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LA ILUMINACIÓN ESPIRITUAL
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LA ILUMINACION ESPIRITUAL
ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES

DETENER LA GUERRA

JBN

17/03/2017

Grafica 'Detener la guerra' Categoria 'Conocimientos' Palabra 'Paz'

CATEGORIA N° 17 CONOCIMIENTOS y PAZ

La mente no iluminada tiene tendencia a pelear contra las cosas tal como son. Para seguir un camino con corazón, hemos de comprender completamente el proceso de hacer la guerra, dentro y fuera de nosotros, cómo se inicia y cómo termina. Las raíces de la guerra están en la ignorancia. Si comprensión, nos pueden asustar con facilidad los cambios fugaces, las pérdidas inevitables, los fracasos, la inseguridad del envejecer y el morir. La incomprensión nos lleva a pelear con la vida, huyendo del dolor y aferrándonos a placeres y una seguridad que, por naturaleza, nunca pueden satisfacernos realmente.

La sociedad contemporánea abona nuestra tendencia mental a negar o suprimir nuestra conciencia de la realidad. Vivimos en una sociedad de negación que nos condiciona a protegernos de cualquier incomodidad o dificultad. Para aislarnos del mundo natural, tenemos aire acondicionado, calefacción y ropas que nos protegen de cualquier estación. Para aislarnos del fantasma de la edad y la enfermedad, en nuestros anuncios ponemos a gente joven y sonriente, mientras relegamos a nuestros ancianos a residencias para la tercera edad. Escondemos en hospitales a nuestros enfermos mentales.

¿Cómo somos capaces de cerrarnos de un modo tan tajante a las verdades de la existencia? Usamos la negación para escapar a los pesares y dificultades de la vida. Para apoyar dicha negación, usamos adicciones (alcohol, drogas, juego, comida, sexo, velocidad, trabajo…) Nuestras adicciones constituyen los apegos repetitivos y compulsivos utilizados para eludir los sentimientos y negar las dificultades de nuestras vidas. Sirven para insensibilizarnos a lo que hay, para ayudarnos a eludir nuestra experiencia, y la sociedad alienta a bombo y platillo dichas adicciones.

La práctica espiritual auténtica nos exige aprender a detener la guerra. Debe practicarse una y otra vez hasta que se convierta en un modo de ser. La calma interior de una persona que realmente “es paz”, da paz, interior y exterior, a toda la red de vida intercomunicada. Para detener la guerra, hemos de empezar por nosotros mismos. La disciplina espiritual tiene como meta aportarnos un modo de parar la guerra, no desde nuestra fuerza o voluntad, sino de un modo orgánico, mediante la comprensión y el entreno gradual.

Cuando abandonamos nuestras batallas y abrimos nuestro corazón a las cosas como son, descansamos en el momento presente. Es el principio y el fin de la práctica espiritual. Sólo ahí podemos colmar el amor que buscamos. El amor en pasado es solamente recuerdo y el amor en futuro, fantasía. Sólo podemos amar, despertarnos y encontrar paz y comunicación con nosotros mismos y el mundo en el momento presente. Detener la guerra y estar presente son dos caras de la misma actividad. Estar presente es detener la guerra. Estar presente significa experimentar el aquí y el ahora. La mayoría de nosotros nos hemos pasado la vida atrapados en proyectos, esperanzas, ambiciones de futuro, lamentos, culpa o vergüenza acerca del pasado. Cuando estamos presentes, volvemos a sentirnos vivos, pero también nos encontramos con aquello que hemos eludido. Hemos de tener el valor de enfrentarnos a lo que hay en el presente: nuestro dolor, nuestros deseos, nuestra pena, nuestras pérdidas, nuestras esperanzas secretas, nuestro amor; todo aquello que nos conmueve más hondamente. Cuando detengamos la guerra, todos nosotros nos encontraremos con algo de lo que escapábamos: nuestra soledad, nuestras miserias, nuestro aburrimiento, nuestra vergüenza, nuestros deseos insatisfechos. También debemos enfrentarnos a estas partes de nosotros mismos.

Vivir en el presente exige un compromiso continuo e inalterable. Cuando nos detenemos y escuchamos, podemos sentir como cada cosa que anhelamos o que tememos (dos caras de la misma insatisfacción) nos impulsa fuera de nuestros corazones, hacia una falsa idea de cómo nos gustaría que fuese la vida. Desde este pequeño sentido de nosotros mismos, a veces creemos que nuestra propia felicidad sólo puede provenir de poseer algo o sólo puede ser a expensas de alguien.

Detener la guerra y estar presente es descubrir una grandeza de nuestro propio corazón, que puede incluir la felicidad de todos los seres como inseparable de la nuestra. Cuando nos permitimos sentir el miedo, el descontento, las dificultades que siempre hemos eludido, nuestro corazón se ablanda. La compasión es “el estremecimiento de corazón puro”, cuando permitimos que nos alcance el dolor de la vida. A medida que permitimos que el mundo nos alcance más hondamente, reconocemos que, del mismo modo que en nuestra vida hay dolor, hay dolor en la vida de los demás. Es el nacimiento de la comprensión, acompañada de la sabiduría. No se trata de la paz de la negación o de la huida, sino de la paz que hallamos en el corazón que no rechaza nada, que acaricia todo con compasión.

Deteniendo la guerra, podemos abrazar nuestros dolores y penas, alegrías y triunfos personales. Podemos abrirnos a la gente que nos rodea. Es tarea de todos. Como individuos y como sociedad, debemos alejarnos del dolor de nuestra velocidad, nuestras adicciones y nuestra negación para detener la guerra.



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