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MORIR Y SEGUIR VIVIENDO

Patrocinio Navarro

11/2/2016

CATEGORIA: Crecimiento

Vieja como la humanidad es la idea de que la muerte no existe; que es tan solo el tránsito de la existencia terrenal a una dimensión de energía más sutil que la materia que envuelve nuestro cuerpo físico. ¿Tiene algún fundamento este punto de vista? Sí, pero no como nos lo viene contando la Iglesia siglo tras siglo. ¿No conoce la verdad, o prefiere ignorarla para mantener ignorante y controlado por el miedo a su redil? Porque la peor forma de irse de este mundo al Más allá es morir ignorante y engañado, y en eso tiene mucho que ver la Iglesia, sea católica, ortodoxa o luterana. Ninguna dice la verdad a sus fieles, les cuentan vaguedades y estos suelen sentir pánico ante la muerte.

Si tenemos en cuenta que la vida como tal –sea la que sea- es energía, y que la energía universal es imperecedera – no así la materia- parece aceptable pensar que nosotros, somos vida- energía imperecedera. Ahora bien: ¿qué clase de atributos tiene la energía universal individualizada en nuestra alma? Capacidad de sentir, de intuir, de valorar la bondad o maldad de nuestras acciones, o de tomar decisiones libres son algunos de esos atributos. Y todos ellos son manifestaciones de la energía una universal de la que formamos parte renovada en cada respiro…hasta que dejamos de respirar en este mundo.

En El Día inscrito en el fondo de nuestra conciencia dejamos de respirar. Exhalamos nuestro último aliento y con él nos dirigimos como energía –alma hacia el planeta de energía que nos corresponde según nuestra personal frecuencia vibratoria, como es lo natural espiritualmente, y científicamente correcto, pues cada energía busca a la semejante por la ley de afinidad.

Cada uno de nosotros no cesa de crear energía a través de su modo de pensar, sentir y actuar, y según sea esta – positiva o negativa, acorde o en contra de las leyes divinas- tendrá una frecuencia vibratoria correspondientemente alta o baja. Es fácil suponer que un criminal no puede tener la misma frecuencia vibratoria en su alma que una persona que hace el bien a sus semejantes, y en consecuencia, tras dejar el cuerpo físico tampoco estarán en el mismo lugar. “En la Casa de Mi Padre hay muchas moradas”, decía Jesús.

Muerte, karma, reencarnación

Enseñó el Maestro con Su propio ejemplo que la muerte no existe y con Sus apariciones a algunos de sus discípulos y discípulas lo demostró. También enseñó la Ley del Karma, por la que cada uno recoge el resultado de sus acciones aquí o en el Más allá, así como la reencarnación, o posibilidad de volver a nacer para poder expiar o purificar las cargas del alma. Estas enseñanzas fundamentales no solo las han ocultado las iglesias, desde la católica a cualquiera otra, sino que han sido catalogados como herejes y perseguidos a quienes las defendieron por seguir a Cristo. Prefieren que la gente tenga miedo y caigan en sus manos para ser consolados… y controlados. También a los poderes políticos les interesa esta ignorancia, porque ante el miedo a la muerte la gente es más fácil de manejar.

El momento puntual del morir

En el momento en que exhalamos nuestro último aliento, el alma inicia el proceso de separación del cuerpo que la albergó durante la vida. Ese proceso puede llevar tiempo –dos o tres días, incluso- hasta que se rompe definitivamente el llamado “cordón de Plata” que es un hilo informativo de energía que conecta el cuerpo con el alma, y que la lleva cada noche mientras dormimos permaneciendo unido al cuerpo. Pero una vez roto, el alma ya no puede penetrar en el cuerpo físico, como hace cada día en el momento del despertar. Y cada noche acude el alma a los lugares donde se siente atraída por su frecuencia vibratoria…hasta que llega Ese Día en que ya no le es posible volver y se ve obligada a marcharse del cuerpo. Sin embargo el médico ya había certificado la muerte con anterioridad. Así que el llamado muerto no está muerto entonces, sino cuando se ha separado definitivamente el alma del cuerpo, y a partir de ese momento no puede tener sensaciones. Por ejemplo, no puede sentir dolor. El alma, sí, pero es el dolor de ver que los familiares lloran, o le ignoran, o la alegría de ver que los familiares le aman y le envían amor o rezan por su buen viaje.

Cuidado con los trasplantes de órganos

Sin embargo, el cuerpo queda muy expuesto. Si se produce un trasplante antes de tiempo, este se hace cortando el órgano aún vivo, porque de estar muerto ya no sirve. Por eso se hace con tanta urgencia, y el difunto siente el dolor enorme de esa operación. Y lo mismo sucede si se quema el cuerpo antes de la separación definitiva del alma. Entonces el difunto siente todo el dolor de ser quemado. Así que en estas cosas hay que ser muy cuidadoso con el que parte.

Por su bien, intenten olvidar lo que aprendieron de la Iglesia.

Y no hagan caso a los rezos de los curas, porque eso no son más que fórmulas rituales vacías. No existe el Infierno, no existe el Purgatorio, (Jesús nunca habló de eso)- de este mundo sí que dijo que es un infierno y un purgatorio y un lugar de aprendizaje, purificación y expiación, y dejó claro que es a eso a lo que venimos y a nada más.

El que muere no va a ningún Cielo fácilmente a no ser que comience por llevarlo ya dentro de sí al estar de parte de Dios, como otros llevan su propio infierno por vivir en contra, porque aquí no hay término medio, nos enseña también el cristianismo originario.

Si el difunto es uno de esos individuos apegados al mundo de los placeres y las riquezas y privilegios, le va a costar mucho marcharse de la atmósfera de este Planeta. Aunque su alma y su cuerpo estén separados definitivamente, aquella anda como una sonámbula en busca de lo siempre deseó y permanece como fantasma entre nosotros hasta que reconoce que ya dejó el cuerpo y toma el camino hacia el lugar que le corresponde en el mundo de las almas, el mundo astral, que es el siguiente a este y es semimaterial. Tras este mundo astral, que es el que cada noche visitamos mientras dormimos, se halla el Reino de los Cielos del que procedemos y al que volveremos antes o después impulsados por la fuerza de Cristo que permanece en nosotros desde el “Está consumado”, del Gólgota, pues Él es nuestro guía a la Casa del Padre.

Los cementerios están deshabitados.

Quien abandona este mundo recibe ayudas de Cristo y de su espíritu protector para que tome conciencia de estar muerto hasta que finalmente lo reconozca y se deje llevar al Planeta de energía astral que le corresponde o al Cielo, si es el caso. De estas cosas tampoco hablan los curas. Sin embargo es esencial que una persona que muere sepa la verdad tanto como sus familiares más inmediatos, porque de esta manera pueden ayudarle a bien morir y puede irse en paz sin que se le llore y le retenga su dolor cuando lo que necesita es partir para el viaje de su nueva existencia donde se le espera al otro lado. Por todo ello, resulta tristemente lamentable ver cada 1 de Noviembre cómo se llenan los cementerios de visitadores de tumbas, como si los difuntos estuvieran ahí. Y menos mal que no están, porque sería trágico. ¿Entonces?

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