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AGONÍA MUERTE Y RESURRECCIÓN DE LA HUMANIDAD

PATROCINIO NAVARRO

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CATEGORIA: ECOLOGIA

Se han derramado tantos litros de tinta en periódicos, tantas opiniones en Internet y tantos puntos de vista académicos sobre el rumbo de nuestro “Titanic” planetario que parece difícil aportar algo nuevo a la hora de abordar la tarea de enjuiciar lo que vemos a diario. Pero a pesar los numerosos enfoques y cristales de color con que se examina nuestra civilización existe una palabra generalizada para definirla: Agonía. Agonía es conflicto que precede a la muerte; conflicto entre la parte que se resiste a morir y el inevitable final, que no es otro que el triunfo de la vida, pero de otra forma de vida alejada de la que se extingue. Para los más pesimistas, nos hallamos en el portal de la desintegración final de nuestro mundo. Y “ya es tarde para salvarlo”, se oye decir en todas partes.

Desde distintos ámbitos, los pesimistas, más numerosos, desde los moderados hasta los radicales, no cesan de llamar la atención sobre asuntos como la progresión desesperada del sistema capitalista hacia el expolio y el neocolonialismo feroz para evitar su crack mundial, con guerras programadas a tal efecto para asegurarse poder económico y político donde esto sea posible. Al cambio climático, provocado por el modo de pensar, vivir y producir humanos, -tal vez con la ayuda puntual del programa HAARP- hay que atribuir efectos de gran impacto, como las grandes sequías, las graves inundaciones, terremotos, y todo género de desastres ecológicos sobre un Planeta cuyas aguas, tierras y atmósfera han sido envenenadas de un modo tan irreversible como imparable, destacando la contaminación por los vertidos radiactivos y de crudos en tierras y mares. Y cada vez son más inmediatas las consecuencias: exterminio de poblaciones, campos bombardeados, sembrados de minas, inutilizados para el cultivo, malas cosechas, grandes migraciones desesperadas en busca de comida y seguridad.

Algunos dan la voz de alarma ante las consecuencias demográficas y sociales cuando la parte rica del Planeta ve envejecer a sus pobladores y necesita renovar la mano de obra, pero tiene miedo a la inmigración, desarrollando ante ella actitudes de desconfianza o abiertamente racistas o xenófobas hasta hoy más o menos contenidas, pero latentes. Por un lado, los estados no integraron bien a las primeras oleadas de inmigrantes, y las siguientes generaciones han ido empeorando su situación a medida que el capitalismo se ha hecho más inestable, exigente e inseguro. Los brotes de violencia de las banlieus francesas son una buena muestra de lo que puede suceder en otros lugares de Europa. La represión contra la población marginal de inmigrantes inabsorbibles, como sucede en Italia o en Francia han dado el pistoletazo de salida para el tratamiento a estas poblaciones. Y no digamos sobre cómo se endurecen las leyes contra los inmigrantes. Para ellos, ni para cualquier parado, hay planes de rescate como se hace con los bancos.

De modo que muchos inmigrantes sobran, pero a la vez no cesan de llegar otros que huyen del hambre y de la muerte, y tras ellos quedan otros muchos dispuestos a saltar hacia el mundo rico en todas las formas posibles, aunque no haya trabajo ni protección social sino inseguridad jurídica, paro y acoso policial. Pero no están solos, porque el desempleo y la explotación salvaje capitalista afecta cada vez más a los trabajadores autóctonos de los países ricos, y mientras crece el número de parados y marginados sociales vemos empobrecer también a las clases medias, lo que constituye un nuevo fenómeno social de consecuencias muy negativas para el conjunto.

El capitalismo canta victoria, porque está consiguiendo hacer retroceder seriamente muchas conquistas sociales del siglo anterior y ha tomado la iniciativa mostrando su lado más agresivo e intolerante hacia los trabajadores, con el apoyo de los gobiernos cualquiera que sea su etiqueta, sin que los sindicatos –previamente burocratizados y domesticados- tengan posibilidad de hacer frente a esta situación por su escasa credibilidad social, su miopía intelectual y moral y su nulo empuje reivindicativo.

Crece entre tanto la delincuencia de mano negra y de guante blanco. Las verdaderas y más peligrosas familias mafiosas se multiplican y hacen el grueso de su trabajo sin que nadie repare en ellos al parecer, así como se multiplica la influencia en los gobiernos de diversas multinacionales, sin que estos se muestren capaces – o interesados- de acabar con sus abusos, sino que, al contrario, hacen la vista gorda-como sucede con los paraísos fiscales- o apoyan con dinero público sus crisis, como sucede con los bancos y la industria del automóvil, sin que estos lo devuelvan a los pueblos, siquiera con los mismos intereses con que ellos prestan.

Presionados los estados por toda clase de lobbies y sin encontrar resistencia popular unitaria capaz de detener su deterioro, la democracia se desmorona a ojos vistas, dejando paso a toda clase de compadreos en la sombra y dando lugar a una corrupción tan generalizada que los ciudadanos han llegado a percibir a la clase política como la principal de sus amenazas, por encima del terrorismo en el que insisten tanto sus televisiones, mientras en diversas encuestas se valora a los políticos menos que a las prostitutas. Pero ellos tienen el poder, no el de los pueblos, como quieren hacer creer, sino el poder contra los pueblos. Y lo ejercen a diario amparados en las mismas estructuras que deberían estar para servir a los pueblos: el poder judicial (ahora politizado) y las fuerzas uniformadas, servidas por individuos del pueblo pero capaces de cargar contra sus mismas familias si se les da la orden, se llame como se llame el Estado y sea cual sea su forma de gobierno.

La mayoría de las poblaciones ha sido mentalmente domesticada. Es víctima de una cultura empobrecida, superficial, mutilada y adulterada, donde faltan elementos capaces de aglutinar a las masas con las ideas renovadoras necesarias para crear un proyecto común de regeneración social, ética y moral. Sin ellas el conjunto es fácilmente conducido desde arriba; los pueblos son así rebaños manejables para los que siempre se presentan pastores a los que votar. Claro es que las religiones podrían haber dado ese impulso de regeneración ética que no dan los estados, pero en lugar de ser vehículos para la liberación interior, en lugar de cuestionar la inmoralidad general y predicar con la verdad y el ejemplo, forman parte de los poderes opresores. Y eso es así tanto en el mundo llamado cristiano como en el mundo islámico. La diferencia es que el islam tiene mucha mayor capacidad de aglutinar a las poblaciones y más empuje mundial que los de los falsos cristianos, y esto es algo que tendrá consecuencias de largo alcance.

El mundo no está en buenas manos, ni de lejos, y aquellas ideologías regeneradoras que hasta no hace mucho parecían prometer un paraíso en la Tierra se fueron al garete. Causas: el mal ejemplo, el culto a la personalidad, el dogmatismo, la represión del pensamiento, el miedo o el exceso de aspirantes a la verdad y al poder. Pero la causa más profunda es que el conjunto de la humanidad reniega de principios éticos poderosos capaces de llevar a cabo los ideales revolucionarios de libertad, igualdad, fraternidad, justicia y unidad. Estos son la hoja de ruta correcta para evitar el naufragio de nuestro Planeta, las realizaciones individuales que se precisan para salir de este trance dramático y agónico del mundo y alumbrar así una nueva humanidad. Esto es algo que nadie nos puede regalar, porque forma parte de nuestro trabajo evolutivo personal. Cuesta todavía que se acepte esta idea, porque muchos de los que abogan por los cambios radicales creen que basta con tomar los palacios de invierno por el pueblo. Muy bien. ¿Y luego? ¿A repetir la historia? ¿Cuántas veces nos ha de suceder eso? …

En estas condiciones, los pesimistas ven nuestro mundo como un terror de azúcar diluyéndose en la nada. ¿Carece de fundamento tal pesimismo?

Mientras haya rebaños habrá pastores. Y mientras haya muchos aspirantes a pastores que triunfen habrá división de opiniones, pueblos divididos y, por supuesto, rebaños conducidos por ciegos directamente al abismo.


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