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GABRIELE WITTEK

ESPIRITUALIDAD

EL AMOR: LA ETERNA LEY CÓSMICA ES IMPERSONAL

Gracias a: CARMELO URSO 

Lo impersonal, el amor a Dios y al prójimo no juzga, no condena ni castiga.

Gabriele Wittek

El amor a Dios y al prójimo, la ley cósmica eterna, es impersonal; habla en general. Dios no habla personalmente, Él no se dirige directamente a ninguna persona, calificándola por ejemplo de que carece de amor, pues ningún hombre existe sin el amor de Dios. El amor vive en cada alma y no puede ser expulsado. Nosotros podemos negarlo, pero nunca nos libraremos de él, porque el amor de Dios es la ley de la vida. Dios instruye en general sobre el amor egoísta, sobre la ley causal, cómo surgió, cómo se sigue desarrollando y ampliando, pero no se la atribuye a ningún hombre personalmente.

La ley de Dios, la ley del amor a Dios y al prójimo, no contiene la ley causal, que también es conocida como “la ley de causa y efecto” o “la ley de siembra y cosecha”. Ésta la crearon los seres humanos con los actos contrarios a la ley eterna, que es Dios. Sin embargo, Dios, la ley eterna, habla dentro de la ley causal para instruir sobre ella, para que aquellos que quieran se reconozcan y se puedan liberar de la ley causal.

La ley causal surgió de la suma de las infracciones personales contra la ley de Dios. Por eso también es denominada la ley de la persona; cada persona participa de ella según sean sus infracciones personales. O sea que tenemos que estar atentos para indagar lo que es amor a Dios y al prójimo y lo que es amor egoísta, que es la ley causal. Las raíces de nuestro comportamiento, los contenidos, es decir aquello que se esconde detrás de nuestro modo de pensar, hablar y actuar, da información sobre nosotros mismos.

La ley eterna del Amor trasciende la ley de causa y efecto del ego

Si la envoltura de nuestro comportamiento nos muestra en una luz totalmente diferente a su contenido, entonces en el fondo no somos aquel, aquella que aparentamos ser. Estamos en desunión en nosotros, estamos divididos.

Si nuestro pensamiento es uno con nuestros sentimientos, si nuestra palabra corresponde a nuestros pensamientos y sentimientos, si actuamos en armonía con nuestras palabras, que a su vez coinciden en su contenido con nuestros pensamientos y sentimientos, entonces somos una persona veraz y recta que es una consigo misma. El denominado amor causal es, sin embargo, siempre discrepante, o sea ambiguo.

Precisamente en nuestro tiempo se muestran muchos caminos que supuestamente conducen a la “salvación” del alma. Muchas personas están inspiradas en el esoterismo o atiborradas de conocimientos divinos. Sin embargo ninguna de las dos cosas conduce a la vida que es Dios. Únicamente el cumplimiento paulatino de las legitimidades, que se pueden deducir de los Diez Mandamientos de Dios y de las enseñanzas de Jesús, el Cristo, nos convierte en un hombre del Espíritu, un hombre de la libertad, que se afianza en la vida que es Dios, y no se ata ni a libros ni a personas.

Estamos “atiborrados” cuando nuestro consciente, que es nuestra conciencia, ya no puede ni sopesar ni medir, es decir, analizar si aquello que mostramos de nosotros, si lo que acabamos de ver o escuchar corresponde a los Mandamientos de Dios y a las enseñanzas de Jesús, el Cristo, es decir, a la ley cósmica del amor a Dios y al prójimo.

Básicamente es así: el consciente del hombre es su consciencia despierta. Lo que registra el consciente le es consciente al hombre y más tarde se puede acordar de ello. Lo que está grabado en el subconsciente por lo común no le es consciente al hombre; transcurre de forma inconsciente. El subconsciente contiene cosas dejadas a un lado, olvidadas, reprimidas y oprimidas por la persona, sus deseos y añoranzas secretas así como los miedos no admitidos, sus ambiciones, sus estímulos y otras cosas más.

El que aspira a una vida consciente, quien quiere liberarse desde el interior, clara y honestamente, para salir del círculo del yo, del estar atrapado en el egoísmo, se esforzará en captar sus subcomunicaciones, aquello que transcurre por debajo de lo que piensa, habla o hace “conscientemente”. Esta persona aprende a conocerse más profundamente que el hombre superficial; se libera paulatinamente de la atadura a la propia persona, de su “parte personal”, de su “parte humana” y de lo bajo; se distancia de sí misma; domina cada vez mejor su vida y puede apoyar a otros sin exigir reconocimientos ni ovaciones de agradecimiento. Cada vez es más impersonal, más independiente, más autónomo y libre desde el interior. El horizonte de su consciencia se amplía; alcanza una mayor visión de su entorno, perspicacia y clarividencia, siendo de esta manera capaz de llevar verdaderamente responsabilidad.

Las personas cuyo consciente y subconsciente están a la vez llenos de conocimientos espirituales reaccionan irreflexivamente. Lo que les mueve fluye incontroladamente de su boca. La instancia de control, el consciente y la conciencia han sido desconectados por el subconsciente que está en acción. Esta discrepancia apenas es reconocida por el afectado. Si la instancia de control, el consciente y la conciencia están intactas, entonces notamos –si es que nos controlamos–, que pensamos de forma diferente a como hablamos y que hablamos de forma diferente a como pensamos. El subconsciente graba únicamente el contenido de nuestros pensamientos y palabras, el consciente el engaño, esto es la envoltura, no la esencia. El que no se controla a sí mismo, cree que él es como piensa y habla.

Como la mayoría de los hombres no cuestionan sus pensamientos, sus conversaciones y sus denominadas buenas obras, les parece que piensan de forma positiva. Creen sus propios pensamientos, que dicen, por ejemplo, cuán amable es el prójimo y qué dispuesto está a ayudar, o qué bien u ordenadamente vestido está, o cómo guarda la compostura y qué educado es y otras cosas más. Estos pensamientos y otros parecidos son positivos –pero sólo cuando los contenidos de los pensamientos concuerdan con ello–. Sólo con una autocrítica y un autoanálisis concienzudos descubrimos lo que verdaderamente se está moviendo en el mundo de nuestros pensamientos y palabras, o sea, lo que grabamos en el subconsciente. Lo que el hombre graba en el subconsciente, el contenido de sus formas de comportamiento, conforma sus verdaderas intenciones, su carácter.

Nuestro carácter con el tiempo diseña nuestro cuerpo: éste es la expresión, impresión o impregnación de nuestro carácter.

Nuestro cuerpo está mostrando constantemente quiénes somos en verdad. Si por ejemplo en una conversación un participante habla en contra de nuestra actuación protagonista o incluso actúa en contra de nosotros, o sea, se comporta de forma que según las circunstancias podría da­ñar nuestro prestigio, ¿cómo reaccionamos? ¿Permanecemos tranquilos y sosegados o reacciona el subconsciente activando primero al sistema nervioso central, al plexo solar, de forma que reaccionamos intranquilos, inquietos y al fin y al cabo excitados? Sin reflexionar, hablamos atropelladamente, mostrando quiénes somos en realidad. Nuestros pensamientos, palabras, gestos, incluso todo nuestro comportamiento muestra el cuerpo, la imagen de nuestro carácter.

En situaciones en las que nos sentimos afectados, en las que nos “salimos de nuestras casillas”, sale lo que está es­con­dido detrás de nuestra fachada positiva. Se manifiesta e incluso estalla.

El consciente, que mantiene la apariencia de lo positivo, ya no se pone en movimiento. Se escapa a nuestro control. La máscara de la apariencia se desmorona; lo innoble, lo feo o malvado que está registrado en el subconsciente sale a la luz. Mostramos –y se muestra en nosotros– quiénes somos en realidad. Los nervios bloquean entonces la can­tinela “positiva“ del consciente. Ese sería el momento en el que el “amoroso“ que se cree anclado en la ley del amor y del amor al prójimo se podría reconocer, pero, ¿lo quiere él? Cuando la primera efervescencia de los sentidos se ha aplacado, cuando los nervios se han tranquilizado un poco, entonces más de alguno piensa: “¿Qué ha ocurrido conmigo? Así no me conozco”.

Sin embargo, el que nunca se haya cuestionado a sí mismo, seguirá aferrándose a la acostumbrada imagen hipócrita que tiene de sí mismo. Pondrá rápidamente la máscara del buen comportamiento sobre el traspié y pensará: “A pesar de todo sé que he pensado y hablado correctamente, o sea, amorosamente”. Es muy posible que nuestras palabras hayan sido cariñosas y amorosas, pero el ánimo efervescente habló en tonos muy diferentes. ¿Qué es lo que hay detrás del arrebato? Lo que hay detrás es exactamente lo que se pone de manifiesto cuando algunas personas nos disgustan o cuando no alcanzamos lo que deseamos, aquello que, según sean las circunstancias, hemos tramado en actitud de “buenos, bondadosos y amables”, o cuando tememos que la declaración de nuestro prójimo nos deje en ridículo, o cosas parecidas.

Los pensamientos y palabras que están grabados en el consciente como cáscaras vacías y que contradicen lo grabado en el subconsciente, no se pueden poner en concordancia con el amor a Dios y al prójimo. Eso no es otra cosa que un amor aparente que hemos superpuesto, es amor propio, amor personal – que también denominamos egoísmo. El egoísmo puede ser adornado y escondido con mucha fruslería y ornamento, con tácticas y subterfugios refinados, hasta que el subconsciente un día está tan lleno que el consciente ya no lo domina, de forma que éste ya no puede ni sopesar ni medir, y el subconsciente alcanza el dominio sobre nuestro cuerpo, sobre nuestro modo de pensar, hablar y actuar.

El núcleo del egoísmo es siempre el amor a sí mismo, es el amor propio que está vinculado y relacionado con la persona.

El concepto “amor” se ha convertido con frecuencia en una palabra vacía. Para la mayoría de las personas, cuando hablan de “amor” se refieren al amor corporal, que es la fuerza motriz de procesos que conducen a ataduras: conduce a la infelicidad, al ansia de poseer, a la exigencia del derecho a poseer y a la explotación, pues éste es el amor que se refiere a personas, que exige lo mejor para sí, lo que significa: todo lo “bueno” para mí. Para mí lo mejor apenas si me basta. Todo para mi bienestar y para mi existencia. A ese denominado “amor“ le da igual cómo les vaya a los demás, sobre todo cuando el que una vez fue alabado por nosotros se comporta de manera diferente a la forma “positiva” que habíamos pensado de él.

El egoísta ve a sus semejantes bajo la luz de apariencia de su lámpara de consciencia personal egoísta, sólo tanto tiempo como éstos, bajo la norma de su consciencia, su apariencia, le sean correspondientemente de provecho y le favorezcan. Cuando hemos aprendido a cuestionar nuestras ideas de lo que significa para nosotros “amor”, comprenderemos poco a poco que el amor a Dios y al prójimo tiene que ser una forma de amor diferente.

Los críticos que creen poder descomponer y desbaratar la palabra de Dios que se da en la actualidad, tropiezan una y otra vez con la palabra “impersonal”. Ellos opinan que “impersonal” significa una despersonalización, la negación de la personalidad. Si estos críticos, que en su mayoría son cristianos de Iglesia, leyeran con más detenimiento su Biblia, podrían comprobar que no se trata de la formación o desarrollo de la personalidad humana cuando Jesús, el Cristo, habla por ejemplo en el sentido de: “Tenéis que ser perfectos como lo es vuestro Padre en el cielo“. No es lo “personal” o lo “humano”, o más bien lo “dema­sia­do hu­mano”, lo que caracteriza a la imagen y semejanza de Dios, a lo que se refirió Moisés, sino que la más elevada imagen ideal es mucho más la persona, precisamente aquella persona que, de acuerdo con su origen y destino divinos, personifica en su vida lo divino, las fuerzas y principios básicos de Dios.

Lo personal, o bien lo humano, está hecho a la medida de la persona, a su modo de pensar, querer y proceder más o menos egoísta. Lo impersonal no despersonaliza al hombre, sino todo lo contrario; es una medida legítima que sopesa y mide según la legitimidad de la justicia, que observa atentamente al ego, a lo personal, que al fin y al cabo es lo humano inferior que está relacionado con la persona. Lo “personal” o bien lo “humano”, todo lo que únicamente se refiere a la persona, es, al fin y al cabo, amor egoísta, que se expresa en lo denominado “demasiado humano”. En lo demasiado humano vuelve a resonar lo “humano”, que tiene tanta importancia en nuestro mundo. Precisamente los atributos de lo “humano personal”, dan a las “personalidades” que se comportan como estrellas o con gran voluntad propia, o bien que se destacan con “gran relieve“ en nuestra sociedad exteriorizada, un atractivo especial. Ni lo demasiado humano, ni tampoco lo humano, tienen que ver con el hombre de la Biblia, del cual se dice que es la imagen y semejanza de Dios.

Dios, que también es el Dios Padre-Madre, ha hecho a los hombres según Su imagen y semejanza. El hombre ha pecado y peca conscientemente contra la imagen, el hombre, y así también contra Dios. A raíz de esto el hombre se ha convertido en su amor egoísta personificado, es decir, personal, “humano”. En la mayoría de los casos una persona se encuentra y concuerda con otra en esa calidad de personalidad provista de características específicas propias y otras peculiaridades, o sea, al nivel “humano”. Se valoran entre sí por sus “características humanas” y compiten en base a ellas, cuando se trata de prestigio, importancia, influencia y poder, así como de otros productos engañosos del egoísmo humano. Éste aspira a sobrepasar el rango de aquel, y el que tiene el ego más fuerte, en actitud triun­fante, se declara entonces vencedor.

Dios, por el contrario, ve lo que El ha creado a su imagen y semejanza, el ser espiritual en el núcleo del ser del alma del hombre. Si la imagen de Dios se pone de manifiesto en el hombre, entonces el ser humano está por el momento en la forma de vida hombre en esta Tierra, pero él no es “humano”, es decir, “personal”.

El Amor -la eternidad cósmica- es impersonal

Lo impersonal, la ley de Dios, el amor a Dios y al prójimo no juzga, no evalúa, no condena ni castiga. Dios ama al ser perfecto en lo más interno del alma de cada hombre. Dios irradia Su amor impersonal a la ley causal sin considerar a la persona para ayudar a aquél que verdaderamente pide ayuda. Así El ayuda al hombre a que se autorreconozca, a que reconozca aquello que no corresponde a lo divino en su “humanidad” causal, en su envoltura del yo, para superarlo con la fuerza del Cristo de Dios.

Dios, sin embargo, no es la ley personal, no es la causalidad con la que se rodea el hombre. Dios tampoco afirma lo “personal” del ser humano, sino que deja en sus manos que se autorreconozca en las “anomalías”, en las particularidades de la naturaleza humana inferior, para que se decida libremente por lo “divino” o lo “humano”.

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