LA ILUMINACION ESPIRITUAL
ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES
Home
Musica
Buscar
Top
+ Nuevo
Menu Movil
Las puertas de la navidad

LA ILUMINACION ESPIRITUAL - ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES - DIOS TODO Y ETERNO - AMOR - VERDAD - LIBERTAD - VIDA

LA FUERZA DEL ESPÍRITU

Omraam Mikhael Aivanhov

5/24/2017

CATEGORIA: Espiritualidad

Pregunta: «Maestro, usted nos prometió hablarnos de la fuerza, decirnos cómo la conciben los Iniciados y de dónde la extraen.»

Esta cuestión es inmensamente vasta; necesitaría horas para responderla. Evidentemente, puedo hacerlo en dos segundos, pero no quedaría claro. Para responder claramente hay que empezar mostrando cómo, en general, actúan los humanos, dónde buscan la fuerza, cómo la manifiestan, y después explicar lo que piensan los Iniciados sobre la verdadera fuerza.

Este problema siempre me ha preocupado mucho. He observado a los humanos y he visto que todos buscan la fuerza. Sí, pero ¿dónde la buscan? En las máquinas, en los aparatos, en las armas, en todo lo que es externo a ellos. Evidentemente, en apariencia pueden obtenerla, pueden imponerse y destruir. Pero la verdadera fuerza no es ésa. Como tenéis dinero, como tenéis máquinas, aviones, cohetes, ametralladoras… o bombas atómicas, os sentís fuertes. Pues bien, no, porque, al estar fuera de vosotros todas estas posesiones, si acaso os las quitan, ¿dónde está vuestra fuerza? Si os creéis fuertes por lo que poseéis, esto no es más que una ilusión; en realidad no sois capaces por vosotros mismos de levantar un peso más pesado, ni de lanzar una piedra más lejos que antes, ni de desembarazaros de ciertas dificultades o sufrimientos. La fuerza, pues, no os pertenece. Disponéis de medios externos, sí, pero ¿qué haréis si os los quitan?…

Los Iniciados han comprendido desde hace mucho tiempo que, en vez de pasarse la vida buscando unos poderes que nunca llegarán a poseer verdaderamente, es preferible trabajar para tener estos poderes dentro de ellos mismos. Y en eso se ejercitan, en eso trabajan. Saben que la verdadera fuerza está dentro, en el ser que vive, que piensa, que actúa, porque él es el que decide, el que dispone de los objetos, el que construye. Por eso, han establecido unas reglas y han dado unos métodos para permitir, justamente, la manifestación completa, perfecta, absoluta, de este ser que lo contiene todo, que dispone de todo: el espíritu. Conocéis la fórmula del Maestro Peter Deunov: «Niama sila kato silata na douha, samo silata na douha é sila bojia»: «No hay fuerza como la fuerza del espíritu; únicamente la fuerza del espíritu es fuerza de Dios». Es en el espíritu donde el hombre debe buscar la fuerza. La verdadera fuerza está en el espíritu, en la voluntad, en la inteligencia del espíritu.

Tomemos el ejemplo del microscopio. Todos miran admirados cuántas veces puede agrandar un objeto; pero olvidan lo esencial – como siempre, por otra parte –, se olvidan de que no pueden ver nada sin sus propios ojos y que, si no tienen ojos, todos los microscopios del mundo no les servirán de nada. ¿Por qué maravillarse siempre de los instrumentos externos, cuando todo el mérito, toda la gloria, deben ser atribuidos al que ve? Y el que ve es el espíritu; ve a través de nuestros ojos, así que, ni siquiera nuestros ojos son todavía lo esencial. Lo esencial es este ser, el espíritu; pero no lo tienen en cuenta, siempre se olvidan de él, porque siempre se olvidan de lo esencial. Mirad, por ejemplo, las fórmulas químicas: tienen letras para cada elemento, pero nada para el fuego, sin el cual, sin embargo, ninguna reacción es posible. Hacen como si el fuego no existiese, cuando el factor más poderoso es, justamente, el fuego.

Esta forma de ver es una consecuencia de la filosofía materialista. Esta filosofía ha hecho que los humanos se extravíen, les ha hecho salir de sí mismos para llevarles a perderse muy lejos en las brumas de la materia y, ahora, ya no pueden encontrar las verdades fundamentales que les permitirían resolver todos sus problemas.

Tenéis que comprenderlo. Todo lo que esta fuera de nosotros no nos pertenece; nos lo prestan por muy poco tiempo, y no es ahí dónde se encuentra la verdadera fuerza. La verdadera fuerza se encuentra en el autor de cada cosa, es decir, en el espíritu que se manifiesta. La prueba es que, cuando el espíritu se ha ido, aunque el hombre posea todos sus órganos, ya nada funciona: el estómago ya no digiere, el corazón ya no late, los pulmones ya no respiran, el cerebro ya no razona. Si lo pesáis, veis que el hombre pesa lo mismo que antes, nada ha cambiado; pero está muerto, porque el ser que vivía, que pensaba, que sentía, se ha ido; y, justamente, él era lo esencial.

¡Cuántas veces os he citado este ejemplo! Un marido tiene una mujer encantadora, la más bonita, la más exquisita, y la adora noche y día. Pero, si ella muere, ¿qué hace con su cuerpo? Lo guarda durante unas horas, durante unos días y, después, deja que se lo lleven al cementerio. Entonces, ¿a quién amaba en realidad? Amaba a la vida, a este ser que habitaba en su mujer y que hacía el encanto de su voz, de su mirada, de sus gestos. Cuando este ser ya no está, ¿qué hacemos con el resto? Lo enterramos. Así de sencillo, así de claro y evidente. Lo esencial es la vida, el espíritu. ¿Por qué ir a buscar, entonces, lo que no es esencial? La única diferencia entre un Iniciado y un hombre común es que el Iniciado se interesa, justamente, por lo esencial. El Iniciado busca el espíritu, trata de darle todas las posibilidades de manifestarse, de hacer aparecer todo lo que contiene, todas las riquezas que hay acumuladas en él.

Tomemos el ejemplo de la piel. Ella es la que ha formado el tacto, el gusto, el olfato, el oído, la vista, e incluso el cerebro. ¿Acaso podemos decir que ahora ya se acabó y que ya no saldrá nada más de la piel? No, la piel tiene unas posibilidades todavía desconocidas, pero necesita tiempo, y quizá, un día, aparezcan un sexto, un séptimo, un octavo sentido… La piel representa la materia. Todo aquello que envuelve representa la materia, y, en la célula, por tanto, está representada por la membrana. El citoplasma, en cambio, representa el alma, y el núcleo el espíritu. Porque, en una célula volvemos a encontrar también esta división en espíritu, alma y cuerpo. Por eso podemos considerar a nuestro cuerpo como la piel del alma. En el alma circulan unas fuerzas, unas energías, la vida; mientras que el núcleo, el espíritu, es el lugar en donde se encuentra la inteligencia que crea, que ordena, que organiza.

Actuando sobre el protoplasma, el espíritu, el núcleo, ha formado esta membrana, y de esta membrana han salido, poco a poco, los órganos de los sentidos. El núcleo es, pues, el que ha creado, por medio del protoplasma, porque el protoplasma le sirve de materia al núcleo. La fuerza se encuentra en el núcleo, es decir, en el espíritu. El espíritu quiere manifestarse y crea, con su impulso, nuevas formas, modela la materia. Si el hombre ha llegado a su grado actual de desarrollo, es gracias a los esfuerzos que el espíritu ha hecho sobre la materia para manifestarse. El espíritu tiene todas las posibilidades y, un día, encontrará el medio de infiltrarse a través de la materia para organizarla, de tal forma que ésta será de una belleza indescriptible. Este día conoceremos la gloria de Dios.

El espíritu quiere dominar la materia para manifestarse con todo su poder, y así es cómo produce en nosotros impulsos, movimientos. De ahora en adelante, sabréis que, cuando tenéis inspiraciones, cuando sentís una fuerza que os impulsa a actuar noblemente, a ayudar a los demás, a fusionaros con el Alma universal, es el espíritu que se manifiesta. Pero cuando, al contrario, sentís una fatiga, un debilitamiento, un poco de incertidumbre, dudas, sospechas, cuando estáis tentados a abandonarlo todo, es que la materia ha tomado la preponderancia y se opone a los esfuerzos del espíritu. ¿Qué podemos hacer en tales momentos? Para simplificar mi exposición, os diré, brevemente, que es el intelecto el que debe poner remedio a esta situación.

En el hombre, el intelecto se encuentra entre el espíritu y el corazón, es decir, entre el espíritu y la materia. Por eso puede intervenir. Cuando ve que la materia llega a dominar, a bloquear los impulsos divinos del espíritu, el intelecto puede, entonces, intervenir para volver a dar su fuerza al espíritu y abrirle las puertas. Desde dentro, el espíritu empuja siempre, pero el hombre no es consciente de ello y no sabe que puede facilitar el trabajo de Dios, o, al contrario, oponerse a él, dando más posibilidades a la materia. Si los Iniciados han abierto escuelas es, justamente, para incitar a los humanos a hacer un trabajo sobre sí mismos, a dominarse, a purificarse, y para permitir de esta manera la manifestación del espíritu. Si el hombre no tuviese ninguna posibilidad de actuar, con su intelecto o su voluntad, los Iniciados no habrían hecho nada para empujarle a tomar conciencia de su papel en el universo, y todo se habría hecho, por tanto, sin su participación. Pero, justamente, el hombre tiene un papel que jugar en la evolución de la creación, y Dios tiene en cuenta su existencia. Puesto que Dios creó al hombre, es que éste puede contribuir a la realización de la obra cósmica.

Dios ha dado la inercia a la materia y el impulso al espíritu, y el hombre está colocado entre los dos. Exteriormente está envuelto en materia, pero interiormente está animado por el espíritu. Recibe, pues, una doble influencia; a veces es Dios el que se manifiesta a través de él, y otras veces es la materia la que quiere engullirle y devolverle al caos primordial. El hombre está luchando siempre y, si no está iluminado y activo, se deja llevar por la inercia hasta convertirse en una ciénaga invadida por los renacuajos, las ranas y los mosquitos. Esto es lo que les sucede a algunos en quienes la materia predomina, porque no hacen ningún trabajo intelectual, espiritual, divino; se convierten en ciénagas y en cloacas con olores nauseabundos. Mientras que el discípulo que está instruido, que es guiado, en vez de reprimir al espíritu, le da todas las posibilidades, le abre todas las puertas; y el espíritu, que entonces es rey, empieza a trabajar para armonizarlo todo, para embellecerlo todo, para iluminarlo todo, para vivificarlo y resucitarlo todo en él. Estas transformaciones pueden realizarse rápidamente, siempre que se dé la prioridad al espíritu. La materia sólo sabe engullir, absorber, mortificar, mientras que el espíritu sabe organizar, vivificar, resucitar, no sabe hacer otra cosa que eso; por eso, justamente, hay que darle la prioridad.

¡Cuántos hombres se petrificaron porque impidieron que el espíritu se manifestase en ellos!
No le reconocieron, hasta se burlaron de él. Sí, mientras es de día, ¿para qué sirve el Sol?

Éste es el razonamiento de Nastradine Hodja. ¿Veis?, mis queridos hermanos y hermanas, a pesar de la civilización y de la cultura contemporánea, de lo que todos están tan orgullosos, la ignorancia humana es muy grande.

Pero vayamos más lejos. Puesto que todos los poderes se encuentran en el espíritu, y dado que éstos se manifiestan a través de la materia, no podemos concebir al espíritu en estado puro, completamente desprendido de la materia. Si existe el espíritu puro, no es ciertamente aquí, y no sabemos en qué región se puede encontrar. Aquí, espíritu y materia están conectados: todo lo que veis, todo lo que tocáis, está constituido por espíritu y materia combinados bajo una u otra forma.

Tomemos el ejemplo de la bomba atómica. La gente se imagina que es la materia la que produce las explosiones; no, la materia es solamente la forma que contiene, que retiene y comprime al espíritu. La explosión atómica es, en realidad, una irrupción del espíritu, que se manifiesta como calor y como fuego. Para que la explosión tenga lugar hace falta que el espíritu esté ahí, comprimido en la materia, porque la materia sola no puede nada, es solamente un vehículo, un recipiente. Pero si no hubiese materia para contenerlo, el espíritu se escaparía, porque es volátil. Los sabios se equivocan cuando se maravillan del poder de la materia; no han sabido ver que las fuerzas que se desprendían de ella eran las del espíritu, que se encontraban encerradas ahí por un cierto tiempo, para que no se perdiesen, pero que esperaban el momento de manifestarse. La prueba es que, una vez liberadas, ya no se pueden recuperar; cuando el espíritu ha podido escaparse es imposible capturarlo de nuevo y regresa hacia las regiones de las que vino. En cuanto a la materia, no queda nada de ella, es pulverizada, porque el poder del espíritu es tal que, cuando le damos la posibilidad de hacerlo, aniquila incluso a la materia.

A menudo, junto al fuego, os he hablado del ruido tan especial que hacen las ramas que arden. Desde hace miles de años la humanidad se sirve del fuego, pero ¿ha comprendido, acaso, lo que significa la crepitación de las ramas que arden? Porque, ¿qué es un árbol? Un árbol es un recipiente, simplemente, sí, un recipiente: almacena la energía que viene del Sol. Veis un árbol enorme y pesado con el que se podría construir una casa, pero, en realidad, no es más que un depósito, un formidable depósito de energías que vienen del Sol; basta con quemarlo para tener la prueba de ello.

Cuando quemamos un árbol no hacemos otra cosa que desencadenar un proceso ininterrumpido de liberación de energías. Bajo una u otra forma, se trata del mismo fenómeno que el de la fisión del átomo. Las energías que se encontraban en el árbol se escapan y, como prisioneros a los que se libera con ruidos de cadenas y de cerraduras, estallan haciendo oír una crepitación. Esta crepitación es la liberación de las energías solares; éstas se liberan bajo forma de calor que podemos utilizar. Y ¿veis?, el vapor de agua, el aire y el gas se van hacia arriba; abajo sólo queda un poco de ceniza, que es tierra propiamente dicha, cuyo volumen es verdaderamente mínimo en comparación con la cantidad de agua y de gas que se han escapado. Ahí tenéis otra prueba de que la materia mantenía al espíritu prisionero dentro de ella.

Los humanos no saben abrir el libro de la naturaleza viviente para leer en él los fenómenos que se desarrollan ante sus ojos que pueden ayudarles a comprender las cuestiones filosóficas más complejas. De ahora en adelante, hay que saber ir más lejos para descubrir lo que significa un fenómeno físico en las regiones del espíritu y del alma, y comprender que arriba las leyes son las mismas que abajo. La mayoría están ahí, delante del fuego, sin ver nada: se contentan con estar ahí y con mirar, constatando que experimentan un cierto bienestar, que se sienten un poco mejor, que reciben algunas fuerzas, y eso es todo. Pero eso es pobre, es minúsculo, en comparación con el trabajo que puede ejecutar un Iniciado cuando se encuentra ante el fuego. ¡Si supieseis tan sólo lo que sucede en el alma y en el espíritu de un Iniciado cuando está delante del fuego! ¿Os gustaría que os dijese lo que hace, verdad? No, todavía no…

Está claro, pues, que la energía que libera el árbol al arder viene del Sol; no es del árbol mismo, sólo se encuentra almacenada en él. La materia no puede producir la fuerza; la fuerza viene de otra región y la materia está solamente ahí para mantenerla y conservarla. Hay muchos errores que corregir en los sabios, porque no siempre tienen nociones justas. Se han fijado exclusivamente en lo visible y exterior de las cosas, en la corteza; no tienen el sistema filosófico que les proporciona a los Iniciados otra visión del mundo. Los sabios hacen experimentos y obtienen resultados, pero no poseen aún la verdadera ciencia. Hacen descubrimientos, por supuesto (¡aunque a veces también se equivocan!), pero, cuando, un día, lleguen a conocer el verdadero lugar de cada cosa, harán descubrimientos de otra envergadura.

Os lo dije, la mayor prueba de que el espíritu y la materia son dos realidades completamente diferentes la tenemos en el momento de la muerte. Hasta entonces los hombres lo confunden todo: el espíritu, la materia, son lo mismo para ellos. Pero en el momento de la muerte se ve la diferencia, y nadie puede decir lo contrario. Si no, ¿por qué el hombre ya no se mueve? ¿Por qué no sigue hablando y pensando? Porque la muerte significa la ausencia de vida: porque el espíritu se ha separado de la materia.

Cuando el hombre está vivo el espíritu y la materia están juntos, soldados, abrazados, casados, por descontado, pero no son idénticos; y, cuando se separan, el hombre muere. El espíritu y la materia son como el hombre y la mujer; aunque el hombre y la mujer tengan en común el ser dos criaturas humanas, una es positiva y la otra negativa, tampoco son idénticas. No abordaremos hoy el problema filosófico de las relaciones de la materia y del espíritu. Además, en otras conferencias ya os expliqué cómo el espíritu ha producido la materia –porque la materia no es, en realidad, sino una condensación del espíritu– y cómo se han polarizado el uno con respecto al otro.

Pero prosigamos. Cuando los Iniciados estudiaron en profundidad las diferentes manifestaciones de la vida, decidieron dar a los humanos unas reglas, unos ejercicios que les permitiesen volver a recobrar su fuerza primordial. Porque al principio el hombre poseía esta fuerza y toda la naturaleza le obedecía; después la perdió porque se dejó arrastrar por el peso de la materia y a eso es a lo que se ha llamado la caída. El ser humano cometió, pues, una falta: perdió su fuerza al dejar que ésta fuese engullida por una materia más densa, más grosera. Antes vivía también en la materia, pero en una materia etérica gracias a la cual hacía maravillas. Por eso se dice en la Biblia que vivía en el Paraíso, en el jardín del Edén, en la desnudez, la pureza y la luz, y entonces no conocía ni la enfermedad ni la muerte.

LLos humanos perdieron su ligereza, su libertad y la inmortalidad cuando quisieron penetrar en una materia más densa para explorarla (aunque Dios les había prevenido). Empezaron a sufrir enfermedades y la muerte hizo presa en ellos. Y ahora, desde hace miles de años, todo eso continúa: el sufrimiento, la enfermedad, la muerte… Y continuará hasta que vuelvan a encontrar de nuevo el camino que les conduzca al restablecimiento de su vida primordial. Esto es lo que todos los Iniciados llaman «la reintegración de los seres»: el retorno a la primera gloria. Ahí tenéis toda la filosofía de los Iniciados. Nos dicen: «Estáis situados entre el espíritu y la materia; así que, reflexionad, estudiaos, en cada momento de vuestra existencia observad qué lado gana en vosotros: el espíritu o la materia. Si sentís que se despiertan pensamientos y sentimientos que os pesan, que os atormentan, en vez de dejaros arrastrar, tratad de neutralizarlos».

Los seres que se dejan dominar por la materia pierden su luz, su libertad y su belleza; mientras que aquéllos que logran despegarse de ella para dar la preponderancia a la actividad del espíritu se vuelven libres, luminosos y fuertes. Es en el espíritu en donde se encuentra la verdadera fuerza. Debéis, pues, entrar dentro de vosotros mismos cada vez más, recogeros para alcanzar el principio divino en vosotros; un día, un manantial empezará a brotar y os sentiréis alimentados, sostenidos, inundados por unas fuerzas inagotables. Pero si os olvidáis del espíritu para contar solamente con lo externo (el dinero, las casas, las máquinas, las armas), entonces, la fuerza, la verdadera fuerza del espíritu os abandonará. ¿Por qué? Porque no la sostenéis, porque no pensáis en ella, no os dirigís a ella, no comulgáis con ella. Con los recursos que os queden vais a seguir tirando un poco, pero no iréis lejos; os creeréis todavía fuertes, pero cuando el manantial deje de manar, porque habéis roto el contacto, ¡veréis entonces si sois fuertes y poderosos!… Seréis barridos, borrados, ¡eso es lo que os pasará!

La mayoría de los humanos sólo cuentan con lo exterior, pero ¿por cuánto tiempo pueden contar con eso? Durante su existencia han tenido dinero y armas; bueno, está bien, pero como no pueden llevárselos consigo y aquí en la Tierra no han trabajado para fortificar su espíritu, cuando se vayan al otro mundo serán débiles, ¡tan débiles! Entonces comprenderán que ahora ya se acabó el tiempo en el que se imaginaban ser fuertes; empezarán a lamentarse, a sufrir, y esto es el Infierno, justamente. Volverán junto a los vivos para tratar de hablar a su mujer, a sus hijos, pero nadie les oirá. Irán también a las sesiones espiritistas y entrarán en un médium para decir: «He llevado una vida estúpida; no hagáis como yo», y allí también nadie les creerá. Después, se reencarnarán y deberán volver a empezar todo desde cero, porque los ladrones se habrán llevado todas las riquezas que habían acumulado.

Así que ya veis las desilusiones que se preparan aquellos que no han conocido la Iniciación; son verdaderamente dignos de lástima. Sin embargo, ¡cuántas riquezas poseen los que han trabajado para adquirir facultades, virtudes y cualidades! Aunque no tengan nada externamente, son ricos en conocimientos y en fuerzas, y, cuando se vayan al otro mundo, se llevarán consigo todas estas riquezas. Como se habían dedicado aquí a ejercitarlas, estas riquezas seguirán siendo suyas y nadie se las podrá quitar. E, incluso, todo lo que deseaban en la Tierra lo encontrarán allí en plenitud. Los que amaban la luz y los colores, podrán contemplarlos sin fin. Para aquéllos cuya alma está llena de música y de sinfonías, las estrellas y el universo entero cantarán. A aquéllos que estaban llenos de amor se les dará todos los medios para poder ayudar a los demás. A aquéllos que soñaban con saber y conocer, todos los secretos les serán revelados. Ésta es la verdad, mis queridos hermanos y hermanas.

La verdadera fuerza se encuentra en el espíritu, porque las cualidades del espíritu están particularmente relacionadas con la fuerza. La inteligencia, la sabiduría, la pureza, os dan grandes poderes. Y, si tenéis mucho amor, llegaréis también a superar vuestros estados negativos: la pena, la tristeza, la ira, el odio…, porque el amor es un alquimista que lo transforma todo. Pero la verdadera fuerza se encuentra en la verdad, porque la verdad es el verdadero dominio del espíritu.

Jesús dijo: «Si guardáis mi palabra, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». Para liberarse hay que poseer la verdadera fuerza que la sabiduría por sí sola no posee; muchos sabios no han logrado liberarse. Y ni siquiera el amor sólo puede liberaros enteramente. Únicamente la verdad puede hacerlo, es decir, la unión del amor y de la sabiduría. Esto es lo que enseña la Ciencia iniciática. Pero los hombres se olvidan del amor, se olvidan de la sabiduría, y se imaginan que el dinero va a liberarles… ¡Ni hablar! El dinero les esclavizará, porque les dará todas las posibilidades de beber, de comer, de divertirse, de lanzarse a los placeres, e incluso de vengarse, si hace falta, es decir, les abrirá el camino que conduce directamente al Infierno. Evidentemente, si son sabios y dueños de sí mismos, el dinero les puede permitir liberarse y hacer mucho bien. Pero, dad dinero a los débiles, ¡y veréis si les libera! Exteriormente, quizá se libren de alguien que les importuna, o escapen a las persecuciones, pero interiormente no se liberarán ni de sus debilidades, ni de sus vicios, ni de sus angustias; viajarán, y transportarán con ellos todos sus males. A menudo los más ricos son los que están más encadenados, mientras que los que son pobres, pero inteligentes, son mucho más libres.

Para comprender bien las cosas hay que poner primero cada cosa en su lugar y eso es, justamente, lo que os enseña la escuela de la Fraternidad Blanca Universal. No os enseñará zoología, botánica, etnología, geografía o historia, pero os enseñará cómo vivir. Cómo vivir… no existe una cuestión más descuidada. Para todo lo demás hay escuelas, pero mostradme una en la que se enseñe cómo vivir, ¡no la hay! Y nosotros estamos, justamente, en una escuela especial, excepcional, en la que se enseña cómo pensar, cómo sentir, cómo actuar. Desgraciadamente, muy pocos comprenden su valor; los demás lo comprenderán cuando tengan que abandonar la Tierra, pero ya será demasiado tarde.

De momento los humanos aún son víctimas de esta filosofía materialista que los mantiene alejados de la verdadera fuerza y no cesan de debilitarse. Pero dentro de algunos años el materialismo será excluido, expulsado, desterrado, y en las universidades, en las escuelas, en las familias, por todas partes instruirán a los humanos en la ciencia del espíritu. Entonces se darán cuenta de que habían estado chapoteando durante siglos y que todos estos descubrimientos técnicos y científicos todavía no eran un progreso. El progreso del espíritu es el verdadero progreso, y no hay progreso fuera del progreso del espíritu. Inscribid estas palabras, si queréis, porque ésta será una fórmula para el futuro. Cada vez se hacen más descubrimientos, pero las adquisiciones que se limitan al dominio material y al confort no pueden mejorar a los humanos. Al contrario, éstos se vuelven más egoístas, más vindicativos, más vulnerables, más enfermizos, y, al mismo tiempo, son más orgullosos, más vanidosos y más desvergonzados. Eso es lo que ha traído el progreso, y eso no es, por tanto, un progreso del espíritu.

El progreso del espíritu consiste en mejorar a las criaturas, en mejorar sus pensamientos, sus sentimientos, para mantenerlas siempre en buena salud física y psíquica, mientras que, de momento, a menudo el progreso constatado consiste en abrir hospitales, clínicas y cárceles más perfeccionados. En vez de buscar un remedio en el espíritu, de enderezar algo, ahí, en el interior, todos corren a buscar fuera de ellos. Nadie piensa en buscar en el interior, en el alma, en el espíritu, nadie, salvo estos pobres místicos, estos pobres espiritualistas, estos locos, estos «tocados por el Sol», como nos llaman. Pero yo diré: «Vosotros, químicos, farmacéuticos, tenéis que saber que todos los minerales y los metales que están en la Tierra, y que vosotros estudiáis, se encontraban primero en el Sol. Se condensaron progresivamente, tras haber pasado por el estado gaseoso y líquido. Todo lo que la Tierra posee viene del Sol.» Entonces, puesto que es así, puesto que todos los elementos que encontramos en la Tierra estaban en origen en el Sol, ¡acaso es tan insensato nuestro deseo de ir a buscarlos directamente a la fuente, con su frescor y su pureza primeros? Todos se burlan de nosotros y nos ridiculizan. Dicen: «¡Ah! ¡Van a ver el Sol!» Nunca han comprendido la importancia esencial del Sol para el hombre, y se burlan de nosotros. Dejemos que se burlen y nosotros sigamos recogiendo pepitas de oro.

Los rayos de Sol son pepitas de oro gracias a las cuales podemos ir a comprar después cosas formidables en las tiendas celestiales, en las que reconocen el valor de este oro. Sí, en el otro mundo hay tiendas, que yo conozco, en las que todo está expuesto en abundancia y, si poseéis este oro, este oro que viene del Sol, el oro filosófico, os darán todo lo que queráis. Si en la Tierra pedís, por ejemplo, la paz, ¿quién os la podrá dar? ¿Iréis acaso a la farmacia a pedir un kilo de paz?… Se reirán de vosotros. Mientras que en estas tiendas de las que os hablo, no se reirán, y os darán esta paz a cambio de las pepitas de oro que hayáis recogido.

Si los humanos tuviesen más luces, en vez de ridiculizarnos vendrían a suplicarnos que les revelásemos todos los misterios de la naturaleza viviente… Junto a un lago, ¿qué podemos hacer junto a un lago? Allí también hay acumuladas toda clase de riquezas. En el bosque, en las rocas, en las montañas, en las grutas, por todas partes hay tesoros depositados; pero el hombre, inconsciente, se pasea en medio de ellos sin recibir nada de toda esta riqueza.

La verdadera fuerza viene del espíritu, y, como el espíritu está conectado con el centro, debemos, pues, buscar el espíritu y conectarnos con él para que pueda conducirnos hacia el centro, hacia la fuente, de donde recibiremos todos los elementos que necesitamos. No se puede negar que haya también algunos elementos depositados en la periferia, en la superficie, pero son los menos. Las cosas reales están depositadas en el espíritu, todo lo demás está más o menos adulterado, o mezclado, es decir, impuro. Incluso el oro y las piedras preciosas, que son lo más puro que existe en la naturaleza, deben ser extraídos de su ganga. Todo lo que encontréis lejos de la fuente está mezclado con impurezas y, por tanto, hay que limpiarlo, decantarlo. Sólo aquéllos que se van directamente a la fuente beben un agua de una pureza absoluta.

En el momento en que dejan el Sol, los rayos son puros; pero cuando atraviesan la atmósfera de la Tierra se cargan de impurezas, y, después, vuelven de nuevo hacia el Sol, tras haber pasado por otros planetas en los que se han descargado de sus impurezas. ¿Eso os extraña? Cuando la sangre sale del corazón es pura, pero, al circular en el cuerpo para alimentar al organismo, se carga de desechos, de venenos, de toxinas, y cuando vuelve después al corazón, no vuelve directamente, porque antes debe pasar por los pulmones para purificarse. Pues bien, de la misma manera, los rayos vuelven hacia el Sol después de haber pasado por otros planetas para purificarse. Se trata de unos hechos reales que los sabios no conocen y que, aunque se los revelen, no se lo creerán y dirán que son idioteces. Pero los Iniciados, que han ido mucho más allá que los sabios, conocen desde hace mucho tiempo cómo viene la luz a la Tierra, por dónde pasa y cómo vuelve después al Sol.

Algunos quizá objeten: «Usted pone en primer lugar la vida interior, subjetiva… Pero a nosotros nos han enseñado que siempre debemos ser objetivos y que debemos desembarazarnos incluso de la subjetividad, porque sólo lo objetivo es científico y real» les responderé que ésta es una reflexión que prueba que nunca han comprendido el significado de estas dos palabras, objetivo y subjetivo. ¿Qué es lo objetivo? Lo que no se desplaza, lo que no se mueve, es decir, aquello que se puede medir, pesar y mirar con aparatos; es, pues, un aspecto de las cosas que logramos estudiar porque está muerto. Mientras que lo subjetivo representa la vida, las emociones, la consciencia, el espíritu; no se estudia con el pretexto de que es algo variable, de que no se percibe por todos de la misma manera, y de que no es posible, por tanto, capturarlo para medirlo y clasificarlo… Pero esto es un error. Si lo subjetivo está en perpetuo movimiento es porque lo contiene todo y porque todo en él está vivo. Es la vida, por tanto, lo que en él estudiáis.

Evidentemente, esta desconfianza con respecto a la subjetividad está justificada, en parte, porque existen místicos nebulosos, desequilibrados, histéricos, que son víctimas de su subjetividad enfermiza. Pero, justamente, sacar conclusiones generales a partir de esta gente es un razonamiento erróneo. ¿Por qué no han ido a estudiar a aquéllos que viven una verdadera vida espiritual, una vida espiritual organizada? En ellos no hay nada vago, impreciso o desequilibrado. La verdadera vida interior es armoniosa, verídica, precisa, y, aunque sea variación y movimiento, es objeto de una ciencia. Sólo que, para esta ciencia, hacen falta unos aparatos mejores que los que los sabios tienen a su disposición.

Para los objetos inanimados no es necesario tener unos aparatos tan perfeccionados, pero, para estudiar la vida psíquica, para poder detectar y seguir los cambios del alma y del espíritu, hacen falta otros aparatos más sutiles y sensibles que todavía no son capaces de construir. Así que abandonaron esta ciencia. Y este abandono es la prueba de la incapacidad de los sabios, es la capitulación de su inteligencia; no lo saben, pero yo lo sé. Hubieran debido actuar de otro modo, tendrían que haber dicho: «Es posible que este dominio contenga unas riquezas prodigiosas, la verdadera ciencia, pero, en el estado actual de nuestras capacidades y de nuestros medios de investigación, no tenemos aparatos para explorarlo. Procuraremos hacerlo en el futuro, pero, de momento, nos limitamos a estudiar aquello que es accesible a nuestros cinco sentidos».

Esto es lo que habrían dicho si fuesen sabios, y no era ninguna capitulación. Pero, un día, voy a darles una reprimenda; esto que acabo de deciros, lo diré abiertamente delante de ellos, y ninguno podrá objetarme, porque entonces ya se habrán hecho muchos otros descubrimientos que darán la razón a nuestra filosofía y ya nadie osará aventurarse a decir, como en el pasado: «¡Esto es imposible!… ¡Es una idiotez!» Dirán: «Es posible», y se refugiarán detrás de esta frase. Por otra parte, ya no se atreven a ser tan categóricos como antes, porque, desde hace algunos años, a medida que descubren cosas, se dan cuenta de que hay, cada vez más, cosas que no conocen. Empiezan a penetrar en el dominio sutil, etérico, que es, justamente, el dominio subjetivo, y, un día, nadie ya podrá objetar nada, porque, como acabo de deciros, habrá demasiadas pruebas que hablarán a favor de nuestra filosofía.

Ahora, escuchad bien lo que voy a explicaros. En el dominio subjetivo debemos recorrer primero una región llena de niebla, de nubes, de polvareda. Es la séfira Iesod, la región de la Luna. Los Iniciados saben que allí nos encontramos con todas las aberraciones, las elucubraciones y las locuras. Hay que atravesar, pues, esta zona e ir más allá, a la parte superior de Iesod, donde reinan la precisión, la claridad, la luz. Como los sabios no han sabido explorar correctamente esta región, tras haber chapoteado un poco en ella, han huido asustados y se han refugiado en Malhouth, en el lado denso de la materia, la Tierra. Pero aquéllos que se han atrevido a ir más lejos han visto que, por encima de estas brumas y de estas nubes, el Sol brillaba sin cesar y que todo era matemático, claro y preciso.

Existe, pues, otra ciencia que los sabios no conocen: la ciencia del espíritu. Y la prueba es que un sabio ruso ha dicho recientemente: «Conocemos la materia, pero no tenemos ninguna noción del espíritu; es en este sentido en el que ahora debemos trabajar.» Empiezan, pues, poco a poco, a darse cuenta, y lo que descubrirán es la Ciencia iniciática tal como es conocida ya desde hace mucho tiempo por algunos seres privilegiados.

El que trabaja con el espíritu y para el espíritu, que le da las posibilidades de manifestarse en plenitud, obtendrá, un día, la verdadera fuerza, mientras que los otros, que no hacen esfuerzos, no lo lograrán. Es fácil encontrar ejemplos. Si ya no andáis, porque tenéis un coche, ¿qué sucederá? No sólo se debilitarán vuestras piernas, sino que esta falta de actividad acabará produciendo daños en vuestro organismo. Suponed también que haya máquinas que dispensen al hombre de hacer la mayor parte de los trabajos: como ya no tendrá gran cosa que hacer, se reblandecerá y se embrutecerá. E incluso, desde que han empezado a poner todos los conocimientos en los libros, ¡se acabó la memoria! Existen aún tribus en el mundo que no conocen la escritura y que, de generación en generación, se transmiten oralmente toda su ciencia: miles de poemas, de fórmulas, de secretos. ¡Estos hombres tienen una memoria increíble! Éste era también el caso de los Druidas, que se negaban a utilizar la escritura porque sabían que los humanos perderían muchas de sus facultades psíquicas a partir del día en que empezasen a contar con los libros. Yo he observado también que muchos que no han ido a la escuela y que no saben leer ni escribir tienen una memoria extraordinaria. Se diría que los libros debilitan la memoria. Eso no quiere decir que yo esté en contra de los libros. Sólo constato lo que sucede; pero, evidentemente, los libros no lo son todo.

Así que, mis queridos hermanos y hermanas, ahí tenéis la respuesta:
no debéis buscar la verdadera fuerza fuera de vosotros.

Evidentemente, quedan aún muchas cosas por decir. Por todas partes, en el universo y en el hombre, se manifiestan el principio de la vida y el principio de la muerte. Cuando la vida quiere desarrollarse, fuerzas contrarias empiezan a despertarse para reprimirla, para aniquilarla, y la vida siempre tiene que defenderse. Acción y reacción, pues, no hay más que eso. Y, si el hombre no se vigila, puede ser que el poder de la muerte prevalezca. ¡Cuántas lecciones podemos sacar de esta verdad!

Una hermana, por ejemplo, viene a verme y se queja de que nada le va bien, de que está desanimada, decepcionada… Yo la miro y le digo simplemente: «Es porque se ha inscrito en la escuela de la debilidad. - ¿En qué escuela, Maestro?, pregunta ella. Cuando era joven fui a la escuela, pero ahora no estoy inscrita en ninguna escuela.» Yo le respondo: «Sí, usted está inscrita en la escuela de la debilidad.» Ella no comprende nada y yo se lo explico: «Mire, en esta escuela de la debilidad no se hace ningún esfuerzo, ningún ejercicio físico o espiritual, se refugian en los sillones, en el confort, en la pereza. Está bien, es magnífico, pero ¿qué sucede entonces? Se ralentiza el movimiento interior, se disminuye la intensidad de la vida del espíritu, del pensamiento, y lo negativo se infiltra, deja huellas e impurezas de las que la gente ya no sabe desembarazarse. Debe usted vivir, pues, una vida intensa para rechazar todas las suciedades que quieren infiltrarse dentro y que van a provocar en usted toda clase de trastornos, Inscríbase ahora en la escuela de la fuerza, es decir, mantenga siempre en usted la actividad, la vigilancia, el dinamismo, el ánimo, el entusiasmo.»

Sabiendo que los dos principios de vida y muerte están en lucha, no debéis ceder, ni dejar que las fuerzas negativas os invadan y os aten. Durante unos momentos, uno se siente bien dejándose llevar, pero después queda paralizado: ni la sangre, ni las células, nada vibra para luchar y combatir, y entonces se produce la invasión del polvo, de los mohos y de los hongos. Cuando una rueda gira rápidamente, el barro no puede pegarse a ella, porque es rechazado; pero, cuando su movimiento se ralentiza, el barro se deposita en ella. ¿Lo habéis comprendido? En esto hay una filosofía y una ciencia extraordinarias. A vosotros, pues, os corresponde ahora hacer esfuerzos, porque sois vosotros los que tenéis un interés formidable en no dejaros llevar por la desidia, por la pereza. Hay que hacer ejercicios para todo: para los miembros, para los pulmones, para el pensamiento, para el sentimiento, para el alma y para el espíritu. Entonces os encontraréis en un estado de vibración que rechaza todas las impurezas y podréis seguir caminando durante mucho tiempo.

Desde hace años os digo: «¡Venga!, ¡inscribíos en la escuela de la fuerza, haced esfuerzos!», porque no hacer nada es la muerte, mis queridos hermanos y hermanas. Un día verificaréis lo necesaria que es la vida intensa. Por eso hay que estar bajo el signo del entusiasmo, por eso no hay que abandonar el amor, el amor espiritual, porque es el que crea en nosotros este estado de movimiento y de irradiación que rechaza todo lo que es negativo y tenebroso. Aquéllos que pretenden ser inteligentes y sabios pensando que es inútil amar y ser buenos han firmado su sentencia de muerte, de muerte espiritual primero… pero la otra muerte no tardará en llegar.

Queridos hermanos y hermanas, debéis decir: «Hoy he comprendido dónde está el sentido de la vida, dónde está la salud y dónde está la fuerza». La fuerza está en la actividad del espíritu.

ir al home para ver nuestra portada semanalimprimir este articulo La fuerza del espíritu de la categoria Espiritualidadir a la lista de maestros iluminados, colaboradores y amigos de nuestra webpalabra usada recientemente por los lectores de La iluminacion Espiritual

RELACIONADOS CON EL TEMA


LA ILUMINACION ESPIRITUAL

MEDELLÍN - COLOMBIA
1997 - 2017