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LA ILUMINACIÓN ESPIRITUAL
| ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES | DIOS TODO Y ETERNO | AMOR - VERDAD - LIBERTAD - VIDA | 1997 - 2017 |
LA ILUMINACION ESPIRITUAL
ESPIRITUALIDAD SIN RELIGIONES

BIOGRAFIA DEL APÓSTOL JUAN

APOSTOL JUAN

06/02/2017

Grafica 'Biografia del apóstol Juan' Categoria 'Biografias' Palabra 'Personajes'

CATEGORIA N° 26 BIOGRAFIAS y PERSONAJES

Un discípulo de Jesucristo, nativo de Galilea, hermano de Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo. Era pescador de oficio en el mar de Galilea, como otros apóstoles. Era el más joven de los Doce. Probablemente vivía en Cafarnaún, compañero de Pedro. Junto a su hermano Santiago, Jesús los llamó בני רעם Bnéy-ré'em (arameo), Bnéy Rá'am (hebreo), que ha pasado por el griego al español como "Boanerges", y que significa «hijos del trueno», por su gran ímpetu. La madre podría ser Salomé. Juan pertenecía al llamado "Círculo Íntimo" de Jesús que estuvo con él en ocasiones especiales: en la resurrección de la hija de Jairo, en la transfiguración y en el huerto de Getsemaní. Acompañó a Pedro en viajes de predicación a Samaria.

LEVÁNTATE Y ANDA!

EL TRANSITO DEL HOMBRE AL DIOS A LA LUZ

DEL EVANGELIO DE SAN JUAN

Los Evangelios no son sólo la descripción, a modo de biografía, de lo sucedido a un ser humano llamado Jesús que vivió en un determinado tiempo, no. Los Evangelios son nuestra propia biografía, cuentan nuestra propia vida, nuestro desarrollo como hombres hasta llegar al Dios que contenemos. Sus escenarios, sus situaciones no son situaciones de un pasado de alguien que fue, sino que son los escenarios y las situaciones de nuestro ahora psicológico. Los Evangelios están escritos en presente, no en pasado; a lo sumo describen un futuro al que todos llegaremos antes o después.

La Figura de Cristo

Uno de los más claros ejemplos, por cercano, de religión en su segunda acepción es el de las “iglesias” surgidas en torno a la figura de Jesús, el Cristo.

Todas ellas se han constituido en únicos intérpretes autorizados del mensaje de Jesús, asumiendo el papel de exclusivos interlocutores válidos entre la humanidad corriente y Dios.

No es el objeto aquí discutir o cuestionar su capacidad o incapacidad, ni tampoco polemizar, ni criticar, ni denostar a nadie; ni a ellas y ni a sus integrantes. No hay objeto, no es éste el interés. Solamente se trata de re-descubrir eso que ha sido tan manoseado y mal interpretado, eso que ha sido vaciado de contenido real y convertido en una figurilla de cartón utilizable y manejable.

Y para re-descubrir ese contenido solamente nos podemos referir al origen, a lo más cercano—sin entrar a valorar si los Evangelios describen exclusivamente la vivencia de un Jesús histórico y real o son también la plasmación en clave del eterno drama del Despertar del Hombre a su condición de Dios— a aquello que fue la realidad que Jesús vivió: sus palabras y obras; los Evangelios.

Y aún así, no se ha de perder de vista el hecho de que esas palabras fueron colocadas allí, no por él, sino por otros que las interpretaron y que, probablemente, desconocieron su verdadero significado. Ésas palabras no son la “Verdad”; sólo tratan de reflejar algo del inmenso fulgor que aquella es.

Los hechos descritos en ellos no son los hechos que conformaron la realidad interior de Jesús, no son Jesús. Son la interpretación que otros dieron a la manifestación física de una realidad interior. Los Evangelios son documentos de valor rela-tivo—por su propia condición de palabra—y además de valor disminuido, al ser esta palabra una interpretación dada por mentes diferentes a la que vivió el hecho descrito y que—y ellas mismas lo reconocen—no participan de la misma condición que gozaba Jesús, cosa que no ocurre con otros textos sagrados donde la palabra recogida es exacta y fielmente reflejo de lo expresado por el Hombre que vivió ese hecho.

La confusión surge porque la palabra es apta para describir objetos exteriores, pero inadecuada para describir contenidos interiores.

Puede considerarse que los Evangelios contienen una parte objetiva que describe la existencia y características de la obra de un Jesús físico, y una parte subjetiva que, utilizando la trama histórica de un Jesús real como hombre, trata de mostrarnos el contenido de la experiencia interior de Jesús, la Realidad que él experimentó interiormente o el camino—el proceso de autodes-cubrimiento—que él recorrió y que es el mismo que todos deberemos recorrer por nuestra condición de seres humanos.

Y de la aplicación de las mismas leyes y de los mismos instrumentos que empleamos para reconocer y tratar el mundo objetivo y exterior, surge la confusión al referirnos al hecho interior.

Lo objetivo requiere la mente para ser captado. Lo subjetivo requiere el corazón. Son instrumentos distintos, con características distintas y adecuados a funciones distintas. La utilización de uno en lugar del otro, sea en el sentido que sea, solamente da lugar a confusión y caos. Uno nos hace “saber”; el otro nos hace “ser”. El saber sin “ser”, nos convierte en estúpidos eruditos. El “ser” sin saber hace de nosotros santos estúpidos. Necesitamos de los dos para poder completarnos.

En este recorrido por los Evangelios no entraremos tampoco en el alejamiento derivado de las incorrectas traducciones—nuevas modificaciones de mentes cada vez más alejadas del hecho original—ni en la posible modificación intencionada y parcial de parte de su contenido. Todo eso es altamente probable, pero al no ser la realidad actual, la descartamos. Aquí hay que acudir al núcleo, al centro, al origen que impulsa todo el contenido de los Evangelios, el cual aún es posible reconocer semi oculto entre una ingente cantidad de interpretaciones.

Para aquél que utiliza el corazón como guía, los Evangelios constituyen la exposición de un código para el Despertar interior. Y ese código en clave va dirigido a todos aquellos que han empezado a recorrer el camino que les conducirá a reconocerse como Dios.

De la misma forma que reconocemos la existencia de diversas etapas en el desarrollo exterior y/o interior del ser humano tal y como es generalmente aceptado—el bebé, el niño, el adolescente, el joven y el hombre; cada uno perfectamente definido por una serie de rasgos, características y capacidades físicas y psicológicas—los Evangelios describen el ulterior desarrollo del hombre una vez a alcanzada su madurez física y psicológica como “yo” independiente.

El camino que describen es tan real para cada uno de nosotros como lo pueda ser el hecho reconocido de que al llegar a la pubertad empiezan a manifestarse los rasgos distintivos sexuales en el niño y la niña, o como la aparición del lenguaje hablado y del control del movimiento corporal en el primer y segundo año de vida del bebé. Todo el mundo acepta esos mojones como referencias respecto a un cierto estado reconocido como “normalidad” en el desarrollo del individuo. Análogamente los Evangelios nos proveen de unos determinados mojones que nos permiten reconocer las diferentes etapas que recorreremos en el trayecto desde el hombre psicológicamente normal al hombre plenamente realizado como Dios.

Los Evangelios no son sólo la descripción, a modo de biografía, de lo sucedido a un ser humano llamado Jesús que vivió en un determinado tiempo, no. Los Evangelios son nuestra propia biografía, cuentan nuestra propia vida, nuestro desarrollo como hombres hasta llegar al Dios que contenemos. Sus escenarios, sus situaciones no son situaciones de un pasado de alguien que fue, sino que son los escenarios y las situaciones de nuestro ahora psicológico. Los Evangelios están escritos en presente, no en pasado; a lo sumo describen un futuro al que todos llegaremos antes o después.

Esos Evangelios pueden ser interpretados desde muchas perspectivas diferentes, como ocurre con cualquier fórmula o expresión de un fenómeno inmaterial. Su lectura puede hacerse desde muchos niveles distintos. Son la representación de un drama eterno: la búsqueda del Dios en el Hombre.

De los Evangelios—como símbolos que son de una realidad más allá de las palabras—existen tantas interpretaciones como niveles del desarrollo del ser puedan existir en aquél que los lea.

Existe una interpretación física para los que viven exclusivamente el mundo desde lo físico, de lo fenoménico. Existe una interpretación humana para el que vive el mundo desde la perspectiva emocional del hombre. Existe una visión esotérica para el que entiende la verdadera realidad del Hombre como experimento del Despertar de la conciencia Divina.

Existiera o no existiera, fuera quien fuera el Jesús físico, los Evangelios son textos absolutamente simbólicos que utilizan la forma exterior, la situación corriente del hombre, para indicar algo que está más allá, algo que trasciende la visión cotidiana. Describen en forma codificada el camino que ha de recorrer el hombre hasta convertirse en Dios. Detallan las diversas etapas del camino que todos hemos de recorrer, las diversas iniciaciones que experimenta interiormente el hombre en un trayecto transformador. Y nos hablan siempre en “clave”.

Utilizan palabras corrientes para construir una historia que a los ojos de la mayoría es una descripción de la vida de alguien, pero que a los ojos del que “ve” encierran un significado muy distinto del que a primera vista aparentan.

Hablan de la existencia de dos lugares en los que puede vivir el hombre: una “tierra” y un “cielo”. Y asocian a la “tierra” el nivel inferior y al “cielo” el nivel superior. En realidad esas dos palabras señalan dos niveles interiores del desarrollo psicológico del hombre.

El nivel del hombre corriente, donde usualmente vive, con todos sus apegos, sus temores, sus anhelos, sus miedos, con su codicia, su odio, su orgullo, su violencia, su posesividad... es la “tierra”. El nivel del hombre desarrollado y realizado, en el cual han desaparecido todas las ligaduras interiores que le atan a los objetos del mundo—al haber disuelto esa cristalización indeseada, el ego o “yo”, que aparece en el transcurso de su evolución humana—es el “cielo”. El hombre tal cual es, vive en la “tierra”; cuando se desarrolle su potencialidad interior vivirá en el “cielo”.

El Padre y el Hijo moran siempre en el “cielo”. El Hijo es el “cielo” encarnado como hombre. El Padre es el “cielo” desencarnado, suma de todos los “cielos” y de todas las “tierras” de aquellos que fueron.

Paralelamente, “Hijo del hombre” equivale al hombre de la “tierra”, e “Hijo de Dios” equivale al hombre del “cielo”. Para que un “Hijo del hombre” descubra y adquiera conscientemente la condición permanente de “Hijo de Dios” ha de escuchar la palabra del Padre y ha de comprenderla, ha de convertirla en “carne de su carne y sangre de su sangre”—cosa que ocurrirá cuando reciba el Espíritu Santo.

Este Espíritu Santo que nos llega por la Gracia del Padre y nos permite comprender “su palabra”—al igual que ocurría con “cielo”—no es algo exterior que se nos pueda dar gratuitamente o que podamos obtener fácilmente de manos de alguien. Es la culminación de un largo proceso de auto-descubrimiento e indagación. El alcanzar esa Gracia no es algo que pueda “hacerse” ni “merecerse”. Esa Gracia está en nosotros, sólo que no lo sabemos. Alcanzarla es tomar consciencia de ella, del Padre en nosotros. Y eso sucede cuando sucede, sin ser consecuencia directa de ninguna acción nuestra. Y no obstante, cruzados de brazos nunca la alcanzaremos.

Ese recibir el Espíritu Santo constituye en sí la dificultad, porque no podemos actuar directamente para obtenerlo. Ese “recibir el Espíritu Santo” es alcanzar la comprensión de la Palabra, es escuchar esa Palabra y “ser” ella.

Exteriormente podemos conocerla mediante nuestro contacto con otros que la vivan, que la oigan interiormente, a través de un “Jesús”, pero únicamente cuando podamos escucharla en nuestro propio interior podremos decir que es nuestra.

Y “poder escuchar” quiere decir esforzarnos por penetrar en eso que se nos escapa, en ese objetivo elusivo que se nos escurre entre las manos y del que sólo tenemos contados vislumbres. Y hemos de hacerlo con todas nuestras fuerzas, con todo nuestro empeño, sin desmayo. Y entonces, siempre en el momento adecuado, aparecerá en nosotros la condición para que el Espíritu Santo se nos manifieste.

Sólo con conocer y creer y seguir a Jesús desde el exterior no lograremos “entender la palabra de Dios”; será un paso, un primer paso, pero sólo eso. Hasta que el Espíritu Santo descienda sobre nosotros, “esa palabra” no será la nuestra.

Y en ese trayecto se desarrolla toda la historia de Jesús—primero hijo del hombre y viviendo en la “tierra”, y más tarde Hijo de Dios morando en el “cielo”—y la historia de todos nosotros. Y esta historia es la que describen los Evangelios.

El habitante de la “tierra” pasa “hambre” y “sed”, porque no comprende—no puede obtener su alimento, su “pan”, sus “peces”, su “vino”, su “agua”. Y ha de aprender a buscar ese “pan” y ese “agua” en su propio interior mediante la transmutación del agua del hombre corriente en “vino”—el agua del hombre del “cielo”—o bien mediante la excavación de su “pozo” interior del que manará abundante agua.

El hombre de la “tierra” está “enfermo”, “postrado”, “paralítico”, “sordo”, “muerto” y ha de ser curado de su “ceguera”, de su “cojera”. Ha de “resucitar” para poder acceder al Reino de Dios. Y para poder resucitar tendrá que morir primero a su mundo terrenal mediante un acto de libre voluntad; sólo entonces podrá ser “resucitado”, sólo entonces podrá “ver”, sólo entonces podrá “oír”.

El hombre terrenal es como una vid seca, como un pozo sin agua, como una higuera sin fruto, como una mujer estéril... y deberá descubrir cómo reverdecer, cómo obtener su agua, cómo poder engendrar...

Y así podríamos seguir y seguir... cualquier pasaje de los Evangelios puede ser leído a la luz de ese sentido interior, del corazón, y puede entonces ser aprehendido en su verdadero significado.

Los Evangelios nunca hablan del futuro; siempre lo hacen del presente. Sus mundos son mundos en los que se puede vivir ahora, no proyectos de un lejano e incierto futuro que obtendremos tras morir. Todo lo que uno ha de hacer, lo ha de hacer ahora para obtener los frutos ahora, no en un dudoso mañana que nadie ha podido nunca verificar.

Esos Evangelios son un breviario, un resumen, de las actitudes interiores que todo aquél que holla el camino ha de mantener. Para aquél que recorre el camino, todas las claves le resultan evidentes. La vida de Cristo constituye de por sí un tratado de alquimia interior, un desmenuzamiento del hombre interior que va descubriéndose como Dios, como Cristo.

En ellos descubrimos la primera Iniciación—la entrada en el camino—simbolizada por el bautismo en el Jordán y el descenso del Espíritu Santo; la segunda Iniciación—la lucha de la carne contra el espíritu, la alquimia interior que uno experimenta al separar el oro de la escoria—representada por las tentaciones del desierto; la tercera Iniciación—que supone la aparición del verdadero Ser en todo su esplendor una vez acabado el proceso de purificación—simbolizada por la Transfiguración; la cuarta Iniciación—la desaparición del “yo”—simbolizada por las dudas y el apresamiento del Monte de los Olivos; y la quinta Iniciación—la aparición del Cristo en uno mismo—representada por la crucifixión.

Son una obra en clave, codificada, cuya verdadera interpreta-ción no es, en primer lugar, accesible a todos. Jesús no se cansa de repetirlo una y mil veces,

  • “El que tenga oídos que oiga” (Mt 13,9)
  • “Estrecha es la puerta y angosto es el camino que lleva a la vida y son pocos los que dan con ella” (Mt 7,14)
  • “Os envío como ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16)
  • “Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos” (Mt 19,24)
  • “Porque muchos son llamados y pocos los elegidos” (Mt 22,14)

No es una “religión” para todos. Es una enseñanza para pocos, para aquellos que escuchan con el corazón, para aquellos que saben escuchar desde su ser, para aquellos que viven interior-mente. No todos saben oír, no todos pueden ver,

  • “Por eso les habla por parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen, no entienden... más bienaventurados vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen...” (Mt 13, 13-17)
  • “Para que viendo, vean y no echen de ver, y oyendo, oigan y no entiendan...” (Mr 4, 12)
  • “¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos, no oís?” (Mc 8,18)
  • “Y él dijo, A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de Dios, más a los otros por parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan” (Lc 8,10)
  • “El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios” (Jn 8,47)
  • “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar” (Jn 16,12)

La selectividad del mensaje de Jesús queda insuperablemente plasmada en sus parábolas y especialmente en la parábola del sembrador, en la que se reflejan los diversos tipos de hombre en función de su capacidad para comprender el mensaje. Sólo en uno de ellos puede arraigar, sólo en uno de ellos puede suceder el milagro de desarrollarse como Dios. Sólo en uno de ellos

  • “Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador: Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.

Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza. El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa. Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno”. (Mt 13, 18-23)

Y para la comprensión de este mensaje se necesita valor, un tremendo valor. Uno se ha de sumergir en las profundidades de su universo psicológico para descubrir paso a paso, los fantasmas que lo componen y, uno a uno, ir dejándolos atrás, eliminarlos. Es un camino para valientes, para osados, pues como él dice, “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz y sígame”. (Mt 6,24)“Ninguno que ha echado mano al arado y mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc 9, 62)

  • “¿Pensáis que yo he venido a poner paz en la Tierra? Nada de eso—os lo digo yo— sino discordia. Porque de ahora en adelante en una casa de cinco personas, estarán en discordia tres contra dos, y dos contra tres. El padre estará en discordia contra el hijo y el hijo contra el padre; la madre contra la hija y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera y la nuera contra su suegra” (Lc 12, 51-53)
  • “No penséis que he venido para meter paz en la Tierra; no he venido para meter paz, sino espada...” (Mt 10,34)

Existe siempre la “multitud”—aquellos que son incapaces de comprender el mensaje y que constituyen la mayoría del mundo que nos rodea. Son los “sordos”, los “muertos”,... sin embargo, al llamar Jesús “hermanos” a todos los hombres y considerarlos hijos de un mismo Padre, aquellos que no entienden, los que no pueden “oír”, deducen que todos los hermanos son iguales y que todos los hijos tienen las mismas posibilidades. Y no es así.

  • “¿Quién es mi madre y quienes son mis hermanos?... todo aquél que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi Padre y mi hermano y mi madre.” (Mt 12, 48)

Y entre los hermanos, hay mayores y pequeños, y los pequeños han de crecer primero para convertirse en adultos. Solamente entonces estarán en condiciones de acceder al mensaje de Jesús. E incluso, siendo adultos, deberán conservar el corazón inocente del niño y dejarse guiar por él porque, “...bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los Cielos...” (Mt 5,3) Pobres de espíritu, pero hombres ya, adultos plenamente desarrollados.



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