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LA ILUMINACION ESPIRITUAL - ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES - DIOS TODO Y ETERNO - AMOR - VERDAD - LIBERTAD - VIDA

CONVIVIR, COEXISTIR Y LIBERARSE

Patrocinio Navarro

9/21/2017

CATEGORIA: Crecimiento

La convivencia

Convivir, vivir-con, es una bella palabra. Con-vivimos con la pareja, la familia, los más cercanos a nuestro vivir. Y eso supone compartir, otra bella palabra: partir-con, que nos supone poner a disposición del otro algo que poseemos como propio. ¿Es esto lo que hacemos como pareja, como compañeros de trabajo, como conciudadanos? ¿ O tan solo coexistimos? El estado del mundo con sus guerras y amenazas de otras: con tantos crímenes, esclavos laborales y sexuales y tantas ideologías y religiones enfrentadas; con tantas fronteras con sus banderas, sus ejércitos y todas esas cosas, no son precisamente síntomas de convivencia. Lo que observamos a nivel mundial, es una dramática coexistencia, a ratos pacífica en la superficie, pero no una convivencia. Convivir es converger desde el sentimiento de unidad; coexistir es vivir en paralelo.

Convivir y compartir desde el altruismo y la consideración del otro como parte de la propia vida nos conduce hacia modelos de relaciones personales creativas, justas, armoniosas, pacíficas y placenteras. Y aún podríamos, lector-a amigo-a, añadir más calificativos agradables. ¿Quién no consideraría como buena y positiva para nuestra vida y la de los demás esta manera de relacionarnos? Y sin embargo, la convivencia se nos muestra a menudo como algo complicado, difícil, hasta el punto de convertir la vida cotidiana en un verdadero campo de batalla. A menudo, las parejas discuten, se pelean, se separan; los vecinos discuten, se pelean, dejan de dirigirse la palabra; los gobernantes discuten, crean divisiones entre los ciudadanos, enturbian las relaciones sociales, y todo ese malestar termina finalmente por cerrar un círculo enfermizo que gira sobre sí mismo.

Lo que comenzó como conflictos interpersonales a pequeña escala, puede acabar manifestándose a nivel general en diversos grados de enfrentamiento y violencia en todos los niveles de relaciones personales y colectivas. Pero ¿por qué estos obstáculos en nuestras existencias pueden llegar a tener tanto poder que hasta alcanzan a crear graves conflictos étnicos, religiosos, o incluso guerras?

El culpable

Aquí es donde hace su aparición el poderoso Ego. El Ego, como todos sabemos, es una falsa personalidad, una máscara superpuesta sobre nuestro yo divino, nuestro verdadero ser, que se halla oculto en lo más profundo de cada uno. Esa máscara es prefabricada desde un pasado heredado en forma de cultura, tradiciones, religiones y similares con el sello del egocentrismo de sus creadores y continuadores, entre ellos hasta las propias familias. Desde la niñez de cada cual se nos “inyectan” por vía emocional, por imitación y por imposición los materiales de la máscara que se mezclan con los propios que traemos de existencias anteriores, dando así forma a nuestra personalidad.

Quedar atrapado en una falsa personalidad y que no ofrezcamos resistencia, es el propósito de los creadores de máscaras que dirigen los diversos ámbitos del mundo como clérigos, políticos, creadores de opinión, ideólogos, etc. – los nuevos fariseos- con el fin de tener poder sobre nuestro modo de pensar, sentir y hacer en su propio beneficio, recibiendo nuestra energía de muy diversos modos: desde reconocimiento, admiración y dinero hasta la veneración. A través de las “inyecciones” que provienen de los creadores de máscaras, estos pretenden que cumplamos su voluntad, y que nada cambie. Y si cuando tengamos nuestra propia familia, seguimos el camino marcado, el círculo sigue girando y girando sin que nada cambie a mejor, aunque sea algo que gire podrido.

Cortafuegos

Los deseos del ególatra se basan en el mí, lo mío y el para-mí, y forman un verdadero cortafuegos de todos los valores relacionados con el con-vivir y el com-partir, lo que les convierten en enemigos de la paz y la armonía, que a lo más que alcanzan es a coexistir con otros egos, pero nunca a con-vivir o com-partir con sus semejantes.

Para un creyente, el ególatra es un enemigo de Dios, un ente negativo opuesto a las leyes del amor y la compasión. Y lo más grave: un personaje del que somos portadores mientras no seamos capaces de erradicarlo de nosotros y que solo produce negatividad en nuestras vidas. Es el elemento que nos empuja a realizar actos contra los que nuestra conciencia nos advierte mientras no la tengamos dormida. Así que dormirla es uno de los objetivos del Ego de quienes controlan gobiernos, escuelas, iglesias, medios de comunicación, industrias de la distracción, y todo lo que los egos de los poderosos alcanzan para mantener intactos sus privilegios.

El campo de batalla

Al fin y al cabo, se trata de un enfrentamiento entre dos mundos: el del egoísmo y el divino. Ambos están en nuestro interior; de ambos somos portadores. Y cada uno tiene su propio libro de cuentas – positivas o negativas- con la armonía, la paz y el amor altruista.” Nadie es perfecto”, escuchamos a menudo, y lo que nos hace imperfectos precisamente es la cantidad de energía egocéntrica que albergamos en nuestra alma opuesta a la energía perfecta, que es la divina, y contra la que actuamos mediante pensamientos, sentimientos, palabras y hechos egocéntricos que deberán ser corregidos por cada cual en esta o en otra existencia. Entre tanto, en el campo de batalla del vivir cotidiano cuando es dirigido por los egos, uno-a espera y exige del otro-a aquello que él o ella no posee y se resiente cuando se le niega. Espera bondad sin practicar bondad; generosidad, siendo egoísta; humildad siendo orgulloso-a; amor siendo egoísta, y muchas cosas de esa índole que cada cual puede añadir a su lista personal, y que conforman lo que pudiéramos llamar “señas de identidad del Ego”.

La envidia

Entre las variopintas señas de identidad del ego, como el rencor, el odio, la mentira, la hipocresía, la ambición, el orgullo, la sensualidad y muchas otras formas, destaca la envidia. La envidia fue el primer acto opuesto a Dios de los hijos de la Caída, pero está muy lejos de ser erradicada de entre nosotros. Creer que lo que otro posee es mejor que lo propio; que el otro es más feliz que uno mismo, o más inteligente, más habilidoso o más – de- lo-que- sea, produce en el envidioso una doble reacción: resentimiento y ansias de competir para colocarse por encima. De la envidia surge la competencia, que se opone a la cooperación; la desconfianza, la hipocresía, la mentira, el deseo de reconocimiento y fama, la ambición, y muchas otras lindezas. Por la envidia, el pobre quiere ser rico, y el rico quiere ser más rico que otro de su clase. Así que el ego es una fuente de infelicidad y estrés que suele manifestarse ya desde la niñez.

Envidia, separación y conflicto

El envidioso no suele reconocer su envidia, pero esta le separa del envidiado, con el que mantendrá ese resentimiento subterráneo que saldrá a la luz a la primera ocasión y llevará a enfrentamientos que en otro nivel se manifiesta en conflictos sociales: interfamiliares, laborales, deportivos, culturales, políticos, y un largo etc. que hasta puede llevar a la guerra a gobernantes envidiosos del poder de otro. De todo eso tenemos ejemplos sobrados en la Historia.

¿Cómo desprenderse de la máscara?

Desprenderse de la máscara del ego es imprescindible si queremos saber quiénes somos y no quienes nos han dicho que somos. Y eso exige desnudarse ante el espejo interior; desnudarse como quien se desprende de un traje; desnudarse de categorías que encarcelan como las que proponen las religiones, los partidos políticos, los gobiernos y cualquier clase de poder que pretenda dirigir nuestras existencias y perpetuar nuestras máscaras añadiéndonos las suyas. Para desalojar las máscaras de nuestras vidas necesitamos una decisión firme, constancia, y un camino espiritual.

Un camino espiritual

Un camino espiritual no quiere decir una religión externa, templos, ritos, sacerdotes, gurús o imanes, sino aceptar y practicar unas leyes precisas que nos liberen del ego. Esas leyes están impresas en la conciencia profunda de la humanidad y son aceptadas universalmente como válidas. Me refiero a los 10 Mandamientos dados a Moisés y al Sermón de la Montaña del Nazareno. Aunque nos definamos como ateos o agnósticos es difícil que no nos repugne – a no ser que seamos parte de eso- el asesinato, la violación, la injusticia, el robo, la calumnia, la manipulación, la explotación, la esclavitud, la guerra, las desigualdades sociales dramáticas, el hambre evitable, la opresión, y tantas cosas más que los Mandamientos y los mensajes de Jesús denuncian como obras de los ególatras. Y si nuestra conciencia se revuelve contra todo ello es que aún la tenemos despierta; es que aún está conectada en alguna medida con la conciencia universal que expresan los Mandamientos y el Sermón del Monte. Y a medida que los pongamos en práctica, iremos avanzando en el desprendimiento de nuestras máscaras y eliminando en nuestro mundo de pensamientos y deseos, en nuestro subconsciente y en nuestro mundo de relaciones todo aquello que nos impide con-vivir y com-partir y nos empuja hacia la Gran Unidad, que es universal y trascendente. Lo demás es un simple coexistir cada uno con su máscara, desconociéndose y desconociendo a sus semejantes.

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