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EL DOLOR DE OTROS

Patrocinio Navarro

9/26/2016

CATEGORIA: Crecimiento

La compasión.

Incontables son las ocasiones en nuestra vida en las que asistimos al dolor de los otros, bien sea en directo o a través de imágenes o de la palabra escrita. Los torturados en las prisiones aun siendo víctimas de inmensos suplicios sañudamente programados que les hacían temer por su vida, lo que más recuerdan, sin embargo, lo que no pueden borrar de su memoria, clavado ahí como una permanente espina, es el dolor de otros cuando son torturados en su presencia: el dolor ajeno hecho propio, compartido.

Aunque la contemplación próxima del dolor de otro parece la peor de todas las formas de tortura, aun así no se puede experimentar sin un grado suficiente de evolución de conciencia y capacidad de ponerse en el lugar del que sufre y sufrir con él. Este es el noble sentimiento de la compasión, propio de almas sensibles y despiertas.

La falta de compasión.

Los habitantes de los países de la abundancia –ahora en crisis- dedicamos mucho tiempo de nuestras vidas para evitar nuestro sufrimiento, pero no tanto en evitarlo a otros. Incluso lo convertimos en espectáculo. Documentales generosamente servidos mientras comemos, inagotables películas sobre gentes que sufren o hacen daño de infinitas maneras y con muy diversos modos de violencia; juegos interactivos donde se trata de hacer sufrir a terceros, forman parte inseparable del sistema de producción actual, en manos de gentes sin sentido alguno de la compasión, pero sí de los negocios basados en el sistema de producción capitalista, que reniega de lo emocional y sólo cultiva el lóbulo izquierdo cerebral ya desde la escuela primaria.

Los sistemas de producción como el actual, basados en la expropiación del otro y la apropiación de sus bienes o energías son fuentes de dolor, porque parten del negar derechos universales – que el explotador reconoce para sí exclusivamente- a aquellos de los que viven los expropiadores-apropiadores, de cuya conciencia se haya ausente todo sentido de compasión. Así es como podemos observar que el placer y la vida placentera para una minoría provienen del dolor y el sacrificio de una mayoría de servidores de muy distintos señores... Esto muestra a la vez el carácter sumiso de las multitudes y el elevado grado de insolidaridad y enajenación a que se puede llegar en un mundo de egoístas donde cada uno intenta salir adelante aunque sea sobre el cadáver de su vecino. En los negocios, se llama competencia y lucha por los mercados. Los grupos financieros le llaman búsqueda de beneficios. Los políticos le llaman "Partidos que luchan por el Poder".Los clérigos le llaman Iglesias, y luchan entre sí. Y los torturadores legalizados le denominan simplemente "cumplir con el Reglamento" cuando ponen la inyección letal o someten a alguien a prácticas aberrantes impropias de seres humanos. Pienso en todos los Guantánamo del mundo, en todas las Villa-Grimaldi o estadios como en Chile a partir del 11 de septiembre de 1973, en todas las Escuelas de Mecánica de la Armada tipo las de Argentina, en todos los Abu-Grahib, pero también en todas las plazas de toros, en todos los centros de exterminio animal llamados mataderos, en todos los lugares de tortura animal llamados laboratorios, en los empresarios madereros, explotadores de minas, toreros, pederastas, uniformados que matan o torturan, usureros y otras especies humanas productoras de dolor y muerte.

Pocos son los que se cuestionan que estas fuentes del dolor, y que lo hace posible es la indiferencia ante el que sufre, la falta de compasión. De existir la compasión del buen samaritano (ponerse en el lugar del otro, sentir con él y ayudarle si lo pide) se podrían evitar los sufrimientos y las injusticias. Bastaría con seguir la Regla de Oro: "Lo que quieras que te hagan a ti hazlo tú primero a otros,"o "no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti". La cosa parece fácil,.pero la hacemos harto difícil.

Y para poner las cosas un poco más difíciles, la falta de compasión se ha institucionalizado en entidades jurídicas, políticas, religiosas, y se auto- justifican de mil modos ante la sociedad aquellos que producen dolor y miserias miles porque con sus abusos de poder convierten lo injusto en legal cuando así les conviene, pese a quien pese. Apelan al Derecho humano y niegan el valor de la conciencia y las leyes de Dios.

¿Y las consecuencias?

Ninguno de los responsables de producir dolor acepta que existe un elemento que se llama "Karma", o deuda pendiente por el daño causado a otros, pero la ley es sencilla: cada uno cosechará lo que siembra. De estar convencidos de esta ley, es mucho más probable que más de uno de nosotros lo pensaría dos veces antes de seguir por su mal camino.

En nuestro mundo es frecuente que uno mismo sea un creador de dolor ajeno a ciertos niveles y en ciertos momentos, por lo que parece recomendable ser cuidadosos en extremo en nuestras relaciones. Sabemos que amar, pedir perdón y perdonar son más curativos que los fármacos y otras clases de drogas que se precisarían en muchas ocasiones para ocultarnos la conciencia y aminorar el sufrir. Pero suele costarnos mucho vencer nuestro ego a través del amor que incluye el arrepentirse, el rectificar, y pedir perdón y perdonar si alguien nos daña.

Cuando vemos lo que puede esperar a gentes que viven o pasaron por este mundo causando o explotando el dolor ajeno en beneficio propio, constituye un buen test para nuestra conciencia el averiguar qué sentimos en verdad, qué sentimos por dentro cuando nos acordamos de ciertos personajes históricos especialmente perversos o que incidieron negativamente en nuestras vidas aunque fuese indirectamente, pues si sentimos por ellos odio solapado, desprecio, o deseo de venganza, estaremos alimentando a la misma bestia que los nutrió y ellos encarnaron. Pero no sólo eso: dado que cada alma es energía que no se pierde, podemos caer directamente bajo su influencia o la de otras almas –encarnadas o no- de semejante vibración por la ley de semejanza, puesto que por esa ley "igual atrae a igual".

El reencuentro.

Un día vemos en cualquier telediario a alguna víctima de otros y no la asociamos con nadie, pero si pudiéramos ver en profundidad podríamos reconocer a aquel verdugo, a aquel presidente de país que mandó bombardear, a aquel usurero que llevó a la ruina y a la desesperación a tantos, al negrero que traficaba con el sudor del prójimo, al matador de animales o al contaminador de la Tierra.(Ponga usted mismo las imágenes). Tal vez la imagen de su televisor sea un pequeño destrozado por el hambre o por una bomba; tal vez contemple a alguien muerto por un animal o víctima de un salvaje atropello, un accidente de automóvil o de caza, y tantas cosas como vemos. Y al ver todo eso sólo podemos sentir dolor, mientras se despiertan en nosotros sentimientos de solidaridad, deseos de justicia y de redención espiritual humana. Sabemos que cada experiencia de encarnación de las muchas que hemos realizado desde la aparición de nuestra especie sobre la Tierra ha sido voluntaria en primer lugar.Y mientras unos programaron nacer para seguir viviendo como vivieron siempre (haciendo daño, viviendo viciosamente, explotando al prójimo o vegetando, por ejemplo) otros deciden encarnar con la intención de compensar el daño causado a otros o experimentarlo en sí mismos para poder comprenderlo y purificarlo. Todo ello es posible con la fuerza redentora de Cristo, que conduce a todos Sus hijos adoptivos humanos de regreso a los Cielos de donde procedemos y donde vivíamos en armonía con Dios antes de la Caída. A partir del Gólgota ya no es posible el plan de los enemigos de Dios de hacer girar en sentido inverso la obra del Creador hasta disolverla. Y con ella, nuestras almas individuales. Eso ya no es posible a causa de la intervención de Cristo. Él es la garantía de nuestro regreso final, pero como somos libres podemos entre tanto ser tozudos y seguir dañando y dañándonos o, por el contrario, seguir evolucionando. Esas son nuestras opciones y cada uno decide.

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