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LA ILUMINACION ESPIRITUAL - ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES - DIOS TODO Y ETERNO - AMOR - VERDAD - LIBERTAD - VIDA

LA GRAN UNIDAD MICROCOSMOS EN EL MACROCOSMOS

Patrocinio Navarro

5/27/2016

CATEGORIA: Ciencia

Nosotros, los seres humanos, somos seres de energía compuestos de cuerpo, alma y espíritu. El cuerpo pertenece a la Tierra, pero el alma y el espíritu pertenecen al Reino de los Cielos, su lugar de origen antes de la Caída.

Por pertenecer a la tierra, el cuerpo físico consta de sus mismos elementos, o sea, minerales y agua. Estos elementos guardan entre sí una relación que debe ser armónica entre ellos y además con los reinos de la Naturaleza, los cuales a su vez dependen del Planeta Tierra, y éste, a su vez, del Sol y demás planetas del Cosmos, tanto materiales como semimateriales o astrales, alimentados todos –desde la partícula más elemental de cada alma, hasta cualquier átomo, cuerpo físico o sistema solar- por el gran Sol Central Primario, Dios, en su forma impersonal o Espíritu Santo. Esta es la Gran Unidad. Nada está separado de nada en la Gran Unidad. El hombre es así un microcosmos en el macrocosmos bien sea este material, semimaterial, o espiritual. Lo mismo se puede decir de cada célula, de cada átomo, que de cada Planeta, estrella, sistema solar o Galaxia. Por grande o pequeño que sea, todo lo que existe en diferentes niveles de vibración es una parte de la Gran Totalidad.

Pasemos a hablar del alma.

En el libro “El Camino Interno”, podemos leer: El alma es el cuerpo etéreo ensombrecido de los seres espirituales antaño puros”.

Así como un cuerpo físico está formado por átomos, el alma está formada por partículas de energía procedente del manantial de energía Universal, del éter fluente o Dios. Como sabemos, el alma se halla alojada en el cerebro, en la glándula pineal. Es la envoltura de nuestro núcleo del ser, Dios, en cada uno de nosotros, que muestra así nuestra filiación divina.

Los animales y demás especies inferiores no tienen aún la filiación divina, por lo que en vez del núcleo del ser tienen un germen del ser en desarrollo evolutivo y gozan de un alma colectiva hasta que llegan a tener su filiación divina y por tanto su propio núcleo del ser. Así que el proceso evolutivo de los reinos de la naturaleza tanto en el Reino de los Cielos, como en el mundo material, pasa del mineral al vegetal, de este a un ser de la naturaleza y por fin a la filiación divina, obteniendo así su núcleo del ser individualizado, su alma completa y pura. Así evolucionamos en el Reino de los Cielos, pasando por todas las fases, desde el mineral espiritual hasta alcanzar nuestra filiación divina. Y así éramos antes de la Caída: espíritu divino o núcleo del ser envuelto por un cuerpo espiritual puro autoluminiscente viviendo y siendo la Ley Absoluta.

El núcleo de ser

El núcleo del ser, Dios en nosotros, es incargable y eternamente puro. Dios en nosotros es la causa de que tengamos conciencia capaz de de valorar espiritualmente nuestras acciones. Cuanto mayor es nuestra evolución tenemos más consciencia espiritual y nos sumergiremos cada vez más en la consciencia de Dios.

“ No hay que confundir conciencia o consciencia espirituales con consciencia humana, pues esta última consta de consciente y subconsciente y se refiere al entendimiento, al pensar, al recuerdo: es la consciencia de nuestra vida cotidiana”. (Obra citada)

Tras la Caída

Nuestra alma, tras la Caída, o rebelión contra Dios en el Reino de los Cielos, y el largo proceso que nos llevó hasta tener cuerpo físico, dejó de ser aquella envoltura limpia de nuestro origen, un cuerpo espiritual auto-luminiscente envolviendo al núcleo del ser y se fue cargando y envolviendo de oscuridad en sucesivas encarnaciones. Ahora nuestra alma se halla rodeada por siete envolturas astrales de sustancia semimaterial, en la que actúan siete centros de conciencia o chakras que son centralitas de energías espirituales para el cuerpo físico. Cada una de estas envolturas registra como analogías las actuaciones contra la ley divina aún no reparadas (el karma). También en ellas se encuentran las causas expiadas, como experiencia, como recuerdo.

A través de pensamientos, sentimientos, sensaciones, palabras y actos, en el transcurso de cada existencia terrenal determinamos la limpieza o ensombrecimiento de las envolturas de nuestra alma. Estos cinco componentes de nuestro día a día, pueden estar o no en armonía con las leyes divinas o sea, con los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña. A través de cada uno de esos cinco componentes emitimos continuamente los pros o contras hacia las leyes de Dios. Así entramos de lleno en la Ley causal, o Ley de causa y efecto. Cada pensamiento, cada sentimiento, cada palabra o cada acto que realizamos no cae en el vacío. Cada uno de ellos – si es negativo, y tras un tiempo de gracia pasa al alma a través del subconsciente y es cuidadosamente anotado en el libro de nuestra alma, donde se graba por vibración en una de las siete envolturas. Al mismo tiempo es emitido y grabado en los astros de grabación materiales o semimateriales (planos de purificación) correspondientes a la vibración que emitimos. Esa es “La contabilidad de Dios”, nuestro “debe” y nuestro “haber” como humanos.

Del Karma y cómo liberarnos

Ahora podemos entender mejor eso que llamamos Karma, que vendría a ser el “debe” o lo pendiente de nuestra alma, lo que no está purificado, la cosecha de nuestras malas siembras en esta o en anteriores existencias, y que antes o después nos toca cosechar.

Para evitar que eso suceda como una fatalidad, la Ley espiritual dice: “reconoce tus faltas, pide perdón, perdona, repara el mal causado en lo posible y no vuelvas a hacer algo igual o parecido”. Así nos liberamos de la rueda del renacimiento o reencarnación. Esta es la fe activa, la fe que transforma, y no la fe del carbonero, la fe pasiva del sumiso religioso. Estos tres pasos: reconocimiento, pedir perdón, perdonar, y reparar liberan el alma y nos acercan a Dios. Este es el camino hacia la libertad, la igualdad, la fraternidad y la justicia en la Gran Unidad.

El libre albedrío y su uso

Como cada uno es libre de decidir qué hacer con su vida, puede, claro está, negarse a aceptar ese esfuerzo, actuando contra las leyes divinas de la Gran Unidad, bien contra la naturaleza, los animales o sus semejantes. Sin embargo, esta forma de proceder no conduce a ninguna clase de felicidad, sino al contrario. Si actuamos contra las leyes de la naturaleza, nuestro cuerpo físico enferma. Si actuamos contra las leyes del alma, que son las leyes divinas, contra los animales o contra nuestros semejantes, nuestra alma se carga, nuestros centros de consciencia no reciben bien la energía espiritual y ello repercute en nuestros estados anímicos, causando pesares, depresiones, golpes del destino y otras calamidades que de no ser corregidas desembocan igualmente en enfermedades físicas, pues nada en nosotros está separado de nada. Así es como recogemos lo sembrado; así es como configuramos nuestro destino personal, tanto en este mundo como en el Más Allá, debido a nuestras grabaciones en los correspondientes planetas del Cosmos. Alguno de estos será nuestro lugar de alojamiento tras la muerte física, pues como decía Jesús: “Donde está vuestro tesoro allí está vuestro corazón”.

La opción, pues, es clara: o purificamos al día con Cristo nuestros errores, avanzando así hasta el retorno a nuestro Hogar eterno, o tenemos que expiar dolorosamente las consecuencias de nuestros actos, porque la Ley de causa y efecto no admite excepciones, y si escupes al cielo no puedes esperar que lluevan pétalos de rosas. Esta es la elección fundamental de nuestras vidas mientras sigamos teniendo la posibilidad de reencarnar en este mundo.

¿ CÓMO EVITAR LAS PEQUEÑAS Y GRANDES GUERRAS?

Actualmente la vida diaria no se caracteriza precisamente por la paz. Son muchos los conflictos armados que continuamente sacuden a pueblos y naciones, sin olvidar las peleas y enfrentamientos que en la vida diaria cada uno pueda tener. ¿Y cómo salir de nuestro comportamiento belicoso?, ¿cómo situarnos por encima de los pensamientos que nos hacen estar contra los demás?, ¿cómo liberar la cabeza de las tensiones que dan lugar a enfrentamientos?

Existe un aspecto importante que puede ayudarnos cada día a tener éxito al respecto: el auto-cuestionarse, es decir la observancia de uno mismo, por ejemplo con la pregunta ¿cómo me comporto durante el día? Sí realmente analizamos las situaciones que han sucedido en el día, nuestro comportamiento, y sí miramos con algo de distancia qué es lo que acaba de pasar, qué acabo de contestar a la otra persona, podré descubrir que son casi siempre las mismas o parecidas cosas las que me enfadan, las que me alteran hasta incluso hacerme subir por las paredes.

Sí por ejemplo me altera una persona que siempre quiere tenerlo todo a toda costa, o que quiere darse importancia, me podría preguntar: ¿quiero yo también tenerlo todo y darme importancia?, puedo comenzar a trabajar en esos puntos. Es decir, primero me cuestiono a mí mismo y me observo con sinceridad, entonces dejaré de querer buscar mi viga en el ojo del prójimo y la buscaré en el mío. Después puedo hablar con la otra persona y aclarar la situación, pero primero me miro a mí y descubro mi parte. Esto surge de la auto observación y del cuestionarse a uno mismo. Jesús de Nazaret solía hablar en parábolas, en imágenes, para que las personas pudiéramos comprenderle. Con la parábola de la viga nos mostró cual es el camino para descubrir que tenemos cosas parecidas o iguales a las que criticamos en los demás.

¿Cómo es posible que veamos en el otro con tanta nitidez su pequeña parte y no seamos capaces de ver que somos mucho peor?, ¿por qué nos altera tanto la actitud o el comportamiento de los demás?, porque en nosotros está lo mismo en mayor o menor medida, se trata de la ley de la analogía, una gran oportunidad para mirar y aprender sobre lo que tenemos que reconocer en nosotros mismos. La parábola continua: “saca la viga de tu ojo y luego ayuda a tu hermano a sacar la paja del suyo”; esto normalmente lo hacemos al revés, abatimos a nuestro vecino, pareja o compañero con argumentos que en definitiva nos impiden vernos a nosotros mismos, creyendo que además le estamos ayudando. De eso se deducen peleas y discusiones, lo que en definitiva no deja de ser el comienzo de una guerra.

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