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LAS CÁRCELES DEL ALMA Y NUESTRO PORVENIR

Patrocinio Navarro

9/5/2016

CATEGORIA: Conocimientos

Libertad es una condición básica de la existencia. La libertad es una necesidad grabada a fuego en nuestra alma y por eso es una constante histórica irrenunciable por la que se da la vida tan a menudo por encima del tiempo.

En la época que nos toca vivir, es imprescindible dejar de percibir el mundo marcado por las influencias del modo de pensar supuestamente progresista de dos siglos atrás, según el cual vivimos en una suerte de determinismo de clase, y la libertad es algo que sólo tiene que ver con la posición en la escala social. Se es libre si se es rico o poderoso, y más libre cuanto más rico y más poderoso, y quien siente envidia suele adoptar cuatro modos de defensa -o ataque- que podrían ser personificados en: jugador, lacayo, trepa o falso revolucionario. Los cuatro coinciden en admirar a los ricos, famosos y poderosos, ser como ellos o: querer lo de ellos. Esto determinaba y sigue determinando para muchos su modo de entender la cuestión social.

Bajo la proclama de la libertad, es la envidia, el odio y el deseo de ocupar un puesto socialmente relevante lo que ha corrompido a los movimientos de emancipación social hasta hoy mismo. No hay más que ver el deplorable estado del sindicalismo o el fracaso histórico de las revoluciones para darnos cuenta hasta qué punto los dirigentes de los movimientos obreros han preferido ser lacayos, trepas, nuevos ricos o nuevos reyezuelos, malversando así la sangre de los mejores que murieron por la libertad de un modo altruista.

Jesús de Nazaret aparece como el primer revolucionario de la Historia traicionado, asesinado y negado luego por la sempiterna unión del clero con el poder civil. Y la traición tuvo continuidad desde la institución católica dirigida por gentes sin principios cristianos hasta hoy mismo.

El asesinato de Jesús y la desfiguración de Su enseñanza hasta hacerla compatible con el Poder tuvo un carácter premonitorio y se convirtió en un paradigma de todo lo que habría de suceder luego, por ejemplo, con el pacifismo de Gandhi o con el marxismo. Ni los gobiernos en India ni en cualquier país donde se llevó a cabo una revolución política en nombre de los trabajadores dan testimonio de un salto evolutivo hacia una sociedad superior y por tanto libre e igualitaria. ¿Por qué ha sucedido esto? Esta pregunta es de gran complejidad, pero es urgente irla abordando ahora que el capitalismo se ha convertido en una dictadura galopante y destructiva del medio ambiente con tendencias manifiestas hacia la organización de estados policiacos donde las libertades individuales y los derechos laborales se van a ver cada vez más constreñidos y adaptadas a las necesidades del sistema y no, desde luego a las de los individuos.

Y en cuanto a la cuestión social, sólo tenemos que mirar la prensa y a nuestros barrios para darnos cuenta de que este sistema destruye trabajo a diario, que nunca será posible el progreso agotando recursos irrecuperables y envenenando la naturaleza, y de paso las relaciones sociales y entre países y el bienestar social para quien lo tuviere. Por tanto, nos encontramos ante un problema decisivo para la evolución humana que sobrepasa las fronteras y se convierte en un cáncer mundial sin precedentes.

Siendo sinceros nos vemos obligados a preguntarnos qué puede haber en la condición humana para que todo esto no haya podido evitarse; preguntarnos por qué lo demasiado humano, lo humano inferior, terminó por triunfar sobre todas las revoluciones encarnado hasta en sus propios dirigentes. Igual puede decirse de todos los gobiernos y dictaduras capitalistas.

¿O es que podríamos honradamente afirmar que la historia de la humanidad desde los imperios más antiguos hasta el momento presente ha transformado al ser humano para hacerlo mejor?... ¿No encontramos a diario en el comportamiento de las gentes y en los dirigentes mundiales, incluyendo a los dirigentes religiosos, las suficientes muestras de egoísmo, crueldad, deseos de poder, ambición, vicios y lacras sociales y personales capaces de asombrar al mundo animal si este fuese consciente y pudiese hablarnos para mostrar su asombro?

¿Y cómo es en nosotros mismos? Hay muchos dispuestos a reconocer la “maldad ambiente”, sí, pero ¿cuántos a darnos por aludidos? Todos queremos tener nuestra propia ley, vivir según nuestros propios deseos y a eso le llamamos libertad aun a sabiendas que ese modo de proceder nos divide, nos enfrenta y nos convierte –si se nos permite-en señores de otros más débiles de los que a menudo no dudamos en abusar: mujer, hijos, empleados, compañeros de trabajo o cualquiera que se cruce en nuestro camino. Entonces somos machistas, manipuladores, explotadores, insolidarios y cosas por el estilo. Y esa nuestra propia ley busca ser respetada hasta tal punto que a menudo se producen verdaderas desgracias por causa de los celos, la envidia, el odio, y otras malas compañías mentales que arremeten contra la libertad de otros a los que forzamos desde nuestra propia esclavitud.

Preguntémonos aún: ¿Quién renuncia de buena gana en lo más profundo de sí mismo a ser famoso, admirado, rico, poderoso y poseedor de cuanto pueda desear?...

Eso no solamente lleva a la frustración, pues ¿cuántos pueden alcanzar tales deseos?, sino que impide vivir desligado de ellos orientando su vida a alcanzarlos según las propias posibilidades y por tanto, viviendo atrapado por ellos. ¿Dónde se encuentra entonces la libertad?

No es fácil que los mismos que gritamos por las libertades seamos capaces de luchar por la propia liberación. Puede que en nuestro interior reconozcamos nuestras prisiones en forma de codicia, machismo, individualismo o cualquier otra cadena particular, pero cambiar exige renuncia y disciplina y pocos estamos dispuestos. Por eso la humanidad de hoy es prácticamente la misma que la de hace miles y miles de años. Ahora bien: ¿quién puede impedirnos cambiar este estado de cosas? …¿Nos afirmamos como libres?..¿O nos resignamos a ser como somos y a vivir como vivimos?

Sabemos que ningún porvenir personal y social es posible sin libertad, pero no se puede empezar una casa sin poner primero los cimientos, ni podemos esperar que nadie nos la regale. No es posible aspirar a una sociedad libre si quienes la deseamos no arrojamos de nuestro interior a nuestros propios carceleros. No es posible una nueva civilización sin nosotros.

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