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LA GRAN ILUSIÓN

JBN

8/16/2016

CATEGORIA: Crecimiento

La ilusión de la materia. Nos damos cuenta, cuando empezamos a penetrar en los planos más sutiles, al despertar la clarividencia a nivel etérico, que las cosas dejan de ser como antes y pasan a ser transparentes. Esto lleva consigo un mensaje simbólico del que no daremos aquí la explicación, pues es algo que debe de ser meditado, sentido y vivido por cada uno de nosotros.

El mundo en el que somos conscientes (el físico) es una ilusión. Este mundo llega a nosotros a partir de determinadas “facultades”, a las que llamamos “sentidos,” desarrolladas por el Yo Superior a lo largo de millones de años de evolución, y que nos hacen, a cada uno, ver las cosas de modo distinto, dependiendo sólo del grado de sensibilidad alcanzado por los propios sentidos. Cuando uno despierta la clarividencia se da cuenta entonces de que, lo que hasta ese momento había sido una realidad demostrable y sólida era sólo un producto de la ilusión de sus sentidos.

Entonces, uno empieza a pensar que el hecho de ser clarividente tampoco le demuestra ni le aclara la realidad de Dios, puesto que está, simplemente, desarrollando más percepción, pero sigue dentro de la materia. No debemos olvidar que los planos que el hombre puede alcanzar no van más allá del Plano Físico Lógico (Séptimo Plano Cósmico), lo que implica que estamos siempre sometidos a la ilusión de la materia. Esta ilusión, a la que muchos maestros han llamado “La Gran ilusión”, nos atrae, y hemos de comprender que, mientras uno esta en el vehículo físico, rápidamente queda absorbido por ella y se deja llevar. No es hasta que se accede al nivel del Mundo del Espíritu de Vida, cuando todo se transforma y uno se libera en gran parte de esta Gran Ilusión; porque, entonces, el enfoque está en el Ego y la forma queda sólo como un vehículo para Servir.

La mente debe estar en silencio y, simplemente, en un estado contemplativo ya que, cuando la conciencia está enfocada en lo físico, la mente se enturbia y comienza a pensar en términos de pasado y de futuro, lo que lleva al Yo a una compenetración total con la materia. En ese momento, uno empieza a sentirse como algo aislado y separado del Todo, y la Ilusión toma el poder y la fuerza.

La experiencia nos ha enseñado que este problema existe en diversos planos, en concreto, en los de la forma (físico, etérico, de deseos y mental) y que sólo por encima de ellos puede uno escapar de lo ilusorio. (En el ciclo normal de la vida, esto ocurre cuando el Espíritu se desembaraza de todos sus cuerpos y, con sus átomos simiente, ingresa en el Eterno Ahora, abandonando toda ilusión).

Observemos que el tratar de imaginar lo que esto puede ser no hace más que dificultarnos el camino, porque estaremos consiguiendo precisamente lo contrario de lo que queríamos, ya que crearemos más ilusión, como consecuencia de las formas mentales que crearemos en base a nuestra creencia de cómo puede ser.

Ello nos afecta más allá de lo que podemos imaginar y afectará, incluso, a la clarividencia ya que, al ir penetrando planos, veremos que las cosas cambian y que, siempre, el superior modifica lo visto en el inferior. Cuando uno, por ejemplo, observa un hada (espíritu de la naturaleza), lo que ve es la ilusión del hada, porque sólo desde los planos superiores a la materia es desde donde uno percibe la vida que representa esa criatura que llamamos hada; lo demás es fruto de la ilusión.

A medida que se va ascendiendo, desde lo físico hacia lo más espiritual, las formas van cambiando en cuanto a su percepción, pero siguen siendo formas usadas por la Vida. La mente tiene tendencia a crear formas para poderse explicar las cosas concretas aunque, si se reorienta esa tendencia, puede aparecer la vida misma detrás de esas formas.

Pongamos un ejemplo: Al mirar clarividentemente cualquier objeto, podemos percibir cosas distintas de él en cada plano, hasta llegar, por encima de los planos de la forma, a aquél en el que podemos ver la Vida Una manifestándose a través de esa forma física. Esto no inhabilita ni descalifica lo inferior, puesto que “lo que es” en cada plano resulta completamente real en ese nivel. Ello nos causó a los autores gran confusión al principio.

La única salida a todo esto es el silencio de la mente, y entiéndase por silencio no el dejar a la mente en blanco, lo cual es peligroso, sino el llegar a tener una mente entrenada, una mente capaz de estar callada, captando simplemente lo externo sin juzgarlo, y capaz de valorarlo luego, en los momentos en los que está en meditación.

Muchos de los maestros, de nuestra época y de otras anteriores, han escrito sobre lo que le pasa al Ser entre una y otra encarnación, pero poco o muy poco se ha escrito sobre lo que vive y siente el Ego que acaba de encarnar en el plano físico.

Recientemente hemos podido seguir de cerca esta fantástica experiencia y vamos a tratar de relatarla.

Los primeros días de “vida” el Ser que acaba de encarnar no tiene casi ninguna conciencia de lo que está sucediendo a nivel físico, pero a las pocas semanas el nivel de percepción es enorme. Existe una consciencia a nivel emocional, y la información que llega del físico empieza a ser asumida y es en ese nivel donde un clarividente se puede comunicar con el recién nacido. Es una lástima que las familias no gocen de esta facultad de comunicación con sus hijos, ya que podrían recibir información directa de lo que ellos desean en cada momento. El poderse poner en contacto con el recién nacido en el mundo del deseo (astral) ayudaría mucho a los padres en su misión de servir de apoyo al niño durante los años de infancia, hasta que éste tenga los vehículos preparados para seguir el camino por sí solo.

El Ego ha revisado por última vez los puntos claves de su presente vida física poco antes de encarnar, y ha visto desde el plano del mundo del deseo qué es lo que se va a encontrar, y es capaz de apreciar las diferencias con lo visto anteriormente en los planos más elevados de consciencia, donde no existen más que la perfección y el silencio.

Este proceso de repaso de la misión elegida hace que algunos de los egos encarnantes, al ver la situación desde estos planos de consciencia más bajos, decidan intentar escapar de la situación ya que ésta, ahora, podríamos decir que no se presenta tan fácil, bonita y fantástica como se veía en los planos más elevados y arquetípicos, pero el proceso ya no se puede parar y el nacimiento lleva al Ser a la consciencia en el plano físico.

Es impresionante ver la gran cantidad de emociones que capta este Ser a través del físico; sensaciones, que por ser agradables o desagradables atraen su atención cada vez más, y lo llevan a centrarse en la consciencia física.

Esta captación de la atención, que es lenta y progresiva, llevará al Ser a perder toda consciencia de los planos internos en unos pocos años, pero mientras esto no suceda, el Ego estará observando desde un contacto más profundo con el físico. Esto significa que con el tiempo Ego y físico dejarán de funcionar como una unidad consciente, como sucede en los primeros días. Es decir, el Ego (niño) es consciente de que el físico es simplemente un vehículo suyo para tener consciencia en el plano físico, pero con el tiempo este concepto se llega a perder y se cree que él es lo que es el físico.

Los primeros meses se caracterizan por la observación y asimilación. Es decir, y por poner un ejemplo: una luz suave es una fuente de atracción, ya que él aún no capta esa luz como nosotros, pero sí que siente placer ante su vibración y eso lo atrae hacía el plano físico. Una música suave, las caricias de los padres, el contacto con la piel humana, un baño, la vibración de amor que éste recibe de ellos, etc... Todas estas cosas van captando poco a poco la atención del Ego que encarna y la consciencia empieza a centrarse cada vez más en ese nivel de lo ilusorio que llamamos el plano físico.

Uno puede observar como en esos primeros meses el bebé es como una esponja, que absorbe información sin juzgarla, y puede ver como poco a poco el físico va despertando y conforme el Ego va conociendo su nuevo vehículo se va centrando en el físico y perdiendo consciencia en los otros planos, hasta llegar a negar la existencia de algo más allá del mismo.

Conforme va penetrando cada vez más en la consciencia física, va perdiendo capacidad de asimilación, puesto que empieza a juzgar lo que le gusta y produce placer en oposición a lo que le produce dolor o molestia. Entonces empieza el proceso de pérdida de percepción más allá del físico y el Ser que está encarnado termina, al final del proceso, por reconocer su vehículo físico como él mismo y no reconociendo a los demás vehículos, creyendo que todo lo que siente viene del físico. Por lo tanto no se da cuenta de que lo que “siente” le llega desde distintos planos y de distintos vehículos. Es decir, sigue siendo tan clarividente como el primer día, pero ha perdido consciencia de ello y lo atribuye todo al físico, donde a los pocos años ya tiene centrada su consciencia.

Esto es lo que sucede con la mayoría de la humanidad, exceptuando a los pocos seres evolucionados que por no centrarse ya demasiado en lo físico desde pequeños y por sentir atracción hacia lo que ven más allá de éste, consiguen llegar a adultos siendo clarividentes conscientes y voluntarios.

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