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DESPERTAR ESPIRITUAL

Deepak Chopra

2/27/2017

CATEGORIA: Espiritualidad

Si me preguntaran qué es lo que separa a una persona espiritual de una persona escéptica, yo no diría que la respuesta sea el hecho de creer en Dios, sino que es la claridad. Millones de creyentes se esfuerzan por ser «salvados», ya sean cristianos, musulmanes o profesen cualquier otra fe, y buscan activamente una percepción clara de Dios que les afecte personalmente. ¿Cuándo es posible algo así? ¿Tenemos que esperar a llegar a la fase seis, la fase de los santos, o a una fase concreta?

Dejando aparte coloraciones religiosas, ser salvado es lo mismo que despertar a la conciencia, que es un salto en la percepción que hace que Dios sea real en lugar de ser puesto en duda. Veamos un ejemplo sorprendente.

Un joven de algo más de veinte años llamado Bede Griffiths estaba pasando por un período de profundas dudas y depresiones. Como era religioso, buscó refugio en una iglesia, en la que oró sin éxito. Un día, durante el servicio, escuchó la frase «Abre mis ojos para que pueda ver las cosas maravillosas de tu ley» del salmo 113. Profundamente conmovido, el joven sintió cómo su melancolía desaparecía y tuvo la sobrecogedora sensación de que sus plegarias habían sido escuchadas por la intervención divina. Salió a las calles de Londres y más tarde describió esta experiencia con las siguientes palabras: Cuando salí al exterior, me di cuenta de que el mundo que me rodeaba ya no me oprimía como lo había hecho. Parecía como si la dura cubierta de la realidad exterior se hubiera roto y todas las cosas me revelaran su ser interior; los autobuses de las calles parecían haber perdido su solidez y brillar con luz propia; yo apenas sentía el suelo al andar... era como un pájaro que ha roto la cáscara del huevo y se encuentra en un nuevo mundo; como un niño que ha luchado por abrirse camino desde el útero materno y ve la luz del día por primera vez. La constante de todos estos despertares es la insistencia en que las cosas exteriores han cambiado de forma espectacular, mientras que para los demás observadores no ha sucedido nada, y esto no significa que el hecho de ir a la luz, ver la faz de Dios, o como quiera que queramos llamar a esta experiencia, sea falso. El observador no está separado de la realidad exterior y los fotones que atraviesan su cerebro son exactamente los mismos que se organizan para ser objetos «reales», por lo que la visión interior y la exterior no están separadas. La rama mística del islam conocida como sufismo declara que la luz interior y la exterior son una sola cosa. Esto es algo que a muchas personas les cuesta aceptar, porque la dualidad del interior contrapuesta al exterior, de lo real contrapuesto a lo irreal, lo objetivo contrapuesto a lo subjetivo, nos ha sido enseñada machaconamente desde nuestro nacimiento. Para dejar atrás esta dualidad tenemos que volver a nuestros tres niveles de existencia: Cuando la luz es visible y está organizada para formar objetos concretos, la realidad es material.

Cuando la luz contiene sentimientos, pensamientos e inteligencia, la realidad es cuántica. Cuando la luz es completamente invisible, sin cualidades que puedan medirse, la realidad es virtual.

En lugar del antiguo dualismo que insiste en mantener separadas nuestras vidas interna y externa, podemos restaurar la luz en su plenitud. Podemos pensar que un fotón es el arquetipo de toda la energía que está floreciendo desde la nada y desde ningún lugar hasta ser algo en algún lugar, pues el puente del despertar místico es luz que se mueve desde la existencia virtual a la material.

En este esquema, se invierte una creencia tradicional. El campo virtual, a diferencia del cielo es, después de la muerte, más nuestro origen que nuestro destino. Cuando los físicos declaran que el cosmos tuvo alguna vez diez o más dimensiones, de las cuales todas menos cuatro se replegaron hacia el lugar de donde venían, podemos decir que fueron al estado virtual.

Es tan difícil de conceptualizar que una simple analogía podría ayudarnos: supongamos que estamos pensando en palabras y luego canturreamos interiormente una canción. Este cambio a la música nos trae unas leyes de la naturaleza completamente distintas de las que rigen las palabras y, sin embargo, podemos movernos de una dimensión a la otra con mucha facilidad, porque la dimensión de la música estará siempre presente aunque no estemos en contacto con ella. Del mismo modo, fuera del cosmos existen otras dimensiones, pero no tenemos acceso a sus leyes, y si intentáramos tenerlo, deberíamos abandonar las nuestras. Por ello nuestro cuerpo y nuestra mente no pueden sobrevivir al paso por un agujero negro o viajar a una velocidad superior a la de la luz.

Para que aparezca un paquete de energía que pueda ser visto por los ojos como fotones, éste no salta de repente a la existencia material. Entre la nada y la luz visible, entre la oscuridad y las cosas que podemos ver y tocar, hay una capa cuántica. Este nivel es accesible a nuestros cerebros, que son máquinas cuánticas que crean por el procedimiento de manipular la energía según normas muy complicadas. A este nivel, más que ser simplemente conciencia en estado puro, la luz surge como la conciencia de algo. Éste es el lugar en que Einstein buscó la mente de Dios, porque lo que él quería hallar era una percepción religiosa sin la subjetividad no científica que hubiera merecido la condena de sus teorías por parte de sus pares. (Es fascinante seguir el viaje místico de grandes físicos como Einstein, Schrödinger y Pauli, porque cuando ellos llegaron atemorizados ante el misterio de la creación, tuvieron que cubrir sus pistas, por decirlo de alguna manera, para evitar acusaciones de que eran místicos y no científicos. En el caso de Einstein y Pauli, la lacra de ser demasiado receptivos a los conceptos religiosos arrojó finalmente una sombra sobre sus últimos trabajos.) Para un físico experimental, un fotón es un cuanto de luz. Esto podría ser sólo de interés técnico si no fuera por el hecho de que la física cuántica tiene la llave de secretos aún más grandes. No sabemos nada directamente de la energía en su estado virtual, y es esencialmente inaccesible para cualquier instrumento de medida, pero una forma de entender el campo virtual es considerarlo como el espacio existente entre partículas subatómicas, lo que llamamos el campo virtual. Una partícula subatómica no es algo que está colgado en el espacio como una pelota de béisbol, sino una alteración en un campo. Esta alteración tiene lugar como acontecimiento cuántico y algunas veces se representa como una onda. Hay un paralelismo espiritual con esto en los Vedas, donde los sabios declaran que el estado inalterado de la materia es el éxtasis, y el alterado, el mundo.

En todo el universo, el fotón es la unidad más básica de energía electromagnética y cada una de las cosas que podemos percibir es en realidad una nube arremolinada de energía. En el momento del Big Bang, el universo explotó con una energía que ahora lo forma todo en la existencia, y enterrada en alguna parte de debajo de la piel de cada ;objeto aún arde la luz primordial. Pero al ser la esencia de la transformación, esta luz primordial no tiene la misma apariencia y se forma miles de millones de años después. Un risco de granito es una luz sólida, dura, como el pedernal, un impulso amoroso es una luz dulce y emotiva, y el brillo de una neurona es un destello instantáneo de luz invisible; pero por muy distintas que estas cosas puedan parecer, si las separamos en su mosaico de componentes más básicos, todas derivan de la misma materia primigenia.

Sin el nivel cuántico de realidad no podría haber cosmos y es aquí cuando aparecen por primera vez el orden y la simetría, que son las claves de la vida. Sin embargo, pocos físicos eminentes, aparte de Einstein, se han aventurado a explorar la posibilidad de que el nivel cuántico es una transición hacia Dios y, por tanto, es necesario considerar a otros pensadores. Durante el siglo pasado, había en la India un santo venerado, Sri Ramakrishna, que tenía el cargo de predicador en un templo grande y rico fuera de Calcuta. Su tarea consistía en colocar ofrendas cada día ante la imagen de la diosa Kali, que es una de las apariencias de la divina madre, la Diosa.

Después de hacer esto día tras día, Ramakrishna se volvió un gran devoto de la divina madre, hasta que un día, se produjo un cambio: «Tuve de repente la revelación —dijo— de que no sólo la imagen estaba hecha de espíritu puro sino todo lo que se hallaba en la sala: la copa, los utensilios, el suelo y el techo, eran todo manifestaciones de la misma cosa. Cuando me di cuenta de esto, empecé a actuar como un loco y a arrojar flores por todas partes y a adorar cada uno de los objetos: adoración, adoración, adoración, en todas direcciones.» Yo diría que en este caso los niveles se solaparon. Ramakrishna no entró en trance ni perdió los sentidos, porque el mundo material seguía siendo visible, pero algo más sutil le alcanzó, algo que llega del nivel virtual y no puede registrarse con los cinco sentidos, porque no hay nada que ver, nada que escuchar, gustar u oler. Sin embargo, nuestros cerebros están diseñados para asignar un tiempo y un lugar a cada cosa y, por lo tanto, los niveles invisibles se funden en los visibles, como si la flor o la estatua o el agua bendita hubieran recibido la infusión del espíritu ante nuestros ojos.

Un despertar puede ser muy desconcertante si el cerebro tiene que dar sentido repentinamente a unos impulsos que no son de este mundo, ya que nacen nuevas sensaciones, la más extraordinaria de las cuales es la de la conciencia pura: se está despierto y vivo, pero sin pensamientos y sin las limitaciones del cuerpo. Lo más cerca que estamos de este sentimiento la mayoría de nosotros es en el momento de despertamos por la mañana o justo antes de quedarnos dormidos. En este caso hay conciencia, pero no contenido, y no hay un tumulto de pensamientos en el cerebro; y si estamos lo suficientemente atentos, percibimos incluso que ha desaparecido el sentimiento de identidad. No obstante, nos sentimos presentes, aunque no tenemos conciencia de detalles específicos tales como el nombre, la dirección, la ocupación, la edad, las preocupaciones diarias o las personas con las que nos relacionamos. En el instante en que nos despertamos, e inmediatamente antes de que los detalles de nuestra situación se nos revelen otra vez, podríamos muy bien ser de nuevo un niño y nuestro hogar familiar cualquier lugar en el mundo.

Deberíamos suponer que se trata solamente de un sentimiento pasajero, aunque la experiencia de la consciencia pura está en el corazón del despertar religioso. La única parte de la naturaleza que goza de libertad total es el cielo, como lo llamarían las personas religiosas, no porque sea un lugar bendito en el que las almas gozan de la compañía de los ángeles, concepto totalmente ajeno a la ciencia física, sino porque la similitud está basada en el desplazamiento de las leyes de la naturaleza.

Nos imaginamos el cielo como un lugar que está libre de las ataduras de la vida terrenal, y en el que la gravedad ya no tira del cuerpo hacia abajo; en el cielo no hay cuidados o apegos y el gozo eterno es el estado constante del alma. Sin tener que imaginárnoslas, estas cualidades pueden remontarse a la experiencia del despertar, aunque la gran diferencia entre esta experiencia y el cielo es que el campo virtual no está fuera de nosotros y que es un lugar al que no se «va» en cuerpo o alma. Se podría esperar morir para conseguir el cielo como recompensa, pero está más en sintonía con la realidad virtual encontrarlo ahora. ¿De qué manera? Hay una famosa anécdota en la India que nos habla de un asceta que va a la cumbre de una montaña para ser iluminado. Ayuna y reza constantemente y abandona todos los deseos mundanos en favor de la meditación.

Su renuncia sigue durante muchos años hasta el día en que se da cuenta de que ha alcanzado su meta. Mire adonde mire, sólo siente el éxtasis de la conciencia pura, sin ataduras de ningún tipo.

Loco de contento, corre al pueblo que está al pie de la montaña para decírselo a todo el mundo, pero por el camino se topa con un grupo de juerguistas borrachos; intenta silenciosamente pasar como puede, pero un borracho tras otro le golpea y le increpa ásperamente, hasta que el asceta no puede soportarlo más y grita: «¡Apartaos de mi camino!» En ese momento se detiene, da la vuelta y se vuelve a la montaña. En esta anécdota vemos cuan fácilmente podemos ser engañados si pensamos que podemos escapar a nuestra propia ira y fragilidad, pero la cuestión principal es que es una contradicción llegar a lo absoluto utilizando la personalidad.

Algunas partes de nosotros están diseñadas para vivir en este mundo hecho de tiempo, pero hay que decidirse y proponérselo para triunfar en la tarea de soltar lo bastante nuestras ataduras como para que la conciencia pura se sienta totalmente cómoda, y de cara a los conflictos volvemos a caer instintivamente en la ira, del mismo modo que caemos en la tozudez, el egocentrismo, en la recta certidumbre y así sucesivamente. Sin embargo, a otro nivel, ni tan sólo poseemos estas cualidades y mucho menos nos sentimos unidos a ellas, aunque la búsqueda religiosa, sea en la forma que sea, intenta llegar de nuevo a ese nivel no alcanzado.

Visto en este contexto, algunos de los escritos más misteriosos de santos y sabios se vuelven muy claros. Consideremos este poema chino de Li Po, escrito en el siglo VIII: ¿Me preguntas por qué me recluyo en esta pequeña choza en el bosque?

Sólo sonrío sin decir nada, escuchando el silencio en mi alma.
La paz vive en otro mundo que nadie conoce.

Lo que podemos ver ahora en estas palabras es un cambio de perspectiva que siempre está aquí con nosotros como una posibilidad. Con la pérdida del tiempo llega una ausencia completa de la identidad ordinaria, y la personalidad que yo mismo siento se disuelve más allá del mundo material y, con ello, dejo de tener la necesidad de tener las referencias que fui acumulando desde mi nacimiento.

El despertar está en la base del mundo religioso y reúne a profetas, mesías y santos en una élite privilegiada. Este despertar puede ser descrito por medio de historias maravillosas como la del joven príncipe Siddharta, antes de que fuera Buda, que fue transportado desde su palacio en un caballo blanco volador sostenido por ángeles en cada casco. Estas leyendas llevan el tremendo efecto del despertar a un nivel de realidad, por lo que decir que esta realidad ha surgido en la mente suena demasiado abstracto y prosaico. Tiene que darse un acontecimiento más espectacular, como el cielo que se abre o mensajeros divinos que descienden desde lo alto.

La mayoría de las personas que están fuera de la fe del islam no saben nada del momento en que el profeta Mahoma fue despertado.2 El hecho tuvo lugar una noche en una cueva fuera de la ciudad de La Meca cuando Mahoma tenía cuarenta años y era un mercader sin nada que fuera digno de mención, porque de hecho no se sabe casi nada de su vida anterior. Sin embargo, aquella noche se le apareció el arcángel Gabriel rodeado de un resplandor de luz y le dijo: —¡Recita!

Sorprendido y perplejo, Mahoma sólo pudo preguntar: —¿Qué es lo que tengo que recitar?

A lo cual el arcángel le replicó: —Recita en el nombre del Señor el creador —y le hizo entrega del don de la profecía que permitió a Mahoma conocer la palabra de Dios.

Este suceso ocurrió en el año 610 y es venerado en el islam como la Noche de Qadr (que significa gloria o poder). Pero el texto del Corán en sí no fue reunido hasta más de treinta años después, una vez que el profeta hubo muerto. Como Mahoma no sabía leer ni escribir, no nos ha quedado constancia escrita de sus hechos. Todas las suras, o capítulos, del Corán, que difieren muchísimo entre sí en longitud —algunos son de tres líneas y otras de treinta páginas—, fueron reunidas por un comité que entrevistó a los devotos que aún estaban vivos y que habían oído predicar a Mahoma; también tuvo en cuenta fragmentos de texto escritos por esas mismas personas.

Una tradición concreta insiste en que el arcángel Gabriel llegó en presencia física, del mismo modo que la tradición insiste en que Jesús se enfrentó a Satán en el desierto o que Buda salió volando de su palacio. (A Mahoma también se le concedió un vuelo en un caballo mágico, cuando voló a todos los niveles del cielo. De hecho, aunque se puede visitar el templo de la Roca en Jerusalén y ver el lugar en el que empezó el viaje, así como la huella del casco del caballo que le condujo en su salto celestial, esta leyenda nació de una sola línea en el Corán que habla de que el profeta fue de su casa en La Meca hasta un templo lejano.) Estas leyendas son ahora artículos de fe y cualquiera que osara especular sobre si Mahoma vio o no vio al ángel o sobre si Satán le ofreció literalmente a Jesús el reinado sobre todo el mundo estaría corriendo el riesgo de ser considerado blasfemo. Sin embargo, no es necesario creer o no la versión literal de la Noche de Qadr o de los cuarenta días en el desierto, sino que lo esencial es que nuestras mentes puedan abrirse a la repentina entrada de luz.

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