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LA POLÍTICA COMO UNA DE LAS MALAS ARTES

Patrocinio Navarro

10/5/2017

CATEGORIA: Sociedad

Comenzaré por decir que la política es algo necesario en nuestras sociedades. ¿Quién puede dudar esto? ¿Quién puede dudar de la necesidad de vivir organizados del mejor modo posible para garantizar una vida justa, saludable y pacífica para todos los ciudadanos? Lo que no es necesario, sino al contrario, es el modo en que se ejerce. La política como debe ser conduce al bienestar colectivo, a la cooperación, a la paz y al equilibrio social. La política como es en la práctica diaria lleva justamente en la dirección contraria a todo eso, y por tanto no existe bienestar colectivo sin excluidos, ni cooperación, ni paz, ni equilibrio en nuestras sociedades. Es imposible encontrar un solo país del que pueda decirse que sus gobernantes trabajan por la justicia imparcial, la paz, la salud integral, la educación sin discriminación de clase o sexo, y un largo etc. Estos son los gobernantes que no deberían gobernar.

Dos ejemplos en las antípodas

Es rara la nación que no fabrica, vende o compra armas, algo contrario a la paz. Cada país tiene en su interior profundas divisiones en la repartición de la riqueza, algo injusto por sí mismo, y fuente de conflictos sociales que nunca se terminan.

Los gobernantes como deben ser, o sea, justos, necesitarían ser altruistas y amantes de las gentes a la que gobiernan (no hay que olvidar que por delegación de estas) y por las que estarían dispuestos a sacrificar hasta su bienestar personal. En cambio, los que son como no deben ser son únicamente amantes de sus partidos, de sus votos, y de aquellos que les permiten gobernar para proteger sus cuentas- que suelen ser opacas- y sus razones, que suelen estar mediatizadas por aquellas. Y jamás son libres para tomar decisiones que pongan en peligro a los ricos en sus formas diversas: mercados, entidades financieras, multinacionales diversas, etc. Como esta forma de actuar se ha generalizado en nuestro mundo, no existe país que no sufra las consecuencias; y no es una menor la división entre ideas políticas que tan a menudo sirven tan solo para encubrir las ambiciones personales por el poder y engordar egos y cuentas corrientes de los dirigentes y sus patrocinadores.

No hay un solo país – tal vez el pequeño reino de Buthán sea una excepción- en el que el índice de bienestar esté equiparado al de felicidad, según sus propios habitantes. Allí no se habla de Producto Interior Bruto, sino de Felicidad interior Bruta. Y es que lo uno no está relacionado con lo otro.

El poder no solo corrompe: Ata, separa y domina.

Esto resulta especialmente llamativo cuando el poder, lo que se dice el poder, en última instancia no lo tienen los políticos que nos gobiernan Lo deberían tener los pueblos, pero, ay, tampoco los pueblos tienen el poder. ¿Quién entonces? Una pocas familias extremadamente ricas en todo el Planeta. Familias ante las que los políticos en ejercicio solo pueden tener dos opciones: o defender sus intereses u oponerse a ellos. Lo primero, por connivencia, conveniencia y convencimiento, es lo suelen hacer. Y a estos les suele ir bien. Con notables ayudas económicas y mediáticas, ganan elecciones y mantienen el Gran Sistema de las Desigualdades. Con toda clase de argucias, promesas para beneficiar a los ciudadanos que nunca cumplen, leyes que imponen por ser mayoría en los Parlamentos, y la inestimable ayuda de los medios de comunicación, los defensores de los Estados del Malestar, protegen con gran celo los intereses de sus protectoras minorías. El deseo de formar parte de ellas, les lleva a ser cómplices de privilegios y riquezas que no están dispuestos a repartir entre los que no tienen ninguna, y a procurar evitar que existan derechos y libertades legales que pongan límites a los derechos y libertades ilimitadas propias y de sus protectores. Ellos mandan, y a través de las organizaciones y partidos políticos que les defienden configuran el mundo a su medida. Este mundo cuyo principal promotor espiritual es el mundo de las sombras, siempre se mueve por los mismos principios desde la Caída. Son tres: ata, separa, y domina. Son tres principios satánicos y rigen la acción de los Estados de toda la Tierra y el día a día de sus gobiernos. Cuando existe un conflicto nacional o internacional observamos que son estos tres los principios que mueven a los oponentes. El camino espiritual contrario tiene dos principios siempre según el cristianismo originario: Une y Sé. Y en esto se diferencian los buenos gobernantes de los que no lo son. Igualmente sucede con las relaciones entre personas.

El día de la marmota

A lo largo de la historia de la humanidad se han producido revueltas y revoluciones sangrientas de los que se oponen a las injusticias y desigualdades sociales, pero antes o después han perdido siempre los que se rebelaron. Es verdad que en alguna ocasión se consiguió desalojar a ricos y tiranos de su poder y sus palacios, pero fueron ocupados por otros que en nombre de los desfavorecidos se convirtieron en nuevos tiranos y ocuparon los mismos palacios. Y todo siguió como antes; solo cambiaron los apellidos de los nuevos amos y las siglas de sus partidos que en principio parecían estar de parte de las víctimas.

Peligrosas alianzas

Entre conservadores y ultra-conservadores, cleros y disidentes radicales o moderados, que forman el ejército político del 1 o el 2 por ciento de la población mundial, se han establecido tales alianzas que resulta muy difícil dar solución a los grandes retos que la humanidad tiene ante sí: el hambre, la guerra, las desigualdades, el reto del cambio climático, el uso de energías alternativas. Mientras haya hidrocarburos seguiremos maltratando al Planeta; mientras haya ambición, desamor y deseos de poder desmesurados seguiremos teniendo guerras; mientras haya deseos de sensualidad sin superar seguirá habiendo esclavitud sexual y crímenes machistas. Y muchas cosas más.

En definitiva, podemos afirmar que los enemigos de la vida están en los sillones del poder, y mientras no exista en el lado contrario una masa crítica suficiente de personas que amen la justicia y estén exentos de envidia y deseos de poder y reconocimiento, que no practiquen el unir y el ser, las cosas irán de mal en peor. Y este es un trabajo no solo de los políticos honrados dispuestos a cambiar el mundo, sino de cada uno de nosotros en particular. El mundo no puede cambiar sin que cambiemos nosotros, los que hemos construido todo este tremendo Sistema Mundial de la Desigualdad y la Violencia. Sin embargo, tenemos el antídoto de este veneno mundial. Tiene un nombre sencillo, pero es el más poderoso de todos los remedios: se llama Amor.

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