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LOS MANIQUEOS

Patrocinio Navarro

6/27/2016

CATEGORIA: Conocimientos

Continuando con el propósito de establecer en lo posible una línea del tiempo del cristianismo después del asesinato de Jesús de Nazaret, que ya comenzamos con Orígenes, nos adentramos hoy en otro personaje que inició un movimiento de singular importancia. Hablamos ahora de Manes y del maniqueísmo, y damos la palabra al abogado alemán Christian Sailer y a su libro La campaña de guerra de la serpiente y la Obra de la paloma.

“En el año 240, un hombre joven nacido en Babilonia abandonó su nombre civil haciéndose llamar en adelante “Apóstol de Jesucristo”, con el nombre de “MANÉS”. Vino al mundo en el año 216 y a la temprana edad de 14 años debió haber tenido experiencias religiosas profundas que le condujeron a una visión interna del alma. Él hablaba del manantial de sabiduría eterna, que había encontrado en sí y del cual, a su modo de ver, habían tomado y dado todas las grandes figuras radiantes de la humanidad, desde Hermes Trimegisto ( “ Como en el interior, así en el exterior, como arriba, así también abajo; como en lo grande, así en lo pequeño”) pasando por Noé, Abrahán, Buda, hasta Zaratustra, y sobre todo Jesús de Nazaret.

Manés estaba convencido de que el Nazareno había traído la Verdad en toda su plenitud, y que con Su enseñanza la humanidad se veía en condiciones de superar y liberar al mundo, -que es obra del maligno,- por medio del bien. También, según Manés, los acontecimientos de la Caída habían empezado en el mundo espiritual, como una separación entre la luz y la oscuridad, que Dios permitió en consideración al libre albedrío de Sus criaturas.

Las imágenes que Manes visualiza en su visión interna son poderosas: el “Dios de lo esencialmente bueno”, que vive en el reino de luz, crea junto con “la madre primaria de la vida”, al primer hombre, que Él dotó con las “cinco armas de la luz”: el hálito de vida, el fuego de vida, la luz de vida, el aire de vida y el agua de vida. Los demonios de la oscuridad se apoderaron del primer hombre y grabaron su imagen en el cuerpo terrenal. También los “hijos de la luz” son atacados por parte de los “hijos de la oscuridad”. Sin embargo, los hijos de la luz solo viven en el bien. Por eso, en su ámbito vital no existe castigo alguno, pues el castigo presupone la maldad. En efecto, tan solo la existencia del castigo deja ya espacio al maligno. Debido a que los hijos de la luz no pueden por tanto castigar a los demonios de la oscuridad, tienen que reaccionar al ataque de una forma que esté en consonancia con su ser. “Esto se produjo con el hecho de enviar a la Tierra al más noble entre todos ellos, a un hijo de la luz de la más excelsa grandeza y de la más radiante pureza. Este se decidió a descender al reino de los hijos de la oscuridad, pero no para castigar, sino para fundir de nuevo lo malo en bueno con la fuerza de Su amor. Uniéndose al cuerpo de un hombre fuera de lo común, Él puede incluso entrar en el reino oscuro de la muerte y vencer a la muerte misma. En la muerte, el rey de luz triunfa sobre el arconte de la oscuridad” (*).

Manés reconoció en Cristo a este Rey de luz.

“Manés consideró a la Iglesia oficial según la pauta de la decadencia, puesto que había quedado anquilosada en un nivel inferior y no se había elevado hacia la verdadera perfección. A los maniqueos les parecía que la Iglesia estaba demasiado sumida en las formas sensuales del paganismo, mientras que su propia enseñanza tendía hacia una religiosidad espiritual”. (**).

Parte de esta religión interna la formaba el comportarse de forma pacífica para con el prójimo, el no odiarle, no ejercer sobre él ningún tipo de violencia, sobre todo no matar ni a personas ni a animales, una alimentación vegetariana y la continencia sexual.

Se habla de los tres sellos, que simbolizan las tres reglas de vida de los maniqueos: el “sello de la boca”, que ordena la abstinencia de carne y alcohol; el “sello de las manos”, que prohíbe cualquier acto dirigido en contra del mundo de la luz, y el “sello del regazo”, que exige el refinamiento y ennoblecimiento de los sentidos y de la forma de pensar, en el camino hacia el ideal del altruismo. Quien actúe en contra de uno de estos sellos, volverá a nacer de nuevo en el mundo del sufrimiento, hasta que haya adquirido una personalidad pura y se haya convertido en un servidor consciente del bien (***).

En efecto, todo esto se acercaba más al Nazareno que los abaratadores del cristianismo de Iglesia, que adquirieron preponderancia en Roma y Alejandría y cuyo sistema pronto iba a ser ascendido por Constantino a religión oficial del Estado. El conflicto estaba ya programado de antemano.

El movimiento maniqueísta creció deprisa y Manés tuvo muy buena acogida entre tanto entre los paganos como entre los cristianos desengañados de la Iglesia, y Manés efectuó viajes de misión a Egipto, India y China. A la luz del creciente número de sus seguidores, atrajo hacia sí el odio de la casta sacerdotal persa. Por último tuvo que huir del círculo de la corte real. Sin embargo, fue perseguido, detenido, traído de regreso y arrojado a un calabozo por hereje. Su fin fue un doloroso martirio. Fue torturado y crucificado en el año 276 ante las puertas de la ciudad.

Pero la enseñanza del mártir siguió esparciéndose por todo el norte de África, Hispania y el sur de la Galia. Por el Este, incluso a través del Asia Central y China hasta llegar al Océano Pacífico. Por un tiempo, el maniqueísmo se convirtió en un rival amenazador para la iglesia. El enfrentamiento se extendió hasta entrado el siglo sexto. En definitiva, se decidió por el hecho de que el cristianismo se apoderó el timón del Estado, que iba a dar el tiro de gracia definitivo a los maniqueos por medio de sangrientas persecuciones.

Quien más atizó el odio contra ellos fue uno de sus antiguos seguidores, Agustín, venerado como padre de la Iglesia, quien con los maniqueos no llegó muy lejos. A pesar de haber sido uno de ellos durante nueve años no fue acogido en el círculo reducido de los “electi”. Como se demostró más tarde, entre la religiosidad agnóstica de Manés y la mentalidad del que llego a ser obispo de Cartago, había un abismo. Agustín predicaba la guerra justa, justificaba matar al “irracional reino animal”, que debía “servir a nuestras necesidades solo por medio de la vid y la muerte”, y consideraba al vegetarianismo como una “opinión herética impía”.

El cristianismo oficial jamás había sabido qué hacer con el “conocimiento interno” (gnosis), que caracterizaba a los maniqueos. Los gnósticos eran enemigos mortales, porque reconocían al mundo de materia gruesa como una derivación de la Caída; porque no estaban dispuestos a hacer componendas entre la luz y la oscuridad; porque buscaban la Redención en el reino del interior y no en una iglesia externa.

Era lo radical de la enseñanza de la Redención lo que caracterizaba al maniqueísmo y también lo que escandalizó a una Iglesia que tendía hacia una mediocridad ética. El padre de la iglesia Agustín no bromeaba con los herejes. Contra los donatistas, que exigían también una renovación radical de la Iglesia, este “ex maniqueo” llamó a la violencia con ayuda del Estado.”

  • (*) Rudolf Kutzli, Los bogomilos-historia, arte y cultura, Sttugart 1977, pag. 122

  • (**) Walter Nigg, El libro de los herejes, Zürich 1986, pag 210

  • (***) Otto Wille, Los perseguidos seguidores de Cristo, Würzburg 1987, pag 67

Nota final: El contenido del presente capítulo, así como las reseñas bibliográficas pertenecen al libro de Christian Sailer, “La campaña de la guerra de la serpiente y la Obra de la paloma”- La profecía de Dios del cambio de Era.

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