El apego te hace sufrir

Suley Belihes

Todos estamos de acuerdo que el desapego es necesario y que tiene mucho que ver con sufrimiento: A mayor desapego, menos sufrimiento; a mayor apego peor lo vamos a pasar. Pero ¿cómo funciona? ¿Cómo lo vivimos? y ¿Cómo lo integramos a nuestro día a día?

El desapego significa estar de vuelta. Cuando al principio, algo me llama mucho la atención, me atrae porque es nuevo, el interés y la manera en que vivo ese objeto o persona, puede confundirse con apego. Cuando ya lo tengo conocido y puede formar parte de mi saber, sentir y hacer, formará parte de mí, ya no lo voy a necesitar.

El desapego también significa tener una relación con esa persona o situación, sana y no dependiente.

Aquí quiero trazar la diferencia entre dependencia y necesidad. Una línea muy fina las separa, ya que mientras que yo necesite algo, parecerá que estoy dependiendo de eso. ¿Qué marca la diferencia? Yo diría que la diferencia estriba en el hecho de que cuando eso ha dejado de ser necesario no lo podemos dejar.

Esto es para mí lo que significa apego en su expresión más dañina. Dependemos del aire para vivir, eso nunca lo dejaremos. Pero si dependemos de un medicamento para poder seguir adelante, cuando ese medicamento ya ha hecho su labor y no lo podemos dejar, estamos apegados.

¿Necesidad o apego? En realidad para definir la diferencia y aplicarla en nuestra vida que es donde hace falta, tenemos que ser muy conscientes de lo que aparentemente son nuestros apegos y con autoconocimiento discernir si realmente necesitamos eso o si ya se ha vuelto una adicción.

Cuando hablamos de adicciones, no me refiero a drogas o alcohol, tabaco...

Me refiero a todo lo que sucede en nuestra vida y que no podemos deshacer. No que no queramos sino que no podemos aunque veamos que ya no nos va o que nos molesta o que es verdaderamente negativo para nosotros y nuestro desarrollo o el desarrollo de nuestro duelo.

¿Qué hace falta para poner freno a aquellos acontecimientos que ya no necesitamos?

Yo diría que el primer requisito es querer. Ya no queremos depender de eso. Ya no queremos sufrir. Ya no queremos que nos digan lo que tenemos que hacer... Entonces cuando lo tenemos muy claro, tendremos que comprender qué nos está impidiendo lograrlo. Para esto tenemos que ser muy sinceros ya que tal vez descubramos que realmente queremos algo que en un principio estábamos rechazando.

En el duelo estos términos de querer, depender, necesitar se desdibujan porque no tenemos la suficiente distancia para comprender lo que está pasando. Al principio nuestra pérdida nos está viviendo y somos como unas marionetas llevadas por nuestro sufrimiento. Ya cuando el sufrimiento se ha transformado en dolor y empezamos a tener momentos menos malos, podemos con mucho tiento, comprobar cómo estamos viviendo el duelo. Y no me refiero a una investigación a fondo sino un acercamiento a nuestras emociones y pensamientos para conocer la diferencia entre yo quiero o la imposición de yo tengo que. En el duelo hay mucho de esto último.

Os he hablado de creencias muchas veces, pero siempre han sido creencias de la Vida después de aquí, creencias religiosas o... Pero existen otras creencias igual de importantes que nos pueden machacar hasta tal punto que no nos van a dejar vivirnos como queremos y necesitamos, sino cómo creemos que los demás o la sociedad o nuestras imposiciones desde costumbres aprendidas a lo largo de nuestra vida de lo que es bueno o malo, nos están dictando.

El duelo es un proceso muy personal y tiene que vivirse desde nuestro más profundo ser. No podemos ser llevados por nada más que lo que sentimos y captamos que somos y que necesitamos. Aquí entra en juego toda la gama completa de iras o impuestos de dolores añadidos. Estos ocurren cada vez que no nos estamos viviendo desde lo que somos sino que nos está llevando y zarandeando todo lo que tenemos alrededor de nosotros: Las exigencias de los demás, las prohibiciones de nuestras propias creencias a cerca de lo que podemos y no podemos hacer, los comentarios sin pensar que nos hacen daño, el vecino del quinto, el perro del vecino del quinto y podría seguir porque la lista es larga. Pero cada uno de vosotros tenéis que descubrir cuánto de vuestro duelo no es una expresión clara y precisa de lo que más necesitáis... llorar la pérdida, poder tener el tiempo y el espacio para hacerlo y así en el momento preciso y perfecto para cada uno superar y salir del sufrimiento que no os está dejando ser vosotros mismos. Y que no es nada más que la persona que vivía y compartía con su ser querido y que es en realidad lo que vais a tener que recuperar para ser una vez más compañeros en este gran viaje que se llama existencia. Vosotros aquí y ellos a un paso vibracional de este aquí que podemos ver y tocar. También están aquí y aunque el dolor del demasiado echar de menos nos pueda a veces, en nuestros momentos de desapego total de ese dolor sabemos que la verdad más grande y auténtica es que nuestro ser querido no se ha ido. Y en eso no hay apego posible porque los apegos nos encadenan y las verdades nos hacen libres.

El apego es dañino porque no nos deja vivir de verdad nos fuerza por caminos que no son los nuestros. El desapego es aquello que nos va a liberar de todo lo que ya no necesitamos, para encaminarnos a lo que realmente somos y que seguimos siendo día tras día con nuestro ser querido en nuestro corazón.

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