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CONSCIENCIA Y CONTEMPLACION

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Categoría: ESPIRITUALIDAD

Quizás sea ahora el momento adecuado para enfrentamos con la objeción, escuchada con frecuencia en mis grupos de contemplación, de que estos ejercicios de "hacerse conscientes" son válidos para relajarse pero nada tienen que ver con la contemplación entendida en sentido cristiano y con la oración.

Trataré ahora de poner de manifiesto que estos sencillos ejercicios pueden ser considerados como contemplación en sentido cristiano estricto. Si la explicación que voy a proponer no te satisface o te crea problemas, te sugiero que no la tomes en cuenta y que practiques estos ejercicios de conscienciación como simples medios para disponerte a la oración y a la contemplación. O, si lo prefieres, ignora, completamente estos ejercicios y pasa a los restantes que se encuentran en este libro y que sean más de tu agrado.

Permíteme que explique lo que entiendo por oración y por contemplación. Empleo la palabra oración para designar la comunicación con Dios cuando ésta se establece principalmente por medio de palabras, imágenes y pensamientos. En otro lugar presentaré muchos ejercicios a los que encasillo en el apartado de oración. Entiendo la contemplación con Dios en la que se emplea el menor número posible de palabras, imágenes y conceptos o se prescinde totalmente de ellos. De esta forma de oración habla san Juan de la Cruz en su "Noche oscura de los sentidos" y el autor de “Cloud of unknowing” en su admirable libro. Algunos de los ejercicios que presento en este libro, relacionados con la oración de Jesús, podrían ser considerados como oración o como contemplación --o como una mezcla de ambas- según el énfasis que se ponga sobre las palabras y los pensamientos al realizar esos ejercicios.

Vayamos al núcleo del problema: Cuando practico el ejercicio de tomar conciencia de las sensaciones de mi cuerpo o de mi respiración, ¿puedo decir que me comunico con Dios? La respuesta es afirmativa. Permítaseme que explique la naturaleza de la comunicación con Dios que se establece en los ejercicios de conscienciación.

Muchos místicos afirman que -además de la mente y del corazón, con los que nos comunicamos con Dios.- todos nosotros estamos dotados de una mente y de un corazón místicos. Se trata de una facultad que nos permite conocer a Dios directamente, comprenderle e intuirle en su ser auténtico, aunque de manera oscura, sin necesidad de usar palabras, imágenes o conceptos.

De ordinario, nuestro contacto con Dios es indirecto, a través de imágenes o conceptos que, necesariamente, distorsionan su realidad. La capacidad de captarlo sin necesidad de imágenes o de ideas es el privilegio de esta facultad a la que, en el curso de esta explicación, llamaré Corazón (término entrañable para el autor de "Cloud of Unknowing"), aunque nada tiene que ver con nuestro corazón físico o con nuestra afectividad.

En la mayoría de nosotros este Corazón se encuentra dormido y subdesarrollado. Si lo despertásemos tendería constantemente hacia Dios y, si le diéramos oportunidad, empujaría la totalidad de nuestro ser hacia él. Pero para ello es necesario que se desarrolle, que se libere de las escorias que lo envuelven y pueda ser atraído por el Imán Eterno.

La escoria es el amplio número de pensamientos, palabras e imágenes que interponemos entre Dios y nosotros cuando entramos en comunicación con él. En muchas ocasiones, las palabras, en lugar de ayudar, impiden la comunicación e intimidad. El silencio de pensamientos y de palabras- puede, a veces, ser la forma más idónea de comunicación y de unión cuando los corazones están inundados de amor. Nuestra comunicación con Dios no es, sin embargo, un tema sencillo. Yo puedo mirar con amor a los ojos de un amigo íntimo y comunicarme con él sin necesidad de palabras. Pero, ¿dónde fijaré mi mirada cuando, desde el silencio, miro intensamente a Dios? ¡Una realidad sin imagen, sin forma! ¡El vacío!

Esto es lo que se pide a algunas personas que desean entrar en comunicación profunda con el Infinito, con Dios: mirar fijamente durante horas al vacío. Algunos místicos recomiendan que miremos este vacío amorosamente. En verdad, requiere una buena dosis de fe mirar intensamente, con amor y anhelo, lo que parece nada cuando entramos por primera vez en contacto con ello.

Normalmente, jamás lograrás ni siquiera aproximarte al vacío, aunque desees intensamente pasar horas sin fin mirándolo fijamente, si no has hecho el silencio en tu mente. Mientras la máquina de tu mente continúe tejiendo millones de pensamientos y de palabras, tu mente mística o Corazón permanecerá subdesarrollado. Piensa en la enorme agudeza de oído y de tacto que poseen los ciegos. Han perdido la facultad de ver y esto les fuerza a desarrollar las restantes facultades de percepción. En el mundo místico ocurre algo similar. Si, por decirlo de alguna manera, pudiésemos convertirnos en mentalmente ciegos, si pudiésemos colocar una venda en nuestra mente mientras nos comunicamos con Dios, nos veríamos obligados a desarrollar alguna otra facultad para comunicarnos con él -aquella facultad que, según numerosos místicos, tiende a ir hacia él si le concedemos la oportunidad de desarrollarse: el Corazón.

Cuando nuestro Corazón logra el primer atisbo directo y oscuro de Dios, desea vislumbrar el vacío. Las personas que alcanzan este estadio se lamentan con frecuencia de que no hacen oración, de que malgastan el tiempo, de que están ociosos, de que se encuentran sumergidos en la oscuridad total. Para escapar de esta situación desagradable, recurren, de nuevo para desgracia suya, a su facultad de pensar, quitan la venda de su mente y comienzan a pensar y a hablar con Dios; hacen justamente lo contrario de lo que deberían hacer.

Si Dios es benévolo con ellos -y lo es con frecuencia-impedirá que empleen su mente en la oración. Cualquier tipo de pensamiento les resultará desagradable; la oración vocal les parecerá insoportable porque las palabras se les antojarán carentes de sentido. Se sentirán totalmente secos siempre que intenten comunicarse con Dios por cualquier camino que no sea el del silencio. Al principio, incluso este silencio resultará penoso y seco. Quizás entonces caigan en el peor de todos los males: abandonar de plano la oración porque se sienten forzados a elegir entre la frustración de ser incapaces de utilizar su mente y la sensación hueca de desperdiciar el tiempo y de no hacer nada, en medio de la oscuridad que les envuelve, cuando hacen el silencio en la misma.

Si no caen en esa tentación y perseveran en el ejercicio de la oración y se entregan con fe ciega al vacío, a la oscuridad, a la inactividad, a la nada, descubrirán gradualmente -al principio en breves destellos y más tarde de forma más permanente- que en medio de la oscuridad se esconde un resplandor, que el vacío llena misteriosamente su corazón, que la ociosidad está llena de la actividad de Dios, que en la nada su ser es recreado y configurado de nuevo... y todo esto de una manera que no pueden describir. Después de cada una de estas sesiones de oración o de contemplación -llámesela como se quiera- perciben que algo misterioso ha estado trabajando dentro de ellos, regalándoles frescura, alimento y bienestar. Comprobarán que tienen un hambre voraz de volver a esa oscura contemplación que parece carente de sentido y, sin embargo, les llena de vida hasta el punto de alcanzar un embeleso que difícilmente pueden percibir con su mente ni sentir con sus emociones pero que está inequívocamente presente, es tan real y satisfactoria que no la cambiarían por todos los embelesas que pueden ofrecer los deleites del mundo de los sentidos, de las emociones y de la mente. Es curioso que al comienzo pareciese tan seco, oscuro e insípido.

Si quieres alcanzar este estadio, sumergirte en esta oscuridad mística y comenzar a comunicarte con Dios a través de este Corazón del que hablan los místicos, el primer paso a dar será encontrar un medio para hacer silencio en tu mente. Existen algunas personas afortunadas (es muy importante que sepas esto, de lo contrario caerías en el error de pensar que toda persona que quiera progresar en la contemplación tiene que pasar necesariamente por este proceso de confrontación con la oscuridad) que alcanzan espontáneamente ese estado sin tener necesidad de imponer el silencio a su mente discursiva ni bozal a sus palabras y pensamientos. Se asemejan a aquellas personas que poseen toda la sensibilidad que los ciegos concentran en sus manos y oídos y continúan disfrutando del ejercicio pleno de la visión. Saborean con fruición la oración vocal, aprovechan intensamente su imaginación durante la oración, dan rienda suelta a sus pensamientos cuando tratan con Dios y en medio de toda esta actividad su Corazón intuye directamente lo Divino.

Si perteneces a los que no se cuentan entre estas personas afortunadas, tendrás que hacer algo para desarrollar este Corazón. Directamente no puedes hacer nada. Lo único que está en tu mano es silenciar tu mente discursiva, abstenerte de todo pensamiento y palabra mientras estás en oración y permitir que el Corazón se desarrolle por sí mismo.

Imponer silencio a la mente es tarea extraordinariamente difícil. j qué duro resulta lograr que la mente se abstenga de pensar y pensar, de producir constantemente pensamientos en sucesión interminable. Los maestros hindúes de la India tienen un refrán: una espina se saca con otra. Con ello quieren dar a entender que lo sabio es emplear un pensamiento para librarte de los restantes pensamientos que se amontonan en tu mente. Un pensamiento, una imagen, una frase, sentencia o palabra que sea capaz de atraer la atención de tu mente. Pretender conscientemente que la mente permanezca sin pensar, en el vacío, es pretender lo imposible. La mente debe encontrarse siempre ocupada en algo. Si esto es así, dale algo en lo que pueda estar ocupada, pero dale solamente una cosa. Una imagen del Salvador a la que miras amorosamente y a la que te vuelves cada vez que te distraes; una jaculatoria repetida incesantemente para evitar que la mente vague por doquier. Llegará un momento en que la imagen desaparezca del campo de lo consciente, en que tu boca deje de pronunciar palabras, tu mente discursiva guarde silencio perfecto y tu Corazón se sienta del todo libre para mirar fijamente, sin impedimento alguno, a la Oscuridad.

Es claro que no has alcanzado aún el estadio en el que la imagen desaparece y las palabras guardan silencio para que funcione tu Corazón. Pero el que tu mente discursiva haya reducido su actividad drásticamente es ya una ayuda inmensa para que el Corazón se desarrolle y funcione. De esta manera, aun cuando jamás alcances el estado en el que la imaginación y las palabras guardan silencio. -tal como tú quisieras- irán creciendo en la contemplación.

Observa que los dos medios sugeridos por mí, la imagen del Salvador y la repetición de una jaculatoria, son religiosos por naturaleza. Recuerda, no obstante, que nuestra primera intención en este ejercicio no apunta al tipo de actividad en el que la mente se ocupa; nos interesa abrir y desarrollar el Corazón. Si se logra la finalidad, ¿importa realmente que la espina empleada para sacar las restantes sea de naturaleza religiosa o no lo sea? Si pretendes que se haga la luz en medio de tu oscuridad, ¿importa realmente que el cirio que esparce la luz en tu oscuridad sea sagrado o no? ¿Tiene alguna importancia que te concentres en una imagen del Salvador, en un libro, en una hoja o en una mancha del suelo? Un amigo jesuita interesado en todas estas cosas (y que sospecho examina todas las teorías religiosas con una sana mezcla de escepticismo) me aseguraba que, diciendo constantemente "uno-dos-tres-cuatro" rítmicamente, alcanzaba resultados místicos idénticos a los que sus compañeros más religiosos afirmaban alcanzar mediante la devota y rítmica recitación de alguna jaculatoria. Y le creo. Existe, indudablemente, un valor sacramental en el empleo de la espina religiosa, pero, por lo que atañe a nuestra finalidad, tan buena es una espina como otra.

De este modo hemos llegado a la conclusión, aparentemente desconcertante, de que la concentración sobre la respiración o sobre las sensaciones del cuerpo es una contemplación óptima en el más estricto sentido de la palabra. Esta teoría mía fue confirmada por unos jesuitas que hicieron un retiro de treinta días bajo mi dirección y que accedieron a dedicar, además de las cinco horas destinadas a lo que llamamos ejercicios ignacianos, cuatro o cinco horas diarias a este sencillo ejercicio de hacerse conscientes de su respiración y de las sensaciones de su cuerpo. No me sorprendí cuando me dijeron que durante estos ejercicios (una vez que desarrollaron cierta familiaridad con ellos) sus experiencias eran idénticas a las que tenían cuando practicaban lo que en terminología católica se conoce como oración de fe u oración de quietud. La mayoría de ellos llegaron, incluso, a decirme que estos ejercicios llevan a una profundización de las experiencias de oración que ellos habían tenido con anterioridad, dándolas -por hablar de alguna forma- mayor consistencia y agudeza.

A partir del próximo ejercicio de este libro propondré prácticas que son, manifiestamente, más religiosas en cuanto al tono. Quiero salir con ello al encuentro de los que temen estar perdiendo lamentablemente su tiempo de oración dedicándolo a ejercicios de consciencia. Los mencionados ejercicios, manifiestamente más religiosos, ofrecerán los frutos que pueden obtenerse por medio de los primeros. Contendrán reducidas dosis de reflexión que no tienen aquéllos. Con todo, la dosis es tan reducida que resulta casi despreciable. Así que, si te sientes más a gusto, no dudes en recurrir a ellos en vez de a los ejercicios de conscienciación.

En el párrafo anterior he empleado deliberadamente la expresión "tiempo de oración". No quiero pedirte que abandones toda tu oración (comunicación con Dios que implica el empleo de palabras, de imágenes y de conceptos) en favor de la contemplación pura. Hay tiempo para la meditación y oración y tiempo para la contemplación, al igual que hay tiempo para la acción y tiempo para la contemplación. Con todo, mientras estés ocupado en lo que he llamado contemplación, cuida de no caer en la tentación de pensar, por más santo que pueda ser el pensamiento que quiera robar tu atención. Así como en el tiempo de oración rechazarías pensamientos santos relacionados con tu trabajo, y que serían óptimos en su momento adecuado pero no en tiempo de oración, de igual manera debes rechazar vigorosamente durante tu tiempo de contemplación todo pensamiento de cualquier tipo que sea. Deberás considerarlo como destructor de esta forma particular de comunicación con Dios. Es el momento de exponerte, en silencio, al sol divino, no de reflexionar sobre las propiedades y virtudes de los rayos del sol; ahora es el momento de clavar la mirada amorosamente en los ojos de tu amante divino y de no romper esta intimidad especial con palabras o reflexiones sobre él. La comunicación por medio de palabras debe quedar relegada a otro momento. Ahora es el tiempo de la comunicación sin palabras.

Hay un punto importante sobre el que, desgraciadamente, no puedo ofrecerte ayuda en este libro. Para ello necesitarás la guía de un maestro experimentado que conozca tus necesidades espirituales. Se trata de lo siguiente: del tiempo que dedicas diariamente a comunicarte con Dios. ¿Cuánto deberías dedicar a la oración y cuánto a la contemplación? Sobre este punto puedes decidir con tu director espiritual. Con su ayuda tendrás que decidir también si debes continuar buscando este tipo de contemplación del que hablo o no. Quizás perteneces al grupo de personas afortunadas del que he hablado antes; personas que mantienen el pleno ejercicio de sus manos y de sus oídos sin haber tenido necesidad de vendar sus ojos; cuyo Corazón místico mantiene la comunicación más profunda posible con Dios mientras su mente comunica con él a través de palabras y de pensamientos; que no necesitan guardar silencio para establecer con su Amado el tipo de intimidad que muchas otras personas alcanzan únicamente por medio del silencio.

Si eres incapaz de encontrar un director espiritual, pide a Dios que te guíe y comienza dedicando algunos minutos diarios a la contemplación ya sea en la forma de ejercicios de "conscienciación" o siguiendo alguno de los ejercicios más sencillos que vienen a continuación. Incluso en tu tiempo de oración trata de reducir poco a poco la actividad pensante y ora más con el corazón. Santa Teresa de Ávila solía repetir: “Lo importante no es pensar mucho, sino amar mucho”. Por consiguiente, ama mucho durante tu tiempo de oración. Y Dios te guiará aunque sea por medio de un período de prueba y de error.

Dios en mi respiración

En el capítulo anterior anuncié que ofrecería algunos ejercicios de tono más religioso y que contienen, al mismo tiempo, las ventajas de los ejercicios de "conscienciación". He aquí el primero:

Cierra los ojos y practica los ejercicios de hacerte consciente de las sensaciones de tu cuerpo durante algunos minutos...

Pasa después a caer en la cuenta de tu respiración tal como lo hemos descrito en el ejercicio precedente y mantente ahí durante algunos minutos...

Piensa ahora que el aire que respiras está cargado del poder y de la presencia de Dios... Concibe el aire como un océano inmenso que te rodea... un océano divinamente coloreado por la presencia y por el ser de Dios... Cuando introduces el aire en tus pulmones estás metiendo a Dios en ellos. Ten en cuenta que cada vez que respiras estás sostenido por el poder y por la presencia de Dios... Permanece ahí el tiempo que puedas...

Toma nota de lo que sientes cuando te das cuenta que introduces a Dios dentro de ti cada vez que aspiras...

Existe una variante de este ejercicio. Arranca de la mentalidad de los hebreos tal como la encontramos reflejada en la Biblia. Para ellos, la respiración de la persona es su vida. Cuando una persona ha muerto, Dios le ha retirado su aliento. Esto ha sido la causa de su muerte. Si una persona vive es porque Dios mantiene su aliento, su "espíritu", en ella. La presencia de este Espíritu de Dios mantiene viva a la persona.

Cuando aspiras, hazte consciente de que te invade el Espíritu de Dios... Llena tus pulmones de la energía divina que trae consigo...

Cuando expiras, piensa que expulsas todas las impurezas que anidan dentro de ti... tus temores... tus sentimientos negativos...

Imagina que ves cómo tu cuerpo entero se torna, radiante y lleno de vida por medio de este proceso de respirar al Espíritu de Dios, dador de vida; que expiras todas las impurezas que se esconden dentro de ti...

Mantente en este ejercicio todo el tiempo que puedas permanecer libre de distracciones...

Comunicación con Dios por la respiración

En repetidas ocasiones he distinguido entre oración y contemplación. Es posible también expresar esta distinción hablando de dos tipos de oración, la de devoción y la intuitiva.

La oración intuitiva coincidiría aproximadamente con lo que yo llamo contemplación. La oración devota con lo que denomino oración. Ambas formas de oración llevan a la unión con Dios. Cada una de ellas se acomoda mejor a las necesidades de unas personas que de otras. Incluso una misma persona puede comprobar que la misma forma de oración se adapta mejor a sus necesidades en unos momentos que en otros.

La oración de devoción está, también relacionada íntimamente con el corazón. En efecto, una oración que se limitase a la mente dejaría de ser oración. Serviría, a lo sumo, de preparación a la oración. Incluso en el plano puramente humano no existe comunicación personal genuina si no está dotada, al menos en grado mínimo, de comunicación cordial, de una dosis, aunque sea pequeña, de emoción. Si la comunicación, la participación de pensamientos, carece por completo de emoción, puedes estar seguro de que está totalmente ausente la dimensión personal, íntima. En tal caso no hay una comunicación que lleve a la intimidad.

Voy a presentarte una variante del ejercicio anterior; hará al ejercicio más devoto que intuitivo. Observarás, sin embargo, que el contenido de pensamiento es mínimo; de esta manera, el ejercicio puede pasar fácilmente de lo devoto a lo intuitivo, del corazón al Corazón. De hecho, será una combinación equilibrada de lo devoto y de lo intuitivo.

Hazte consciente de tu respiración durante un momento...

Reflexiona sobre la presencia de Dios en la atmósfera que te rodea... Reflexiona sobre su presencia en el aire que respiras... Sé consciente de su presencia en el aire que aspiras y expiras... Observa lo que sientes cuando tomas en cuenta su presencia en el aire que aspiras y expiras...

Ahora exprésate con Dios. Pero hazlo sin emplear palabras. Con frecuencia, cuando nos expresamos por medio de una mirada o de un gesto, la expresión es más intensa que a través de las palabras. Expresa a Dios diversos sentimientos por medio de la respiración, sin palabras. Expresa, en primer lugar, un gran deseo de él. Sin que medie palabra alguna, mentalmente, dile: “¡Dios mío, tengo ansias de ti…!” Para ello, sírvete de tu respiración. Quizás puedas expresado respirando profundamente, inhalando más profundamente...

Trata ahora de expresar otra actitud o sentimiento, el de confianza o entrega. Sin emplear palabras, con tu respiración, dile: “¡Dios mío, me entrego por completo a ti...!” Quizás desees dar a entender estos sentimientos poniendo énfasis en la exhalación, respirando cada vez como si suspirases profundamente. Cada vez que expiras, siente que te entregas por completo en las manos de Dios...

Ahora escoge otras actitudes ante Dios y exprésalas por medio de tu respiración. Amor... Proximidad e intimidad... Adoración... Agradecimiento... Alabanza...

Si te fatiga este ejercicio, comiénzalo de nuevo y reposa tranquilamente teniendo en cuenta que Dios te envuelve y está presente en el aire que respiras... Cuando notes que te distraes, pasa a la segunda parte de este ejercicio y trata de expresarte a Dios sin emplear palabras...

Quietud

Este es un ejercicio para lograr la quietud. Dice el Señor: "Permaneced tranquilos y saber que yo soy Dios". El hombre moderno es, por desgracia, presa de una tensión nerviosa que le impide permanecer tranquilo. Si desea aprender a orar, tendrá que esforzarse previamente por estar tranquilo, por acallar sus tensiones. De hecho, la quietud verdadera y el silencio se convierten frecuentemente en oración cuando Dios se manifiesta en el ropaje del silencio.

Repite el ejercicio de hacerte consciente de las sensaciones de tu cuerpo. Sólo por una vez recorre todo tu cuerpo, comenzando por la coronilla hasta las puntas de los dedos de los pies, sin omitir parte alguna de tu cuerpo...

Consciencia todas las sensaciones que se producen en cada una de las partes... Quizás adviertas que alguna de las partes de tu cuerpo carece por completo de sensaciones... Detente en ella durante algunos segundos... Si no emerge sensación alguna, pasa a otra parte...

Cuando adquieras práctica en este ejercicio, agudizarás de tal manera tu percepción, que no existirá parte alguna de tu cuerpo en la que no experimentes muchas sensaciones... Por el momento tendrás que conformarte con permanecer en el vacío y pasar a otras partes en las que percibas más sensaciones... Pasa lentamente de la cabeza a los pies... y de nuevo de la cabeza a los pies... y así durante unos quince minutos...

A medida que se agudice tu percepción, experimentarás sensaciones que anteriormente no habías advertido... captarás también sensaciones extremamente sutiles, tan sutiles que pueden ser percibidas únicamente por una persona dotada de concentración y paz profundas.

Experimenta tu cuerpo como un todo... Siente la totalidad de tu cuerpo como una masa dotada de diversos tipos de sensaciones... Permanece en este ejercicio durante unos momentos y vuelve después a tener en cuenta cada una de las partes, desde la cabeza hasta los pies... A continuación, vuelve de nuevo a percibir tu cuerpo como un todo...

Advierte ahora la quietud profunda que te ha invadido. Observa la calma perfecta de tu cuerpo... Cuida, sin embargo, de no recrearte en la calma hasta el punto de que no percibas tu cuerpo...

Si adviertes que te acosa la distracción, imponte la tarea de pasar de nuevo desde la cabeza hasta los pies teniendo en cuenta las sensaciones de cada una de las partes de tu cuerpo... Acto seguido presta atención a la quietud que reina en todo tu cuerpo... Si realizas este ejercicio en grupo, presta atención al silencio que reina en la sala...

Es de suma importancia que no muevas parte alguna de tu cuerpo mientras realizas este ejercicio. Al principio te costará trabajo conseguido, pero cada vez que te sientas impulsado a moverte, a rascarte, a agitarte, experimenta este impulso... No cedas a la tentación; limítate a percibido con la mayor nitidez posible...

Desaparecerá gradualmente y recobrarás de nuevo la calma...

A muchas personas les resulta extremadamente penoso permanecer tranquilos. Les resulta incluso físicamente penoso. Cuando te sientas tenso, dedica todo el tiempo que sea preciso a hacerte consciente de la tensión nerviosa dónde la sientes, qué características presenta… y mantente ahí hasta que desaparezca la tensión.

Quizás llegues a sentir dolor físico. Por más cómoda que sea la postura que adoptes para este ejercicio, tu cuerpo protestará, probablemente, contra la inmovilidad desarrollando dolores físicos intensos y fatiga en diversas partes. Cuando suceda esto, resiste a la tentación de mover tus miembros o de cambiar de postura para mitigar la fatiga. Limítate a percibir la fatiga.

Durante un retiro budista se nos pidió que permaneciésemos por una hora entera sin cambiar de postura ni movemos. Me senté con las piernas cruzadas y el dolor en mis rodillas y espalda se hizo tan intenso que resultaba inaguantable. No recuerdo haber padecido un dolor físico tan intenso en ningún otro momento de mi vida. Se suponía que durante esa hora percibiríamos las sensaciones de nuestro cuerpo, pasando de una parte del cuerpo a otra. Mi atención quedó absorbida totalmente por el dolor agudo que sentía en las rodillas. Sudaba. Pensé desfallecer a causa del dolor, hasta que decidí no luchar contra él, no escapar de él, no desear aliviado, sino concienciado, identificarme con él. Traté de descomponer los ingredientes del dolor y descubrí, para sorpresa mía, que estaba compuesto de muchas sensaciones, no sólo de una: ardores intensos, tirones, una sensación de descargas intensas que aparecía y se iba, para emerger de nuevo... y un punto que se desplazaba de un lugar a otro. Identifiqué este punto como dolor. Cuando me decidí a mantener este ejercicio me sorprendí de que podía aguantar bastante bien el dolor; incluso fui capaz de conscienciar otras sensaciones que se producían en diversas partes de mi cuerpo. Por primera vez en mi vida experimenté dolor sin sufrir.

Si no haces este ejercicio con las piernas cruzadas es probable que sientas menos dolor que el experimentado por mí. De cualquier manera, al principio sentirás inevitablemente alguna molestia hasta que tu cuerpo se acostumbre a permanecer en calma perfecta. Combate el dolor haciéndote consciente de él. Y cuando, por fin, tu cuerpo consiga la quietud, sentirás una rica recompensa en el arrobamiento que te traerá esa quietud.

La tentación de rascarse es muy frecuente en los principiantes. Eso proviene de que, a medida que se hace más aguda la percepción de las sensaciones del cuerpo, comienzan a percatarse de la picazón y de sensaciones punzantes, presentes siempre en el cuerpo pero ocultas a la consciencia a causa del endurecimiento psico-físico al que la mayoría de nosotros sometemos a nuestro cuerpo y debido a la crasitud de nuestra sensibilidad. Mientras atraviesas este estadio de picazón, deberás permanecer en perfecta calma, conscienciar cada una de las sensaciones de picazón y permanecer en esta toma de conciencia hasta que desaparezca, resistiendo a la tentación de combatida rascándote.

Oración del cuerpo

Presento aquí otra variante piadosa de los ejercicios de sensaciones corporales:

Ante todo, tranquilízate por medio de la percepción de sensaciones en las diversas partes de tu cuerpo... Agudiza esta toma de conciencia recogiendo incluso las sensaciones más sutiles, no sólo las más crasas y evidentes...

Ahora, muy suavemente, menea tus manos y dedos de manera que lleguen a descansar sobre tu regazo, las palmas hacia arriba, los dedos juntos... El movimiento debe ser muy, muy lento... imitando la apertura de los pétalos de la flor... Y mientras realizas este movimiento, hazte consciente de cada una de sus partes...

Una vez que tus manos reposen en tu regazo, las palmas hacia arriba, percibe las sensaciones de las palmas... A continuación conciencia el gesto: es un gesto de orar a Dios, común a la mayoría de las culturas y religiones. ¿Qué significado tiene este gesto para ti? ¿Qué quieres decir a Dios por medio de él? Exprésalo sin palabras, únicamente identificándote con él...

Esta forma de comunicación no verbal que acabas de hacer se puede practicar en grupo y no requiere cambio alguno importante en la postura. Quizás te conceda saborear, en alguna medida, el tipo de oración que puedes practicar con tu cuerpo.

Presento a continuación algunos ejercicios que puedes realizar en la intimidad de tu habitación, donde puedes expresarte a tus anchas con tu cuerpo sin las dificultades de ser visto por otros.

Colócate de pie, erguido, con las manos colgando, relajadas, a los lados de tu cuerpo. Toma conciencia de que te hallas en la presencia de Dios...

A continuación, trata de encontrar alguna manera de expresarle, por medio de gestos, los sentimientos siguientes: " ¡Dios mío, me ofrezco enteramente a ti!"... Realiza este gesto muy lentamente (recuerda los pétalos de una flor que se abre), consciente plenamente de tus movimientos y asegurándote de que expresen tus sentimientos...

He aquí una manera de expresar la actitud de entrega: levanta las manos muy lentamente hasta que las tengas estiradas perfectamente delante de ti, los brazos paralelos al pavimento... Ahora gira lentamente tus manos de forma que las palmas miren hacia el techo, los dedos juntos y estirados... A continuación, eleva lentamente la cabeza hasta que te encuentres mirando al cielo... Si tienes los ojos cerrados, ábrelos con idéntica lentitud... Mira fijamente a Dios...

Mantén esta postura durante un minuto... A continuación, deja caer lentamente las manos hasta que recobren su posición inicial, flexiona la cabeza hacia adelante hasta que mire al horizonte. Cesa por un momento en la oración de ofrecimiento que has realizado sin palabras... y comienza de nuevo el rito... Realízalo tres o cuatro veces... o tantas cuantas te inspire la devoción...

Una alternativa al gesto que te he sugerido para expresar entrega: levanta tus manos como te he sugerido anteriormente, vuelve las palmas hacia arriba, los dedos juntos y estirados... A continuación junta las palmas de la mano formando un cáliz o copa... Acerca lentamente esa copa hacia tu pecho... Levanta lentamente tu cabeza hacia el cielo como he indicado antes... Mantén esta postura durante un minuto.

Otro modelo, éste para expresar deseo de Dios, saludo a él o a toda la creación: Levanta las manos y los brazos hasta estirados totalmente delante de ti, paralelos al pavimento... Ahora ábrelos semejando un abrazo... Mira amorosamente hacia el horizonte...

Mantén esta postura durante un minuto; después vuelve a recobrar la posición inicial; descansa por un momento de hacer la oración que has realizado. Después repite el gesto tantas veces como quieras o tenga sentido para ti...

Los gestos que te he sugerido en el ejercicio son simples modelos. Trata de inventar tus propios gestos para expresar amor... alabanza... adoración...

O expresa algo que desees decir a Dios... Hazlo despacio y con la mayor gracia posible, de manera que se convierta en un movimiento lento de danza ritual...

Si te sientes desamparado e incapaz de hacer oración. si te encuentras sin recursos, expresa todo esto despojándote de tus ropas, postrándote en el suelo y extendiendo tus brazos en forma de cruz... esperando que Dios derrame sus gracias sobre tu forma postrada...

Cuando oras con el cuerpo das poder y cuerpo a tu oración. Esto es particularmente necesario cuando te sientes incapaz de hacer oración, cuando tu mente se distrae. tu corazón se vuelve de piedra y tu espíritu parece muerto. Trata entonces de permanecer delante de Dios en posición muy devota, con las manos juntas delante de tu pecho, los ojos vueltos hacia él en mirada suplicante... Algo de la devoción que expresas por medio de tu cuerpo se filtrará en tu espíritu y, probablemente, después de unos momentos te resultará más sencillo hacer oración.

Algunas personas encuentran, a veces, dificultades en la oración porque no aciertan a implicar a su cuerpo en ella; no saben introducir sus cuerpos en el templo santo de Dios. Dices estar de pie o sentado ante la presencia del Señor Resucitado pero en realidad estás derrengado en tu asiento o permaneces de pie en posición desaliñada... A todas luces, no estás aún poseído por la presencia amorosa del Señor. Si estuvieses plenamente pendiente de él lo notaríamos en tu cuerpo.

Quiero terminar este capítulo con otro ejercicio que puedes practicar en grupo, al igual que el ejercicio relacionado con las palmas de tus manos:

Cierra los ojos. Logra la calma por medio de uno de los ejercicios de conscienciación...

Ahora levanta lentamente tu rostro hacia Dios... Mantén los ojos cerrados... ¿Qué estás expresando a Dios a través de tu rostro vuelto hacia él? Permanece con ese sentimiento o comunicación durante algunos momentos... Después percibe con la mayor agudeza posible, la posición de tu rostro... la sensación de tu rostro...

Pasados unos momentos pregúntate a ti mismo qué estás expresando a Dios por medio de tu rostro levantado y permanece así algunos instantes...

El toque de Dios

Esta es una variante piadosa de los ejercicios sobre sensaciones corporales. Te será útil si tienes ciertos reparos en llamar a estos últimos verdadera oración o contemplación.

Repite uno de los ejercicios sobre las sensaciones del cuerpo... Tómate algún tiempo para experimentar el mayor número de las sensaciones más sutiles en las diversas partes de tu cuerpo...

Ahora reflexiona: ninguna de las sensaciones que he percibido, por más tenue que sea el resultado de la reacción química, se daría si no existiese la omnipotencia de Dios... Siente la actuación del poder de Dios en la producción de cada una de las sensaciones...

Siéntele tocándote en cada una de esas sensaciones que él produce... Siente el tacto de Dios en diferentes partes de tu cuerpo: áspero, suave, placentero, doloroso...

Personas deseosas de experimentar a Dios y conscientes de que aún no lo han logrado, me preguntan con ansia cómo pueden llegar a tener esta experiencia de él. La experiencia de Dios no tiene por qué ser algo sensacional o fuera de lo corriente. Existe; sin duda, una experiencia de Dios que difiere del curso ordinario de las experiencias a las que estamos habituados: se trata del silencio profundo del que he hablado anteriormente, la oscuridad resplandeciente, el vacío que trae plenitud. Se producen destellos, repentinos, inenarrables, de eternidad o de infinitud que nos vienen cuando menos los esperamos, en medio del juego o del trabajo.

Cuando nos hallamos ante la presencia de la belleza o del amor… tenemos la sensación de salir fuera de nosotros… Rara vez juzgamos esas experiencias como extraordinarias o fuera de lo corriente. Apenas les prestamos atención. No las apreciamos en todo su valor y continuamos buscando la gran experiencia de Dios que transformará nuestras vidas.

En realidad, se requiere muy poco para experimentar a Dios. Basta con que nos tranquilicemos, con que alcancemos el silencio y tomemos en cuenta la sensación de nuestra mano. Ser conscientes de las sensaciones que se dan en nuestra mano… Ahí está Dios, viviendo y actuando en ti, tacándote, intensamente próximo a ti... Siéntelo... Experiméntalo...

Muchas personas consideran estas experiencias como algo carente de significación. Sin duda que sentir a Dios es algo más que la simple constatación de las sensaciones de nuestra mano derecha. Hay personas que, como los judíos, clavan sus ojos en el futuro esperando la venida de un Mesías glorioso, sensacional, mientras que el Mesías auténtico se encontraba entre ellos, en la forma de un hombre llamado Jesús de Nazaret.

Olvidamos con demasiada facilidad que una de las lecciones más grandiosas de la encarnación es que Dios se encuentra en las cosas ordinarias. ¿Deseas ver a Dios? Mira el rostro de la persona que se encuentra junto a ti. ¿Quieres escuchado? Presta atención al llanto de un niño, al tumulto de una fiesta, al viento que susurra en los árboles. ¿Quieres sentido? Extiende tu mano y siente su caricia. O toca la silla en la que estás sentado o el libro que lees. O haz la calma dentro de ti y percibe las sensaciones de tu cuerpo, siente actuar en ti todo su poder sin límite y experimenta cuán próximo está de ti. Emmanuel. Dios con nosotros.

Sonidos

Si no pongo mucho cuidado en escoger un lugar tranquilo para los grupos de contemplación, algunos miembros del grupo se quejan invariablemente de los ruidos que les rodean. El tráfico de las calles, el sonido estridente de la radio. Una puerta que chirría. El teléfono que suena Todos estos ruidos estorban su quietud y tranquilidad y les sumergen en distracciones.

Algunos sonidos favorecen el silencio y la oración. Escuchar el sonido lejano de la campana de una iglesia, por ejemplo, o el gorjeo de los pájaros al amanecer o escuchar las melodías del órgano en una iglesia grandiosa no producen molestia alguna. Y con todo, ningún sonido, a no ser algún ruido tan fuerte que te estropee los tímpanos, tiene por qué perturbar tu silencio, quietud y tranquilidad. Si aprendes a llevar a la contemplación todos los sonidos que te rodean (suponiendo que interfieran en tu acto de consciencia cuando estás en contemplación), descubrirás que existe un silencio profundo en el corazón de los ruidos. Me gusta, por este motivo, tener las sesiones de oración en grupo en lugares que no estén en silencio total. Una sala situada al lado de una calle de intenso tráfico se acomoda admirablemente a mis preferencias.

A continuación, presento un ejercicio que te ayudará notablemente a lograr la contemplación en medio de los sonidos que te rodean:

Cierra los ojos. Tapona tus oídos con los pulgares. Cubre los ojos con las palmas de tus manos.

Ahora no escuchas sonido alguno de los que te rodean.

Escucha el sonido de tu respiración.

Después de respirar diez veces profundamente, lleva tus manos muy despacio sobre tu regazo. Que tus ojos permanezcan cerrados. Presta atención a todos los sonidos que te rodean, el mayor número posible de ellos, los sonidos intensos, los tenues; los que se oyen cerca, los que suenan más alejados... Durante un rato escucha estos sonidos sin tratar de identificarlos (ruido de pasos, tic tac del reloj, ruido del tráfico...) Escucha todo el mundo de sonidos que te rodean considerándolos como un todo...

Los sonidos distraen cuando luchas por escapar de ellos, cuando intentas expulsarlos fuera de tu conciencia, cuando protestas que no tienen derecho a estar allí. En esta ultima eventualidad, además de molestar, irritan. Si, por el contrario, los aceptas y los conciencias se convertirán para ti no en fuente de distracción o de irritación sino en un medio para lograr el silencio. Aprenderás por experiencia cuán relajante resulta este ejercicio.

Pero no solamente eso. Es también una buena contemplación. Podrías aplicar aquí la teoría sobre el desarrollo del Corazón dentro de ti para captar a Dios. En vez de ocupar tu mente en las sensaciones de tu cuerpo, podrías ocuparla haciéndote consciente de los sonidos que te rodean mientras tu Corazón se despliega gradualmente y comienza a tender hacia Dios.

Pero si esta teoría no te agrada, te presento otro medio para lograr que la contemplación, en este ejercicio, sea más explícita:

Escucha todos los sonidos que te rodean, como hemos indicado en el ejercicio anterior...

Asegúrate de que puedes escuchar hasta los sonidos más leves. Con frecuencia, un sonido se compone de otros muchos... tiene diferencias de nivel e intensidad... Averigua cuántos de estos matices puedes captar...

Toma en cuenta ahora no tanto los sonidos que te rodean, sino tu acto de oír...

¿Qué sientes cuando percibes que posees la facultad de oír? ¿Agradecimiento... alabanza... gozo... amor...?

Vuelve de nuevo al mundo de los sonidos y alterna entre la toma de conciencia de los sonidos y tu actividad auditiva... Piensa ahora que cada uno de los sonidos es producido y sostenido por la omnipotencia de Dios... Dios está sonando a tu alrededor... Descansa en este mundo de los sonidos... Descansa en Dios...

Típico de la mentalidad hebrea que encontramos en la Biblia es la capacidad para ver a Dios actuando en cada una de las cosas. Mientras nosotros nos quedamos exclusivamente en las causas segundas, los hebreos se situaban exclusivamente en la Causa Primera. ¿Habían sido derrotados sus ejércitos? Dios los había derrotado, no la impericia de los generales ¿Llovía? Dios hacía caer la lluvia. ¿Eran destruidas sus cosechas por las langostas? Dios enviaba las langostas.

Es cierto que su visión de la realidad era parcial. Parecían ignorar por completo las causas segundas. También la visión del mundo que tenemos en nuestros días es igualmente imperfecta y parcial ya que parecemos ignorar por completo la Causa Primera. ¿Ha desaparecido tu jaqueca? Los hebreos dirían: "Dios te ha curado". Nosotros decimos: “¡Deja a Dios en paz! Te ha curado la aspirina”. En realidad, Dios te ha curado por medio de la aspirina. Es una lástima: estamos rodeados de bienes de todo tipo pero hemos perdido el sentido del Infinito actuando dentro de nosotros... Ya no sentimos a Dios guiándonos por medio de los gobernantes, a Dios sanándonos de nuestras heridas emocionales por medio de las personas que nos aconsejan, a Dios que nos da la salud por medio de los médicos, a Dios que configura cada uno de los acontecimientos que acaecen, a Dios que envía a cada una de las personas que entran en nuestra vida, a Dios produciendo la lluvia, a Dios que juega en la brisa y nos toca en cada una de las sensaciones que experimentamos y en los sonidos que nos rodean, de tal manera que nuestro oído los registre y nosotros los oigamos.

Un añadido agradable al ejercicio puede consistir en que el grupo o quien lo dirige reciten una antífona con voz suave. Recitar la palabra sánscrita OM, puede ser de gran ayuda. En cualquier caso, se trata de recitar una línea o una palabra, permanecer después en silencio durante unos instantes y volver a recitada de nuevo. Puedes intentado tú mismo si haces la contemplación en solitario. Lo importante no es escuchar únicamente el sonido, sino también el silencio que se produce después de cada línea o palabra que recitas.

Suelo introducir con frecuencia un recitado en determinados momentos en que el grupo contempla en silencio. Esto contribuye a profundizar el silencio si el grupo sabe escuchado convenientemente. Efecto similar puede obtenerse golpeando rítmicamente un gong. Golpear el gong, escuchar la resonancia, percibir cómo muere el sonido, escuchar el silencio que se produce a continuación.

Concentración

Este es un ejercicio de pura toma de conciencia:

Elige un objeto sensible como centro básico de atención: te sugiero que elijas o bien las sensaciones de una parte del cuerpo o la respiración o los sonidos que te rodean.

Centra tu atención en ese objeto pero hazlo de manera que, si ésta se desvía a cualquier otro objeto, te des cuenta inmediatamente de esa desviación.

Supongamos que has escogido como objeto básico de atención tu respiración ¡Bien! ¡Concéntrate en tu respiración!... Es probable que, después de algunos minutos, tu atención se desplace a cualquier otro objeto, un pensamiento, un sonido, un sentimiento... Si tienes en cuenta este desplazamiento, no debes considerado como una distracción. Es importante, sin embargo, que lo conciencies cuando está produciéndose o inmediatamente después de haber tenido lugar. Lo considerarás como distracción sólo en el caso de que te des cuenta de él bastante después de haberse producido. Supongamos que tomas como objeto de atención tu respiración. En tal caso, tu ejercicio podría recorrer los pasos siguientes (voy a describir el proceso de toma de conciencia): Estoy respirando... Estoy respirando... Ahora estoy pensando... pensando... pensando... Ahora estoy escuchando un sonido... escuchando... escuchando... Ahora estoy irritado... irritado... irritado... Ahora me siento cansado... cansado... cansado...

Cuando realizamos este ejercicio no hay que pensar que la dispersión de la mente sea una distracción, a no ser que no te des cuenta de que tu mente divaga, que tu atención se desplaza de un objeto a otro... Una vez que hayas tomado en cuenta este desplazamiento, permanece centrado en el nuevo objeto (pensar, escuchar, sentir...) durante unos momentos; después retorna al objeto básico de tu atención (respiración)...

Tu pericia en la auto-conscienciación puede desarrollarse de tal manera que te hagas capaz de percibir no sólo el desplazamiento de tu atención a otro objeto, sino incluso del deseo de cambiar, del impulso a pasar a cualquier otro objeto. Igual que cuando deseas mover tu mano, hacerte consciente de que consientes en él, de la puesta en práctica del deseo, del primer movimiento ligero de tu mano...

Todas las actividades que componen este proceso se realizan en una fracción infinitesimal de segundo. De ahí que nos resulte imposible distinguir cada una de ellas hasta que no hayamos logrado que reinen dentro de nosotros el silencio y la calma y que nuestra toma de conciencia haya adquirido la agudeza del filo de una navaja.

A veces consideramos la auto-consciencia como una forma de egoísmo y exhortamos a las personas a que se olviden de sí mismas y piensen en los demás. Para entender hasta qué punto puede ser nocivo este consejo, basta con oír alguna entrevista grabada de un consejero bien intencionado, comunicativo pero inexperto, con su cliente. Si aquél no tiene en cuenta lo que ocurre en su interior, de seguro que no será consciente de lo que suceda en la interioridad de su cliente y de lo que acaezca en el intercambio que se establece entre los dos. En tal caso, será muy escasa la ayuda que pueda prestarle; incluso estará en peligro de dañarle.

Tenerse en cuenta a sí mismo es un medio eficacísimo para crecer en el amor a Dios y al prójimo. La auto-consciencia incrementa el amor. El amor, cuando es auténtico, profundiza la auto-consciencia.

No busques medios recónditos para desarrollarla. Comienza por cosas sencillas, como es percibir las sensaciones de tu cuerpo o las cosas que te rodean y pasa después a ejercicios como el que te recomiendo en este capítulo. Al cabo de poco tiempo notarás los frutos de quietud y de amor que la auto-consciencia ejercitada te dará.

Encontrar a Dios en todas las cosas

Esto es una recapitulación de la mayoría de los ejercicios precedentes.

Realiza algunos de los ejercicios de toma de conciencia expuestos en las páginas anteriores.

Fija, por ejemplo, la sensación de tu cuerpo como punto de atención... Observa no sólo las sensaciones que se ofrecen espontáneamente a tu conciencia, las más intensas, sino también las más sutiles... Si es posible, abstente de dar nombre a las sensaciones (ardor, entumecimiento, pinchazo, comezón, frío...). Trata de sentirlas sin darles nombre...

Actúa de igual manera con los sonidos... Trata de captar el mayor número de ellos... No busques identificar su fuente... Escucha los sonidos sin darles nombre...

A medida que avances en este ejercicio notarás que te invade una gran calma, un silencio profundo... Ahora percibe, por un instante, esta quietud y silencio...

Experimenta qué bien se está aquí ahora. No tener nada que hacer. Simplemente ser.

Ser.

Para los que se sienten más inclinados a lo devoto:

Realiza el ejercicio precedente hasta que sientas la quietud que trae consigo...

Percibe, durante un momento, la quietud y el silencio... A continuación, comunícate con Dios sin emplear palabras. Imagina que eres mudo y que puedes comunicarte tan sólo con los ojos y con la respiración. Dile al Señor sin Palabras: «¡Señor! ¡Qué bien se está aquí contigo!”.

O no te comuniques con el Señor. Confórmate con permanecer en su presencia.

También para los que se sienten inclinados a lo devoto: un ejercicio rudimentario de encontrar a Dios en todas las cosas.

Retorna al mundo de los sentidos. Percibe con la mayor agudeza posible el aire que respiras... los sonidos que te rodean... las sensaciones que experimentas en tu cuerpo...

Siente a Dios en el aire, en los sonidos, en las sensaciones... Permanece en el mundo de los sentidos… Permanece en Dios... Entrégate al mundo de los sentidos (sonidos, sensaciones del tacto, colores...) Entrégate a Dios…

Hacerse consciente de los demás

Hasta el presente, todos los ejercicios que has realizado se basaban en la consciencia del yo y de Dios a través del yo. Esto se debe a que tú eres para ti la realidad más cercana a Dios. No podrás experimentar nada que se encuentre más próximo a Dios que tú mismo. San Agustín insistiría con acierto en que tenemos que devolver el hombre a sí mismo para que éste haga de sí una pasarela hacia Dios. Dios es el fundamento verdadero de mi ser, el Yo de mi yo, y no puedo profundizar dentro de mí sin entrar en contacto con él.

Conscienciarse a uno mismo es también un medio para desarrollar la consciencia de los demás. En la medida en que sintonice con mis propias sensaciones seré capaz de percibir los sentimientos de los demás. Sólo en ]a medida en que tenga en cuenta mis reacciones frente a los demás seré capaz de salir a su encuentro con amor, sin causarles daño alguno. Cuando tomo en cuenta mis propias sensaciones desarrollo la capacidad de tener en cuenta a mi hermano. Si tengo dificultades para percibir lo que es más cercano, a mí mismo. ¿Cómo podré evitar tener dificultades para conscienciar a Dios y a mi hermano?

El ejercicio de conscienciar al otro que voy a proponerte no parte, como quizás piensas, del prójimo. Voy a fijarme en algo que es mucho más sencillo: conscienciar el resto de la creación. Partiendo de ahí, podrás llegar gradualmente al hombre. En este ejercicio pretendo que desarrolles una actitud de reverencia y de respeto hacia toda la creación inanimada: hacia todos los objetos que te rodean. Algunos grandes místicos nos dicen que, cuando alcanzaron el estadio de iluminación, se sintieron misteriosamente llenos de un sentido de reverencia profunda. Reverencia ante Dios, ante la vida en todas sus formas, reverencia ante la creación inmensa también... Y se sintieron empujados a personalizar toda la creación. En adelante dejaron de tratar a las personas como cosas. Y a las cosas como cosas: era -como si incluso las cosas se hubiesen convertido en personas. Como consecuencia, creció en ellos el respeto y amor que tenían a las personas.

Francisco de Asís fue uno de estos místicos. El veía en el sol, en la luna, en las _ estrellas, en los árboles, en los pájaros, en los animales, hermanos y hermanas suyos. Formaban parte de su familia y les hablaba amorosamente. ¡San Antonio de Padua llegó a predicar a los peces! ¡Una locura!, pensaremos nosotros. Actitud profundamente sabia, personalizad ora y santificadora desde un punto de vista místico.

Desearía que experimentases por ti mismo algo de esto en lugar de conformarte con leerlo. De ahí que te proponga este ejercicio. Es necesario que dejes á un lado tus prejuicios de adulto y te hagas como un niño que habla con su juguete con la misma seriedad con que Francisco de Asís hablaba con el sol, la luna, los animales. Si te haces como un niño, al menos por unos momentos, podrás descubrir el reino de los cielos y aprenderás secretos que Dios oculta, de ordinario, a los sabios y a los prudentes.

Elige uno de los objetos que utilizas frecuentemente: la pluma, una copa... Debería ser un objeto que puedas mantener fácilmente en tus manos...

Mantén ese objeto en las palmas de tus manos extendidas. Ahora cierra los ojos y trata de sentirlo en tus manos... Percíbelo con la mayor agudeza posible. En primer lugar, su peso... después, la sensación que produce en las palmas de tus manos...

Ahora explóralo con los dedos o con ambas manos. Es importante que lo hagas despacio y con reverencia: explora su aspereza o tersura, su dureza o blandura, su calor o su frío... Ahora haz que toque otras partes de tu cuerpo y observa si produce sensaciones diferentes. Acércalo a tus labios... a tu pecho... a tu frente... al reverso de tu mano...

Te has informado sobre el objeto por medio del sentido del tacto... Infórmate ahora percibiéndolo por medio de la vista. Abre los ojos y contémplalo desde diferentes ángulos... Observa todos los detalles: su color, su forma, sus partes diversas...

Huélelo, degústalo, si es posible... escúchalo colocándolo muy próximo a tu oído...

Ahora, lentamente, coloca el objeto frente a ti, o en tu regazo, y habla con él… Comienza haciéndole preguntas referentes a él, a su vida, a sus orígenes, a su futuro... Escúchale con atención mientras desvela para ti el secreto de su ser y de su destino... Escúchale mientras te explica lo que significa para él existir...

Tu objeto esconde un conocimiento sobre ti que quiere revelarte... Pregúntale de qué se trata y escucha lo que tiene que decirte... Hay algo que puedes dar a este objeto. ¿Qué es? ¿Qué quiere de ti?..

Ahora coloca este objeto y a ti mismo en presencia de Jesucristo, Palabra de Dios, en quien y para quien todo ha sido creado. Escucha lo que tiene que decirte a ti y al objeto... ¿Qué le responderéis ambos?...

Mira de nuevo a tu objeto... ¿Has cambiado tu actitud respecto de él?... ¿Se ha producido algún cambio en tu actitud respecto de los demás objetos que te rodean?...

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