hijo, estranguló a su mujer, asesinó a su suegro y a su cuñado..., aunque esto no lo hiciera con sus propias manos. El dejó matar a su mujer porque fue acusada de adulterio (no demostrado) –sin embargo él mismo era un adúltero empedernido.

Constantino hizo construir para sí un palacio majestuoso, se vestía con toda pompa y lujo, se hacía llamar por los otros representante de Dios, como a su divinidad (nostrum numen), y se hacía celebrar por el clero como salvador y redentor.

Con ello llegamos al beneficio mutuo: Constantino otorgó privilegios a la Iglesia; ésta, a cambio, justificó su desmesurado poder.

Durante su vida, hasta poco antes de su muerte (337), Constantino no fue oficialmente cristiano. Sólo ya al final se hizo bautizar, y ni siquiera como católico, sino como hereje, o sea, arriano. En los primeros años de su dominio, cuando aún regía en la Galia, Constantino favoreció el paganismo –también más tarde evitó comprometerse abiertamente dejando por ejemplo que se acuñaran monedas con la imagen del dios sol.

O sea que no puede haberse tratado de una convicción interna lo que llevó a Constantino a aliarse con la Iglesia.

Decisivo fue: en las Galias había pocos cristianos. Y a pesar de ello Constantino se dedicó a conquistar Italia, donde ya había muchos. En el Asia Menor, que él conquistó al final, los cristianos representaban la mitad de la población. Allí la ayuda de la Iglesia era bienvenida.

El autor Deschner escribe al respecto: Constantino, quien desde un principio viajó mucho, estaba bien informado, también en lo relacionado con la política religiosa, especialmente sobre los rigurosos y casi militarmente disciplinados militantes de la Iglesia católica, que se habían extendido por todo el imperio, que a su vez integraban la organización más cerrada de la antigüedad. Y él vio en esta Iglesia algo así como el modelo configurado para su imperio (pág. 242).

El trabajo conjunto de Constantino con la Iglesia impregnada de Pablo funcionó de maravilla desde el comienzo. La Iglesia desencadenó una campaña injuriosa contra su oponente Maxentio. Este es considerado aún hoy día como un sanguinario perseguidor de cristianos y como un compendio de maldad y tiranía. En realidad, Maxentio fue un soberano capaz y generoso, sin embargo poco guerrero –y tolerante con los cristianos. Sólo que: hizo desterrar a dos obispos, ya que tras la elección de estos hubo grandes discusiones entre los cristianos. Maxentio cargó de impuestos a todos por igual, también a los ricos – y ya en aquel entonces la Iglesia no estaba al lado de los pobres y de los menos dotados para la guerra, o sea, de los políticos menos poderosos.

Tan pronto como Constantino se hubo establecido en Roma tras su victoria sobre Maxentio, ya se puso de manifiesto: la Iglesia recibió grandes extensiones de tierra de regalo y recibió de vuelta antiguas posesiones de la Iglesia; ya sólo la Iglesia de Roma se hizo cargo de más de una tonelada de oro y casi diez toneladas de plata (pág. 236). De los fondos del Estado, que Constantino había acumulado por medio de la explotación de sus súbditos, hizo construir iglesias inmensas y majestuosas por todo el reino. Pero no sólo esto: él liberó a los clérigos del pago de impuestos, les dio el derecho a ser designados como herederos (lo que cultos paganos habían tenido anteriormente sólo en casos excepcionales), e incluso dio a la Iglesia competencia judicial, –no habiendo posibilidades ya de elevar protesta contra la sentencia judicial de un obispo.

Deschner: “No eran pocos los obispos que imitaban la pomposidad y ceremonialidad de la corte imperial en sus oficinas y dependencias. Tenían derecho a títulos especiales, a incienso, eran saludados de rodillas por los demás y se sentaban en tronos que eran una copia del trono divino. ¡A los demás predicaban humildad! (Pág. 238).”

En poco tiempo la Iglesia se había vuelto tan rica y privilegiada que Constantino tuvo que adoptar otra actitud: él limitó por ejemplo la posibilidad de que los ricos pudieran hacerse clérigos –¡ pues con ello querían evitar tener que pagar impuestos! Bajo los seguidores de Constantino también se redujo la posibilidad de que la Iglesia heredara –a pesar de que esto no duró mucho tiempo.

Una mano lava a la otra: ya en el año 314 la Iglesia decidió expulsar a los cristianos que desertaran del servicio militar. Un giro de 180 grados, pues antes era expulsado aquel que iniciara el servicio militar.

Las funciones estaban claramente repartidas: el emperador era el que ejercía el poder, también en asuntos religiosos; él proclamó por ejemplo en el año 325 el Concilio de Nicea y dictó la proclamación de fe que desde entonces es válida. El emperador era el soberano supremo, similar a Dios, los altos dignatarios de la Iglesia le seguían de inmediato, y a menudo vivían en la misma pompa. Y por su parte mostraban su agradecimiento justificando el poder del emperador y sus guerras, tapando sus malos actos y halagándolo continuamente con adulaciones desmesuradas.

Constantino es así la imagen primaria de la simbiosis entre la Iglesia y el Estado. Deschner escribe sobre ello: “Los antecesores de Constantino habían temido al cristianismo y en parte lo habían combatido. Él lo reclutó para sí a base de otorgarles grandes muestras de benevolencia y derechos especiales... En efecto, él tomó al clero a su servicio y le impuso su voluntad... La Iglesia sí que se volvió poderosa, pero perdió toda la libertad... El y ellos (Constantino y los obispos) hicieron de la Iglesia una Iglesia estatal.”.. (pág. 242 y sig.).

A pesar de no ser un católico convencido Constantino dio vía libre a la Iglesia cuando ésta empezó a perseguir a los que pensaban de otra forma, como cuando el populacho cristiano destruyó templos paganos. Proclamó leyes antijudías bajo evidente influencia clerical; la conversión de un cristiano al judaísmo era así por ejemplo condenada con la muerte. Constantino también persiguió en varias ocasiones, como táctica política, pero curiosamente no de forma continua a los movimientos herejes de los Donatistas en el Norte de África y de los Maquinistas. Los Donatistas en el Norte de África estaban en contra de una alianza entre trono y altar y se aliaron con campesinos sublevados contra los grandes terratenientes. ¡Naturalmente que esto no era lo que querían la Iglesia y el Estado!

Bajo el imperio de Constantino aparece por primera vez –tampoco seguramente por casualidad – la palabra católico para distinguirse de las así llamadas herejías.

Hasta aquí el repaso histórico.

El que tenga oídos para oír, que oiga; y quien tenga un corazón para Cristo, que siga lo que está escrito en el Apocalipsis: “Sal de ella, pueblo Mío, para que no os contaminéis con sus pecados y para que no os alcancen sus plagas” (Apocalipsis 18, 4).

La Iglesia pagana de culto se edificó en base a Pablo, quien interpretó las enseñanzas de Jesús erróneamente, las introdujo en la tradición pagana de los romanos y las decoró con todas sus belicosas estructuras de poder, ansiosas de dominio.

Pablo desvalorizó a la mujer calificándola como un reflejo del hombre. El hombre, por el contrario, es para Pablo un reflejo de Dios. A través de ello surgió el machismo cristiano de la Iglesia, que aún dura en el tiempo actual. Por el contrario Jesús enseñó la igualdad entre hombre y mujer. El no hizo ninguna diferencia; El no elevó al hombre a ser el reflejo de Dios ni rebajó a la mujer al reflejo del hombre. Esto es de nuevo Saulo, que es lo mismo que Pablo, pero no Jesús, el Cristo.

Constantino hizo de la Iglesia de culto pagana una Iglesia del Estado, que es lo mismo que una religión estatal, cuyas raíces sangrientas y crueles aún hoy se encuentran entrelazadas con el culto pagano.

Los cultos religiosos sangrientos, crueles y bárbaros ya se desarrollaron después de Moisés y siguieron propagándose en el Imperio Romano de entonces. Las Iglesias estatales actuales –de la Iglesia romana de poder y de culto surgieron ramificaciones-, son religiones de poder exteriorizadas que tienen poco que ver con Jesús, el Cristo. Ellas utilizan, que es lo mismo que abusan, del nombre de Jesús, el Cristo. La resaca del Antiguo Testamento y de las pretensiones brutales y presuntuosas de Constantino siguió siendo vigente.

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